Deformar la realidad
Autor: Jairo Alarcón Rodas
La realidad no se limita a las cosas que se pueden ver.
Haruki Murakami
Los constructivistas plantean que la realidad debe ser una construcción que efectúen las personas, sobre la realidad, a partir de su esfuerzo propio. Es decir, que construyen activamente su conocimiento a través de experiencias e interacciones. Criterio que tendría razón, si dicho proceso se realizara a partir de una lectura objetiva de la realidad, dicho de otra forma, sin sesgos artificiales, suposiciones y agregados personales intencionados o no intencionados.
La realidad es, ostenta el carácter de objetiva, de modo que los sujetos son los que hablan por ella a partir del conocimiento, de la abstracción fiel que realice de su entorno o de la opinión que viertan sobre ésta, de conformidad con lo que perciba y convierta en datos de conciencia.
De ahí que construir el conocimiento a partir de la realidad no debe entenderse como una interpretación subjetiva y arbitraria de las cosas, de modo que se considere que cada persona tenga su verdad particular de las cosas, como comúnmente sucede en el argot popular. Construir la realidad requiere de un método o métodos adecuados para lograrlo, ya que puede ocurrir que los juicios que se emitan sobre esta la develen o la deformen.
Consecuentemente, las múltiples interpretaciones de la realidad, sin una base objetiva, conducen a un galimatías epistemológico, que es el causante de las confusiones entre las personas y del aislamiento del mundo. De ahí que la filosofía analítica sostenga que la mayoría de los problemas filosóficos y humanos no son dilemas reales sobre el mundo, sino malentendidos causados por la vaguedad, ambigüedad o mal uso del lenguaje ordinario. Lenguaje que, como el mecanismo exterior del pensamiento, corresponde a una circunstancia real, a un tiempo y espacio determinado que no se puede obviar.
Como corolario, toda construcción particular que dé lugar al conocimiento debe corresponder a lo que refleje el objeto, a lo que el objeto es. Por eso, Federico Egels señalaba que a la dialéctica de la naturaleza le corresponde la dialéctica del pensamiento. Haciendo énfasis en que es la realidad la que determina los datos de conciencia reflejados en el sujeto.
No obstante, las personas son dadas a interpretar la realidad de acuerdo con su particular esquema de pensamiento, lo que equivale a que esta esté determinada por sus potencialidades y limitaciones cognitivas. Como resultado de ello, suponen, emiten juicios valorativos, disfrazan, enmascaran lo que son las cosas, ya sea intencionalmente o por causa de la ignorancia. Y es que la realidad no habla por sí misma, no puede describir lo que es, hay que hacerla hablar dirían los filósofos renacentistas, son los sujetos los que hablan por ella, indicando con propiedad o deficiencia, lo que es.
De modo que, para que surja el conocimiento, debe existir un objeto y un sujeto que proceda a develar lo que es la realidad y, en ese caso, el papel activo de dicho proceso lo asume el individuo que pretende saber lo que son las cosas. Sin embargo, el sujeto puede simplemente describir lo que los sentidos le informan de forma superficial y ambigua, equivocarse, seguir el criterio de otros o, bien, construir un modelo de lo que es la naturaleza a partir de un proceso experimental y racional que indudablemente requiere de un mayor esfuerzo y criterio.
Cada uno habla sobre los hechos, sobre las cosas, la describen desde su particular punto de vista, hecho que, en la mayoría de las veces, causa confusión, pues subjetiviza la realidad, la hace múltiple en la conciencia del sujeto. Y es que opinar se confunde con conocer, conocimiento que requiere del criterio de verdad, de la argumentación racional de lo que se afirma, de su verificabilidad, entre otros aspectos, para ser tomado como tal.
Cuando los primeros filósofos, los científicos y pensadores, se esforzaron en buscar respuestas a lo que es la realidad, buscaban las bases para develar con mayor precisión y certeza lo que esta es. Lo hicieron conscientes de que es importante tener una idea clara de lo que son las cosas para avanzar en la develación de sus secretos, de lo simple a lo complejo. La naturaleza ama el ocultarse decía Heráclito y es por lo que su conocimiento adquiere singular importancia y precisión.
Ya Platón hacía referencia y distinción entre la mera opinión incierta y el conocimiento. La primera emite juicios subjetivos, mientras que el conocimiento busca la objetividad en sus afirmaciones. El mundo de las opiniones es amplio y vasto, mientras que el conocimiento de las cosas está destinado para aquellos que hacen de la investigación y de la reflexión racional su herramienta.
Todas las personas tienen creencias y piensan que lo que creen tiene validez más allá de su criterio personal, sin antes haber demostrado que así es. Tratar de convencer con argumentos racionales a una persona que solo valora sus creencias, sus suposiciones, sus juicios personales, es proceder de forma equivocada, que conduce a un diálogo de sordos, a la imposibilidad de nutrir el conocimiento sobre la realidad.
