¿Y ahora qué? Brasil y el mundo
Boaventura de Sousa Santos
El mundo democrático ha seguido de cerca y con inquietud el proceso electoral brasileño. El auge de la extrema derecha, la injerencia imperial en la política interna de países que no están totalmente alineados, la manipulación masiva de la opinión pública por parte de las grandes empresas que controlan las plataformas de comunicación, la religión evangélica neopentecostal convertida en una CIA-USAID-Mossad-M16 religiosa son movimientos globales y, por ello, lo que ocurriera en Brasil tendría repercusiones en todo el mundo. Las repercusiones serían tan fuertes en un mundo en el que la democracia liberal, aunque sea de baja intensidad, sigue presente y las relaciones con EE. UU.-Israel son complejas, como en el mundo que, sea cual sea su régimen político, se siente más alineado con China, Rusia o Irán.
En el fondo, el duelo era entre Lula da Silva y Donald Trump. Si ganaba Lula, ganaba la democracia y el movimiento por un mundo multipolar basado en una nueva versión de la coexistencia pacífica. Si ganaba Trump, en la persona de un fascista de república bananera, ganaba el movimiento protofascista y reaccionario mundial, la recolonización del mundo al servicio de un imperio decadente, el complejo militar-industrial-digital-financiero movilizado para una nueva guerra que convirtiera la muerte de millones de inocentes en la solución a su crisis de rentabilidad.
La curiosidad mundial fue aún mayor debido a que las elecciones se celebraron en dos vueltas. Si en la primera vuelta la campaña electoral de Lula da Silva cometió algunos errores, quizá por estar convencida de la victoria, en la segunda vuelta fue ejemplar. Llevó al pueblo democrático a las calles en una manifestación multitudinaria, con especial protagonismo de la juventud; aprendió de la derrota de Iván Cepeda en Colombia haciendo un uso innovador de las redes sociales y, sobre todo, presentó a un candidato absolutamente extraordinario, un joven de ochenta años, corriendo, saltando, bailando, brillando en las redes sociales, en los mítines y en los debates. Era un candidato cuya energía política se había forjado durante la dictadura, acostumbrado a muchas luchas difíciles y convencido de que esta no solo era su última lucha política, sino también la última lucha democrática de Brasil al borde de una nueva y prolongada oscuridad fascista. Desde 1985 (movimiento por el fin de la dictadura y el retorno a la democracia) no se veía a tanta gente en las calles con tanto entusiasmo en defensa de una causa. A ello contribuía el horror que suscitaba el recuerdo del desgoverno grotescamente arrogante e incompetente de Jair Bolsonaro.
Ganó Lula da Silva, ganó la democracia, ganó el pueblo brasileño. Las principales causas de la victoria son las siguientes. La izquierda se movilizó y se unió como no lo había hecho en mucho tiempo; la movilización traspasó las lealtades y las tácticas partidistas para transformarse en una avalancha de actos espontáneos de dimensiones históricas, de entusiasmo democrático y de alegría participativa.
Al contrario de lo que venía ocurriendo en el continente y en el mundo, la extrema derecha laica y religiosa, respaldada por las plataformas de las grandes empresas tecnológicas, no logró manipular la opinión pública ni desinformar con tanta libertad como antes, y tuvo que enfrentarse a un sorprendente dominio técnico de las redes puesto al servicio de la democracia, la verdad y la lucha contra el fascismo.
Los votantes del centro político se alarmaron ante la red de ilegalidades y las tenebrosas complicidades del candidato de extrema derecha con los subterráneos del crimen organizado y la alta corrupción.
Un contingente significativo de votantes, independientemente de sus opciones políticas, tenía muy presente el desastre humanitario y el deterioro de la convivencia democrática durante el mal gobierno de Jair Bolsonaro y sintió con horror el riesgo de volver a ese estilo de gobierno.
Pero, más allá de todos estos factores, es justo destacar que esta victoria lleva la huella personal de un gigante de la política, de alguien que sintió más profundamente que nadie que el país volvería al caos si el clan Bolsonaro y sus aliados llegaran a la presidencia. La energía con la que se despertaba cada día era la energía de quien había conocido muy de cerca el hambre, la violencia del trabajo sin derechos, la represión policial, la dictadura; era la energía de todo un pueblo decidido a no volver al infierno de una política empeñada en destruirlo todo y en no construir nada que se traduzca en un mayor bienestar para la población.
