El “Corolario Trump”, la Pax Silica y el tecnofascismo: la nueva arquitectura de la subalternidad

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Resumen

Durante décadas se nos dijo que la globalización neoliberal conduciría, con todas sus contradicciones, hacia una mayor integración, interdependencia y expansión de la democracia liberal. Ese horizonte hoy parece desmoronarse. Lo que emerge en su lugar no es simplemente una crisis económica, ni una nueva Guerra Fría, ni el retorno mecánico del fascismo histórico. Lo que parece tomar forma es una mutación más profunda: una reorganización del capitalismo bajo condiciones crecientemente post-humanistas, donde la acumulación depende menos del trabajo humano visible y más del control de infraestructuras tecnológicas, inteligencia artificial, datos, minerales estratégicos y sistemas de vigilancia. En ese mundo naciente, la coerción sustituye al consenso, la seguridad reemplaza a la deliberación democrática, y la soberanía de los Estados periféricos se redefine según su utilidad dentro de cadenas globales de control tecnológico.

La Doctrina Donroe, el “Corolario Trump”, la Pax Silica, el auge del tecnofascismo, la internacional reaccionaria y las restauraciones ultraconservadoras no constituyen fenómenos aislados. Son registros distintos de una misma transformación histórica. América Latina – y Guatemala en particular – reaparecen entonces no sólo como periferias económicas, sino como territorios administrados: espacios de extracción, contención migratoria, experimentación autoritaria y subordinación tecnológica. La pregunta decisiva deja de ser únicamente cómo sobrevive el capitalismo a su crisis. La pregunta es si estamos presenciando el nacimiento de una nueva arquitectura global de dominación, una en la que la humanidad misma se vuelve excedente.

Este ensayo que ofrezco en este blog constituye la tercera entrega de una serie más amplia (ver la primera y la segunda) dedicada a examinar la hipótesis de una gran transformación post-humanista del capitalismo contemporáneo, desarrollada en el contexto de la crisis global, el ascenso del trumpismo, las restauraciones ultraconservadoras, la expansión del tecnofascismo y la creciente convergencia entre poder tecnológico, acumulación y coerción estatal. Leído de manera aislada, este texto aborda dimensiones específicas de esa transformación, particularmente sus implicaciones para América Latina y Guatemala; sin embargo, varios de sus argumentos centrales adquieren mayor profundidad y coherencia cuando se sitúan en continuidad con los ensayos anteriores. En conjunto, la serie propone una interpretación del presente no como una sucesión de fenómenos desconectados, sino como una mutación histórica en la que crisis civilizatoria, reorganización imperial, transformación tecnológica y nuevas formas de subalternidad comienzan a entrelazarse. Por ello, resulta altamente recomendable leer los tres textos como una conversación continua y acumulativa, más que como intervenciones independientes.

Cinco tesis para sintetizar el argumento de la serie

I. La crisis actual no es sólo una crisis económica del capitalismo; es una crisis civilizatoria que articula colapso ecológico, transformación tecnológica, crisis de hegemonía y restauración autoritaria. La policrisis contemporánea no puede explicarse mediante una sola causa – caída de la tasa de ganancia, financiarización o geopolítica – sino como convergencia entre crisis ecológica, desigualdad extrema, automatización, erosión democrática y guerra permanente.

II. El capitalismo contemporáneo atraviesa una mutación post-humanista en la cual la acumulación – empezando en los centros económicos del Norte Global – depende cada vez más del control tecnológico que del trabajo humano directo. El poder económico se desplaza hacia monopolios de IA, datos, plataformas, propiedad intelectual, chips, minerales críticos y cadenas logísticas. Esto no elimina la explotación; la reorganiza. Obliga también a reconsiderar la centralidad histórica de la teoría clásica del valor.

III. La Pax Silica constituye la nueva racionalidad imperial del siglo XXI según la cual la Doctrina Monroe se ve trasladada al terreno del silicio, la IA y la infraestructura digital. Si la Doctrina Monroe ordenó el hemisferio mediante intervención política y militar, la Pax Silica lo hace mediante control tecnológico, cadenas de suministro, propiedad intelectual, datos y exclusión estratégica. Es la reorganización neoimperial del hemisferio bajo condiciones digitales.

