«¿Mundial para quién?»: el fútbol ante la explotación y el capitalismo del despojo y de la exclusión social

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Por Isaac Enríquez Pérez

Fuentes: Rebelión

La Copa Mundial de la FIFA Brasil 2014 fue un macroevento contradictorio en extremo, prácticamente desde que la sede fue elegida en el año 2007. Entre ese año y el 2009, Brasil dio muestra del carácter emergente y pujante de su economía y de su modelo de reprimarización fundamentado en la bonanza de las commodities. Los Juegos Panamericanos Río de Janeiro 2007, El Mundial de 2014 y los Juegos Olímpicos Río de Janeiro 2016 constataron el liderazgo internacional de Luiz Inácio Lula Da Silva, así como la credibilidad que despertó su modelo de desarrollo. Sin embargo, ambos macroeventos deportivos también evidenciaron las fisuras de la sociedad brasileña y los ancestrales rezagos sociales de la misma. La ampliación de las políticas sociales y las transferencias monetarias a los ciudadanos contribuyeron a la desactivación de la acción colectiva; sin embargo, los jóvenes y los aficionados de clubes brasileños se organizaron para cuestionar y protestar contra los macroeventos deportivos a organizar en Brasil. De ahí surgieron el Frente Nacional de Aficionados y la Asociación Nacional de Aficionados.

El mismo Parlamento brasileño aprobó la llamada Ley General de la Copa, que otorgó una amplia autonomía y discrecionalidad a la FIFA para realizar sus operaciones en los territorios sede del Mundial; al tiempo que garantizó ganancias amplias a empresas como las inmobiliarias y de la construcción. Los cuantiosos recursos públicos fueron un signo de estos macroeventos; y ello fue de la mano del encarecimiento de ciertos servicios urbanos como el transporte público, así como de la especulación inmobiliaria. Las empresas constructoras generaron acuerdos con los gobiernos regionales y federal y con la FIFA para comenzar a construir nuevos estadios; sin embargo, ello fue a la par de la expulsión y el desplazamiento de poblaciones en torno a los terrenos dedicados a construir recintos deportivos. Incluso se recurrió a la represión policial para agilizar esos desalojos.

El Mundial de Brasil 2014 quizás fue el punto de quiebre en esa transición de la cultura popular del fútbol a la emergencia del fútbol como espectáculo/negocio de alcances globales y altamente. En el mismo Brasileirão operó esa transición después de la Copa Mundial al expulsar a la clase trabajadora de los estadios convertidos en “arenas categoría FIFA”, por oposición a los estadios clásicos con asientos de cemento y precios bajos en el boletaje. El emblemático estadio Maracaná fue muestra de esa transición al reducirse considerablemente el aforo al pasar de 200 mil aficionados –en 1950– a 76 mil con la remodelación iniciada en el año 2010. Se colocaron asientos individuales, se suprimieron los graderíos generales donde los aficionados estaban de pie durante los partidos (la llamada zona Geral).

Las huelgas y las protestas no se hicieron esperar ante este escenario de exclusión social que coincidía –para los años 2012 y 2013– con el agotamiento del “milagro económico brasileño”. Tan solo en el año 2013 se registraron 2050 huelgas; múltiples de ellas al margen de las dirigencias sindicales y encabezadas por las bases de trabajadores. A partir de junio de 2013 –en el marco de la Copa Confederaciones organizada por la FIFA– y hasta los inicios del Mundial 2014, se gestó una mega-movilización popular, El linchamiento de estas protestas no se hizo esperar en la prensa e, incluso, en el aparato judicial, represión policial de por medio.

Previo a estas movilizaciones contra el Mundial de Brasil 2014, se incubaron movimientos sociales autónomos que recogían demandas ecologistas, territoriales, feministas, contra el racismo, de derechos de comunidades autóctonas, entre otras. De ahí surgieron los llamados Comités Populares de la Copa en el seno de ciudades como Sāo Paulo y Río de Janeiro. Entre los lemas de las vertientes que adoptaron estos Comités destacaron Não Vai Ter Copa (“no habrá Mundial”) y Copa Pra Quem? (¿Mundial para quién?). Con el primer lema se pretendió un sabotaje que manchara la fiesta mundialista; en tanto que las organizaciones populares detrás del último lema pretendieron señalar públicamente el despojo y la represión de que fueron objeto múltiples comunidades en aras de organizar y realizar la justa mundialista de aquel año. Los Comités ponían de relieve que el Mundial del 2014 profundizaría los efectos negativos de los megaproyectos de infraestructura y el ataque a los derechos a la ciudad (https://shre.ink/Lkq3). Se denunciaba la segregación social del espacio y la expulsión de comunidades, profundizadas ambas con la presencia de la FIFA en las ciudades sede mundialistas. No solo se les desalojó a estas poblaciones de las inmediaciones de una sede como lo que sería el Neo Química Arena en São Paulo, sino que también se les desterró de las zonas aledañas al estadio para evitar que esas comunidades vendiesen sus mercaderías durante el Mundial de Fútbol. A su vez, fueron perseguidas las personas “sin techo”. No menos importante fue la explotación sexual denunciada por los Comités y aprovechada por el turismo masivo ligado a los partidos mundialistas.