Nunca un político que hubiera quedado en segundo lugar en la primera vuelta había ganado las elecciones; nunca un político había sido capaz, en tan poco tiempo, de convencer a más de 10 millones de nuevos votantes para que cambiaran sus intenciones de voto a su favor. Lula da Silva ocupa un lugar único en la historia de la democracia mundial de los últimos cincuenta años. Es la imagen viva del camino pedregoso de la democracia en un mundo cada vez más cautivo del odio, la avaricia y la política de la muerte. Es el símbolo de las luchas, los riesgos, las derrotas y las victorias. Lula da Silva ha devuelto a los brasileños y al mundo democrático un nuevo equilibrio entre el miedo y la esperanza.
Los grandes derrotados son las élites, para quienes la democracia siempre ha sido un ataque a sus privilegios. Han sido derrotados el capital financiero y los especuladores de los mercados de futuros o predictivos (Polymarket y Kalshi) que, a pesar de estar prohibidos, multiplicaban sus apuestas partiendo de la hipótesis de una amplia victoria de Bolsonaro. Han sido derrotados Meta y Mark Zuckerberg, así como todas sus maniobras para robar la democracia y el bienestar a cambio de beneficios fabulosos, lujosos búnkeres en Hawái y baratijas de este o de otro mundo repartidas entre las poblaciones que utilizan sus redes. Por encima de todo, ha sido derrotado Donald Trump y su camarilla de gauleiters en la Casa Blanca y repartidos por todo el mundo, empeñados en destruir todo lo que consideran una amenaza para la continuidad de su poder, sobre todo el surgimiento de un mundo multipolar liderado por grandes países para los que la soberanía independentista vuelve a tener un sabor nacionalista defensivo.
Con la derrota de Trump y de la extrema derecha, los demócratas estadounidenses tal vez recuperen un poco de esperanza de cara a las próximas elecciones parciales. La extrema derecha europea pierde la arrogancia que venía mostrando y la Unión Europea, cautiva del complejo militar-industrial-financiero-digital, tendrá que revisar su descabellada política de arrastrar a Europa a una guerra que nadie quiere, para defender a los europeos de una amenaza que nadie ve. La imposición de la austeridad para satisfacer los intereses del capital financiero armamentístico será cada vez más cuestionada y Emmanuel Macron tendrá que volver al lugar de donde vino, como empleado de la familia Rothschild, al igual que Friederich Merz tendrá que volver a su puesto en BlackRock, la mayor gestora de fondos.
Los primeros pasos
Los brasileños y las brasileñas tienen derecho a descansar y a celebrar hoy y mañana, porque pasado mañana tendrán que volver a movilizarse para llenar las calles ante la más mínima señal de anulación de la victoria. No nos quepan dudas: la extrema derecha intentará crear agitación y no cabe esperar que el próximo período se caracterice por el «funcionamiento normal de las instituciones». La calle seguirá siendo el escudo democrático contra cualquier intento de desestabilización. De aquí a la toma de posesión del nuevo Gobierno pueden pasar muchas cosas.
Una muestra del estado de podredumbre del actual sistema político brasileño es el hecho de que casi toda una familia de extrema derecha, encabezada por un antiguo presidente actualmente encarcelado por cinco delitos (liderazgo de una organización criminal; intento de abolición violenta del Estado democrático de derecho; golpe de Estado; daño al patrimonio de la Unión; y deterioro de patrimonio protegido) y condenado a 27 años y 3 meses de prisión, haya logrado que nada menos que cinco de sus miembros sean elegidos para cargos políticos: su esposa y dos hijos, senadores; el tercer hijo, diputado federal; su hermano, diputado federal; y su exmujer, que, aunque no resultó elegida, obtuvo 65 496 votos. Se trata de un clan arraigado en un parlamento dominado por el partido al que pertenece
Segundos pasos
La izquierda tendrá que llevar a cabo una reflexión profunda, no solo sobre los numerosos errores que cometió en el pasado, sino también sobre las exigencias de la nueva etapa. La otra cara de ese gigante carismático que es Lula Silva es la dificultad de reconstruir liderazgos políticos sólidos que sean tan eficaces como él, pero teniendo siempre presente que un líder carismático no es sustituible. No va a ser fácil gobernar en este nuevo periodo, ya que el Congreso es ahora una caricatura aún más grotesca de la diversidad social y política del pueblo brasileño. Pero, al menos, se puede salvaguardar la independencia del Tribunal Supremo Federal (STF), lo cual no es poca cosa.
