Irán: el Apocalipsis Ahora
Resumen
Mientras el mundo observa la escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán como un nuevo episodio de rivalidad geopolítica en Medio Oriente, algo más inquietante está ocurriendo en el trasfondo. La guerra no solo se está justificando en términos de estrategia militar, petróleo o disuasión nuclear. También está siendo narrada y emocionalmente movilizada mediante lenguajes religiosos, mesiánicos y abiertamente apocalípticos. En Washington, en Jerusalén y en Teherán, sectores influyentes interpretan el conflicto dentro de imaginarios de cruzada, redención, martirio y fin de los tiempos. Para comprender lo que está en juego, debemos mirar más allá de la geopolítica inmediata y situar esta guerra dentro de una crisis histórica más profunda del orden global.
Tres puntos clave
1. La guerra contra Irán está siendo narrada en clave teológico-política.
En Estados Unidos y en Israel circulan imaginarios religiosos que presentan el conflicto como parte de una lucha civilizatoria o incluso como un momento del “fin de los tiempos”. En Irán, ciertas corrientes del chiismo político también movilizan referencias escatológicas vinculadas al mahdismo. La guerra, así, adquiere un significado trascendental que va más allá de los cálculos estratégicos.
2. El conflicto se inscribe en la crisis del capitalismo global y el auge del capitalismo autoritario y el neoimperialismo trumpista
Autores como Nancy Fraser y William Robinson sostienen que el capitalismo contemporáneo atraviesa una crisis multidimensional (económica, ecológica y política), una policrisis, que erosiona la legitimidad de los Estados y aumenta la conflictividad geopolítica. En este contexto, las guerras regionales funcionan también como mecanismos para gestionar las contradicciones del sistema.
3. El lenguaje del Apocalipsis se convierte en una forma de gobernar la crisis.
A medida que el capitalismo autoritario erosiona aún más la democracia de lo que hizo el neoliberalismo, también produce más resentimiento social, como señala Wendy Brown, las narrativas apocalípticas ayudan a volver moralmente inteligibles escenarios cada vez más opacos y extremos: guerras prolongadas, devastación regional e incluso riesgos nucleares. El Apocalipsis se convierte así en una tecnología política para legitimar una escalada catastrófica.
El argumento
Cuando la guerra deja de explicarse solo por geopolítica
La escalada militar entre Estados Unidos e Irán ha ensanchado y profundizado el abismo de conflictos e inestabilidad de larga data en Medio Oriente. Pero reducir esta guerra a cálculos económicos (petróleo), militares (programa nuclear) o rivalidad geopolítica (esferas de influencia en la región) sería un error. La guerra contra Irán también está siendo narrada y emocionalmente movilizada mediante lenguajes religiosos, mesiánicos y abiertamente apocalípticos.
Desde los años ochenta, inmediatamente después de la Revolución Islámica iraní, estos imaginarios han circulado con fuerza creciente en la política regional, dentro del movimiento zionista y la extrema derecha israelí y en sectores religiosos fundamentalistas y de los grupos de poder estadounidense. En los últimos años han pasado de ser marginales a ocupar espacios visibles en el discurso político y militar. Esto quedó evidenciado cuando Mike Huckabee, el actual embajador de EE.UU. en Israel, hizo la sugerencia de que Israel tiene derecho otorgado por Dios a gran parte de Medio Oriente. Esta sugerencia tiene sus raíces en la teología sionista cristiana.
Reportes periodísticos han documentado denuncias de más de 200 militares estadounidenses que afirman haber escuchado a mandos describir conflictos en Medio Oriente como parte del “plan divino de Dios”, ligados al “fin de los tiempos” y al retorno de Jesús. Otros reportes indican que por lo menos “un comandante de las fuerzas armadas de EE.UU. dijo que ‘Trump ha sido ungido por Jesús’ para librar la guerra contra Irán”. Es decir que no se trata simplemente de puntos de vista privados sobre la religión, sino de una retórica apocalíptica circulando dentro de la propia cadena del alto mando militar de las fuerzas armadas de EE.UU. en forma, incluso, de doctrina militar.
El caso de Pete Hegseth, el actual secretario de Defensa de Trump, ilustra bien este clima ideológico. Sus tatuajes —entre ellos la cruz de Jerusalén y la frase Deus Vult (“Dios lo quiere”)— remiten directamente a la iconografía de las Cruzadas. Hoy ese imaginario ha sido adoptado por corrientes del cristianismo nacionalista que interpretan los conflictos contemporáneos como una guerra civilizatoria entre Occidente y el Islam.
