El 1 de mayo en la periferia subalterna.

marco

Reflexiones en torno al trabajo en el umbral del capitalismo post-humanista

Marco Fonseca

Resumen

El 1 de mayo de 2026 encuentra a Guatemala atrapada en una doble paradoja: celebra el Día del Trabajo en un país donde más del 66% de quienes trabajan no existen formalmente como trabajadores, y lo hace en el umbral de un capitalismo post-humanista que amenaza con volver obsoleto incluso el trabajo precario que los sostiene. Este ensayo parte de dos reportes periodísticos – uno sobre la informalidad laboral, otro sobre el papel de las remesas en la liquidez bancaria – para trazar, con las herramientas del análisis crítico, el lugar de Guatemala y de su mayoría invisible en la transición hacia un orden económico que ya no necesita del trabajo humano como fuente de valor.

Cuatro tesis centrales

Tesis

I. La informalidad no es un rezago histórico sino el producto estructural de un modelo diseñado para acumular sin incluir. El 66.2% de trabajadores informales no es una anomalía corregible, sino el resultado deliberado de la captura del Estado por el CACIF, que ha bloqueado históricamente cualquier reforma laboral significativa. La “eficiencia” del sector privado guatemalteco es, en rigor, eficiencia extractiva y el costo de su dinamismo lo pagan los trabajadores excluidos del sistema formal, la seguridad social y la protección legal.

II. Guatemala es una economía expulsora que ha tercerizado su política social en la diáspora. El hecho de que más del 27% del crecimiento bancario dependa de las remesas de sus migrantes revela que el modelo no fracasó en absorber a su población, sino que la dejó como excedente deliberadamente, exportó su problema social y lo recicla como estabilidad financiera. Este modelo, sin embargo, tiene fecha de caducidad estructural, porque el trumpismo y la automatización están cerrando simultáneamente la válvula migratoria que lo sostenía.

III. El trabajador informal guatemalteco no lleva cadenas externas sino un panóptico interior. Combinando a Marx, Graeber y Han, el ensayo muestra que la explotación opera en tres registros simultáneos: la informalidad como estructura, la economía gig como su versión tecnologizada, y la auto-explotación como su dimensión subjetiva. La narrativa del emprendedurismo, reforzada por el evangelismo de la prosperidad, convierte la necesidad estructural en virtud individual, anulando los mecanismos clásicos de resistencia colectiva.

IV. El capitalismo post-humanista no llega a Guatemala como promesa sino como sentencia. Mientras el “tech new deal” de Musk presupone Estados redistribuidores y ciudadanos formalizados como los del Norte Global, el Estado subalterno de Guatemala enfrenta simultáneamente la crisis no resuelta del capitalismo periférico y la crisis emergente de la automatización. La respuesta no puede ser reconstruir el sindicalismo del siglo XX antes de enfrentar los desafíos del siglo XXI. La respuesta debe hacer ambas cosas a la vez pero en el contexto de articular un bloque democrático y contra-hegemónico que conecte al trabajador informal con el migrante deportado, el jornalero, la trabajadora doméstica y los movimientos indígenas, feministas y ambientales que comparten el mismo adversario estructural.

El argumento

Cada 1 de mayo, países como Guatemala celebran el Día Internacional de los Trabajadores con la ritualidad que el calendario exige: pronunciamientos ministeriales, marchas sindicales que recorren las mismas avenidas de siempre, y sendas declaraciones de organizaciones laborales que el resto del año operan en los márgenes de la vida pública. Este año, fue la Confederación de Unidad Sindical de Guatemala (CUSG) quien convocó a los sindicatos y trabajadores en general a sumarse a la movilización del 1 de mayo. No es un dato menor porque la CUSG, fundada el 30 de abril de 1983, es una de las pocas organizaciones sindicales que sobreviven desde los años más oscuros de la represión contrainsurgente, cuando el movimiento sindical guatemalteco fue sistemáticamente desmantelado. Su sola existencia es, en cierto sentido, un acto de resistencia histórica.

Junto a la CUSG, el movimiento sindical guatemalteco incluye hoy la Confederación Central General de Trabajadores de Guatemala (CGTG), descendiente directa de la Central Nacional de Trabajadores, que operó en la clandestinidad tras la desaparición de 21 de sus líderes el 21 de junio de 1980; la Unión Sindical de Trabajadores de Guatemala (UNSITRAGUA), la Central de Trabajadores del Campo (CTC), y la Federación Sindical de Trabajadores de la Alimentación, Agroindustria y Similares (FESTRAS). Las tres primeras conforman la Mesa Sindical articulada bajo la Confederación Sindical de las Américas (CSA), espacio de coordinación que busca reconstituir una acción unitaria que la represión hizo casi imposible. En sectores específicos, organizaciones como el Sindicato de Trabajadores Bananeros de Izabal (SITRABI), cuyo antecesor fue el primer sindicato agrícola del país, fundado en 1947 y brutalmente reprimido en 1954, el STECSA (Embotelladora Central Coca-Cola), el STEGUATEL (telecomunicaciones), el Sindicato de Trabajadores de Luz y Fuerza, y el STEG (educación, comandado por un antiguo revolucionario hoy convertido en esbirro sindical del Pacto de Corruptos) mantienen presencia activa en sus respectivos sectores. Existen además más de 400 sindicatos municipales y más de 600 estatales que gestionan pactos colectivos, concentrados principalmente en los gremios de maestros y salud.

El 1 de mayo es una celebración que, en el contexto guatemalteco, tiene algo de acto reflejo y algo de resistencia obstinada pues se conmemora un derecho que para la mayoría de quienes trabajan en este país existe solo en el papel. Porque el 1 de mayo de 2026 encuentra a Guatemala en una paradoja que ningún discurso oficial se atreve a nombrar con claridad, es decir, que es un país donde la mayoría de quienes trabajan no existen, formalmente, como trabajadores. No tienen contrato, no cotizan al IGSS, no tienen derecho a vacaciones ni a indemnización. Representan la columna vertebral de la economía —la que vende, construye, cuida, transporta, cocina y sostiene la reproducción social cotidiana— y son, al mismo tiempo, invisibles para el sistema que supuestamente los protege. Son partes que no tienen parte.

Este texto parte de esa paradoja. Lo hace a partir de dos reportes publicados en torno al 1 de mayo de 2026: uno sobre el comunicado del Ministerio de Trabajo, que revela la magnitud de la informalidad laboral; otro sobre el comportamiento de las remesas y los depósitos bancarios, que revela cómo la economía guatemalteca se sostiene sobre el sacrificio de sus expulsados. Leídos juntos, y con las herramientas del análisis crítico, estos dos textos periodísticos abren una ventana a algo mucho más vasto: el lugar de Guatemala y de sus trabajadores en la transición hacia un capitalismo que está dejando de necesitar del trabajo humano como fuente de valor, y que en su versión más extrema ha comenzado a articular lo que solo puede llamarse un manifiesto tecnofascista. La pregunta que organiza este recorrido no es menor y consiste en interrogar, de cara a ese horizonte severo, ¿qué queda del 1 de mayo? ¿Qué queda, más precisamente, de la posibilidad de una política emancipadora desde abajo?

