La interpretación de los sueños

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Fernando Cajas

Anoche, u hoy de madrugada, soñaba yo con mi amigo Max, aquel que nos enseñó de jóvenes a vestir libremente, con ropa cómoda, con tenis (zapatillas dirían en Panamá), en pantaloneta (short), todo ligero, tanto ropa como preocupaciones cotidianas, ninguna obsesión. No, no era vago, no lo era. Jugaba entonces con el Xelajú él, pero tampoco le obsesionaba. Juan y Carlos, amigos todos, solíamos conversar, eran los años 80 del siglo pasado …

Anoche, él siempre vestido deportivamente, salía de una piscina con su esposa, creo. Mi sueño me hacía comprender que recién había nadado y su esposa también. Ella lo miraba profundamente, como queriéndolo entender, en el sueño. El encuentro fue raro, como todo en los sueños. Él salía, yo y Pao, entrabamos, simplemente entrabamos…

Él siempre feliz me saludaba, me abrazaba. Su alegría era genuina. Pero como los años pasan y los amigos ya no se reúnen, ya no platican, ya no toman café o lo que sea, las vidas se mueven. Yo en la realidad había salido del país por más de una decena de años, suficiente para no conocer la nueva dinámica de la vida de Max, pero de vez en cuando, luego de mi regreso, lo miraba de la mano de sus dos hijas pequeñas, muy pequeñas, por el parque Bolívar, sí, parque Simón Bolívar como el que tienen todas las ciudades grandes de América Latina…

Era un gran papá, tal como yo de lejos lo observaba. Era un gran amigo, tal como yo de cerca lo había vivido. Por eso en el sueño no entiendo cómo es que yo trato de ayudarlo, no sé ni en qué, no lo sé. El sueño fue muy corto, como corto sentí el tiempo de aquella bella amistad. El camino nos separó y nunca lo había yo extrañado, sino hasta esta madrugada cuando de la nada una lágrima fría en mi cara me despertó y me tiene aquí escribiendo con un dolor raro, un miedo raro, un sueño raro…

Quizá el sueño era la emoción de ver que Max, aun con todos sus problemas, jamás abandonó a sus bellas nenas, jamás. Quizá las veces que lo vi con sus dos nenas, una en la mano izquierda, la otra en la derecha, ambas con sus mochilas escolares caminando hacia la escuela, me hicieron recordar a papá, que jamás nos abandonó. No lo sé. Realmente no sé porque lloraba yo en ese bello sueño ni porque mientras escribo sigo llorando…

Mi filósofo favorito, Mario Bunge, no cree en la interpretación de los sueños porque para él al dormir, el cerebro no se apaga, sino que experimenta patrones específicos de descargas eléctricas y químicas que dan forma a las imágenes y narrativas del sueño y producen recuerdos aleatorios de eventos desconectados. En su bello libro El problema mente-cerebro, Bunge rechaza toda interpretación psicoanalítica de los sueños, algo que sí hace el psicoanálisis y si hace Tracy Wardle, y lo hace bien. De hecho, Bunge califica al psicoanálisis de Freud de «pseudociencia». Sostiene que la idea de que los sueños representan «deseos reprimidos» o símbolos sexuales es incomprobable, ya que carece de datos fidedignos y depende enteramente de la imaginación del analista.

Yo, como Usted, no creo ni dejo de creer. Realmente creo que algunos sueños nos quieren decir algo, algunos son aspiraciones, otros son miedos, otros son recuerdos como en el caso de mi amigo Max, pero también como Bunge creo que los sueños, solo sueños son, mientras me seco las lágrimas…

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