Sin embargo, esta dimensión religiosa no aparece solo en Estados Unidos.
La guerra como narrativa bíblica
En Israel también encontramos elementos similares.
La operación militar israelí de junio de 2025 contra Irán fue bautizada “Rising Lion”, una referencia directa al libro bíblico de Números. Antes de la operación, Benjamín Netanyahu dejó una nota en el Muro de las Lamentaciones citando ese mismo versículo.
La guerra se reviste así de lenguaje bíblico y destino nacional.
Detrás de este gesto hay algo más profundo: la influencia creciente del Sionismo Religioso Mesiánico, particularmente en su vertiente del “Gran Israel”, que interpreta la soberanía judía sobre toda la tierra bíblica como un mandato divino imperativo para la redención. Este movimiento promueve la ocupación y el asentamiento en Cisjordania (Judea y Samaria) como un “deber religioso sagrado”, a menudo deslegitimando la presencia palestina e impulsando los asentamientos israelíes ilegales y violentos.
Como ha sido señalado por Moshé Machover:
“El autor de esta mutación fue un rabino, Abraham Isaac Kook, quien fundó a principios de la década de 1920 una yeshivá (institución educativa superior religiosa judía), en la que promovió lo que entonces era una ideología muy inusual. El judaísmo ortodoxo rabínico habitual prohibía a los judíos tratar de dominar Palestina, y ciertamente ir al Monte Sagrado, que se preservaba para la venida del Mesías (no la ‘segunda venida’; después de todo, Jesús fue uno de varios de impostores…). Un día vendría el verdadero mesías, montado en su asno profético, y reuniría a los judíos en Tierra Santa. Sin embargo, el rabino Kook desarrolló una teología según la cual el mesías en realidad está por llegar y el sionismo es su heraldo. Aunque la mano de dios no debe ser forzada antes de la llegada del mesías, ¡ahora está en camino!”
Estas observaciones no tendrían mucho peso político e incluso global sino fuera porque Netanyahu llegó a un acuerdo para gobernar por medio de una alianza entre el supremacismo judío y la extrema derecha inspirada precisamente por el Sionismo Religioso. Con un cántico de sus seguidores que suele ser “muerte a los árabes”, políticos como Itamar Ben-Gvir, hoy ministro de Seguridad en el gabinete de gobierno, han hecho del Sionismo Religioso una política del Estado israelí hacia los sitios más sagrados en Jerusalén, hacia los territorios ocupados de Palestina, los Altos del Golán y hoy hacia Irán. Netanyahu, entonces, ejerce gobierno gracias al apoyo de la coalición de partidos más derechista que haya tenido Israel en siete décadas.
En ese marco, la destrucción de Gaza o la confrontación con Irán son interpretadas no como tragedias políticas, sino como acontecimientos necesarios en el drama del fin de los tiempos.
El espejo iraní
Sería simplista pensar que la dimensión religiosa opera solo del lado occidental.
En Irán también existen elementos escatológicos dentro de la ideología del régimen, especialmente vinculados al mahdismo del chiismo duodecimano. Algunas corrientes dentro de la élite iraní interpretan la política regional en relación con la eventual aparición del Mahdi, figura mesiánica del islam chiita. El resultado es una configuración singular.
Tres actores enfrentados – Estados Unidos, Israel e Irán – movilizan imaginarios religiosos que, en distintos grados, convierten la guerra en un evento con significado apocalíptico y trascendental.
La crisis del capitalismo global
Pero esta dimensión teológica no surge en el vacío. Para entender por qué el lenguaje del Apocalipsis reaparece hoy en la política internacional, hay que situarlo dentro de una crisis histórica más amplia.
La filósofa Nancy Fraser sostiene que el capitalismo contemporáneo atraviesa una crisis general del orden social, que no es solo económica sino también ecológica, política y social. La crisis climática, el agotamiento de los sistemas de cuidado, la financiarización extrema y la creciente desigualdad forman parte de un mismo proceso estructural.
El sociólogo William Robinson describe esta coyuntura como una “crisis epocal” del capitalismo global, marcada por la sobreacumulación de capital, el colapso de la legitimidad política y la expansión de conflictos geopolíticos. Cuando enormes cantidades de capital ya no encuentran dónde invertirse productivamente, el sistema tiende a volverse más violento y depredador.