El “dinamismo” del sector privado guatemalteco: la informalidad y la acumulación

El comunicado del Mintrab, cubierto por la prensa precisamente el 1 de mayo, revela de manera involuntaria la verdadera naturaleza del modelo económico que el CACIF defiende como exitoso. Más del 66.2% de la población ocupada labora en condiciones de informalidad y el 13.6% se encuentra en situación de subempleo, sobre una fuerza laboral que supera los 8.2 millones de personas.

Desde una perspectiva crítica, estos datos desmontan el relato dominante sobre el “sector privado dinámico y generador de empleo” que el CACIF promueve ante organismos internacionales y gobiernos amistosos. La informalidad masiva no es una anomalía ni un rezago histórico sino que es el producto estructural de un modelo que maximiza la acumulación precisamente evitando las obligaciones laborales formales. Salario mínimo, cuotas patronales al IGSS, prestaciones, sindicalización, todo eso que la Constitución reconoce como derechos fundamentales es exactamente lo que el empresariado organizado ha resistido históricamente mediante el cabildeo, la presión política, el simple incumplimiento tolerado por el Estado o, cada vez que es necesario, el financiamiento ilícito de la política y la captura directa del Estado.

Dicho de otro modo: la “eficiencia” del sector privado guatemalteco es en buena medida eficiencia extractiva. El costo del “dinamismo” lo pagan los 5.4 millones de trabajadores informales que, como señala el propio Mintrab, quedan fuera del sistema formal, con acceso limitado a seguridad social, estabilidad laboral y otras garantías. El Estado guatemalteco, captado en gran parte por los intereses del CACIF, actúa como cómplice pasivo pues ratifica convenios de la OIT, reconoce compromisos sobre libertad sindical, negociación colectiva y erradicación del trabajo forzoso, pero carece de voluntad o capacidad institucional para hacerlos valer. Y cuando la gente hace denuncias lo que encuentra es máxima impunidad.

El momento del comunicado del MINTRAB, el Día del Trabajo, añade una capa de ironía pues el mismo ministerio que emite el comunicado celebratorio es parte del aparato estatal que históricamente ha servido a los intereses del capital sobre los del trabajo.

El reporte de Prensa Libre sobre remesas y liquidez bancaria es, a su vez, más revelador de lo que parece a primera vista y apunta a una contradicción profunda del modelo económico guatemalteco en el contexto trumpista.

El dato central es que el auge bancario de 2025 no fue obra del sector productivo, sino del miedo migrante. Guatemala recibió US$25,530 millones en remesas durante 2025, un incremento del 18.7%. De ese flujo extraordinario, unos US$2,500 millones (Q20 mil millones) no se destinaron al consumo sino al ahorro, depositados en el sistema bancario como medida precautoria ante la política migratoria.

Es decir que la liquidez que la banca nacional celebra como señal de solidez no es producto de inversión productiva, exportaciones competitivas ni políticas de desarrollo. Tampoco es producto del ahorro de esa pequeña elite extractiva que le “alquila la democracia” al pueblo. Es dinero de pánico. Los migrantes guatemaltecos, aterrorizados por las deportaciones masivas y la hostilidad trumpista, adelantaron remesas y las depositaron como colchón de emergencia para sus familias. Las propias autoridades del Banguat reconocen que ese comportamiento extraordinario no se repetiría en 2026.

Esto expone la dependencia estructural de Guatemala respecto a una variable que escapa completamente al control de la política económica nacional como lo es la suerte de sus migrantes en EE.UU. El experto Mario Arturo García – consultado por Prensa Libre – estima que aproximadamente el 27% del crecimiento anual de los depósitos del sistema financiero proviene directa o indirectamente de las remesas. Una economía donde más de la cuarta parte del crecimiento bancario depende de lo que envían los pobres desde el extranjero no es una economía “en desarrollo”. Es, en realidad, una economía expulsora que ha tercerizado su política social en la diáspora.

El elemento trumpista añade un giro de tuerca perverso pues el impuesto a las remesas implementado en EE.UU. este año, junto con los costos de envío, estaría incentivando el uso de canales de depósito directo a cuentas bancarias, lo que en teoría “moderniza” el sistema financiero guatemalteco. Pero esto es una modernización forzada, no virtuosa y se produce porque las opciones de los migrantes se estrechan, no porque Guatemala haya construido capacidades financieras propias.

Leídos juntos, los dos reportes de prensa dibujan un modelo coherente en su incoherencia, una economía donde el sector privado formal evita absorber trabajadores en condiciones dignas (produciendo la informalidad masiva del primer reporte), mientras que el sistema financiero se sostiene con el dinero que envían los expulsados de esa misma economía (el segundo reporte). El CACIF se beneficia doblemente tanto de la mano de obra barata e informal en el mercado interno como de la liquidez bancaria que generan los migrantes quienes en muchos casos emigraron precisamente porque ese mercado interno no tenía lugar para ellos.

Es, en síntesis, una economía que exporta su problema social y lo recicla como estabilidad financiera.

Informalidad, economía gig y “trabajos de mierda”: la Guatemala de Graeber

David Graeber acuñó el concepto de bullshit jobs para describir empleos que incluso quienes los desempeñan reconocen como socialmente inútiles o prescindibles, generados no por necesidad productiva sino por lógicas burocráticas y de poder. Pero hay que precisar esto porque en el caso guatemalteco el problema no es exactamente ese. Los trabajos informales guatemaltecos no son bullshit en el sentido graeberniano clásico – la mayoría son socialmente necesarios (venta de alimentos, transporte, cuidados, construcción) – sino algo quizás peor, pues son trabajos necesarios pero invisibilizados, despojados de valor social reconocido y de protección institucional.

Lo que sí aplica directamente de Graeber es su análisis sobre cómo el capitalismo contemporáneo ha roto el vínculo entre utilidad social y remuneración digna. El 66.2% de trabajadores en informalidad y el 13.6% en subempleo en Guatemala son, en términos graebernianos, la demostración de que el mercado no premia el trabajo útil sino el trabajo capturable por el capital formal. El vendedor ambulante que alimenta a miles, la trabajadora doméstica que sostiene la reproducción social de familias enteras, el albañil que construye la ciudad, todos invisibles para el sistema de seguridad social, todos prescindibles para el CACIF.

La economía gig – Uber, plataformas de entrega, trabajo por encargo digital – agrega una capa nueva y particularmente perversa a esta estructura. En Guatemala, como en toda América Latina, estas plataformas han penetrado prometiendo “emprendimiento” y “flexibilidad”, vocabulario que el CACIF y los organismos internacionales de desarrollo celebran. Pero lo que realmente hacen es formalizar la informalidad, es decir, darle una interfaz tecnológica y una narrativa de modernidad a la vieja relación de explotación sin contrato. El trabajador gig guatemalteco no tiene patrón – tiene un algoritmo – pero tampoco tiene IGSS, vacaciones, indemnización ni derecho a sindicalización. Es la informalidad del siglo XX con estética de “startup” del siglo XXI.

