Homenaje a quienes lucharon por la vida
Juan José Hurtado
Con frecuencia escucho que se recuerda a nuestros compañeros y compañeras asesinados, secuestrados-desaparecidos o masacrados por las fuerzas represivas del Estado como mártires. Esta expresión me produce incomodidad, no porque dude de la profundidad de su compromiso, de su entrega o de su consecuencia, sino porque siento que esa palabra no expresa el sentido de sus vidas ni el horizonte por el que lucharon.
El concepto de mártir pertenece, en su origen y en su desarrollo histórico, al ámbito religioso. La tradición cristiana reconoce como mártir a quien acepta la muerte antes que renunciar a su fe. Es una figura que inspira profundamente a millones de creyentes y merece todo respeto. Sin embargo, trasladar ese concepto al terreno de las luchas revolucionarias modifica el significado de aquellas vidas y, de alguna manera, desplaza el centro de atención desde la lucha hacia el sacrificio.
Quienes se incorporaron conscientemente a alguna expresión u organización revolucionaria sabían perfectamente los riesgos que corrían. Sabían que podían ser capturados, torturados, desaparecidos o asesinados. Nadie ignoraba la brutalidad del Estado ni la determinación con la que defendía los privilegios de las élites. Pero se asumía ese riesgo porque se consideraba que la injusticia y la desigualdad que se vivía hacía necesario organizarse y luchar para transformarla. Pero una cosa es asumir el riesgo de morir y otra muy distinta buscar la muerte.
No se buscaba la inmolación. No se pensaba que el sacrificio fuera un valor en sí mismo. La aspiración era construir una sociedad diferente, donde la dignidad, la justicia, la igualdad y la libertad hicieran posible una vida plena para todas y todos. Como tantas veces se ha dicho con sencillez y profundidad: “era tras la vida que íbamos…”. O como sabiamente sentenció mi madre antes de fallecer por razones de salud: “Patria o muerte venceremos, lo que significa que hay una sola opción; lo segundo es un accidente.” En la consciencia de quienes luchaban se entendía que vivos es que se era más útil.
No se luchaba, pues, por morir heroicamente; se luchaba para que los pueblos pudieran vivir con dignidad y justicia. Si millares fueron asesinados, no fue porque buscaran convertirse en ejemplo de sacrificio, sino porque el terrorismo de Estado se propuso eliminar a quienes cuestionaban el orden establecido. La muerte fue consecuencia de la represión, no el objetivo de su compromiso.
Por eso prefiero hablar de nuestros héroes y heroínas.
No utilizo esa palabra para convertirlos en figuras perfectas o inalcanzables. Al contrario. Eran hombres y mujeres de carne y hueso, con dudas, temores, alegrías y contradicciones, que en un momento decisivo de la historia optaron por comprometer su vida con los sectores más excluidos y con la esperanza de un país diferente. Su grandeza no radica en haber muerto, sino en haber vivido con coherencia y valentía.
Llamarlos héroes y heroínas pone el énfasis en la acción, en la capacidad de organizarse, de resistir, de crear, de educar, de acompañar comunidades, de construir organización popular, de soñar colectivamente un futuro distinto. Su legado no es la muerte; es la vida que sembraron en miles de personas y en innumerables procesos organizativos que aún hoy siguen dando frutos.
Incluso podría decirse que el mayor homenaje que podemos rendirles consiste precisamente en no convertirlos en mártires. Porque cuando una sociedad recuerda únicamente el sacrificio, corre el riesgo de olvidar el proyecto político, los ideales y las razones que dieron sentido a aquella lucha. Se honra a los muertos, pero se silencia aquello por lo que vivieron.
Hay otra razón por la que evito la palabra mártires. Con frecuencia termina alimentando una mirada que los reduce a víctimas pasivas de la violencia, y esa victimización me resulta profundamente injusta. Fueron, sin duda, víctimas de crímenes de Estado, y ese hecho debe ser reconocido para que exista verdad, justicia y reparación. Pero no podemos permitir que la violencia sufrida eclipse la decisión consciente que tomaron de organizarse y luchar por transformar la sociedad. Cuando la memoria se enfoca únicamente en el sufrimiento, corre el riesgo de colocarlos en una posición de inferioridad, como objetos de compasión o de lástima. Yo prefiero recordarlos desde su dignidad, su capacidad de actuar y su compromiso. No se trata de compadecerlos, sino de reconocerlos, honrarlos y continuar las causas por las que entregaron lo mejor de sus vidas.
Desde la cosmovisión maya, además, el tiempo y la vida constituyen los principios ordenadores de la existencia. El ser humano no existe separado de la comunidad, de la naturaleza ni del Corazón del Cielo y el Corazón de la Tierra; forma parte de un tejido de relaciones que debe cuidarse y recrearse permanentemente. La lucha por la justicia adquiere entonces un sentido profundamente vital: busca restablecer el equilibrio roto por la opresión, la explotación y las distintas formas de violencia, y crear las condiciones para el florecimiento de la vida en todas sus expresiones. Desde esa mirada, el sacrificio nunca es un fin en sí mismo. Quienes ofrendaron su vida en la lucha revolucionaria no perseguían la muerte; apostaban por la continuidad de la vida del pueblo, por la dignidad de las comunidades y los pueblos, y por la posibilidad de que las futuras generaciones vivieran en un país justo.
Quienes sobrevivimos tenemos una responsabilidad: no estamos llamados a custodiar un altar de sacrificios, sino a mantener viva una historia de compromiso con la justicia y con la vida. Nuestra tarea no consiste en glorificar la muerte, sino en continuar construyendo las condiciones para que nunca más las diferencias se resuelvan mediante el exterminio, la desaparición forzada o las masacres.
Por eso sigo sintiendo distancia frente a la palabra mártir. Respeto profundamente a quienes la utilizan desde sus convicciones religiosas o desde una tradición política distinta. Pero yo prefiero recordar a nuestros compañeros y compañeras como lo que fueron: luchadores y luchadoras por la vida. No fue la muerte la que dio sentido a sus existencias. Fue la vida por la que decidieron luchar.
Publicado en Facebook originalmente.