Cuando menos desde la Copa Mundial Brasil 2014, la lógica del despojo y la exclusión social, está ampliamente vinculada a la elitización –con la consecuente gentrificación– del fútbol como un espectáculo/negocio que reproduce la lógica de la desigualdad del capitalismo contemporáneo. A su vez, todo ello no ocurre en vacíos sociales, sino que se relaciona con la entronización del individualismo hedonista propio de una cultura consumista y de los deseos creados de manera artificial desde la publicidad. La alienación de ese individuo se corresponde con el mismo socavamiento de su identidad personal y territorial.

En esa lógica de exclusión social está presente en todo momento el fenómeno de la explotación: a) desde la confección de las prendas y accesorios deportivos en pequeños talleres familiares o en pequeñas y medianas empresas del Asia Meridional o de Centroamérica, en lo que sería una especie de esclavitud moderna tolerada en zonas francas donde privan salarios bajos –de 5 a 7 euros al día, mientras una prenda de fútbol puede alcanzar hasta 150 dólares–; supresión de los derechos sindicales; condiciones laborales insalubres que provocan malestares respiratorios, musculares, nutricionales, de insomnio y estrés, sobre todo en las mujeres empleadas; largas y agotadoras jornadas laborales; acoso y violencias de todo tipo en los centros de trabajo parecidos más a cárceles extremadamente vigiladas, expuestas a ruidos de música ensordecedora y altas temperaturas (https://shre.ink/Lkqo). Ello sin mencionar las empresas dedicadas a la copia o piratería de ropa deportiva, uniformes, tenis, juguetes y souvenirs, y que también mantienen a los empleados en condiciones laborales precarias, sin seguridad social y violentando las obligaciones fiscales y los derechos de propiedad industrial y de marca. b) Hasta las condiciones precarias de los trabajadores contratados por empresas constructoras que remodelan o construyen estadios en su totalidad, tal como ocurrió con los recintos para la Copa Mundial de la FIFA Rusia 2018 y la realizada en Qatar 2022, y donde los trabajadores sufrieron violaciones a sus derechos humanos y la falta de pago o el pago parcial, así como la exposición a temperaturas extremas, largas jornadas laborales y falta de descanso, según lo denunciado por Human Rights Watch para el caso de Rusia (https://shre.ink/Lkqt), así como exposición a condiciones de trabajo forzado y abusos a los derechos humanos padecidos por los trabajadores migrantes en la construcción de infraestructura futbolística en Qatar, y que provienen de la India, Nepal y Bangladesh. Amnistía Internacional detectó una serie de abusos en los preparativos de la infraestructura para el Mundial de Qatar tras entrevistar a un importante número de obreros migrantes, a saber: hospedaje precario y en condiciones de hacinamiento; obligación de reportar enormes pagos a contratistas del país de origen que les aseguraría el empleo en Qatar –entre 500 y 4300 dólares–; salarios inferiores a los comprometidos y labores distintas a las indicadas en un inicio; falta de pago del salario por semanas o meses, situación que coloca a los obreros en permanente endeudamiento; negación del permiso de residencia o a la renovación del mismo por parte de los empleadores, situación que los expone a la detención o expulsión como “trabajadores fugados”; retención del pasaporte y supresión de permisos para salir de Qatar; y amenazas y represalias por la denuncia de estas condiciones laborales y abusos a los derechos humanos (https://shre.ink/Lkqe). c) Los bajos salarios y las condiciones laborales precarias experimentados por los trabajadores que ejecutan la logística en torno a un partido de fútbol y a la limpieza y mantenimiento de la infraestructura deportiva. d) La explotación y el estrés laboral al que vive sometido el futbolista profesional, incluso aquel de élite o de alto rendimiento. Esto es, el derecho humano al trabajo digno es constantemente violentado en el llamado “mercado de piernas”, y aunque no pocos jugadores cuentan con contratos millonarios, no gozan de mínimos derechos como el sindicalizarse. Convertido el futbolista en una mercancía, opera sobre él una racionalidad instrumental descarnada que lo torna en objeto desechable cuando sobrepasa cierta edad o cuando está lesionado. El jugador tiene un precio de mercado en función de la posición desempeñada en el terreno de juego, de su proyección mediática y digital, de su edad e, incluso, de su depreciación. Las formas de esclavitud moderna llegan al jugador profesional cuando está restringido o coaccionado en sus horarios, en su vida personal, en sus hábitos y hasta en su dinámica familiar y en su intimidad.