Las luchas por los derechos y la mejora de las condiciones de vida provocarán una inmensa frustración si se limitan a los espacios que se abran en las instituciones. La lucha democrática se desarrollará predominantemente fuera de las instituciones, en las calles, en los sindicatos, en los movimientos sociales y en las organizaciones de la sociedad civil. La lucha democrática será necesariamente defensiva en un primer momento, es decir, una lucha por la recuperación de derechos anteriormente conquistados. Pero, a su debido tiempo, tendrá que ser ofensiva con el fin de lograr las reformas políticas y sociales que impidan que la extrema derecha vuelva al poder.
Los terceros pasos: cinco ideas maestras
El pensamiento a medio y largo plazo no pertenece exclusivamente a Brasil. Pertenece a todo el mundo democrático.
1. En la actualidad, la extrema derecha utiliza la democracia para llegar al poder, pero, una vez en él, no lo ejerce ni lo abandona democráticamente. Por lo tanto, las elecciones nunca podrán ser el único medio utilizado para sacar a la extrema derecha del poder.
2. El colonialismo no desapareció con la independencia. Le siguió el colonialismo interno, y son precisamente las élites generadas en ese sistema las que ahora solicitan una mayor intervención del potencial imperialismo estadounidense para mantener su poder. El colonialismo interno siempre ha estado vinculado al imperialismo. Por eso la extrema derecha, que en otros contextos fue nacionalista, en la América Latina actual se muestra servil para adaptarse al proceso de recolonización por parte de EE. UU. que se está llevando a cabo en la actualidad. El caso de Venezuela es trágicamente paradigmático. Argentina y Colombia seguirán el mismo camino si no hay resistencia popular. Al igual que en el colonialismo histórico, la lealtad nunca se garantiza por vías exclusivamente pacíficas. Siempre exige la posibilidad de una intervención militar. De ahí el Escudo de las Américas, una alianza de protección militar creada por EE. UU. con la colaboración dependiente de los gobiernos latinoamericanos que van cayendo bajo su dominio. La victoria de la democracia en Brasil supone un golpe que puede resultar fatal para el Escudo de las Américas
3. La estrategia seguida por los BRICS para crear el multipolarismo/multilateralismo cobra un nuevo impulso. Para seguir teniendo una presencia fuerte en América Latina, tendrá que estrechar aún más las relaciones con los países con mayor capacidad para resistir al unipolarismo estadounidense: China, Rusia e Irán.
4. No solo América Latina, sino también África y Europa están siendo invadidas por un nuevo reaccionarismo altamente ideológico, el evangelismo neopentecostal, cuya principal característica es la ratificación religiosa de las políticas de extrema derecha y del neoliberalismo más radical. Según esta corriente, dado que en este mundo no hay solución para la crisis permanente y no existen responsabilidades sociales por las crisis individuales más allá de las atribuibles al propio individuo en crisis, no hay remedio para una vida dañada salvo en el más allá. Para garantizar la salvación, es necesario actuar, en este mundo, en estricta consonancia con la filosofía existencial del neoliberalismo. La teología de la prosperidad es la expresión más clara del conformismo religioso: «Puesto que eres divino y eres uno con Dios, el mero hecho de pensar que eres uno con Dios hace que no puedas ser pobre, porque Dios no puede ser pobre […] Siendo la pobreza, desde el principio, una creencia errónea, cambia la creencia y así se curará la pobreza. La fe nos hace prósperos».
Sentimientos como el amor, la caridad, la compasión, la solidaridad y el cuidado deben limitarse a la iglesia a la que se pertenece. Fuera de ella, el odio, el distanciamiento, la indiferencia, el individualismo y la violencia son la norma.
El reaccionarismo neopentecostal crea en la mente de los creyentes dos realidades paralelas e inconmensurables: la realidad del sufrimiento vivido en este mundo y la realidad de la prosperidad de la salvación en el otro mundo; los que son prósperos en este mundo son los benditos que presagian la prosperidad de la que todos los creyentes disfrutarán en el otro mundo. La existencia de estas dos realidades paralelas hace que la deliberación democrática deje de tener ningún valor para los creyentes. Su voto no incide en este mundo efímero, sino en el mundo inmortal de la salvación.