IV. El tecnofascismo no es una desviación del capitalismo contemporáneo; es una de sus posibles formas de gestión política. La fusión entre grandes tecnológicas, aparato estatal, vigilancia algorítmica y seguridad nacional – ejemplificada por Palantir – apunta hacia nuevas modalidades de soberanía donde software y coerción sustituyen deliberación democrática. El fascismo funciona como tecnología de contención frente a poblaciones excedentes y crisis de legitimidad y hegemonía.

V. Las periferias como Guatemala enfrentan una nueva condición: pasar de economías dependientes a territorios administrados y poblaciones excedentes dentro del orden post-humanista. La subordinación ya no consiste sólo en exportar materias primas o trabajo barato. Consiste también en proveer datos, contener migraciones, aceptar reglas tecnológicas ajenas y quedar excluidas de las capacidades que generan poder en el nuevo orden mundial. La subalternidad se vuelve tecnológica.

La pregunta del siglo XXI ya no es únicamente quién controla los medios de producción, sino quién controla las infraestructuras tecnológicas que decidirán qué vidas son útiles, qué territorios son estratégicos, qué poblaciones serán tratadas como excedentes y qué ecosistemas merecen ser protegidos como parques nacionales para el “ecoturismo” transnacional.

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El argumento

El 2 de diciembre de 2025, en el aniversario de la Doctrina Monroe, Trump proclamó lo que llamó el “Corolario Trump”: la reafirmación de que “el pueblo americano – no las naciones extranjeras ni las instituciones globalistas – controlará siempre su propio destino en nuestro hemisferio”. El texto es, en términos de historia diplomática, de una franqueza brutal. Ya no hay siquiera el lenguaje de la cooperación o el desarrollo mutuo que caracterizó las versiones más sofisticadas del imperialismo estadounidense durante la Guerra Fría. La Doctrina Monroe en su versión trumpista no promete nada y simplemente reclama el hemisferio como propio.

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Lo que ese mensaje presidencial revela, leído junto a los hechos concretos que acompañan el “Corolario Trump”, es la nueva arquitectura de la subalternidad latinoamericana. La crisis de deportaciones con Colombia en enero de 2025 fijó la plantilla para toda la región: cuando el presidente Petro rechazó vuelos militares de deportación, Trump amenazó con aranceles de entre 25 y 50 por ciento en cuestión de horas, y Colombia capituló. El mensaje fue inequívoco: la cooperación en deportaciones es obligatoria. Guatemala, que ya venía operando como “tercer país seguro” desde el primer mandato de Trump, se inscribió temprano en esa lógica de sumisión. Estados Unidos ha firmado acuerdos de cooperación en asilo o de tercer país seguro con Belice, Costa Rica, Ecuador, Guatemala, Honduras, Panamá, Paraguay y El Salvador.

Y en ese mismo mensaje presidencial sobre la Doctrina Monroe, Trump menciona explícitamente a Guatemala como uno de los países con quienes logró “acuerdos comerciales históricos”, ubicando ese acuerdo en el mismo párrafo que el cierre de la frontera sur, el combate al narcotráfico y el restablecimiento de la “dominancia marítima estadounidense”. Guatemala, en la narrativa trumpista, no es un socio: es un activo de seguridad regional.

El acuerdo de “reciprocidad” comercial: lo que Guatemala firmó

El llamado “Framework for an Agreement on Reciprocal Trade” firmado el 13 de noviembre de 2025 por el gobierno de Arévalo, con todo el apoyo del CACIF, merece una lectura crítica que la prensa guatemalteca ha sido incapaz de ofrecer. Guatemala se comprometió a fortalecer la protección de la propiedad intelectual, incluyendo la adhesión y plena implementación de tratados internacionales de propiedad intelectual, el aumento de enjuiciamientos criminales en casos de propiedad intelectual (PI), y el aumento de acciones de aplicación contra la infracción o apropiación indebida de propiedad intelectual. Guatemala también se comprometió a facilitar el comercio digital, incluyendo abstenerse de imponer impuestos a servicios digitales o medidas que discriminen contra servicios digitales estadounidenses, garantizando la libre transferencia de datos a través de fronteras confiables, y apoyando una moratoria multilateral permanente sobre aranceles aduaneros en transmisiones electrónicas en la Organización Mundial del Comercio (OMC).

