Lula: El día después

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Marco Fonseca

La victoria de Lula constituye una derrota histórica de Flávio Bolsonaro, quien hasta el momento de escribir esta nota ha rechazado los resultados debido a la extensión del horario de votación y pedido por ello la anulación de los comicios. Representa también un revés político para Donald Trump y las derechas latinoamericanas que esperaban incorporar Brasil a su proyecto regional. Pero la magnitud del alivio no debe confundirse con la profundidad de la transformación alcanzada. La remontada electoral impidió el retorno del clan Bolsonaro al Ejecutivo. Queda pendiente disputar las condiciones sociales e ideológicas que hicieron posible su renovada amenaza.

En mi comentario anterior planteé que el problema brasileño desborda la competencia entre candidaturas y concierne a la producción de subjetividades y a la capacidad de convertirlas en fuerza política. Hoy debo atenuar un poco, solo un poco, el pesimismo en la conclusión de mi primer diagnóstico. La movilización posterior mostró reservas democráticas (por ejemplo, el enorme abstencionismo de la primera vuelta que alcanzó el 21% del electorado y que afectó a Lula no se repitió en la misma escala) que una lectura concentrada fundamentalmente en el avance reaccionario podía subestimar. Reconocerlo obliga a precisar la pregunta: ¿cómo convertir esa potencialidad subalterna, ese poder constituyente pasivo, en una articulación democrática y contrahegemónica activa, audaz y duradera?

Lula parece haber comprendido algo después de quedar segundo en la primera vuelta, es decir, que la gestión técnica y el balance administrativo de un gobierno de <<centro-izquierda>>, esencialmente social-demócrata, no moviliza por sí mismo a quienes desde abajo viven sus contradicciones, ambivalencias y limitaciones. Peor en tiempos de crisis social y climática acompañada del auge de la extrema derecha neofascista. La reacción de Lula, empujada en mucho sentido por la juventud que energizó su campaña de segunda vuelta, combinó presencia callejera y actividad digital (Lula mismo resultó participando en redes sociales como no lo había hecho antes), con un protagonismo que excedió los dispositivos habituales y centralizados de campaña y de gobierno. Esa movilización ayudó a reabrir una disputa que parecía claramente inclinarse hacia la derecha y cuya tendencia, francamente, no ha parado todavía a pesar de esta derrota. No permite atribuir toda la remontada a una sola causa, pero sí cuestiona la confianza en que las conquistas gubernamentales se defienden solas.

En su discurso tras la victoria, Lula reconoció a los sectores movilizados y prometió modificar su manera de gobernar mediante una mayor participación popular. También anunció una comunicación digital más directa. Estos compromisos sugieren una apertura, aunque todavía no constituyen una estrategia de transformación estatal encaminada al ensamblaje de articulaciones políticas contrahegemónicas. Escuchar al presidente varias veces al día puede acercar al gobierno y la población; pero participar exige, además, capacidad efectiva desde abajo y desde afuera, democráticamente, para intervenir en decisiones, controlar recursos y cuestionar prioridades.

La diferencia es crítica. Una ciudadanía convocada para escuchar, compartir mensajes y defender al gobierno sigue ocupando una posición subalterna y dependiente de la toma de decisiones en el centro político. La articulación democrática, sin embargo, comienza cuando esa ciudadanía puede protagonizar y elaborar demandas propias, organizar conflictos y producir orientaciones colectivas desde la periferia. Lula tiene ahora la oportunidad de convertir el reconocimiento de la movilización en una relación distinta y orgánica con sus protagonistas. Si las energías del segundo turno regresan a la espera pasiva de soluciones presidenciales, la victoria habrá desperdiciado parte de su potencia política.

Aquí adquiere toda su fuerza una de las fórmulas gramscianas más centrales: Estado = sociedad política + sociedad civil. Su alcance consiste en comprender que el poder se sostiene también mediante instituciones, prácticas y relaciones que organizan consentimiento. La sociedad civil, por ello, tampoco es un espacio espontáneamente democrático. Es un terreno de guerra – guerra de posiciones – atravesado por desigualdades, jerarquías y luchas hegemónicas y contrahegemónicas. El auge del fundamentalismo religioso y el tribalismo cultural demuestra lo que está en juego. Transformar la arquitectura estatal exige por ello intervenir en esa relación entre dirección política, organización social y experiencia cotidiana de los grupos subalternos. Sin una reforma moral e intelectual comenzando desde abajo, no hay posibilidad de contrarrestar el auge de la extrema derecha neofascista, el negacionismo climático y el virus del neoliberalismo que convierte el vivir mismo en gestión empresarial.