Lo más ideológicamente sofisticado de la economía gig es que transfiere el riesgo empresarial al trabajador mientras le vende esa transferencia como libertad. En un contexto donde ya el 66% está en la informalidad, las plataformas no están creando un nuevo sector, sino que están colonizando y mercantilizando una vulnerabilidad preexistente. El repartidor en moto no “eligió” la flexibilidad, sino que eligió la única opción disponible en una economía que el CACIF nunca construyó para incluirlo.

Byung-Chul Han y la auto-explotación: cuando el opresor vive adentro del oprimido

La contribución de Han vuelve nuestro análisis un poco más inquietante, porque Han permite ver algo que los datos del Mintrab no capturan y que los medios no tienen capacidad de reportar, es decir, la dimensión subjetiva de la explotación en el neoliberalismo tardío y ahora en proceso de transformación.

Han, en La sociedad del rendimiento y La agonía del Eros, argumenta que la gran mutación del capitalismo contemporáneo no es de intensidad sino de arquitectura del poder. El capitalismo industrial clásico funcionaba mediante la prohibición y la coerción externa con un patrón, una jornada impuesta y una disciplina vigilada. El neoliberalismo, en cambio, opera mediante la interiorización del imperativo productivo. Ya no hay un opresor externo y visible que diga “trabaja más”; hay un yo emprendedor que se lo dice a sí mismo desde adentro.

El sujeto haniano por excelencia es el trabajador informal guatemalteco que se autodefine como “emprendedor”, que trabaja doce horas sin quejarse porque “está construyendo su negocio”, que rechaza la sindicalización porque “eso es para los que no tienen iniciativa”. Este sujeto no está siendo explotado por el CACIF en el sentido clásico marxista – no hay contrato, no hay plusvalía contabilizable – pero está siendo explotado de una manera más eficiente en tanto que se explota a sí mismo y lo llama libertad.

Han llamaría a esto el triunfo del achievement society (sociedad del rendimiento) sobre el disciplinary society (sociedad disciplinaria). Foucault veía el poder moderno en instituciones que vigilan y castigan, pero Han ve algo más sutil, ve un poder que ha convencido al sujeto de que su propio agotamiento es virtud y buena moralidad – cercanía al cielo. El trabajador informal que vende en el mercado desde las 5am hasta las 9pm no está siendo coaccionado por nadie visible y eso, paradójicamente, hace su situación más difícil de politizar.

En Guatemala esta lógica tiene una dimensión cultural específica que potencia el mecanismo haniano. La narrativa del esfuerzo individual está profundamente arraigada en comunidades indígenas y mestizas pobres, reforzada por el evangelismo pentecostal que ha crecido explosivamente con su teología de la prosperidad según la cual Dios bendice al que trabaja duro, la pobreza es falta de fe o de esfuerzo o refleja la decadencia moral. El resultado es un dispositivo de auto-culpabilización que hace casi imposible articulaciones políticas desde abajo. En este contexto, si eres pobre o informal, es porque no te esforzaste suficiente, no porque el sistema fue diseñado para mantenerte ahí.

Han hablaría también del burnout (agotamiento) como enfermedad política, no solo individual. El agotamiento crónico del trabajador informal guatemalteco, que no puede “desconectarse” porque no tiene salario fijo que le garantice el descanso, no es un problema de salud mental gestionable con apps de meditación. Es la consecuencia lógica de un sistema que ha externalizado todos sus costos humanos hacia los cuerpos de quienes menos pueden resistirlos.

La población excedente: Marx, Nun y el capitalismo que no necesita a los suyos

El concepto que nos interesa explorar aquí tiene un locus textual muy preciso en la obra de Marx, tanto en El Capital como en los Grundrisse. Marx introduce el concepto de superpoblación relativa o ejército industrial de reserva en la sección 3, titulada precisamente “Producción progresiva de una superpoblación relativa o ejército industrial de reserva”, del capítulo XXIII del Libro I de El Capital (edición de Siglo XXI). Como veremos más abajo, hay también desarrollos importantes e incluso más radicales en los Grundrisse que son relevantes para la discusión sobre automatización que veníamos haciendo.

La formulación central de Marx en ese capítulo es de una brutalidad analítica que no ha envejecido: “La acumulación capitalista produce de manera constante, antes bien, y precisamente en proporción a su energía y a su volumen, una población obrera relativamente excedentaria, esto es, excesiva para las necesidades medias de valorización del capital y por tanto superflua.” Y en el mismo capítulo añade la formulación que conecta directamente con nuestra discusión sobre la acumulación como polo de riqueza y polo de miseria simultáneos: “La ley que mantiene siempre la superpoblación relativa o ejército industrial de reserva en equilibrio con el volumen y la intensidad de la acumulación mantiene al obrero encadenado al capital con grilletes más firmes que las cuñas de Vulcano con que Prometeo fue clavado a la roca. Esta ley determina una acumulación de miseria equivalente a la acumulación de capital. Por eso, lo que en un polo es acumulación de riqueza es, en el polo contrario, acumulación de miseria, de tormentos de trabajo, de esclavitud, de despotismo y de ignorancia y de degradación moral.”

Marx distingue además formas diferenciadas dentro de esa superpoblación excedente como la flotante (trabajadores expulsados y reabsorbidos cíclicamente), la latente (población rural en proceso de proletarización), la estancada (trabajo irregular y precario con condiciones por debajo del mínimo normal) y, en el fondo de todo, la esfera del pauperismo, que incluye al lumpenproletariado y a quienes han sido definitivamente excluidos de cualquier posibilidad de inserción productiva.

Ahora, lo que Marx desarrolla en los Grundrisse sobre la población excedente es, en varios aspectos, más radical que la formulación de El Capital, y sorprendentemente anticipatorio del debate contemporáneo sobre la automatización y el capitalismo post-humanista. Los pasajes centrales se encuentran en dos momentos del llamado “Capítulo del capital”, que atraviesa varios cuadernos, específicamente en las secciones tituladas “Pluscapital y superpoblación. Creación de tiempo libre para la sociedad” (Cuaderno IV) y “Trabajo necesario. Plustrabajo. Población excedente. Pluscapital” (Cuaderno VI).

La formulación que Marx nos ofrece en los Grundrisse produce una inversión lógica de enorme potencia analítica. El capital, por su propia naturaleza, tiene dos tendencias simultáneas y contradictorias. Por un lado, la de aumentar la población trabajadora (necesita más trabajo para extraer más plusvalor) y, por otro lado, la de volver superflua una parte creciente de esa misma población (la maquinaria y el aumento de la fuerza productiva desplazan trabajo vivo). Estas tendencias no son accidentales ni corregibles mediante política, sino que son estructuralmente inmanentes al modo de producción.