Las guerras, en este contexto, no son anomalías. Son mecanismos para gestionar las contradicciones del sistema.
El neoliberalismo y la política del resentimiento
La filósofa Wendy Brown añade otra pieza importante al rompecabezas. Según su análisis, el neoliberalismo no solo transformó la economía global. También erosionó las bases mismas de la democracia y del imaginario político de lo social. Al privatizar la vida pública y trasladar responsabilidades colectivas hacia el individuo y la familia, el neoliberalismo generó un terreno fértil para la política del resentimiento.
Las nuevas derechas contemporáneas combinan por lo menos tres elementos claves que incluyen un neoliberalismo económico corporativo, un nacionalismo autoritario y un fundamentalismo religioso Esta combinación produce un fenómeno político que Brown describe como un neoliberalismo “Frankenstein”, capaz de movilizar afectos de miedo, fatalismo y rabia mientras desmantela las instituciones democráticas y refuerza las tendencias más autoritarias.
El tono apocalíptico de muchas narrativas políticas actuales no es casual. Es una forma de canalizar esas emociones.
Los objetivos geopolíticos
En el terreno más inmediato de la política internacional, los objetivos de la guerra contra Irán combinan varias dimensiones.
Para Estados Unidos, el conflicto se vincula con la preservación de su hegemonía militar en Medio Oriente ante los avances de Rusia, China y la creciente influencia de India; el control de rutas energéticas y estratégicas; y, por supuesto, la contención de rivales globales como China.
Para Israel, algunos analistas sostienen que el objetivo no es solo debilitar el programa nuclear iraní, sino provocar una crisis estructural que desestabilice al régimen desde dentro y lleve al país a una situación de crisis permanente que haga imposible respuestas coherentes a sus enemigos externos.
Irán, por su parte, busca algo igualmente ambicioso, es decir, expulsar la presencia militar estadounidense de la región mediante una red de alianzas que incluye actores estatales y milicias regionales.
En este sentido, la guerra actual no es un conflicto bilateral. Es una lucha entre proyectos regionales incompatibles.
Pero también hay otro elemento internacional que suele pasar desapercibido. La escalada contra Irán también tiene el efecto de desplazar la atención internacional lejos de Gaza. A medida que el conflicto regional se amplía hasta Líbano, el Mar Rojo e Irán, la devastación palestina queda cada vez más aislada en el escenario internacional. Paradójicamente, entonces, cuanto más grande se vuelve la guerra regional, más invisible se vuelve Gaza.
El apocalipsis como forma de gobernar la crisis
Lo que emerge de todo esto es una transformación más profunda. La política global está comenzando a operar bajo un horizonte apocalíptico. No se trata simplemente de retórica religiosa. Es una forma de gobernar una crisis histórica para la cual las élites no parecen tener solución ni justificación racionalmente aceptable. En ese sentido, apelar al miedo, la fe o la ideología ciega resulta ser algo muy prioritario.
Cuando los líderes hablan de guerras inevitables, civilizaciones en conflicto o destinos históricos, están creando narrativas que vuelven aceptables escenarios que antes habrían parecido impensables. La devastación regional aparece como un precio aceptable que pagar para alcanzar la “salvación” nacional y espiritual. La guerra permanente se vuelve un modo de vida. Incluso el riesgo nuclear resulta aceptable si ello acelera el Apocalipsis.
El lenguaje del Apocalipsis funciona así como una tecnología política de legitimación.
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Entre el colapso y el Apocalipsis
La guerra contra Irán revela algo más profundo que una disputa regional. Revela la forma en que el capitalismo global en crisis produce simultáneamente dos horizontes históricos distintos. Por un lado, enfrentamos el riesgo de colapso ecológico, producto de un sistema económico basado en la acumulación ilimitada. Por otro lado, enfrentamos un Apocalipsis político, producido por la incapacidad de las élites para imaginar una salida democrática a esa crisis. En esta visión en paralaje, el mundo contemporáneo parece atrapado entre ambos.
El colapso amenaza las bases materiales de la civilización. El Apocalipsis amenaza sus bases políticas. Y la guerra, como tantas veces en la historia, aparece en el punto o líneas de falla donde ambas crisis se encuentran.
Para quienes quieran profundizar en las dimensiones teóricas y geopolíticas de este debate, incluyo algunas referencias clave.
Bibliografía
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