La creación de dos realidades paralelas se ha visto potenciada por las redes sociales, cuyo modus operandi consiste precisamente en crear un mundo de vida digital independiente del mundo de la vida vivida en carne y hueso.
5. El capitalismo es hoy, más que nunca, incompatible con la naturaleza y con la democracia. La democracia en el futuro no será posible si no incluye la democratización de las relaciones entre los seres humanos y la naturaleza, la Madre Tierra, como la llaman los pueblos indígenas. La recolonización de América Latina pretende llevar al extremo, y en el mismo proceso, las dos incompatibilidades del capitalismo (con la democracia y con la naturaleza).
A partir de estas cinco ideas, dejo dos reflexiones para el debate entre los demócratas de Brasil y del mundo, en la familia, en los bares, en los lugares de trabajo, en las escuelas, en las universidades, en las iglesias, en los partidos, en las plazas, en las fiestas. A ser posible, sin teléfonos móviles, para impedir el robo de datos que permitirán a los algoritmos conocer nuestras aspiraciones y neutralizarlas, ya sea eliminándolas o trivializándolas.
La naturaleza no nos pertenece: somos nosotros quienes pertenecemos a la naturaleza
La filosofía cartesiana constituye la base de la modernidad occidental. Según Descartes, existe una separación absoluta y una jerarquía entre la humanidad y la naturaleza, así como entre la mente y el cuerpo. La naturaleza está sometida a una exclusión abismal de la sociedad y lo mismo ocurre, lógicamente, con todos los grupos sociales considerados más cercanos a la naturaleza. Las mujeres, los pueblos indígenas y los afrodescendientes (la mayoría de la población brasileña) han sido objeto de esa exclusión. Todos los principales mecanismos de exclusión y discriminación existentes en las sociedades modernas, ya sea por clase, raza o género, se basan, en última instancia, en el dualismo radical entre sociedad/humanidad y naturaleza, entre mente y cuerpo. Las formas en que la sociedad moderna aborda la inferioridad tienen como modelo las formas en que aborda la naturaleza. Si la exclusión abismal significa dominación mediante la apropiación o la violencia, la naturaleza —incluida la tierra, los ríos y los bosques, así como las personas y las formas de ser y de vivir a las que se les ha negado la humanidad precisamente por formar parte de la naturaleza— ha sido el blanco preferido de esta dominación en la modernidad occidental desde el siglo XVI.
Esta concepción fue cuestionada radicalmente por otro filósofo europeo, Baruch Espinosa, y lo más importante es que su concepción converge totalmente con la de los pueblos indígenas de América y Oceanía. Para Espinosa, se necesita un método diferente al de Descartes. El método de Descartes se basa en el dualismo entre mente y cuerpo, entre pensamientos y cosas, y entre el ser humano y la naturaleza. Pero si Dios es el creador del universo, Él y su creación son uno solo. Dios no es trascendente porque Él es la totalidad de su creación, de la que formamos parte. Si bien no logramos comprender su voluntad, sí podemos entender la naturaleza de todas las cosas que existen, a partir de las leyes que Dios ha implantado en ellas.
Mente y cuerpo, humanidad y naturaleza, son uno solo: la naturaleza es una unidad. Las cosas, piezas u objetos discretos de Descartes, inconexos e impenetrables, son abstracciones falsas. Al igual que las ideas, las cosas solo existen por asociación con otras cosas o ideas. El cuerpo humano forma parte de la naturaleza tanto como la mente humana, y la extensión y el pensamiento son, ambos, atributos diferentes de la misma totalidad. Las diferencias son superficiales y no esenciales, ya que todo existe en relación con todo lo demás.