El pasaje más preciso y teóricamente devastador del Cuaderno VI lo formula en términos muy precisos. La capacidad de trabajo solo puede ejecutar su trabajo necesario – es decir, reproducir su propia existencia – cuando su plustrabajo tiene valor para el capital. Cuando esa condición desaparece, la capacidad de trabajo aparece de dos maneras simultáneas. Primero, “al margen de las condiciones de la reproducción de su existencia; existe sin sus condiciones de existencia, y es por ende “a mere encumbrance” – un mero estorbo –; necesidades sin los medios de satisfacerlas”; y segundo, “el trabajo necesario aparece como superfluo, porque el superfluo no es necesario”. Es decir, el trabajador se vuelve excedente no porque no tenga necesidades – las tiene y apremiantes – sino porque el capital no las reconoce como demanda efectiva.

Marx añade un elemento que conecta directamente con el análisis de la auto-explotación en el mundo de la negatividad. Cuando el trabajador excedente ya no puede mantenerse mediante su intercambio con el capital, “queda excluido de las condiciones de la relación de intercambio e independencia aparentes”, y la sociedad – es decir, el conjunto de clases – asume en “partes alícuotas, en beneficio del señor capitalista, la tarea de mantener su instrumento virtual de trabajo en reserva para un uso ulterior”. La expresión es de una brutalidad lúcida y la podemos sintetizar diciendo que la sociedad financia la reserva de mano de obra que el capital explotará cuando lo necesite. Por tanto, el pauperismo no es un fracaso del sistema, sino que es uno de sus mecanismos de reproducción. La subalternidad no tiene salida dentro del sistema.

Un elemento de los Grundrisse especialmente relevante para el análisis de Guatemala en particular y del Sur Global en general es la crítica radical de Marx a Malthus, que no es solo una polémica intelectual sino una distinción analítica con consecuencias políticas directas. Marx señala que Malthus comete el error fundamental de tratar la sobrepoblación como un hecho natural y universal producto de la diferencia entre reproducción geométrica humana y aritmética de los recursos, cuando en realidad es un fenómeno históricamente determinado. Para Marx “la sobrepoblación constituye igualmente una relación históricamente determinada, de ningún modo determinada por números o por el límite absoluto de la productividad de medios de subsistencia, sino mediante límites puestos por determinadas condiciones de producción”.

La formulación culminante de la crítica anti-malthusiana en los Grundrisse es el texto que Marx pone en boca de Ricardo contra Malthus. Aquí son los “means of employment” – los medios de empleo – y no los “means of subsistence” – los medios de subsistencia – los que colocan al obrero en la categoría de población excedente o no. No es que haya demasiadas bocas para pocos alimentos; más bien, es que el capital no tiene uso rentable para esa fuerza de trabajo. “La invención de trabajadores excedentes, vale decir, de hombres privados de propiedad y que trabajan, es propia de la época del capital.”

Esta distinción es políticamente crucial para Guatemala porque desmonta el relato naturalista y culturalista que el CACIF y las élites guatemaltecas han sostenido históricamente para explicar la pobreza. Según ese relato dominante los pobres son pobres por falta de educación, de iniciativa y de cultura del trabajo. No trabajan lo suficiente o trabajan mal. Marx responde desde los Grundrisse que son excedentes porque el modo de producción los hizo excedentes. Su pobreza no es un dato de naturaleza sino el resultado de relaciones históricas de producción, propiedad, poder e incluso placer específicas y modificables.

Hay un elemento adicional en la sección del Cuaderno IV que conecta directamente con la discusión sobre el capitalismo post-humanista que estamos desarrollando en este y otros trabajos. Marx formula aquí, con décadas de anticipación, la contradicción que la inteligencia artificial (IA) plantea al sistema en términos contemporáneos: “Es asimismo tendencia del capital la de volver superfluo (relativamente) el trabajo humano, la de empujarlo como trabajo humano hasta límites desmesurados. El valor no es más que trabajo objetivado, y el plusvalor (valorización del capital) es tan solo el excedente por encima de la parte del trabajo objetivado necesaria para la reproducción de la capacidad de trabajo.”

Lo que Marx está articulando es la tensión irresoluble del capitalismo – pero no necesariamente la tensión que lo va a destruir. Por un lado, el capital necesita trabajo vivo para crear plusvalor, pero, por otro lado, su dinámica interna lo lleva a sustituir trabajo vivo por trabajo muerto (máquinas, algoritmos). En los Grundrisse hay también, en los “Fragmentos sobre las máquinas”, uno de los textos más citados del Marx tardío, la anticipación de que si el desarrollo de las fuerzas productivas llegara al punto en que el conocimiento general, la ciencia y la técnica se convierten en la fuerza productiva directa, el tiempo de trabajo dejaría de ser la medida del valor. Ese es exactamente el umbral que el capitalismo post-humanista de Palantir y OpenAI dice estar cruzando hoy.

Lo que la lectura directa de los Grundrisse añade al análisis previo es una dimensión que lo hace aún más políticamente precisa. La población excedente guatemalteca no es, en términos marxianos, un residuo preindustrial ni una simple anomalía del subdesarrollo, sino que es el producto necesario de una acumulación que requiere, simultáneamente, trabajo barato y población superflua. El capitalismo periférico guatemalteco no “fracasó” en absorber a su población, sino que la dejó excedente deliberadamente, porque la excedencia es funcional a la reproducción del capital dominante.

Ahora aparece con toda claridad la dimensión que los Grundrisse añaden a la formulación de José Nun sobre la masa marginal. Marx insiste en que incluso la población excedente cumple una función para el capital – la de “instrumento virtual de trabajo en reserva” – mientras que Nun señala que en el capitalismo monopólico periférico esa funcionalidad se pierde y la masa marginal se vuelve afuncional o disfuncional. En la Guatemala de 2026, con la automatización cada vez más cerca y amenazando incluso los empleos de servicios y manufactura de baja cualificación donde la mano de obra barata ha tenido cierta ventaja comparativa, la masa marginal de Nun está encaminándose ya a convertirse en ese “mero estorbo” que Marx describe en los Grundrisse, es decir, necesidades sin los medios de satisfacerlas, existencia sin sus condiciones de existencia.

Lo que queda, entonces, para la población excedente guatemalteca en ese escenario, es exactamente lo que hemos nombrado con precisión en términos hegelianos como un mundo de negatividad donde la auto-explotación no es elección ideológica sino imperativo de supervivencia biológica. Marx lo formuló en los Grundrisse con una frase que resuena en cada mercado informal del Sur Global donde el trabajador excedente ya no se mantiene “mediante su trabajo necesario, esto es, gracias a su intercambio con una parte del capital”, sino que queda excluido de esa relación y se convierte en “zaparrastroso y pauper”. No hay en esa condición nada de natural, nada de cultural, nada de autonomía o libertad individual. Hay relaciones de producción, propiedad, poder y placer históricamente construidas, y por tanto históricamente transformables. Esa posibilidad de transformación – remota, difícil, pero urgente – es lo único que el análisis crítico puede ofrecer honestamente como horizonte.