La tarea implica construir poder democrático donde la vida se organiza, es decir, en barrios, lugares de trabajo, escuelas, comunidades religiosas y territorios rurales – en toda la Amazonía. Allí deben encontrarse las necesidades inmediatas con capacidades de deliberación, acción colectiva y articulación democrática. La seguridad, el cuidado, el transporte o el endeudamiento pueden convertirse en puntos de articulación entre grupos hoy separados. Esto requiere organización sostenida, formación política y recursos. También exige aceptar que los movimientos conserven autonomía y protagonismo para confrontar al gobierno cuando sus decisiones contradigan las demandas populares y sus ambivalencias favorezcan al gran capital.

Desmontar la hegemonía bolsonarista obliga, además, a examinar sus soportes materiales. La investigación y la acción política deben identificar qué fracciones empresariales financian sus organizaciones, qué intereses impulsan la desregulación y quiénes se benefician de debilitar derechos laborales o protecciones ambientales. Hablar genéricamente de «las élites» resulta insuficiente. Hay que hacer visibles relaciones concretas entre capital transnacional, acumulación nacional, influencia institucional y producción de consentimiento – particularmente en las redes sociales controladas por el gran capital tecnológico. La crítica pierde capacidad transformadora cuando denuncia una ideología pero deja intactos los mecanismos del poder que permiten reproducirla.

La dimensión transnacional forma parte de este problema. La derrota de Flávio Bolsonaro limita por ahora la posibilidad de un alineamiento brasileño con el proyecto de Trump. El CEPR advirtió antes del balotaje sobre acciones estadounidenses favorables al candidato de la extrema derecha y sobre el riesgo de desconocimiento de una victoria de Lula. Ese señalamiento debe examinarse como un análisis documentado, sin convertir automáticamente cada presión externa en una operación de causalidad demostrada. Defender la soberanía exige precisamente rigor para identificar actores, instrumentos e intereses. Y una cosa es criticar a Meta, otra es realmente regular la empresa de Mark Zuckerberg – como Lula prometió hacer en su discurso de victoria.

Lula, en efecto, se comprometió a regular las grandes plataformas digitales y cuestionó su intervención en la disputa electoral. Ese compromiso toca una infraestructura fundamental del poder empresarial contemporáneo. Pero una política democrática y soberana de comunicación debe estar basada en la amplificación y profundización de las capacidades populares para producir información, discutirla y organizarse y no simplemente de fortalecer las capacidades de propaganda e inteligencia del Estado mismo. Por ello la regulación necesita acompañarse de medios comunitarios, educación crítica y condiciones de acceso que reduzcan la dependencia respecto de empresas privadas o burocracias estatales que – para conservar sus empleos – fácilmente pueden cambiar alianza cuando cambia el gobierno. Una izquierda puede alcanzar mayor circulación digital y continuar subordinada a las reglas que mercantilizan y burocratizan la atención.

Las emergencias sociales, ambientales y climáticas deben atravesar un nuevo ensamblaje de articulaciones democráticas. Atender el hambre, garantizar vivienda y proteger territorios – sobre todo por medio de programas sociales robustos y eficaces – son tareas urgentes cuyo desarrollo debe implementarse para ampliar la autonomía popular y no simplemente para mejorar las estadisticas de pobreza. Igualmente, una política de adaptación climática y transición energética debe incorporar decisiones comunitarias sobre infraestructura, territorio y beneficios; la transición energética debe fortalecer empleo con derechos y control público. Su contenido democrático depende de quién decide, quién recibe los beneficios y quién soporta los costos. La disputa ambiental pierde fuerza cuando aparece separada de las condiciones materiales de quienes necesitan sobrevivir hoy y ven en la Amazonía la catedral de su existencia.

El Congreso conservador constituye un límite real y demuestra los avances del bolsonarismo. Lula deberá negociar y construir mayorías para implementar medidas concretas. Pero esos acuerdos deben evaluarse también por sus efectos sobre la organización popular y la distribución del poder. Una negociación que obtiene estabilidad inmediata a cambio de bloquear indefinidamente las reformas puede preparar nuevas derrotas. La gobernabilidad democrática necesita apoyarse en fuerzas sociales y populares capaces de ampliar lo posible, exigir cuentas a sus propios representantes y demandar renuncias cuando la sobrevivencia personal sobrepasa el compromiso histórico con los de abajo.

Los próximos cuatro años deben estar centralmente dedicados a defender las conquistas y transformar las relaciones que mantienen a sus beneficiarios políticamente subordinados. Lula debe dar contenido institucional a su promesa de participación democrática, mientras las organizaciones populares articulan capacidad propia, autónoma y mediática para impulsarla y vigilarla. La victoria abre una oportunidad, pero su realización dependerá de conflictos, decisiones y articulaciones todavía por construir. La batalla por desmontar la hegemonía bolsonarista exige comenzar ahora, mientras la movilización conserva la experiencia de su propia fuerza. ¡No más vacilaciones!


Fuente #RefundaciónYa

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