Sobre estos últimos puntos el futbolista de élite Gareth Bale, entonces jugador del Real Madrid, declaró para el documental británico State the Play producido por BT Sports Films y estrenado el 29 de mayo de 2019: “En el fútbol somos robots. Como atleta profesional en el entorno de un equipo no puedes elegir el calendario como en deportes como el golf o el tenis. Ni puedes elegir qué hacer ni cuándo hacerlo. Nos dicen dónde tenemos que estar y cuándo, a qué hora tenemos que comer, a qué hora hay que ir con el entrenador. Es como si perdieras el control de tu vida de alguna manera en aras de lograr el éxito. Cuando eres un niño, no tienes tantos pensamientos en la cabeza, puedes disfrutar con tus amigos y reírte. Cuando llegas a la elite, hay todo tipo de presiones, expectativas, gente hablando negativamente todo el tiempo y sí, se pierde ese sentimiento infantil” (https://shre.ink/LkqM).

Otros rasgos descarnados de la explotación del futbolista se manifiestan cuando aún no es de élite. Por ejemplo, se incurre en el fenómeno de la trata de personas y de menores cuando amplias redes transnacionales de tráfico de futbolistas les prometen una carrera deportiva exitosa, les falsifican sus documentos personales, e incluso cuando no llegan a rendir en la cancha son abandonados a su suerte en otros países de donde no son originarios y en donde realizan las pruebas. No pocas veces se mantiene esa promesa de ser contratados profesionalmente y se les obliga a realizar trabajos forzados y no remunerados. Los familiares también sufren engaños no pocas veces cuando se les hacen cobros indebidos por la formación del futbolista o se les presiona a endeudarse parea continuar sus carreras.

La corrupción es otro fenómeno que profundiza la explotación en el fútbol, particularmente cuando los jugadores profesionales son coaccionados para favorecer en un partido los sistemas de apuestas legales e ilegales. Se trata de un ámbito –este de las apuestas– que no cuenta con las regulaciones estatales suficientes ni con mecanismos de vigilancia en torno a sus actividades ilícitas.

Lo anterior conduce a considerar que la pregunta esbozada por los Comités Populares de la Copa antes del Mundial de Brasil 2014 continúa vigente: ¿Mundial para quién?. La respuesta parece no considerar a las grandes masas populares que involucran sus emociones, sueños, expectativas e ingresos familiares. Son las estructuras de poder, dominación y riqueza, cuyos rostros visibles se encarnan en la FIFA y en las corporaciones globales patrocinadoras como Adidas, Coca-Cola, Hisense, Kia, McDonald’s, Visa, entre otras, y sus beneficiarios nacionales, los que gozan a raudales de un negocio/espectáculo que cada vez más se aleja de los pueblos y se acerca a una elitización desaforada donde la reducción de la capacidad de los estadios es solo una muestra de ello en aras de hacer del fútbol un entretenimiento VIP con precios estratosféricos. Más todavía: Si al análisis de la economía política del fútbol sumamos la noción de explotación, lograremos potenciar la mirada en torno a las contradicciones del deporte rey como fenómeno social de alcances globales que engarza múltiples dimensiones de la realidad.

Apelar al carácter popular del fútbol no solo es parte del derecho humano al esparcimiento, sino parte de una lucha que supone generar contrapesos a las estructuras depredadoras que promueven esa elitización y segregación social que hoy día vuelven a replicarse con mayor intensidad a las puertas de la Copa Mundial de la FIFA 2026, en tanto macroevento signado por la exclusión social y las luchas geopolíticas y geoeconómicas del capital.

Isaac Enríquez Pérez. Académico en la Universidad Autónoma de Zacatecas, escritor y autor del libro “La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos”. Twitter: @isaacepunam

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