El futuro de las profesiones: Parte 1
De la artesanía al desafío tecnológico: repensar la formación profesional en Guatemala
Fernando Cajas
Recuerdo, con nostalgia y con la alegría de la juventud, mi primera cédula de vecindad, la que me extendieron en plena guerra civil guatemalteca en 1978. Aquella pequeña libreta amarillenta con el escudo nacional en la portada preguntaba, entre otras cosas, por mi “profesión u oficio”. A esa edad solo podía responder “estudiante”, aunque eso no era ninguna profesión. En esa época se equiparaba profesión con oficio: lo que uno hacía, no necesariamente lo que uno estudiaba. Los oficios se aprendían en el taller, en la práctica cotidiana, sin aulas ni títulos universitarios.
En la serie de artículos que inicié el 18 de marzo de 2026 en este mismo espacio, “De la artesanía a la tecnología”, recordé que casi desde la conquista española los pueblos alrededor de Antigua Guatemala se organizaron según sus habilidades artesanales únicas. Cada comunidad desarrolló su maestría: alfareros, tejedores, carpinteros, orfebres. Esa formación no requería escuelas formales; se transmitía en el taller, de maestro a aprendiz, integrando teoría y práctica en un solo acto cotidiano.
Guatemala ya contaba con educación superior desde el siglo XVII, con la Universidad de San Carlos fundada en 1676 con fines primordialmente religiosos. Pero la figura del “profesional universitario” tal como la conocemos surge con el Estado-Nación en los siglos XVIII y XIX. La independencia de 1821 y los intentos de formar un Estado centroamericano —incluido el efímero Sexto Estado con Quetzaltenango como capital— marcaron el momento. Yo, proveniente de esa ciudad universitaria que en 1876 vio nacer la Universidad de Occidente (una institución breve pero visionaria que ofrecía Derecho, Medicina y otras carreras), percibo cómo la formación profesional se volvió herramienta clave para construir la República.
Para forjar el nuevo Estado, los abogados fueron los arquitectos fundamentales. Sus títulos universitarios les otorgaron el monopolio legítimo para redactar leyes, interpretar la Constitución y administrar justicia. Eran el cemento del pacto social. Eran.
Junto a los abogados emergieron los ingenieros. Nacidos en el ámbito militar, se transformaron en ingenieros civiles para diseñar puentes, carreteras y obras públicas. Su modelo se inspiró en instituciones como la École Nationale des Ponts et Chaussées de París (1747). Tanto en Derecho como en Ingeniería, la formación universitaria adoptó una estructura idealista platónica: primero las “ciencias básicas” (Sociología, Economía, Historia del Derecho o Matemáticas, Física), luego las ciencias jurídicas (en Derecho) o las ciencias de la ingeniería y, al final, las prácticas. A esa estructura yo la he llamado platónica porque separa la teoría con la práctica y se construye con una visión idealista del conocimiento. El lector interesado en profundizar en esta dirección puede revisar mi trabajo académico en: https://bit.ly/3QhaVbC.
Este modelo lineal —teoría primero, práctica después— persiste hasta hoy. Quien estudia Derecho pasa por Ciencias Básicas y Ciencias Jurídicas antes de tocar la realidad del juzgado o el bufete. Esto es, estudia sociología, economía, filosofía antes de ciencias jurídicas. En Ingeniería ocurre exactamente lo mismo. Se asume que una base conceptual “sólida” basta para formar profesionales. Pero los oficios artesanales nos enseñan lo contrario: el conocimiento se construye haciendo, corrigiendo en el taller, aprendiendo del error concreto.
Los profesionales del siglo XX y XXI son hijos de esa suposición. En el siglo XX aún existían objetivos sociales claros: mejorar la calidad de vida de todos, como juran los nuevos profesionales en sus ceremonias. Hoy, en cambio, la visión neoliberal ha capturado la educación superior. La formación se volvió más egoísta y oportunista, es una mercancía. La crisis que vive la Universidad de San Carlos de Guatemala y el país entero lo demuestra: decanos de Derecho que, en lugar de defender la autonomía universitaria y el Estado de derecho, se pliegan a dinámicas que comprometen la elección de autoridades como de Fiscal General. El resultado es una profesión que pierde su sentido social y se convierte en instrumento de poder: Derecho para corruptos.
Sin embargo, este primer artículo no busca solo diagnosticar el problema. Mi intención, al escribir esta serie de cinco entregas, es mirar hacia adelante. Las nuevas tecnologías —inteligencia artificial, automatización, herramientas digitales— están transformando radicalmente las prácticas profesionales. Ya no basta con saber teoría; el futuro exigirá profesionales que, como los artesanos de Antigua, integren conocimiento y acción desde el primer día.
La relación artesanía-tecnología no es nostalgia romántica: es la clave para reformar la universidad. Necesitamos currículos que rompan la separación artificial entre teoría y práctica: Proyectos reales, talleres interdisciplinarios, aprendizaje basado en problemas y vinculación temprana con la comunidad deben estar en el centro, no al final. La formación social debe ser la norma. La reflexión ética debe ser el centro de la formación profesional, si no caeremos en las garras de profesionales como los decanos de facultades de derecho que escogen fiscal general para proteger corruptos. Ese no es el camino. Si eso querían ser, hubieran escogido otra profesión.
Por eso urge transformar a las universidades guatemaltecas desde lo más profundo y para eso hay que entender su origen, desarrollo, distorsión y cómo paralelamente les afecta la relación artesanía tecnología elemento clave para repensar la formación profesional en Guatemala