Ahora también podemos entrar al debate latinoamericano y su contribución más original y políticamente decisiva, precisamente porque Marx desarrolló su concepto pensando en el capitalismo competitivo del siglo XIX europeo, y ese marco no basta para entender lo que ocurre en Guatemala y el resto de Latinoamérica.

Aquí retomamos el trabajo del teórico social argentino, José Nun, quien ya en los años sesenta planteó una distinción que el debate intelectual latinoamericano del presente y la realidad misma han validado ampliamente. El núcleo de la tesis de Nun era que Marx había identificado la superpoblación relativa y el ejército industrial de reserva tomando como punto de referencia el capitalismo competitivo del siglo XIX, donde esa superpoblación tenía la función de impedir que los salarios subiesen más allá de un límite y proveer los brazos necesarios para las expansiones. En cambio, cuando se pasa a la fase monopolista del fordismo y más tarde del neoliberalismo, con la creciente concentración y luego globalización de los capitales y con el desarrollo tecnológico, aparecen amplios sectores no absorbibles que deben ser afuncionalizados para que no se conviertan en disfuncionales.

La distinción es crucial pues la superpoblación relativa se divide ahora, conceptualmente, en un ejército industrial de reserva y en una masa marginal. El ejército de reserva es todavía funcional al capital y representa la mano de obra que espera ser reabsorbida cuando la expansión económica lo requiera, y que mientras tanto presiona a la baja los salarios de quienes trabajan. La masa marginal, en cambio, es la población que el sistema ha dejado de necesitar incluso como reserva y no cumple ninguna función para el proceso de acumulación dominante, no presiona salarios de ningún sector relevante, no es reabsorbible en ningún horizonte previsible. En la fase monopolista, el rol que asume la sobrepoblación es bajo la forma de masa marginal y ya no puede ser considerada ejército de reserva en ningún sentido operativo del término.

Este concepto nos ayuda para entender a Guatemala y los datos del Mintrab confirman con una elocuencia burocrática que ningún discurso ministerial, presidencial o empresarial parece querer reconocer.

El modelo de acumulación guatemalteco opera hoy a la inversa del esquema clásico del Norte Global tanto en el período del fordismo (la “fase monopolista”) como del neoliberalismo (la fase del capitalismo globalizado). En los países industrializados del capitalismo atlántico, la Gran Depresión y sus consecuencias políticas – el ascenso del fascismo, la amenaza soviética, la presión sindical – forzaron lo que Karl Polanyi llamaría el “segundo movimiento” de autoprotección social, es decir, el “New Deal” en Estados Unidos, la socialdemocracia en Europa, el Estado de bienestar como pacto entre capital y trabajo organizado. El pleno empleo fue política de Estado no por generosidad sino por necesidad sistémica cuando el capital necesitaba consumidores internos, el Estado necesitaba legitimidad, y el trabajo organizado tenía fuerza suficiente para exigir su parte.

En Guatemala, sin embargo, nunca hubo ese pacto. El único momento histórico en que algo remotamente parecido se insinuó, el breve experimento democrático de 1944-1954, con la Revolución de Octubre, el Código de Trabajo y la reforma agraria, fue abortado por la intervención de la CIA y el capital bananero de la United Fruit Company en 1954, ejecutando en el camino, como ya señalamos, a los primeros doce dirigentes sindicales del SITRABI. Lo que vino después no fue solo represión política, sino que fue la clausura permanente de cualquier posibilidad de pacto social entre capital y trabajo.

El resultado es un modelo que ha aprendido a acumular sin incluir. El CACIF no necesita mercado interno robusto porque su modelo exportador vende afuera – y lo que venden adentro, como Pollo Campero, es extremadamente dañino para la salud de las masas trabajadoras y el sistema de seguridad social. Tampoco necesita trabajadores bien remunerados porque su ventaja competitiva es precisamente la mano de obra barata y las remesas que llenan un vacío que ni el Estado ni el capital pueden suturar. No necesita Estado social porque ha capturado el Estado político y la corrupción se ha convertido en una forma de pago informal para una clase política cooptada y obediente. Y, crucialmente, tampoco necesita reducir la informalidad porque la informalidad es la condición de posibilidad de su acumulación, no un obstáculo a ella. En términos de Nun podemos decir que la mayor parte de la población trabajadora guatemalteca no es ya ni siquiera ejército de reserva. Es pura masa marginal. No cumple ninguna función para el bloque dominante del capital, salvo la de existir como presión estructural que mantiene los salarios del diminuto sector formal tan cercanos al mínimo como la ley, cuando se aplica, permite.

En este contexto podemos afirmar que el concepto hegeliano del “mundo de la negatividad” adquiere toda su potencia conceptual, porque describe algo que ni Marx en el siglo XIX ni Han en el XXI articularon plenamente por separado, pero que su combinación en el contexto periférico guatemalteco permite ver con claridad.

Para el ejército de reserva clásico marxiano, la exclusión es temporal y hay una esperanza de reabsorción, hay un horizonte de vuelta al trabajo asalariado formal. Ese es el fundamento del economicismo y el transformismo de los grupos subalternos más incorporados al sistema. Esa temporalidad, por precaria que sea, mantiene una relación, aunque subordinada, con el sistema. Pero para la masa marginal, la población realmente excedente, la exclusión es estructural y no hay horizonte de reabsorción porque el sistema no la necesita. Es superfluo en sentido permanente, no coyuntural. Esas son las partes que no tienen parte, la subalternidad marginal más periférica que realmente no tiene nada que perder excepto sus cadenas de necesidad insatisfecha.

En ese mundo de exclusión permanente, la auto-explotación que describe Han no es la interiorización voluntaria del imperativo del rendimiento neoliberal, que sería ya suficientemente grave, sino algo más desnudo y brutal. La auto-explotación es la única respuesta posible a la supervivencia cuando no hay ninguna otra opción disponible. El vendedor ambulante que trabaja catorce horas no ha “elegido” – ni ha sido “libre para elegir” – la flexibilidad ni tampoco ha “interiorizado” el espíritu emprendedor. Lo que ha hecho es agotar todas las demás opciones y esta es la única que queda. La auto-explotación en el mundo de la negatividad no es ideológica sino estructural. No es que el sistema le haya convencido de que trabajar más es virtud. Es que el sistema lo ha colocado en una situación donde trabajar más y hasta la muerte es la única diferencia entre comer y no comer, entre el hambre y la muerte.

Hay, sin embargo, una dimensión ideológica superpuesta que es la que Han sí captura y que en el contexto guatemalteco opera como capa adicional de dominación. Se trata de la narrativa del emprendedurismo y la prosperidad individual que el neoliberalismo, la iglesia evangélica y el propio discurso del CACIF han sedimentado sobre esa necesidad estructural, transformándola en virtud. El trabajador informal guatemalteco no solo está atrapado en la negatividad. También está atrapado en una negatividad que le han enseñado a llamar libertad.