Ahora bien, el principio de inmanencia es, precisamente, el punto en el que la concepción espinosiana se cruza con la concepción de la naturaleza de los pueblos indígenas. Estos ven la naturaleza como la Pachamama, o Madre Tierra, y afirman que la naturaleza no nos pertenece; somos nosotros quienes pertenecemos a la naturaleza. Si la tierra es madre, debemos cuidarla para que ella pueda cuidar de nosotros. Esta pertenencia radical contradice cualquier idea de dualismo entre el ser humano y la naturaleza. La entidad divina, independientemente de cómo se conciba, es una entidad de este mundo y puede manifestarse en un río, en una montaña o en un territorio determinado. Lo divino es la dimensión espiritual de lo material y ambos pertenecen al mismo mundo inmanente. Como afirma Davi Kopenawa, chamán yanomami,
Lo que [los blancos] llaman «naturaleza» es, en nuestra antigua lengua urihi, la tierra-selva, y también su imagen, visible solo para los chamanes, a la que llamamos Urihinari, el espíritu de la selva […] Así pues, para nosotros, los espíritus xapiri son los verdaderos dueños de la naturaleza, y no los humanos […] A los blancos les parece bonita la naturaleza que ven, sin saber por qué. Nosotros, por el contrario, sabemos que la verdadera naturaleza es tanto el bosque como las multitudes de xapiri que lo habitan.
Encontramos el argumento de Kopenawa en las intervenciones públicas de un gran número de líderes e intelectuales indígenas que, cada vez más, se están haciendo oír expresando sus propios puntos de vista y contrastándolos con «aquello a lo que los blancos llaman naturaleza». En Brasil, Ailton Krenak ha destacado por encima de todos.
Los pueblos indígenas, los más excluidos por la modernidad capitalista y colonialista, nos están enseñando el camino hacia el futuro. No importa si son muchos o pocos. Si son pocos, es porque fueron exterminados por los colonialistas y sus descendientes. Su representatividad no es cuantitativa, sino cualitativa. Hay que integrar sus concepciones en los debates sobre el futuro porque son las que mejor revelan la contradicción entre el capitalismo y la naturaleza y nos ofrecen alternativas.
Hacia la demodiversidad
A corto y medio plazo debe iniciarse un debate lo más amplio posible sobre la naturaleza del poder político y de los sistemas políticos, con el fin de incluir los cambios civilizatorios en la agenda política.
En el período en el que nos adentramos, las clases populares se encuentran en una situación paradójica y algo dilemática: no pueden prescindir ni de la democracia liberal (allí donde existe), ni del Estado moderno, pero ni una ni otro, tal y como están, sirven para afrontar los retos que se avecinan. La democracia liberal se ha degradado notablemente, hasta el punto de haberse convertido en un régimen híbrido, en el que los componentes democráticos se mezclan con componentes antidemocráticos de carácter fascista, estos últimos en constante crecimiento. Vigilar a los ciudadanos resulta cada vez más fácil que protegerlos.
En las próximas décadas, las clases populares tendrán que aprovechar al máximo las instituciones disponibles —en particular, los derechos humanos, los derechos sociales y económicos, la democracia y el Estado-nación—, luchando, al mismo tiempo, por la refundación democrática de la política y del Estado. Las sociedades en general entrarán en un período de gran agitación social y de relaciones tensas entre luchas institucionales y extrainstitucionales, entre partidos políticos y protestas callejeras, entre los grandes medios de comunicación y las redes sociales y las formas de comunicación comunitarias, entre iniciativas legales e ilegales, entre respuestas laicas al uso político de la religión y respuestas político-religiosas a la política laica y republicana.
¿Será posible salvar la democracia representativa? ¿Y en beneficio de quién? En cualquier proceso de transformación social progresista, los términos iniciales de los conflictos los definen las clases o élites dominantes. La mejor forma de medir el avance de las reivindicaciones y las luchas sociales reside en los cambios observados en los propios términos del conflicto. En la actualidad, los términos iniciales del conflicto son la democracia y los derechos humanos. Sin embargo, esto no significa aceptar acríticamente desde el principio la interpretación dominante de esos significantes. Las elecciones no garantizan que los intereses de la mayoría vayan a estar representados, si es que alguna vez lo garantizaron. Los mercaderes del miedo siempre se encargarán de que los sueños de las clases populares nunca se eleven por encima del nivel de la pesadilla. Si la disciplina no funciona y hay resistencia, el Estado estará en permanente estado de alerta para reprimir. En las próximas décadas, el estado de excepción (estado de emergencia, estado de sitio) será más la norma que la excepción.
