La expulsión de los médicos cubanos es una mala decisión que pagarán los más pobres
Mario Rodríguez
Arzú los trajo y el resto de gobiernos militares, mafiosos y corruptos de derecha todos, los mantuvieron. Durante años, la brigada médica cubana fue parte del paisaje sanitario guatemalteco, especialmente en esos rincones donde el Estado nunca ha llegado y como van las cosas, nunca llegará. Hoy, el gobierno asume el desgaste con la gente que lo apoyó y juega el triste papel de expulsarlos.
Por donde se vea, es una enorme barbaridad, una injusticia que no puede ser matizada con explicaciones ambiguas, ni mucho menos recurriendo a falacias sobre la cobertura actual.
Es una expulsión política, por presiones del norte. Bernardo Arévalo fue presionado o negoció la salida y no tuvo la entereza para oponerse. Sabe, o al menos eso cree, que su supuesta alianza estratégica con Estados Unidos salvará su presidencia y quizás su gobierno. Pero Estados Unidos no tiene amigos, ni aliados, solo intereses.
Si cedió sin recibir nada a cambio, es una debilidad que le llevará hacer más concesiones en el futuro, desdibujando por completo la acción por los pobres que prometió en campaña. Si cedió por convicción, solo lo muestra como un gran impostor.
También es cierto que los gobiernos anteriores mantuvieron a los médicos cubanos precisamente porque les resultaba provechoso, durante todos esos años, no hicieron nada para construir un sistema de salud digno, pero mantener la cobertura, porque les resultaba mejor. Los cubanos tapaban el hueco, así podían robar más. Fue una forma cínica de administrar la precariedad.
También es importante mencionar que los médicos guatemaltecos formados en la Escuela Latinoamericana de Medicina, aquellos que se graduaron gracias a las becas que otorgó el de Cuba, debieron haber asumido progresivamente esa responsabilidad al regresar al país. Pero eso tampoco ocurrió. El Estado no generó las condiciones para incorporarlos, no creó plazas, no diseñó una política de relevo. Y ahora, con la expulsión, el vacío que quedará será enorme.
Los datos son tozudos, solo el año pasado, la brigada atendió 2.5 millones de consultas, más cientos de miles de visitas médicas y consultas de oftalmología. Son cifras que duelen, porque detrás de cada estadística hay un rostro, un ser humano, una familia, una comunidad.
El ministro Barnoya dice que se cubrirán las plazas, pero no hay las convocatorias, ni planes concretos, ni mucho menos recursos adecuados. Lo que demuestra que esa decisión vino de muy arriba, que ni tiempo tuvo el ministerio de exteriores para coordinar con el de salud esta situación, antes de anunciar el despido.
La hipocresía llega a extremos insoportables cuando no existe un gesto mínimo de agradecimiento público, ni el presidente, ni el ministro se han pronunciado, ni una palabra de reconocimiento. La pobreza moral alcanza grados de indiferencia que avergüenzan.
Los pobres nunca cuentan. Ni con los gobiernos de derecha que se aprovecharon de los médicos cubanos para no hacer nada, ni con este gobierno que los expulsa por obediencia debida.
Y lo que queda es el vacío. El mismo vacío de siempre.
