Venezuela: catástrofe geológica + catástrofe política (ocupación militar en puerta): una peor que otra
Marcelo Colussi
La República Bolivariana de Venezuela recibe golpe tras golpe. Luego de años de bloqueo y crisis económica -en buena medida generada por las políticas de castigo impuestas por Washington-, con una situación política interna sumamente compleja que expulsó a alrededor de 8 millones de sus connacionales (alrededor del 20% de su población), con la reserva de petróleo más grande del mundo, lo que la pone en una situación de tremenda vulnerabilidad a una corta distancia de la principal potencia capitalista mundial y principal consumidora de ese hidrocarburo, siempre ávida de ese recurso, habiendo sufrido una monumental violación a su soberanía el pasado 3 de enero con el secuestro de su presidente Nicolás Maduro y la instalación de una administración títere con un virtual gobierno de hecho que controla realmente la marcha del país desde la Casa Blanca -con autoridades locales que solo hacen de pantalla-, el 24 de junio pasado sufrió una terrible catástrofe natural, con dos devastadores terremotos.
La magnitud del desastre fue enorme, monumental. En el momento de redactar esta nota se cuentan 1.400 personas fallecidas, pero las estimaciones -teniendo en cuenta el derrumbe de tanta infraestructura edilicia- hacen llegar esa cifra a no menos de 10.000 personas. Incluso, podrían ser muchas más (se habló de decenas de miles). Las cantidades siempre crecientes de heridos están colapsando los hospitales. Los daños materiales, igualmente son inconmensurables. El profundo dolor se ha apoderado de todo el país.
Ante tanta tragedia la ayuda humanitaria no se ha hecho esperar. Numerosos gobiernos y organismos internacionales ya están enviando insumos de primera necesidad -alimentos, medicinas, ropa, agua pura- y personal especializado para cooperar en las tareas de rescate. Igualmente, muchos grupos solidarios de población, en distintas partes del mundo, gente común, ciudadanos de a pie, conmovidos ante tanto sufrimiento, también están recolectando ayuda. Todo un ejemplo de solidaridad, de auténtico calor humanitario, de sentimiento por el otro.
Por supuesto, ante tantas necesidades, nadie en Venezuela podría negar ninguna ayuda. Pero no se puede dejar de mencionar algo, quizá como un recordatorio de otras experiencias, haciendo de abogado del diablo tal vez, pero con un llamado a no dejar de tener en cuenta algunas circunstancias.
En situaciones como la que actualmente atraviesa Venezuela, la ayuda internacional es básica. Ahora bien: esa ayuda, ¿es siempre solidaria? Hay más que numerosos ejemplos que muestran que la ayuda humanitaria -para el caso, por ejemplo, la facilitada por la ONU- puede transformarse en una verdadera pesadilla para el país afectado. Allí están los casos de República Democrática del Congo, República Centroafricana, Kosovo, Timor Oriental, Haití. Como dice María Vergara: “Aunque la ayuda humanitaria constituye una herramienta indispensable para salvar vidas, la experiencia haitiana [y la de muchos otros países] demuestra que, en determinados contextos, también puede convertirse en un instrumento de proyección de influencia política y geopolítica”.
Esa ayuda, fácilmente puede convertirse en esa “complicada” -por decirlo con un término suave-, sin dudas cuestionable “ocupación humanitaria” -controvertido concepto en el derecho internacional, dado que se encuentra en una zona legal gris, sin demarcación clara, lo que permite la intromisión y los abusos porque no hay normativas claras-. Son numerosos los excesos y arbitrariedades debidamente documentadas de misiones de Naciones Unidas donde se cometen graves abusos y violaciones a los derechos humanos de las poblaciones damnificadas, a las que supuestamente se debería ayudar, que van desde la explotación sexual -en algunos casos, con menores de edad- hasta fallos sistémicos en la protección de civiles.
