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Jorge Durand

Si hay alguien que conoce a la perfección el poder de nombrar es Donald Trump. A pesar de ser un millonario de medio pelo, comparado con otros, su nombre figura en una torre en la Quinta Avenida de Nueva York, al lado y por encima de la prestigiosa y tradicional casa joyera Tiffany’s.

Son más de 20 torres y hoteles los que llevan su nombre, además de clubes de golf y otras propiedades. Una excepción podría ser su mansión en Florida, Mar-a-Lago, que paradójicamente lleva un nombre en español.

Además de su nombre, varias de sus torres son doradas y, por añadidura, uno de sus clubes de golf se llama Doral. Es un color que le fascina y durante su gestión ha tratado de corregir la sobriedad del salón oval poniendo pastiches dorados y afrancesados en la nueva decoración. Otra de sus obsesiones tiene que ver con los palacios o mausoleos, como el Taj Mahal, nombre que llevaría su casino insignia en Atlantic City, New Jersey, empresa que cayó en quiebra y en desgracia.

El hecho de nombrar denota poder, implica posesión, pertenencia. Durante la era de los grandes descubrimientos, de los territorios inhóspitos, la posesión se materializaba y difundía con el acto de nombrar. Pero darle tu nombre a algo, una empresa, un lugar, un edificio, implica un traspaso de prestigio al ego de la persona que lo posee. También puede implicar desprestigio, como se lo recuerdan sus enemigos a Mr. Trump con el fracaso financiero del casino Trump Taj Mahal. Con el agravante de que casi es imposible que quiebre un casino.

La arrogancia de este señor llegó al extremo de poner su nombre y el de su esposa al Centro Cultural Kennedy en Washington. No lo pudo quitar, pero se puso al lado del presidente americano más relevante y carismático del siglo XX. Pero su huella indeleble de constructor y propietario la llevó a los mismos territorios de la Casa Blanca y derruyó parte del ala este, sin permiso, para construir un gran y dorado State Ballroom, que obviamente llevará su nombre.

Esta obsesión de Trump por poner su nombre y nombrar lo llevó a cambiar el nombre ancestral de Golfo de México por Golfo de América y, como presidente del país más poderoso del mundo, pudo hacerlo sin consultar a los otros pretendientes legítimos geográficamente como México y Cuba, que tendrían también derecho. Su decisión marca un hecho histórico, y de ahora en adelante habrá que dar este tipo de explicaciones: “Golfo de América, antes Golfo de México”. El antes y el después lleva la marca y el nombre de Trump.

Si bien, en el caso del Golfo de México, podría existir un argumento geográfico, en el caso del cambio de nombre de Golfo Pérsico a Golfo Arábico, la pretensión era geo-político-militar. Quitarle el nombre a los persas, que lo poseían desde hace siglos, era robarles un pedazo de su identidad, de sus derechos ancestrales sobre el estrecho de Ormuz, para otorgárselo a sus aliados, los países árabes.

Un simple cambio de nombre podía tener implicaciones geopolíticas muy diversas en el contexto regional y global. Para empezar, le quitaba poder simbólico a Irán, para arrogarse el derecho de cerrar el estrecho de Ormuz. Fue algo que nunca había pasado y se había respetado siempre el libre tránsito por el estrecho, hasta la guerra actual.

Por otra parte, favorecía las pretensiones de Israel para estigmatizar a Irán como terrorista global que se arroga un derecho que afecta a múltiples naciones. De hecho, que se mantenga cerrado el estrecho favorece las pretensiones de Israel de proponer una solución alternativa, largamente buscada y ansiada, de hacer un oleoducto que llegaría precisamente al mediterráneo, por el territorio actualmente despoblado de Gaza.

Del mismo modo, el cambio de nombre de Ministerio de Defensa a Ministerio de Guerra tiene serias implicaciones y contradicciones con lo que Mr. Trump predicaba sobre la guerra y que sólo necesitaba de un día para terminar con la de Ucrania.

Otra de las habilidades de Mr. Narciso era la de poner apodos: a Joe Biden le llamaba Joe el dormilón; a Bernie Sanders lo llamaba el loco Bernie; a la senadora Elizabeth Warren, que se distinguió por atacarlo directamente, le puso el apodo de Pocahontas, porque decía que tenía ancestros de indios originarios; algo similar sucedió con el apodo que le puso a López Obrador, según Mark Feierstein, quien fuera asesor de Obama para América Latina: en círculos cerrados de la Casa Blanca se dice que lo llamaba Juan Trump, una manera jocosa, pero estereotipada, para referirse a un hispano-latino, lo que también se mueve en el borde del racismo.

Hace poco, en su red social, Trump sugirió que León XIV sólo fue elegido para dirigir la Iglesia católica “porque era estadunidense”, y pensaron que esa sería la mejor manera de lidiar con él. Poco faltó para decir que él lo había nombrado.

En el caso de Donald Trump, el diagnóstico siquiátrico es el de “narcisista maligno”, término acuñado por Erich Fromm para diagnosticar a personas como él.

Fuente La Jornada

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