El falseamiento de la realidad, de los hechos que acontecen en el mundo, es muy común y es parte del enmascaramiento intencionado que ciertos sectores practican, propician y fomentan para mantener el control sobre las demás personas. De ahí que, mientras más ignorante y ajeno a la realidad objetiva sea una persona, mejor y más fácil será su manipulación y seducción a través de la persuasión y la elocuencia. Siendo la ignorancia y el pensamiento acrítico uno de los orígenes de la alienación, de la que contribuye, esencialmente, la sociedad, la educación y los medios de comunicación.
La realidad es deformada a modo que su visión corresponda a los intereses de los sectores dominantes. Pero, para ser aceptada de esa forma por el común de las personas, estas deben tener carencias cognitivas, se les debe limitar en el ejercicio de su razón, domesticar, a modo que se constituyan en sujetos irreflexivos, que se conviertan en seres pasivos, no cuestionadore del modelo establecido y acepten por vedad lo que se les presenta como tal.
Son muchos los factores que se convierten en distorsionadores de la realidad, sobre todo los modelos educativos acríticos, las creencias mítico-religiosas y, desde luego, los medios de comunicación con sus mensajes persuasivos, al servicio de sectores dominantes. Ya decía Bertrand Russell, el conocimiento es una forma de ampliar el Ser y no debe ser una búsqueda de autoafirmación, sino un estudio objetivo del mundo. Lo que obliga al sujeto a ser más crítico y reflexivo
Y así, por ejemplo, las religiones se convierten en el opio de los pueblos, en adormecedores de conciencias, como lo señalara Karl Marx, ya que no permiten avanzar en el desarrollo del intelecto y en el pensamiento crítico. Pues como decía Hegel, solo una mente libre de ataduras, de cualquier tipo, puede alcanzar la verdadera realidad.
En consecuencia. confiar en un ser racionalmente improbable, regidor de la existencia humana, limita su crecimiento, ya que el desarrollo no depende de las potencialidades y limitaciones de la persona, sino de una fuerza ajenas e incognoscible. De ahí que sea la alienación religiosa una de las principales herramientas que utilizan los sectores de poder para mantener en la oscuridad, desde hace mucho tiempo, a las personas, como lo ocurrido en la Edad Media y el oscurantismo.
Sin descartar el aspecto espiritual propio de los seres humanos, aspecto que no es algo ajeno a la propia naturaleza de estos, ya que el espíritu es una manifestación de las potencialidades humanas, que se patentiza en sociedad. Por ende, para la ciencia, el espíritu es una actitud mental, crítica y racional enfocada en la búsqueda objetiva de la verdad. No es un don otorgado por una fuerza trascendente y ajena a la racionalidad y condición humana.
Las limitantes cognitivas, sean motivadas por la intervención de intereses sectarios, accidentes o desinterés, pesan en la comprensión que pueda darse entre los seres humanos, pero no solo en eso, causan profundas crisis en la sociedad. Y así, las personas creen, consideran que su apreciación sobre las cosas es la correcta y mientras menos amplitud de criterio tienen, menos aceptarán sus errores.
Consecuentemente, todos esos vicios subjetivos conducen al enmascaramiento de la realidad que, en la conciencia de estos, es determinada y ajustada a sus intereses personales y a las limitaciones cognitivas que posean, lo que arrastra a los demás a un caos.
Dentro de esa atomización de criterios, producto de la subjetividad en los juicios sobre la realidad, el sentido común pocas veces tiene cabida. Atomización hasta cierto punto y en determinados niveles de las cosas, ya que el esquema de pensamiento, que da vida al accionar de las personas, corresponde a los lineamientos que le impone el sistema a partir de alienación sufrida, que convierte al común de las personas en seres prácticos, que el sistema les hace valorar más el tener sobre el ser de las cosas e indudablemente de las personas.
Así, la confusión que trae consigo la deformación subjetiva de la realidad resulta ser beneficioso para aquellos que tienen bien definida su ruta y objetivo, los que conducen los hilos del sistema y solo les interesa lucrar con la ignorancia de las personas, pues la multitud de aseveraciones y de criterios sobre las cosas, al margen de una apreciación objetiva, no permite ver más allá ni profundizar en lo que es la realidad, condición que no hace más que distraer y excluir a las personas de lo que sucede en el mundo.
Ludwig Wittgenstein sostuvo, en su Tractatus, que los problemas filosóficos provienen de la incomprensión de la lógica de nuestro lenguaje, el cual es una «figura» del mundo. No obstante, si esa figura del mundo se efectúa de forma errónea, la incomprensión será mayor, lo que se traducirá en error no solo como problema filosófico sino esencialmente en la comprensión y proceder actitudinal de los seres humanos.
Decir que cada persona tiene su verdad sobre las cosas, lo que hace es situar a la opinión en un plano que no le corresponde, ya que es el conocimiento el que devela lo que son las cosas y encara la verdad que, no siendo absoluta, es objetiva.
