KEB’ AQ’AB’AL (2 CLARIDAD/OSCURIDAD)

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Juan José Hurtado

“La oscuridad guarda la semilla de la claridad;
la claridad anuncia un nuevo camino.”

El nawal Aq’ab’al es el momento en que el día y la noche se tocan sin ser uno o el otro. Es la energía del amanecer y del atardecer; de la claridad que anuncia la llegada de un nuevo día y de la claridad con que se despide el día para dar paso a la oscuridad de la noche. Es el umbral sagrado entre la oscuridad y la claridad. Es, con propiedad, el nawal de la dualidad y particularmente de la dualidad del tiempo: la noche y el día, la vida y la muerte, el inicio y el fin, interconectados en un ciclo continuo irrepetible.

El Aq’abal se ha asociado al murciélago pues éstos salen de sus cuevas en el crepúsculo: al alba y al ocaso. El sotz (murciélago) es guardián de la noche y de la revelación que nace en lo oculto. Simboliza introspección, misterio y conexión con el mundo espiritual. También se dice que Aq’abal está representado por la guacamaya, símbolo del amanecer y de la luz que irrumpe. La guacamaya, con su plumaje rojo y vibrante evoca el amanecer, representa la energía del sol naciente y del fuego. Ambos nos recuerdan que sin noche no hay claridad y que toda claridad vuelve a la noche, tarde o temprano, para renovarse.

2 representa la dualidad, la complementariedad y el equilibrio, conceptos fundamentales en la Cosmovisión Maya. La dualidad son los 2 extremos aparentemente opuestos de una misma dirección, como la tortilla que tiene cara y tiene espalda. No pueden existir una sin la otra, no son separadas una de la otra, sino que conforman una unidad complementaria, como la materia y la energía, el día y la noche, el hombre y la mujer, el frío y el calor, la vida y la muerte, el cuerpo y el espíritu… Debe haber un equilibrio entre ambas para alcanzar la armonía.

El nawal Aq’abal simboliza cambio, renovación y esperanza. Son nuevos inicios y nuevas oportunidades. La dualidad nos da confianza en que “tras la tempestad viene la calma”. El canto de los pájaros anuncia el resurgimiento del sol.

La esperanza no niega el retroceso; lo atraviesa y, desde ahí, comienza a levantarse. Los momentos de cambios profundos están precedidos de grandes crisis. En la dualidad, sabemos que los problemas son oportunidades para transformaciones trascendentales. El cambio es la manera de existir.

Como personas, como familias, comunidades, país, mundo y universo tenemos altibajos. En el país, no llegamos aún a topar fondo; seguimos descendiendo. Aun así, hay esperanza y claridad, particularmente a las juventudes quienes, a pesar de los grandes desafíos, son fuerza transformadora. Con frecuencia, se habla de péndulos y sabemos que el péndulo tendrá que cambiar de dirección.

Agradecemos la claridad de un nuevo día que nos trae oportunidades. Agradecemos a la oscuridad de la noche que nos permite descansar. Pedimos claridad en nuestros caminos y que tengamos fuerza para contribuir a ese nuevo amanecer, teniendo presente que para los pueblos, ningún amanecer es espontáneo: se teje desde la base. Las transformaciones verdaderas nacen de su organización y capacidad de converger y hacer frente común para avanzar hacia la democracia. En tiempos donde la oscuridad parece imponerse desde arriba, es desde abajo donde se encienden los fuegos que sostienen la esperanza, donde la dignidad se organiza y donde, paso a paso, se construye el amanecer. Desde la penumbra, los pueblos gestamos el cambio, hasta que el amanecer deje de ser promesa.

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