El caso de Haití luego de su devastador terremoto de 2010, que dejó más de 200.000 muertos y 300.000 heridos, con una destrucción tremenda de su infraestructura, muestra en forma evidente lo que puede ser una de esas misiones disfrazadas de ayuda humanitaria. Estados Unidos fue el principal país que prestó esa “ayuda”, pero los resultados fueron singulares, paradójicos, por no decir catastróficos. De los alrededor de 4.000 millones de dólares que destinó el país del norte, solo el 2% fue a parar a organizaciones haitianas, mientras que casi el 60% quedó en empresas estadounidenses. Hubo un gran despilfarro de recursos (dicho claramente: ¡corrupción!), sin que se materializara ninguna reconstrucción constatable del Haití destruido, mientras que el mayor beneficio lo obtuvieron las fuerzas armadas norteamericanas, que fueron el principal actor en la iniciativa: adquisición de experiencia logística para el futuro en el área del Caribe, entrenamiento de las tropas en condiciones reales, poder probar y mejorar sus capacidades logísticas y de respuesta rápida a gran escala acumulando experiencia crucial para futuras operaciones humanitarias y, fundamentalmente, bélicas.
¿Se estará repitiendo algo similar en la hoy devastada Venezuela? Uno de los principales actores en la ayuda (¿ayuda?) es el Comando Sur de Estados Unidos -SOUTHCOM, por su sigla en inglés, con sede en Doral, Florida, uno de los comandos combatientes unificados del Departamento de Guerra, responsable de la planificación militar, las operaciones y la cooperación en seguridad en Latinoamérica y el Caribe. Después de la invasión perpetrada en enero apuntando a quedarse con el manejo de las reservas petroleras, con un gobierno que, en forma creciente, abre las puertas a la presencia estadounidense, y con el actual estatus de protectorado de hecho que tiene el país bolivariano, es altamente preocupante lo que pueda venir. ¿Presencia permanente de fuerzas militares estadounidenses en la patria de Bolívar? Como van las cosas, es muy probable. El petróleo del subsuelo venezolano pasará a ser de propiedad yanki -ahí están operando a toda máquina sus grandes multinacionales petroleras-, custodiado por marines bien equipados desde dentro del propio territorio caribeño. ¿Protectorado con ocupación militar disfrazada de ayuda?
Alguna vez Hugo Chávez expresó: “Fidel me dijo un día ‘si a ti o a mí nos pasa un día eso -que nos invadan- lo último que podemos hacer es hacer lo que hizo Saddam, meterse en un hueco por allá. Hay que morir peleando, Chávez, ahí, en la primera línea de batalla’. Y es eso lo que yo haría: yo no voy a irme para un monte, voy a morir al frente, con la dignidad de un venezolano que ama este país”. Lo mismo dijo el presidente cubano Díaz-Canel ante la eventualidad de una invasión. El 3 de enero fuerzas militares de Estados Unidos invadieron Caracas (¿gran capacidad bélica o se les abrió la puerta desde dentro?). El ahora presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, dijo entonces que se había acabado el socialismo y se iba abiertamente hacia una economía de mercado, con un gesto genuflexo y complaciente ante el invasor. Diametralmente opuesto a lo que manifestara en su momento el comandante bolivariano. Si se les abrió la puerta a los invasores, una vez dentro ¿quién los saca?
Por supuesto que puede haber solidaridad real, genuina, sin pedir nada a cambio. Numerosas instancias lo hacen. Cuba socialista, aun bloqueada hasta el infinito, no deja de enviar al mundo brigadas médicas, maestros, entrenadores deportivos, en un gesto solidario. ¿Hará lo mismo el Comando Sur en la pobre Venezuela que no para de contar sus muertos, con más de 200.000 millones de deuda externa?
Valen aquí palabras del venezolano Oscar Caballero: “La desesperación y angustia por la catástrofe están llevando a los venezolanos a aceptar mansamente (por ignorancia o por dolor) la asistencia de Estados Unidos, pero también a pasar por alto la ocupación gringa que casi seguro se nos está viniendo encima”.
Sin dudas, la gran potencia en declive necesita un reaseguro ante nuevas fuerzas que aparecen en el escenario global disputando su hegemonía: China, Rusia, los BRICS+. Ese reaseguro (¿tal vez negociado a alto nivel con esas otras potencias?) es Latinoamérica. Y el petróleo venezolano es parte crucial de ese botín. ¿Ocupación humanitaria o algo más?
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