Este análisis añade al cuadro previo que hemos construido una dimensión que lo hace aún más políticamente sombrío. Porque si la masa marginal en el capitalismo periférico guatemalteco ya no es funcional al capital, si ya no cumple ni siquiera el rol de ejército de reserva, ¿qué va a ocurrir cuando el capitalismo post-humanista – que seguramente será adoptado por grupos familiares-empresariales de Guatemala como la Corporación Multi Inversiones (CMI) – automatice también los pocos sectores donde ese capital aún la necesitaba? ¿Qué va a ocurrir cuando robots empiecen a freír y despachar el Pollo Campero, agentes de IA respondan en los “call centers”, máquinas automáticas ensamblen la ropa que las maquilas exportan y más robots hagan la limpieza en los hoteles que sirven al turismo del Norte? ¿Qué va a ocurrir con la masa marginal de la masa marginal? El CACIF va a llamar a todo esto innovación, productividad, eficiencia e inversión. ¿Cómo lo van a llamar las masas subalternas completamente excluidas?

La respuesta que el capitalismo tecnológico del Norte Global tiene preparada para el Norte Global – el ingreso universal básico, el “tech new deal” muskeano – presupone, como ya vimos, Estados con capacidad redistributiva y ciudadanos insertados en economías formales digitalizadas. Pero para la masa marginal guatemalteca, que no tiene cuenta bancaria confiable, que no tiene identidad digital robusta, que no tiene acceso a infraestructura de datos, que vive en la economía del efectivo y de la confianza personal, ese ingreso universal es tan abstracto como lo fue siempre el pleno empleo, es decir, una promesa diseñada para otras latitudes que llega aquí solo como ideología justificadora de un orden que no tiene intención de cambiar.

El trabajador solamente puede acceder a los medios de producción para efectuar el trabajo necesario a la reproducción de su existencia siempre y cuando su trabajo excedente tenga valor para el capital. Pero cuando este trabajo excedente deja de ser necesario para el capital, es el trabajo necesario para el trabajador el que se vuelve excedente y, por lo tanto, el trabajador mismo pasa a ser superfluo. Marx escribió eso en el siglo XIX pensando en Manchester. Pero la verdad es que también describe con precisión quirúrgica el 1 de mayo de 2026 en Guatemala.

El cuadro general del trabajo que emerge para Guatemala es el de una explotación operando en tres registros simultáneos. Al nivel estructural (Graeber) tenemos una economía donde el trabajo útil no es remunerado dignamente y donde la informalidad es el resultado deliberado de la captura del Estado por el capital organizado en el CACIF, que históricamente ha bloqueado toda reforma laboral significativa. Al nivel tecnológico-ideológico tenemos una economía “gig” o la plataformización de la precariedad, que moderniza la explotación sin cambiar su sustancia, mientras le ofrece al trabajador una narrativa de autonomía neoliberal que sustituye a la protección real. Y, finalmente, al nivel subjetivo (Han), encontramos la interiorización del imperativo del rendimiento que hace al trabajador cómplice de su propia explotación, reforzada en el contexto guatemalteco por la cultura religiosa (el evangelio) de la prosperidad y el individualismo que el neoliberalismo ha sedimentado durante décadas. Es decir, un neoliberalismo desde abajo.

Lo más políticamente devastador de esta combinación es que anula los mecanismos clásicos de resistencia pues si no hay patrón visible, no hay contra quién huelguear; si la precariedad se vive como emprendimiento, no hay por qué sindicalizarse; y si el agotamiento se lee como sacrificio virtuoso, no hay razón para rebelarse. El trabajador informal guatemalteco no necesita cadenas porque lleva el panóptico adentro.

El capitalismo post-humanista y el manifiesto tecnofascista

Antes de aterrizar de nuevo en Guatemala, hagamos un desvío hacia lo que está ocurriendo con el capital y el Estado en el Norte Global, porque ello tiene consecuencias profundas para el trabajo en el Sur Global en general y Guatemala en particular.

Lo que Palantir y su CEO Alex Karp están proponiendo en forma de un manifiesto no es simplemente una visión tecnológica, sino que es una ontología política. La “república tecnológica” de Karp postula que la soberanía ya no reside en el pueblo sino en quienes controlan la infraestructura de datos y los sistemas de decisión algorítmica. El Estado-nación se convierte en cliente y deja de ser soberano. La democracia deliberativa es reemplazada por la “eficiencia” de sistemas que procesan información a velocidades y escalas que ninguna asamblea humana puede igualar. La violencia – recordemos que Palantir nació del aparato de seguridad post-11S – es racionalizada, optimizada y deshumanizada. Es tecnofascismo no en sentido metafórico sino estructural, es decir, como concentración de poder, suspensión de la deliberación, fetichización de la fuerza y del orden, y eliminación del sujeto político como agente.

Frente a esto, Juan Grabois identifica lo que Musk y OpenAI proponen como una invitación al diálogo de las clases dominantes a las clases subalternas, un “tech new deal”, y lo lee con escepticismo justificado. La tesis muskeana plantea que la Inteligencia Artificial (IA) destruirá empleo pero generará productividad sin precedentes, que habrá tal afluencia de riqueza que la emisión monetaria no producirá inflación, y que el banco central debe emitir dinero para garantizar un ingreso universal alto. La empresa OpenAI y su CEO Sam Altman, por su parte, proponen un Fondo de Riqueza Pública que otorgue a cada ciudadano una participación en el crecimiento impulsado por la IA, junto a una jornada laboral de 32 horas.

Ser escépticos ante el llamado “tech new deal” del gran capital tecnológico es, aunque se trate de fantasías propias del Norte Global, lo prudente. Y Grabois lo articula bien cuando señala que las clases subalternas, tanto en el nivel nacional como internacional, parecen no tener representación adecuada en esta idea “paritaria” que proponen desde las élites tecnocráticas, y que estamos ante una crisis civilizatoria producto del hiperdesarrollo de las fuerzas productivas en un sistema económico irracional.

Hay además una contradicción flagrante que Grabois apunta con precisión, a saber, que mientras Musk, OpenAI y Palantir plantean la necesidad de fortalecer la intervención estatal para redistribuir los frutos de la IA en el Norte Global, los admiradores de esas propuestas en el Sur Global siguen con la cantinela de la destrucción del Estado. Es decir, mientras que el capitalismo tecnológico del Norte necesita un Estado fuerte para gestionar la disrupción que él mismo genera, los Chicago Boys del Sur Global siguen desmontando ese mismo Estado que sus patrones del Norte ya reconocen como incómodo, pero necesario.