Los primeros cambios progresistas que se produzcan en el marco del conflicto político deberán provenir de reivindicaciones destinadas a demostrar que la única forma en que la democracia representativa puede salvarse es articulándose con la democracia participativa y deliberativa, tanto a nivel local como nacional. Mucho más que el mero ejercicio del derecho al voto, resulta crucial la participación ciudadana en la vida política, de forma organizada y no partidista.
Los partidos políticos, tal y como existen, no tienen futuro. Deben dar paso a partidos-movimiento que recurran a los instrumentos de la democracia participativa. Esto significa reinventar los partidos políticos de manera que se conviertan en entidades moldeadas por la democracia participativa y, de este modo, garantizar la participación activa de sus miembros y simpatizantes, especialmente en lo que se refiere a la formulación de los programas partidistas y a la elección de los candidatos a cargos electos. La lógica del tiempo burocrático debe dar paso a la lógica del tiempo democrático.
Es fundamental aislar el mundo político del mundo económico, tal y como lo idealiza la teoría liberal, mediante medidas como, por ejemplo, el fin de la financiación empresarial de los partidos políticos y la eliminación del lobbying y de las asociaciones público-privadas, la creación de un sistema sólido de incompatibilidades y de vigilancia de los conflictos de intereses, la revocación de mandatos, el presupuesto participativo y la adopción de reformas electorales que acerquen a los representantes a quienes los han elegido. Una vez reformado el sistema político, los magistrados de los tribunales supremos y constitucionales y el fiscal general de la República deben ser elegidos por sufragio directo.
La reforma de los medios de comunicación es tan urgente como la política. Debe existir un sector público de la comunicación sólido, y quienes controlen los medios de comunicación privados no pueden tener intereses económicos en otros ámbitos. Es imperativo recuperar, fomentar y reforzar la comunicación ciudadana o comunitaria, incluida la comunicación en lenguas no coloniales o no oficiales siempre que se justifique.
Otros cambios progresistas, más profundos y en el marco del conflicto político, pasarán por considerar la democracia, no como un régimen político, sino como un proceso integral encaminado a la democratización gradual de las relaciones sociales, económicas, culturales, políticas e interpersonales dentro de la sociedad. No existe una única forma legítima de democracia, sino varias, que en su conjunto constituyen lo que denomino «demodiversidad». Del mismo modo que no podemos vivir sin biodiversidad, tampoco podemos vivir sin «demodiversidad».
En los diversos espacios-tiempos de nuestra vida colectiva, las tareas de democratización deben llevarse a cabo de manera diferente, y los tipos de democracia serán igualmente distintos. No es posible la democratización del Estado sin la democratización de la sociedad, sin la democratización de las relaciones internacionales y sin la democratización de las relaciones entre la humanidad y la naturaleza.
En su acepción más amplia, la democracia es la suma de los procesos mediante los cuales las relaciones de poder desiguales se sustituyen por relaciones de autoridad compartida. Las sociedades están constituidas por una multiplicidad de espacios-tiempos: la familia, la producción, la comunidad, el mercado, la ciudadanía, el mundo y, quizá, otros más. En cada uno de ellos, la necesidad de democratización es la misma, pero los tipos y los ejercicios de democracia varían.
Al adoptar el pensamiento político del liberalismo, las sociedades capitalistas, colonialistas y patriarcales en las que vivimos han reducido la democracia al espacio-tiempo de la ciudadanía o, dicho de otro modo, a lo que denominamos espacio de la ciudadanía, a pesar de que todos los demás espacios también son políticos. Por eso, la democracia liberal tiende a ser, en el mejor de los casos, una isla democrática en un archipiélago de despotismos. Cuando se reduce al espacio de la ciudadanía, la democracia liberal —también llamada democracia representativa— es frágil y, con frecuencia, indefensa si es atacada por antidemócratas, fascistas, neonazis y otras fuerzas de extrema derecha. La actualidad política habla por sí sola.
Mientras que en algunos países las luchas democráticas se centran en la defensa de las constituciones vigentes, en otros las luchas democráticas más avanzadas se centran en la convocatoria de asambleas constituyentes que conduzcan a la elaboración de nuevas constituciones, en el camino hacia un constitucionalismo transformador.
