Lula de mi corazón
Mario Rodríguez
La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva constituye un alivio enorme para la democracia mal parida de nuestro continente. Frena el auge del fascismo y el militarismo en la región y representa una derrota directa y sin atenuantes para Donald Trump y Marco Rubio, quienes apostaron todo a Bolsonaro y salieron perdiendo.
Lula rescata el proyecto histórico del Partido de los Trabajadores, su proyecto político de toda la vida. Se trata de un triunfo en toda regla en la disputa global por la hegemonía y la preservación de los marcos democráticos frente al autoritarismo y el liberalismo más rancio, todo ello motivado por Trump.
El triunfo es aún más sorprendente si se considera que Lula tenía todo en contra, había perdido la mayoría del Congreso y el Senado, sus gobernadores obtuvieron victorias pírricas en estados poco relevantes y Bolsonaro había sacado una ventaja de millones de votos en la primera vuelta.
El día después de esta épica elección, el mundo respira y se abre la puerta para frenar esta ola de autoritarismo que recorre el mundo. Se vienen las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos, donde seguramente los republicanos perderán la mayoría, dándole un segundo golpe a Donald Trump. Lo mismo puede suceder en Israel, donde está en juego la continuidad del régimen genocida del sionismo, que previamente había manifestado su apoyo a Bolsonaro por boca de Netanyahu.
Y qué decir del freno que implica para Milei, el presidente argentino que se encuentra contra las cuerdas ante el deterioro constante de la economía. Milei había llegado expresamente a Brasil para ofrecer todo su apoyo a Bolsonaro, lo mismo que acaba de hacer en España, de donde salió avergonzado por la extrema derecha que lo invitó a Madrid.
Al proyectar este escenario sobre la realidad guatemalteca, hacia las elecciones de 2027, la lección brasileña cobra una relevancia crítica, pero diferenciada.
A diferencia del liderazgo histórico y la masa orgánica de base que respaldan a Lula, el gobierno de Bernardo Arévalo arrastra un desgaste acelerado debido al cerco de los poderes fácticos, la fragilidad de sus alianzas en el Congreso, las limitaciones estructurales para ejecutar reformas de fondo y, en muchos casos, su inacción y falta de firmeza ante situaciones que exigen más temple para gobernar.
Sin embargo, al igual que ocurrió con las fuerzas progresistas en Brasil, la figura presidencial no se encuentra totalmente derrotada, ni el espacio de cambio está anulado. La inhabilitación constitucional de la reelección para Arévalo traslada la urgencia al movimiento progresista, al frente amplio y a los movimientos sociales ahora convertidos en partidos, para consolidar una sucesión programática viable sin la figura individual del mandatario.
Por el lado opositor, las facciones extremistas, el denominado “pacto de corruptos” y los sectores tradicionales enfrentan una crisis de legitimidad aún mayor. Incapaces de estructurar una propuesta que no sea la mera restauración de viejos privilegios o el punitivismo efectista, la extrema derecha guatemalteca se afana en la búsqueda desesperada de una figura potable que logre aglutinar el voto de protesta o descontento. Sin embargo, la fragmentación interna y el propio desgaste ético de esas élites impiden garantizar un candidato con posibilidades reales de ganar.
Por eso busca afanosamente el apoyo de Trump para involucrar a la embajada en las próximas elecciones y que sean ellos, al final, los que se decanten por el candidato que les garantice sus intereses.
El triunfo de Lula demuestra que se puede frenar a la extrema derecha fascista en nuestros países. Pero para frenar a la oligarquía criolla guatemalteca no basta la retórica de resistencia. Se requiere la edificación de frentes amplios verdaderamente incluyentes, un pragmatismo táctico con todos los sectores progresistas y una propuesta concreta de alivio socioeconómico para las mayorías populares.
No se necesitan influencers, se requieren políticos decididos a ejercer el poder junto al pueblo.
En Guatemala, donde la extrema derecha carece de liderazgos hegemónicos pero conserva capacidad de bloqueo institucional y mantiene el control y poder de las instancias represivas, ahora en alianza estratégica con el crimen organizado, acecha en estas nuevas elecciones, más que para obtener la presidencia, para no perder su cuota de poder.
La supervivencia del proyecto democrático dependerá de si las fuerzas progresistas y sociales logran vertebrar una coalición más allá de los intereses personales de sus líderes y de los espacios que quieren conservar los partidos de izquierda para el ciclo electoral de 2027.
Lula demostró que se puede, si se está con el pueblo y se responde al pueblo. El triunfo del pueblo brasileño se convirtió en una palanca importante para mantener el equilibrio en el continente, pero también abre la puerta para una contraofensiva popular que se demarque a favor de la continuidad del proyecto democrático y que esto se traduzca en bienestar social para todos y todas.
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