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Traducido al lenguaje crítico, Guatemala aceptó no gravar con impuestos los servicios digitales de Google, Meta, Amazon y OpenAI en su territorio, garantizó el flujo irrestricto de datos hacia servidores estadounidenses, y se comprometió a criminalizar la competencia tecnológica local que pudiera afectar los intereses de la propiedad intelectual norteamericana. Todo esto a cambio de la eliminación de algunos aranceles sobre textiles bajo el DR-CAFTA, que beneficia principalmente a las maquilas, es decir, al capital exportador guatemalteco que ya se beneficia de la informalidad laboral documentada por el Mintrab.

El texto del acuerdo incluye además una cláusula de “tercer país no elegible” que obliga a Guatemala a regular, de manera consistente con las leyes y regulaciones guatemaltecas, la importación de bienes o servicios de terceros países con “efecto equivalente” al de las medidas estadounidenses. En términos llanos, Guatemala se comprometió a alinear su política comercial con la política de contención de China que Washington está implementando a escala hemisférica. Un país que no controla su propia política industrial firmó, como condición para mantener acceso preferencial al mercado estadounidense, abstenerse de hacer negocios con el competidor de ese mercado.

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La Pax Silica: el orden mundial del silicio y la exclusión estructural de Guatemala

Ahora debemos dar un paso más incisivo en este análisis porque lo que el gobierno de Trump ha bautizado como la “Pax Silica” y el acuerdo comercial con Guatemala operan en registros radicalmente distintos que juntos producen una trampa perfecta.

La Pax Silica es el esfuerzo principal del Departamento de Estado en materia de IA y seguridad de la cadena de suministro, buscando construir un nuevo consenso de seguridad económica entre aliados y socios de confianza. Sus signatarios son Australia, Grecia, India, Israel, Japón, Qatar, República de Corea, Singapur, Emiratos Árabes Unidos y Reino Unido. La alianza establece una jerarquía interna dentro del sistema liderado por Estados Unidos, separando dos tipos de territorios: aliados y clientes. Los aliados forman parte del “stack” tecnológico y construyen interdependencias tecnológicas, financieras y de seguridad. Los clientes pueden acceder a chips y servicios, pero bajo una relación transaccional y bajo reglas fijadas por Washington.

Pax Silica Initiative - U.S. Mission to ASEAN

Guatemala no es ninguna de las dos cosas. No es aliada porque no tiene capacidad tecnológica en ningún punto de la cadena de valor del silicio. Y tampoco es cliente estratégico, porque no tiene ni el mercado interno ni la capacidad de compra que justifiquen una relación transaccional de envergadura. La exclusión de países de Pax Silica se explica por la escala y sofisticación de su industria: los países que no tienen capacidades de vanguardia en ninguna fase crítica de la cadena no califican como actores estratégicos bajo esta nueva lógica. Guatemala queda, en el nuevo orden tecno-geopolítico, en una categoría que ni siquiera tiene nombre en el vocabulario de la Pax Silica. En otras palabras, Guatemala es territorio irrelevante para la cadena de valor del capitalismo post-humanista, pero sí es territorio que debe ser administrado y contenido para que no se convierta en problema migratorio, narcotraficante o chino para los que sí importan.

La Pax Silica refleja un giro hacia un orden mundial estratificado, donde el control de insumos críticos – semiconductores, minerales, baterías e IA – sustituye a la lógica de integración multilateral de la globalización. En ese orden estratificado, los países de América Latina han sido sondeados por el Departamento de Estado para que firmen memorandos de entendimiento que privilegien al capital estadounidense y restrinjan al máximo las inversiones directas de China. La administración de Trump ha dicho explícitamente a los gobiernos regionales que no pueden desarrollar infraestructura o trabajar en proyectos de alta tecnología, conectividad digital y demás, con China” pues ello constituye “líneas rojas” para Washington. Washington respaldó esto con prohibiciones de viaje a funcionarios chilenos por un proyecto de cable de fibra óptica chino.

