En búsqueda de nuestra libertad, no la falsedad de 1821
Fernando Cajas
En 1821, año de la pseudoindependencia de Guatemala de España, ya existían en el occidente movimientos localistas en pro de un Estado de los Altos. Un grupito de criollos se adelantó al Pueblo en la Nueva Guatemala: cambió de bandera y dejó intacta la finca. En el valle de Xelajuj Noj esa firma no se leyó como nacimiento de un país para todos. Se leyó como otro capataz, más cerca, cobrando los mismos impuestos.
El Estado de los Altos no cabe en el 15 de septiembre. Se proclama en 1838, aunque de el se habla antes de 1821. Rel presidente Rafael Carrera lo aplasta en 1840 y vuelve, breve, en 1848. La idea, esa sí, recorre el resto del siglo XIX. Esos intentos separatistas no inventaron una identidad: la fortalecieron. Ya había una búsqueda de libertad y autonomía que el pueblo nombra desde Culahá, desde Xelajuj Noj. Las fusiones, las interacciones, lo multicultural — quiché (k’iche’), ladino, criollo, trato con la costa y con el sur de México— hicieron de este un pueblo con carácter propio . Eso no es folklore de feria. Eso es práctica social. La identidad no se hereda como título; se reconstruye en el mercado, en el idioma, en la escuela, en la frontera… es como la honestidad.
Quetzaltenango tenía relaciones con el sur de México cuando la capital todavía discutía actas. Había producción de bienes y servicios, maíz, trigo, textiles, ganado y, más tarde, café. La frontera por el lado de Chiapas siempre fue permeable. Si uno pregunta a quienes viven en esa frontera, muchos no distinguen con facilidad si los abuelos y tatarabuelos eran mexicanos o guatemaltecos. El mapa es posterior al trato.
La oferta educativa que hoy recordamos como alma de Xela no está en 1821. Llega cuando la Reforma convierte el regionalismo en “Occidente”. El Colegio de Occidente, semilla del INVO, se funda en 1872. El colegio de señoritas, en 1875; la normal del INSO, en 1880. La Universidad de Occidente nace el 20 de noviembre de 1876 y abre en 1877. La usan quetzaltecos, gente de otras latitudes de Guatemala y estudiantes que cruzan desde México. Esa escuela no crea al pueblo. Lo consolida, por un tiempo, en un Estado que ya no es el de los Altos: es la República cafetalera.
En el fondo el General Justo Rufino Barrios no “regala Chiapas” en una noche de 1870 como quien entrega una finca de Quetzaltenango. Chiapas se pronuncia por México en los años veinte; el Soconusco se disputa hasta 1842. En 1882 Guatemala renuncia al reclamo. El fracaso es político: el intento liberal de integrar economía y territorio hacia el norte se resuelve achicando el mapa. Lo que el occidente sentía como propio queda del otro lado del Suchiate, ya en el Grijalva.
Entre finales del 1800 y principios del 1900 Quetzaltenango llega a ser referente cultural del altiplano y del sur inmediato de México sin ser capital de un Estado. Instituto, teatro, banco, marimba, universidad propia. Aunque son distintas épocas, de mi análisis emerge un mismo método que vimos en 1821: adelantarse al Pueblo para que el Pueblo no llegue. 1821 reservó el reino a la Nueva Guatemala. Los Altos intentó otro centro y las élites criollas y ladinas lo soñaron sin los pueblos indígenas. La Reforma no resucita ese Estado. Lo rebautiza Occidente, le da tierra, escuela laica y mercado mundial, y lo sienta en la nación.
Pero este modelito de alentarse al Pueblo es el que las elites oligárquicas de Guatemala han usado una y otra vez. La ultima vez fue recientemente cuando perdieron el control elitista y la Comisión Internacional Contra la Impunidad (CICIG) e investigaciones independientes como Paraiso Desigual, documentaron el enorme Estado corruptos manejado por el gobierno de Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti, presidente y vicepresidente en el 2015 que fueron enviados a prisión. Entonces, el Pueblo levantado fue capaz de votar al presidente. Pero las elites, como siempre, usando el mismo método, se adelantaron al Pueblo y nos impusieron una marioneta del CACIF y de las pocas familias dueñas de la finca para recuperar a toda costa el control perdido. Ya habían preparado por décadas a Consuelo Porras para ese trabajo.
Entonces, nosotros, organizados en la Plataforma de Reforma del Estado dirigida por la USAC, reunidos en el Paraninfo Universitario, decíamos: «Bajo estas condiciones, no queremos elecciones», a sabiendas de que la oligarquía rancia iba a imponer a sus cuadros, tal como pasó. No fuimos capaces de entender que el momento del 2015 era único y lo perdimos porque los dueños de la finca otra vez se adelantaron al Pueblo.
La pregunta es: ¿Cuándo entonces vamos a construir un verdadero movimiento social que haga un cambio para el Pueblo y que no se nos adelanten los corruptos? ¿Cuándo vamos a construir nuestra verdadera libertad?¿Cuando dejaremos de tener una y otra vez corruptos o inútiles dirigiendo al país, ministros que se esconden en sus puestos para servir a sus intereses, cuando?
