Educación: La reconstrucción de la formación docente

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Fernando Cajas

La educación es la práctica social que nos permite hacernos y rehacernos, construirnos y volvernos a construir. Es la base del futuro, la columna del presente y la identidad cultural de quienes fuimos, quienes somos, quienes queremos ser y quienes iremos a ser. Ciertamente debemos aprender a leer y a escribir para comunicarnos, pero leer y escribir es mucho más: es diseñarnos, elaborarnos, evaluarnos y transformarnos. Debemos aprender a contar —números, historias, funciones, conjuntos— aunque no todos los conjuntos sean contables. La práctica social de la matemática es fundamental para describir, modelar y ordenar el mundo; por eso, la matemática escolar debe formar personas críticas, proactivas y pensantes.

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La ciencia escolar debe permitirnos describir y explicar fenómenos, pero sobre todo entender el universo en el que vivimos. No debería haber una diferencia esencial entre la ciencia de los expertos y la ciencia escolar: ambas deben promover la curiosidad y el pensamiento crítico, tan vital para nuestra sociedad. Sin embargo, durante décadas, la educación guatemalteca ha sido cooptada por gobiernos anteriores, que la convirtieron en un botín político, un instrumento de control y un espacio para el clientelismo y la corrupción. Sindicatos capturados, universidades deformadas y una formación docente convertida en fábrica de mediocridad: ese es el triste legado que dejaron.

Si la educación cae en manos de rufianes, extorsionistas y manipuladores —como ha ocurrido con el Sindicato de Trabajadores de la Educación de Guatemala (STEG), convertido en feudo de mafiosos que por años y años se apoderaron de una institución con historia honorable—, entonces hay que reconstruir desde sus cimientos. Un dirigente sindical que, en lugar de defender los verdaderos intereses de los maestros y los sueños de los estudiantes, prioriza el poder personal y el saqueo, demuestra que algo profundamente malo ha estado pasando en la formación docente. Los gobiernos previos permitieron —y en muchos casos impulsaron— esta cooptación, dejando que la educación pública se degradara para mantener lealtades políticas y evitar una ciudadanía crítica y empoderada.

Durante las últimas cuatro décadas ha habido una verdadera revolución mundial en el conocimiento sobre el aprendizaje de la ciencia, la matemática, la tecnología y las ciencias sociales, tanto como prácticas disciplinares como escolares. Sabemos mucho más sobre cómo niños y niñas aprenden números, fracciones, funciones y modelan fenómenos cotidianos. Sabemos también cómo los docentes aprenden a ser maestros. Persiste el debate sobre si la docencia es solo un “llamado” o vocación, o si se puede desarrollar cognitivamente. Los trabajos pioneros de Lee Shulman (en mi alma mater, la Universidad Estatal de Michigan) y otros, como Donald Schön, nos han mostrado que los buenos profesores construyen un conocimiento pedagógico del contenido específico —representaciones, modelos, analogías— que es el corazón de su didáctica, junto con la práctica reflexiva.

Esta investigación científica sobre las nuevas ciencias del aprendizaje y las didácticas específicas debe ser la columna vertebral de los programas de formación docente. Sin embargo, las universidades —especialmente bajo la influencia de los mismos poderes que cooptaron el sistema durante gobiernos anteriores— han estado deformando más que formando. Basta mirar quiénes han dirigido la formación en facultades clave de la Universidad de San Carlos: manipuladores que no entienden la nobleza de la pedagogía y que han convertido esas instancias en extensiones de intereses particulares (léase Walter Mazariegos y su séquito de seguidores idiotas pero ambiciosos). ¡Qué barbaridad! Por eso estamos como estamos: mal.

Es urgente que la dirigencia sindical deje de estar en manos de gente corrupta, por el bien de los maestros y, principalmente, de los estudiantes. La reconstrucción del sistema de formación docente es impostergable para que los profesores de todos los niveles puedan fomentar pensamiento crítico, didácticas pertinentes y pedagogías liberadoras, no esclavizantes. Urge crear ambientes de reflexión didáctica y ética sobre el rol transformador de los maestros, de los profesores universitarios también. Todo aquel que quiera dar clase, debe formarse previamente.

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