La imagen completa es entonces la de una Guatemala que debe abstenerse de hacer negocios tecnológicos con China, debe garantizar el flujo libre de datos hacia servidores estadounidenses, debe proteger la propiedad intelectual de las grandes tecnológicas norteamericanas, debe cooperar en deportaciones, debe mantener sus fronteras como colchón migratorio del hemisferio, y todo esto sin ser invitada a la mesa donde se decide el futuro tecnológico del mundo. No es aliada. Es territorio administrado.

El manifiesto de Palantir y la “República Tecnológica”: el tecnofascismo como doctrina de Estado

En abril de 2026, Palantir publicó en su cuenta de X un manifiesto de 22 puntos destilado del libro The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West, coescrito por el CEO Alex Karp y el director de asuntos corporativos Nicholas Zamiska. El texto acumuló 32 millones de visualizaciones en solo unos días. Más que un documento marginal o una provocación de nicho es la declaración pública de intenciones de la empresa que ya controla los sistemas de vigilancia migratoria del gobierno estadounidense, que construyó las listas de objetivos para el ejército israelí en Gaza, y que está expandiendo su infraestructura de inteligencia artificial hacia gobiernos de todo el mundo, incluyendo América Latina.

The manifesto posted by Palantir on the 19th. Palantir X screenshot

La coincidencia de fechas es reveladora. El manifiesto de Palantir se publica en el mismo ciclo en que la Pax Silica se consolida, en que el “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe se proclama, y en que Guatemala firma su acuerdo de “reciprocidad” comercial. No son eventos desconectados. Son los diferentes registros – militar-tecnológico, diplomático-estratégico, y comercial-subalterno – de un mismo reordenamiento del poder global.

Entre los 22 puntos del manifiesto, la afirmación central es que “la capacidad de las sociedades libres y democráticas de prevalecer requiere algo más que el llamado moral. Requiere poder duro, y el poder duro en este siglo se construirá sobre software.” Esta formulación, aparentemente técnica, es en realidad una tesis política de alcance histórico: el poder soberano ya no reside en el territorio, ni en la legitimidad democrática, ni en la capacidad económica convencional. Reside en el software. Y el software, desde la perspectiva de Palantir, no es un bien público ni una infraestructura común: es el producto privado de una élite técnica que tiene, según Karp, una “obligación moral” de ponerlo al servicio del Estado.

El manifiesto sostiene que Silicon Valley tiene una “deuda moral” con el país que hizo posible su ascenso, y que la “élite de ingeniería” tiene la obligación afirmativa de participar en la defensa de la nación. Traducido al lenguaje crítico esto significa que el capital tecnológico privado debe fusionarse con el aparato estatal de seguridad. No como contratista externo, que sería la relación convencional del capitalismo industrial con el Estado, sino como elemento constitutivo del poder soberano mismo. Palantir no vende sistemas de vigilancia al gobierno, sino que es el gobierno en sus funciones más críticas de control y violencia.

El punto que generó más escrutinio fue la afirmación de que algunas culturas han probado ser “mediocres, y peor aún, regresivas y dañinas”, y el llamado a renovar una cultura compartida para “la supervivencia y cohesión continuada del país”. En este punto el manifiesto deja de ser tecnocrático y se convierte en lo que realmente es, es decir, un proyecto civilizatorio con jerarquías culturales implícitas. Y dado que, como señala el mismo documento, Palantir tiene contratos con ICE desde 2011 y fue contratada el año pasado con un contrato de $30 millones para construir “ImmigrationOS”, una plataforma de IA que identifica a no ciudadanos y rastrea deportaciones, las “culturas mediocres o regresivas” que el manifiesto condena tienen un referente concreto en las culturas de los deportados, de los migrantes indocumentados, de los que huyen de países como Guatemala hacia el norte.

