Entre placas tectónicas: dos terremotos y la solidaridad que Venezuela necesita
Fernando Cajas
En 1902, el 18 de abril, mi ciudad, la Ciudad de la Estrella, tembló con una magnitud de 7.5. Quetzaltenango quedó prácticamente destruida y más de mil personas perdieron la vida. Décadas después, el 4 de febrero de 1976, otro terremoto de la misma magnitud sacudió Guatemala y dejó más de 23 mil muertos. Ambas tragedias marcaron nuestra historia de manera distinta. La de 1902 también nos dejó un nuevo volcán, el Santiaguito, que desde entonces crece incesantemente junto al Santa María, recordándonos que la Tierra nunca termina de escribir su propia historia.
Por eso, cuando vemos las imágenes de los recientes terremotos en Venezuela, los guatemaltecos no observamos una tragedia ajena. Reconocemos un dolor que también ha sido nuestro. Sabemos lo que significa escuchar el estruendo de una casa que colapsa, buscar desesperadamente a familiares entre los escombros, dormir durante semanas bajo plásticos por miedo a las réplicas y comenzar de nuevo cuando parece que todo se ha perdido. Nuestra solidaridad con Venezuela no nace únicamente de la compasión; nace, sobre todo, de la memoria.
Comprender un terremoto también ayuda a comprender la dimensión de una tragedia humana. La magnitud de estos fenómenos se mide mediante una escala logarítmica. Esto significa que cada incremento de una unidad no representa un pequeño aumento, sino aproximadamente treinta veces más energía liberada. Incluso una diferencia aparentemente pequeña, como pasar de una magnitud de 7.5 a 7.6, implica alrededor de un 40 % más de energía. En otras palabras, variaciones que parecen insignificantes en un número pueden traducirse en daños mucho mayores, colapsos estructurales más extensos y un incremento considerable del riesgo para la población.
En el caso del reciente doblete sísmico ocurrido en Venezuela, la diferencia entre un terremoto de magnitud 7.2 y otro de 7.5 tampoco puede interpretarse como un simple cambio decimal. El de 7.5 libera aproximadamente cinco veces y media más energía que el de 7.2. Esa enorme diferencia explica por qué eventos aparentemente similares pueden producir consecuencias humanas muy distintas.
La explicación se encuentra bajo nuestros pies. La superficie terrestre está formada por placas tectónicas, enormes bloques rígidos que constituyen la litósfera y se desplazan lentamente sobre un manto mucho más caliente y viscoso. Aunque inmensas, esas placas son sorprendentemente delgadas en comparación con el tamaño del planeta: proporcionalmente tienen un espesor semejante al de la cáscara de un huevo, proporcionalmente hablando. Cuando las tensiones acumuladas por su movimiento superan la resistencia de las rocas, la corteza se fractura y libera súbitamente la energía almacenada durante décadas o incluso siglos. Esa liberación es la que percibimos como un terremoto.
Guatemala y Venezuela comparten ese destino geológico, aunque con diferencias importantes. Nuestro país se encuentra en una compleja zona donde interactúan las placas Norteamericana, Caribe y Cocos. Es un territorio cruzado por numerosas fallas activas, entre ellas las de Motagua y Polochic, responsables de muchos de los sismos que sentimos cotidianamente. Venezuela, por su parte, se ubica principalmente en el límite entre las placas Caribe y Sudamericana. Allí la actividad sísmica cotidiana es menor, pero cuando la energía acumulada finalmente se libera, puede producir terremotos de enorme intensidad y consecuencias devastadoras.
Sin embargo, un terremoto deja de ser un fenómeno geológico en el instante en que derrumba una vivienda o sepulta una familia. A partir de ese momento ya no hablamos únicamente de placas tectónicas, sino de personas. De niños que han perdido a sus padres. De hospitales dañados. De comunidades enteras sin agua potable, electricidad o refugio. La ciencia explica por qué ocurre un terremoto; la solidaridad determina cómo respondemos ante él.
La respuesta internacional ha comenzado a demostrarlo. Los legendarios Topos de México fueron de los primeros en llegar para buscar sobrevivientes entre los escombros. Colombia movilizó rápidamente especialistas y perros de búsqueda. Argentina, Brasil, Chile, El Salvador y otros países latinoamericanos, junto con organismos internacionales como la ONU y la Cruz Roja, han enviado rescatistas, médicos, agua, alimentos e insumos de primera necesidad. Una vez más, América Latina demuestra que, cuando la naturaleza golpea, las fronteras pierden importancia frente a la condición compartida de ser humanos.
Guatemala conoce muy bien el valor de esa solidaridad. Después del terremoto de 1976, numerosos países acudieron en nuestra ayuda. México, de manera particularmente generosa, envió brigadas de rescate, cocinas móviles, medicamentos y asistencia humanitaria cuando más la necesitábamos. Aquella ayuda permitió salvar vidas y aliviar el sufrimiento de miles de familias. La memoria también crea obligaciones éticas.
Hoy Venezuela necesita esa misma solidaridad. Quienes podamos hacerlo, donemos recursos económicos, alimentos no perecederos, medicamentos, ropa o cualquier otro apoyo que contribuya a aliviar el sufrimiento de las víctimas. Respaldemos las campañas humanitarias serias y exijamos a nuestras autoridades una respuesta rápida y generosa.
Los terremotos no distinguen fronteras, ideologías ni nacionalidades. La Tierra nos recuerda, una y otra vez, que todos habitamos la misma casa. Cuando una parte de América Latina queda bajo los escombros, toda América Latina tiene la responsabilidad moral de ayudar a levantarla. Venezuela necesita hoy la solidaridad que Guatemala recibió ayer. Y la memoria de nuestros propios muertos nos recuerda que no podemos permanecer indiferentes.