Marx, la tasa de ganancia y el problema de la IA como trabajo muerto

Marx identificó en El Capital una tendencia estructural muy importante. Al sustituir trabajo vivo por maquinaria (capital constante), el capitalista individual gana competitividad, pero el sistema en su conjunto pierde la fuente de plusvalía. Solo el trabajo vivo – el ser humano que trabaja – produce valor en el sentido estricto de Marx. La máquina transfiere valor pero no lo crea. Por eso, Marx pensaba, la automatización masiva, a largo plazo, socava la propia base de la acumulación y es la contradicción orgánica del sistema que puede derrumbar al capitalismo mismo.

Sin embargo, el capitalismo post-humanista plantea una pregunta que Marx no pudo anticipar en sus estudios: ¿qué ocurre cuando la IA no solo ejecuta sino que “crea”? ¿Cuando el sistema genera código, diseño, texto, diagnóstico médico, decisión jurídica, sigue siendo “trabajo muerto” en el sentido marxista o estamos ante una mutación categorial del valor y, con ello, del sistema mismo?

Hay dos posiciones teóricas plausibles. La primera, ortodoxa, dice que la IA sigue siendo trabajo muerto acumulado, trabajo humano cristalizado en algoritmos entrenados con datos producidos por humanos, y que por tanto la contradicción sistémica no se resuelve sino que se desplaza y se agudiza pues el capital tecnológico extrae valor del trabajo humano pretérito (los datos) mientras destruye el trabajo humano presente. La segunda, más heterodoxa, sugiere que el capitalismo post-humanista está intentando constituir una nueva fuente de valor que escape a la lógica capitalista tradicional, es decir, un valor extractivo de datos que es producido colectivamente por toda la humanidad conectada pero apropiado privadamente por unas pocas empresas. En ese sentido, Google, Meta, Microsoft, Palantir y OpenAI no son empresas tecnológicas en sentido convencional, sino que son cercamientos del “commons” cognitivo global. Representan el corazón tecnológico de la “Pax Silica” que ahora promueve el Departamento de Estado.

Queda muy claro, así, que el capitalismo post-humanista no “resuelve” la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, sino que la desplaza creciente y estructuralmente hacia sectores con mayor composición orgánica de capital, mientras genera una crisis social de desempleo tecnológico de magnitud histórica. El tech new deal de Musk es, en el mejor de los casos, un intento de gestionar políticamente esa crisis antes de que produzca una ruptura sistémica. En el peor, es una cortina de humo.

Guatemala en el capitalismo post-humanista: la periferia de la periferia

Ahora llegamos y retomamos al punto más sombrío de nuestro análisis, porque para Guatemala y para la mayoría del Sur Global el capitalismo post-humanista no llega como promesa sino como sentencia.

El “tech new deal” de Musk presupone ciudadanos con cuentas bancarias, infraestructura digital, sistemas de seguridad social que puedan ser reformados, y Estados con capacidad redistributiva. Pero Guatemala tiene el 66% de su fuerza laboral en informalidad, un Estado capturado por el CACIF que históricamente ha resistido cualquier reforma fiscal redistributiva, y una economía cuya liquidez bancaria depende en un 27% de las remesas de sus migrantes. El “ingreso universal” muskeano es, en este contexto, una broma muy cruel o una fantasía de ciencia ficción.

Pero hay algo más estructuralmente grave. La automatización en el Norte Global no destruye empleos abstractos, sino que destruye los empleos específicos hacia los que migraron o migraban los guatemaltecos. Musk anticipa que los primeros puestos en desaparecer serán los vinculados al entorno digital, funciones administrativas, atención al cliente, análisis y procesamiento de datos, programadores básicos, el trabajo administrativo básico, la manufactura de baja cualificación, incluso sectores de logística y transporte. Y aunque la migración guatemalteca se concentra en trabajo agrícola y de servicios, aparentemente más resistente a la automatización inmediata, la presión tecnológica sobre el mercado laboral norteamericano en su conjunto reducirá los empleos disponibles para migrantes y endurecerá aún más las políticas migratorias, independientemente de quién gobierne.

Esto significa que el modelo de exportación de mano de obra humana como válvula de escape a la incapacidad del capital guatemalteco de absorber trabajadores, tiene fecha de caducidadestructural. No inmediata, pero ya visible en el horizonte.

¿Y qué ofrece el capitalismo post-humanista a Guatemala en términos positivos? Muy poco que no venga con trampa. La promesa de convertirse en destino de inversión tecnológica – call centers, servicios digitales, zonas francas de procesamiento de datos – reproduce exactamente la lógica de la maquila según la cual Guatemala provee mano de obra barata para procesos que el capital del Norte no quiere hacer en casa, sin transferencia tecnológica real ni construcción de capacidades endógenas. Cuando esa mano de obra sea más cara que un algoritmo, el capital se irá tan rápido como llegó, dejando exactamente lo que dejaron las maquilas textiles en su momento. Mientras tanto, el Estado guatemalteco – como buen jardinero del capital – “no se detiene” en construir las infraestructuras que demanda el CACIF para la libre movilidad de sus productos y trabajadores, en tanto esto sea necesario y lucrativo.

El horizonte imposible y la pregunta sin respuesta

Lo que emerge de articular todos estos niveles – informalidad, auto-explotación, economía gig, capitalismo post-humanista y el contexto guatemalteco específico – es una conclusión inescapablemente brutal.

Guatemala enfrenta simultáneamente dos crisis económicas que se potencian mutuamente. Primero, la crisis no resuelta del capitalismo periférico clásico (informalidad masiva, Estado débil, captura oligárquica, corrupción funcional) y ahora empeorada también por la crisis de la globalización neoliberal. Y, segundo, la crisis emergente del capitalismo post-humanista (destrucción tecnológica del trabajo, reconfiguración del valor, obsolescencia de las remesas como modelo de sobrevivencia social). El pobre país no tiene resuelta la primera cuando ya llega la segunda.

El “tech new deal” de Musk, incluso asumiendo buena fe, que el buen escepticismo nos obliga a descartar razonablemente, está diseñado para economías que ya tienen las condiciones institucionales para redistribuir productividad tecnológica. Palantir, directamente, no contempla a Guatemala ni al Sur Global como sujeto de su “república tecnológica”. Cuando contempla al Sur Global lo hace, en todo caso, como territorio de extracción de datos, espacio de despliegue de tecnología de vigilancia migratoria, o mercado cautivo de infraestructura de seguridad vendida a estados débiles. Y también como ese tipo de enclaves o ciudades impulsados por el multimillonario tecnológico Peter Thiel y otros inversores en Honduras. “Próspera” es un proyecto de “ciudad-empresa” o ZEDE (Zona de Empleo y Desarrollo Económico) situado en la isla de Roatán, “creada para atraer inversiones extranjeras y ensayar un modelo ultraliberal con impuestos mínimos y normas propias al margen del Estado.”

