Crónicas del Mundial United 2026: La Canarinha sin alma y Paraguay con la garra intacta
(O cómo Brasil aburre a todo el mundo y Paraguay hace historia sin pedir permiso)
Brasil sin alma pero con pasaporte a la siguiente ronda (y eso que no se lo merecen)
Cuesta entender cómo se desvanece la historia de un equipo como Brasil. La Canarinha, que alguna vez fue sinónimo de alegría, hoy es más bien un manual de cómo aburrir a millones de espectadores en 90 minutos. Para decirlo con sentido táctico: el equipo no tiene ritmo. Pases intrascendentes en el mediocampo, lentos desplazamientos interiores, jugadores que parecen estar jugando en cámara lenta mientras el resto del mundo va a velocidad normal. Es como ver a un grupo de jubilados tratando de bailar samba después de una cena copiosa.
Japón, en base a velocidad y una pizca de dignidad, los superó en algunos tramos del encuentro. Pero el fútbol, como la vida, no siempre es justo. Brasil ganó sin convencer, aferrado a su tradición, a sus colores y a su historia —que ya pesa más que su presente. Gana porque, cuando pudo, anotó. Pero tuvo un fútbol para el olvido. Hubo tramos en los que fue tan desesperado que pidió tiempo al final, lanzó la pelota fuera del campo y se encomendó a lo alto para que el equipo japonés no encajara de nuevo.
Así que un equipo sin alma, que deambula en el terreno de juego como quien perdió la dignidad y las ganas de vivir, se encontró con un gol milagroso al final del tiempo. Dios, parece que también juega para Brasil.
El mediocampo de la tercera edad: Casemiro y compañía
Esto le pasa porque el actual equipo no tiene jugadores creativos. Los tres medios, Guimarães, Lucas Paquetá y Casemiro, son tan lentos que en algunas fases del partido hasta parecen perezosos. Por no decir veteranos. Quizás, años atrás, eran buenos para destruir el juego, defender la pelota y frenar los lances ofensivos contrarios. Pero ahora son incapaces de dar un pase de forma adecuada. Son tan malos que ya ni para destruir el juego sirven. Ahora solo destruyen el espectáculo.
Danilo, el lateral derecho, no puede insinuarse y cuando defiende lo hace tan mal que cualquiera que recibe la pelota en su zona se convierte en peligro automático. Es como si tuviera un cartel de «Bienvenidos» en su espalda.
El otro lateral es más de lo mismo: cualquier balón que reciben, necesariamente lo regresan al centro del campo. Douglas Santos pasa desapercibido casi todo el partido sin animarse a insinuarse más allá del mediocampo. Es como si estuviera escondido detrás de una cortina. El punta, Ryan, nunca desborda; más parece un pivote que controla el balón y hace el pase o genera el centro. Vinicius, por su parte, siempre está controlado, pero cuando desborda genera peligro. Es la única chispa en un equipo que parece haber apagado todas las luces.
Ancelotti: el italiano que no quiere ver lo que todos vemos
Ancelotti no termina de reconocer la inoperancia de Paquetá. Es como el padre que se niega a aceptar que su hijo no sirve para el fútbol. Casemiro jugó un partido discreto, pero por su gol se le perdona mucho de su inconsistencia. Martinelli tuvo una sola oportunidad y no la desperdició. Los japoneses se entregaron con el empate, retomaron después el balón, pero no tuvieron el arresto suficiente para generar jugadas de peligro.
El equipo verdeamarelo continúa en el Mundial y sigue siendo un favorito para avanzar en la siguiente ronda, pero su juego no da para llegar a la final. Contra Japón tuvo destellos de juego de conjunto, rápido y con pases de precisión, pero nunca es constante. Para pasar esta ronda está bien. Brasil puede dar más y debe mejorar si quiere ser campeón. Pero viendo lo que ha mostrado hasta ahora, mejor que empiecen a rezar. Y no solo a Dios, sino a todos los santos del fútbol.
Paraguay hizo historia (y Alemania se fue a casa)
Paraguay hizo historia. Con un gol de penal, el cuadro guaraní eliminó al conjunto alemán de esta Copa del Mundo. Un hecho histórico, digno de un marco mundialista. Mientras Brasil se arrastraba hacia los octavos de final, Paraguay saltaba, corría y, sobre todo, creía.
Sobre el partido, hay mucho que decir. Alemania controló el partido, pero nunca superó la defensa guaraní, que con orden táctico y disciplina férrea pudo contener el asedio. El gol de Enciso desató las alarmas, y Alemania empujó más arriba, pero sin orden, sin ideas, confiado en que los centros al área darían resultados. No los dieron. La prórroga fue una repetición de todo el partido: control alemán, disciplina defensiva paraguaya y contragolpe. Un gol anulado y tanda de penaltis.
Lo más lindo: la eliminación del equipo alemán. Porque, seamos honestos, todos queríamos ver a Alemania fuera. No por odio, sino por justicia poética. Después de todo, ellos ya tienen suficientes títulos y nosotros necesitamos nuevas historias que contar.

El VAR, otra vez en el centro de la polémica
El VAR evitó la remontada de Alemania. Empujones en el área hay y a montones. El VAR no tiene un criterio unificado para marcarle al árbitro qué empujones marcar y cuales no.
En los once metros, Paraguay intento no fallar. Gill se convirtió en leyenda tras pararle los penales al propio Havertz, Woltemade y Tah. Paraguay es histórica. Espera ahora a Francia o Suecia. O a quien sea. Porque Paraguay, con su garra, ya demostró que no le teme a nadie.
Lo que se viene: Brasil dormido, Paraguay despierto
Brasil, con su fútbol de siesta y su mediocampo de veteranos, deberá enfrentar lo que venga con la misma cara de sueño que ha mostrado hasta ahora. Pero cuidado: en los octavos de final, el sueño se acaba. Y si Brasil no despierta, podría encontrar una pesadilla más.
Mientras tanto, Paraguay celebra. Y Alemania hace las maletas. El fútbol, a veces, tiene la cortesía de recordarnos que el pasado no siempre gana. Y que, aunque Brasil tenga cinco estrellas, hoy juega como si le hubieran robado las otras cuatro.
Nota final: Esta crónica es una mirada irónica al Mundial, sus contradicciones y sus miserias. Si el fútbol es el espejo de la sociedad, este Mundial refleja un mundo donde el dinero, el poder y la hipocresía deciden el juego. Y los sueños, como los balones, a veces entran, a veces no. Pero siempre hay alguien dispuesto a cobrar por el espectáculo. Y, en el caso de Brasil, alguien dispuesto a dormirse en el campo.