Las sociedades nacionales están sometidas hoy en día a un doble constitucionalismo: el constitucionalismo nacional, que en la mayoría de los casos garantiza los derechos de los ciudadanos y la existencia de instituciones democráticas, y el constitucionalismo global de las empresas multinacionales, los tratados de libre comercio y el capital financiero. Entre ambos constitucionalismos existen enormes contradicciones, ya que el constitucionalismo global no reconoce la democracia como un valor civilizatorio. Y lo más grave es que, en caso de conflicto entre ambos, suele prevalecer el constitucionalismo global.
Las lecciones extraídas de los procesos constituyentes de los últimos setenta años apuntan a tres principios rectores. En primer lugar, el poder constituyente debe mantenerse vivo incluso tras la conclusión de la labor de la asamblea constituyente y la formación del poder político. En segundo lugar, para que la articulación entre la democracia representativa y la participativa se tome en serio, es imprescindible romper con la tríada montesquieuana de los tres poderes soberanos y añadirles un cuarto poder, un órgano de control basado en los ciudadanos y destinado a garantizar que estos tengan control sobre el cumplimiento de las decisiones tomadas democráticamente. Por último, el pluralismo jurídico, la interculturalidad y la plurinacionalidad deben reconocerse siempre que sea necesario para garantizar que las personas tengan derecho a ser iguales cuando la diferencia las menosprecia y derecho a ser diferentes cuando la igualdad las descaracteriza.
Revolucionar la democracia y democratizar la revolución
Las iniciativas y medidas mencionadas anteriormente a modo de ejemplo de los retos que se avecinan podrían ser consideradas por algunos como una revolución y, por otros, como una concepción demasiado ambiciosa de lo que es la democracia. En lo que respecta a las luchas sociales, la tragedia del último siglo fue contraponer democracia y revolución. Me atrevo a pensar que lo que está en juego es un doble movimiento: democratizar la revolución y revolucionar la democracia. El socialismo es democracia sin fin.
La condición fundamental de este movimiento reside en la articulación de las luchas sociales. La fragmentación de las luchas sociales es hoy, quizás, el mayor obstáculo para la lucha por una sociedad radicalmente democrática. El siglo XXI ha sido testigo de la consolidación de una conciencia crítica colectiva que había surgido en el siglo anterior. Esa toma de conciencia implicó la identificación y evaluación de los diferentes factores estructurales responsables del sufrimiento colectivo y de las vidas destrozadas, sobre todo el capitalismo, el colonialismo y el heteropatriarcado. El Foro Social Mundial, que se reunió por primera vez en la ciudad de Porto Alegre (Brasil) en 2001, fue la gran chispa global que encendió la nueva conciencia de la resistencia de los oprimidos contra la dominación. Esta conciencia implicó reconocer, por un lado, las diferentes fuerzas de dominación presentes (y, por tanto, los diferentes grupos sociales responsables de la opresión) y la forma interrelacionada en que actúan, y, por otro lado, la necesidad de articular las luchas de resistencia contra esas fuerzas.
Sin embargo, la principal dinámica que se generó a partir de entonces no fue, en realidad, de interconexión, sino de fragmentación, basada en la idea de que «mi lucha es más importante que la tuya». La incapacidad de distinguir entre luchas que, si bien eran igualmente importantes a nivel estructural, no lo eran en la misma medida a la luz de los diferentes contextos regionales, culturales o políticos en los que se inscribían, resultó ser fatal. Esta fragmentación alcanzó un punto crítico en el caso de algunos de los movimientos implicados en luchas que, a pesar de la nobleza y la urgencia de sus objetivos, acabaron comprometiendo el éxito de otras luchas o incluso resultando contraproducentes para la causa que defendían, debido a su carácter aislacionista y extremista. A lo largo del siglo XX, el sindicalismo fue un caso clásico de aislacionismo; en el siglo XXI, hay motivos de sobra para creer que el próximo ejemplo vendrá de ciertos movimientos feministas.
Reconozco que revolucionar la democracia y democratizar la revolución no es tarea fácil, pero, en mi opinión, no hay otra forma de frenar el avance de las fuerzas de extrema derecha y fascistas que vienen ocupando el espacio democrático al tiempo que promueven la libertad económica como valor supremo, superior al resto de dimensiones de la libertad, por no hablar ya de la igualdad y la fraternidad. La miseria de la libertad se hará patente cuando la gran mayoría de la población solo tenga libertad para ser miserable.