La pregunta que Grabois hace a escala global – ¿quién representa a las clases subalternas en la “paritaria” que proponen las élites tecnocráticas? – adquiere en el contexto guatemalteco una dimensión más radical aún: ¿puede siquiera Guatemala sentarse en esa mesa? ¿O la crisis civilizatoria del hiperdesarrollo tecnológico del Norte Global se resolverá, una vez más, sobre los cuerpos del Sur Global, como todas las crisis del capitalismo lo han hecho hasta el presente?

Esa pregunta no tiene respuesta optimista disponible hoy. Lo que sí existe y quizás sea el único punto de partida honesto es nombrar la situación con precisión, sin las anestesias del “emprendedurismo”, la “economía del conocimiento” o el “tech new deal” de Silicon Valley. Guatemala no necesita más narrativas de modernización y progreso que oculten la acumulación por desposesión y deshumanización. Necesita, con urgencia histórica, reconstruir lo que el neoliberalismo destruyó, es decir, la capacidad estatal, organización laboral, la autonomía integral de los/as de abajo y una política de datos y tecnología soberana que trate la infraestructura digital como bien público, como tema clave de debate democrático, participativo y abierto, y no como materia prima para el capital del Norte Global.

Si eso es remotamente posible en el contexto actual, con el CACIF en el poder económico, Palantir vendiendo tecnología de vigilancia a gobiernos latinoamericanos y el trumpismo cerrando las válvulas migratorias, es francamente la pregunta más difícil.

Reflexiones finales

Volvemos, entonces, al punto de partida de este trabajo, el 1 de mayo en Guatemala. Pero ya no es posible verlo igual.

La marcha que el 1 de mayo que recorrió las calles de la capital, convocada este año por la CUSG y secundada por las demás centrales sindicales, representa, en el mejor de los casos, a una fracción pequeñísima de quienes trabajan en este país. La tasa de sindicalización guatemalteca se sitúa históricamente por debajo del 2% de la población trabajadora activa, y es aún más baja en el sector exportador privado, precisamente donde el CACIF ejerce su control más directo y donde la represión antisindical y la criminalización de activistas ha sido más sistemática. Si se excluyen los sindicatos del sector público (maestros, salud, municipalidades, trabajadores del Estado) el panorama en el sector privado es casi de desierto organizativo.

El movimiento sindical que realmente existe no se ha recuperado todavía de los años más cruentos de la represión contrainsurgente, cuando el sindicalismo fue identificado sistemáticamente como subversión y sus dirigentes desaparecieron literal y metódicamente. La CGTG lleva en su memoria institucional la masacre del 21 de junio de 1980, cuando 21 de sus líderes fueron secuestrados y desaparecidos en una sola jornada. El SITRABI, hoy una de las organizaciones sindicales más sólidas del país, con el 94% de sus trabajadores sindicalizados en las fincas bananeras de Izabal, tiene grabados en su historia los fusilamientos de 1954, las amenazas de grupos armados en los años noventa, y los intentos patronales de desmantelarlo en 2024 cuando intentó extender su organización hacia las fincas de Escuintla. Su vitalidad actual es excepcional precisamente porque es una excepción.

Tampoco el movimiento sindical se ha recuperado de lo que vino después de la represión abierta, la aplicación de la Doctrina Shock a partir de la presidencia de Álvaro Arzú, que no solo desmanteló empresas públicas y marcos regulatorios, sino que destruyó el tejido organizativo del trabajo formal con una eficacia que el terror no había logrado del todo. Naomi Klein documentó ese mecanismo a escala global: la crisis – real o fabricada – como oportunidad para imponer transformaciones que en condiciones normales enfrentarían resistencia organizada. En Guatemala, el shock no fue solo económico, sino que fue el remate institucional de un proyecto de desarticulación social que el terror había comenzado desde los 1970s.

El resultado es una fuerza laboral formal que representa apenas un tercio de la población ocupada, y dentro de esa minoría, una organización sindical que opera con los recursos, la visibilidad y la correlación de fuerzas de quien sabe que está en desventaja estructural. No es cobardía ni falta de conciencia, sino que es el producto calculado de décadas de violencia y de políticas deliberadamente diseñadas para hacer del trabajo organizado algo imposible o inútil.

Y es precisamente en ese punto donde el análisis anterior adquiere su dimensión más política. Porque si el capitalismo post-humanista llega a Guatemala, y llegará, aunque sea de forma periférica y asimétrica, lo hace sobre un terreno en el que las defensas clásicas del trabajo han sido sistemáticamente demolidas. El sindicalismo que en otras latitudes podría articular resistencia a la automatización, negociar la transición tecnológica, o exigir políticas de redistribución de la productividad, aquí es una presencia marginal, dependiente y transformista, en una economía donde la mayoría de los trabajadores ni siquiera tiene empleador formal ante quien reclamar. El sujeto político clásico del 1 de mayo – el/la trabajador/a organizado/a, con conciencia de clase y capacidad de acción colectiva – existe en Guatemala como minoría dentro de una minoría. Y el resto solo es memoria de luchas perdidas.

Esto no conduce al fatalismo. Conduce a algo más exigente, a reconocer que la política emancipadora en Guatemala no puede esperar a reconstruir el sindicalismo o el movimiento popular del siglo XX antes de enfrentar los desafíos del siglo XXI. Tiene que hacer ambas cosas al mismo tiempo y tiene que hacerlas en condiciones de extrema adversidad. Lo que ello impone, con urgencia que no admite dilación, es la construcción de articulaciones democráticas contra-hegemónicas que no reduzcan la política del trabajo a la política sindical, sino que la expandan y que conecten al/la trabajador/a informal con la trabajadora doméstica, al migrante deportado con el jornalero agrícola, al repartidor de plataforma con el vendedor del mercado, a todos ellos/as con movimientos indígenas, feministas, ambientales y de derechos humanos que comparten el mismo adversario estructural aunque lo nombren de maneras distintas.

Gramsci llamó a esto la construcción de un bloque histórico capaz de articular contra-hegemonía desde abajo y esto es el trabajo político más difícil y más necesario que hoy enfrentamos. En la Guatemala de 2026, con el CACIF consolidado, el proyecto de la restauración total avanzando, el trumpismo cerrando fronteras, y empresas transnacionales como Palantir vendiendo infraestructura de vigilancia a Estados débiles, y la automatización amenazando las remesas como último sostén del modelo expulsor, ese trabajo es más difícil que nunca. El propio SITRABI lo demuestra de manera elocuente. Cuando en 2024 intentó extender su organización hacia las fincas bananeras de Escuintla, los finqueros respondieron con despidos masivos. La represión patronal no es historia: es el presente.

Pero también, y precisamente por eso, la urgencia es mayor. El 1 de mayo no es, en ese sentido, solo una conmemoración. Es, o debería ser, un recordatorio de que la pregunta sobre quién produce la riqueza y quién se la apropia no ha sido resuelta por la historia ni cancelada por la tecnología. Ha sido, en todo caso, complejizada hasta el límite. Y responder a esa complejidad sin renunciar a la emancipación es, precisamente, el imperativo político de este momento.


Fuente Blog #RefundaciónYa

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