En la primavera de mis veinte años
Omar Marroquin
Chichicastenango: pueblo de piedra y humo sagrado, donde el aliento de los ancestros me tocó
el rostro y despertó en mi pecho la semilla de una aventura que bordaría mi vida entera.
Soy Jorge, y fui en sus calles empedradas —donde el copal teje nubes de memoria y el
mercado late como un corazón multicolor— que el mundo se abrió ante mí como un pétalo de
ceiba.
Recuerdo el amanecer en Pascual Abaj: vi ascender a los kaqchiqueles y k’iches, portadores
de ofrendas como mensajes al cielo, y una fuerza antigua me atravesó… un susurro que me
dijo que debía construir alas.
Allí, bañado en la energía que late en la tierra misma, nací junto a Aj’tzay —«Los que
vuelan»—, agrupación teatral que aún hoy navega en el aire de nuestros pueblos.
Éramos una constelación de jóvenes almas: escolares con uniformes desvanecidos como el
alba, estudiantes de contabilidad que trazaban rutas desde la capital hasta este santuario, y yo,
que apenas comenzaba a leer el mapa de mi propia identidad.
Nos reuníamos en un patio de adobe, custodiado por las murallas de una iglesia centenaria.
Bajo la danza de velas y fogatas, compartíamos café negro como la noche, tortillas calientes
como el sol y conversaciones que se tejían hasta el amanecer como telas de araña.
Reíamos como ríos que desbordan, debatíamos como torres de fuego y soñábamos en voz
alta, dejando que nuestros sueños se perdieran entre las estrellas.
De aquellas noches de éxtasis y llanto surgió Ki-Che-Achi —«El lugar de los hombres
dulces»—, nuestra primera canción hecha teatro.
La pieza contaba la epopeya del altiplano guatemalteco entre 1968 y 1981: con la crudeza del
maíz recién cosechado y la ternura del amor maternal.
Mostrábamos las esperanzas que crecían como milpas en las llanuras, las tradiciones que
dormían en el corazón de los ancianos, las danzas que llevan la memoria de los dioses… pero
también los abismos de la sombra: el miedo que se arrastra como niebla, la represión que corta
como el viento del norte, el humo negro que envolvió la Embajada de España en un suspiro de
fuego.
Fusionamos teatro con el aliento de la danza maya, la marimba con el silencio que habita en
las profundidades del cerro, y esos silencios eran tan densos que el público retenía la
respiración como si fuera agua preciosa.
Trabajamos con la furia de los volcanes: ensayábamos hasta que los huesos cantaran su
propia melodía, cosíamos trajes con hilos de pasión, aprendimos el k’iche’ como quien aprende
a hablar con la tierra.
Y entonces el destino nos extendió sus brazos: fuimos invitados al Festival de Avignon Francia,
tierra de teatro y sueños.
El viaje fue un vuelo sin alas. Subir al escenario frente a rostros de todos los rincones del
mundo, ver cómo las lágrimas dibujaban ríos en sus caras, cómo el aplauso se erguía como un
bosque de manos… fue tocar el cielo con las yemas de los dedos.
Teníamos veintitantos años, y en aquellos instantes sagrados, nuestras alas de sueño y
terquedad realmente cortaron el aire.
Pero el regreso a Guatemala fue como caer del cielo a la tierra quemada. La realidad que
habíamos vestido de palabras se hizo carne en cada esquina.
Primero los rumores, como víboras que se arrastran en la hierba; luego las llamadas anónimas,
como gritos en el abismo; las miradas que llevaban el frío de la muerte.
Entendí que si quería seguir sembrando la verdad de mi pueblo, debía hacerlo en tierras
lejanas. Así comenzó mi exilio —un corte en el alma que dejó una herida que hoy es flor.
Hoy, con el cabello entrecano y escaso como la corteza del árbol sagrado, y la memoria que
fluye como el río Lacandón, miro atrás con la nostalgia de quien extraña su madre tierra y la
alegría de quien sembró semillas que dan fruto.
Nada hay que lamentar: todo fue un canto al viento. Aj’tzay sigue volando alto, ahora guiado
por mi hermano de alma Francisco «Pancho» Lastor, con el mismo fuego que encendimos en
aquellos días donde el tiempo se detenía.
Muchos de mis compañeros ya han partido hacia el mundo de los espíritus, donde bailan con
los dioses.
Cada partida es un nudo en el pecho, pero también una ola de gratitud que me lleva a las
estrellas. Lo que hicimos fue puro como el agua de manantial, valiente como el jaguar y lleno
de amor como el corazón de la madre tierra.
A veces cierro los ojos y el altiplano llega a mí en un susurro: el olor de ocote y copal quemado,
la tierra mojada que susurra secretos, el pan recién horneado que huele a hogar y esperanza.
Las huellas de aquellos años rebeldes y sagrados están grabadas en mi corazón como glifos
en una piedra. Allí conocí la belleza mágica que habita en cada hoja de maíz, la sabiduría
ancestral que duerme en los cerros y la resistencia increíble de nuestros pueblos originarios.
Ellos son el viento que mueve nuestras alas, el sol que ilumina nuestro camino.
Los años pasan como las estaciones, pero las alas que me regaló aquella primavera de mis
veinte años nunca se desvancieron.
Todavía vuelo… ahora con las alas de la memoria, con el vuelo del alma y una sonrisa tranquila
cada vez que escucho a lo lejos el eco de cohetas y tambores que llaman a los dioses en
Chichicastenango.
Y en las noches donde la luna baña los cerros con su luz de plata, mi corazón canta en
silencio: valió la pena. Todo, absolutamente todo, valió la pena.
Escrito para exaltar la figura del gran Jorge Rojas Fernández, por Omar Marroquín Pacheco,
basado en una nota que Jorge me compartió al recibir unas fotografías que le envié de su
querido Chichicastenango.