El término “tecnofascismo” no es una hipérbole retórica. Es una categoría analítica que describe con precisión la estructura política que el manifiesto de Palantir articula. El fascismo histórico del siglo XX se caracterizó por tres elementos constitutivos: la fusión del capital privado con el aparato estatal, la subordinación de la deliberación democrática a la eficiencia tecnocrática, y la producción de un enemigo interior y exterior cuya exclusión y persecución legitima el orden. El tecnofascismo del siglo XXI reproduce esa estructura pero con medios nuevos.

Karp fundó Palantir junto a Peter Thiel con inversión de In-Q-Tel, el brazo de capital de riesgo de la CIA, en 2003. La empresa construyó su negocio inicial en el trabajo de inteligencia post-11S y desde entonces se ha expandido internacionalmente, con contratos en Europa, el Medio Oriente y más allá. Bajo el liderazgo de Karp, Palantir ha incorporado extensamente la experiencia de exmiembros de la Unidad 8200 de ciberinteligencia de Israel. No es una empresa tecnológica que ocasionalmente trabaja para el Estado. Es, más bien, una empresa cuyo producto central es la infraestructura del poder coercitivo del Estado, diseñada desde su origen con ese propósito.

Palantir ha ganado 1.9 mil millones de dólares en contratos estadounidenses desde 2008 y acaba de anunciar “una facturación de 1.630 millones de dólares, un 97% más que en el último trimestre de 2024, el período previo al regreso de Donald Trump al poder.” Karp recibió 6.8 mil millones en compensación en 2024, convirtiéndolo en el CEO de empresa pública mejor pagado ese año. En ningún otro ámbito del gobierno ha sido más extensa la influencia de Palantir que en el Pentágono, que está redoblando sus esfuerzos en materia de inteligencia artificial y su colaboración con empresas comerciales. Bajo la administración Trump, Palantir también ha ganado contratos para consolidar datos sobre ciudadanos estadounidenses y rastrear migrantes, generando preocupaciones sobre privacidad y la capacidad del gobierno de vigilar a sus propios ciudadanos y potencialmente castigar a disidentes políticos. La tecnología de Palantir también ha sido utilizada para identificar iraníes y palestinos en Gaza para bombardeos de las fuerzas armadas israelíes.

Elisabeth Spier, crítica de The Nation, tiene razón cuando describe el manifiesto de Palantir como “más antidemocrático y nihilista en su visión del mundo” que otros manifiestos tecno-optimistas del Silicon Valley, con un Karp que “explícitamente desdeña la idea de debatir el valor de tecnologías como los complejos de vigilancia y selección de objetivos comercializados por Palantir” y que “cree que debemos construir primero y hacer preguntas después”.

Lo que Karp llama “fragilidad intelectual”, la tendencia a debatir los usos y consecuencias de la tecnología antes de desplegarla, es precisamente lo que en cualquier sistema democrático funcional llamaríamos deliberación pública, control ciudadano y rendición de cuentas. Su rechazo no es accidental ni filosófico: es funcional al proyecto. Un sistema que mata por algoritmo no puede permitirse la deliberación que le preguntaría a quién mata y por qué.

Uno de los críticos es más directo al decir que el tecnofascismo gaudioso de todo esto es probablemente parte del punto. De acuerdo con Dave Karpf “gran parte de Silicon Valley ha llegado a la conclusión de que hay dinero que ganar del autoritarismo estadounidense.” Esta frase ilumina la lógica de acumulación subyacente: no es que Karp sea fascista por convicción ideológica antes que por interés económico, o viceversa. Es que el fascismo tecnológico es el modelo de negocio. La persecución de migrantes, la vigilancia de disidentes, la producción de listas de objetivos para guerras: todo genera contratos. La “República Tecnológica” es, en términos materialistas, una forma de asegurar el flujo permanente de contratos estatales hacia el capital privado tecnológico, legitimada por una ideología de “defensa de Occidente” que hace de la violencia una virtud cívica.

Quiero aterrizar este análisis del tecnofascismo con un punto más concreto y más ominoso para contextos propios del Sur Global como el guatemalteco. Karp ha afirmado que se preocupa por “dos temas: la inmigración y el restablecimiento de la capacidad disuasoria de Estados Unidos”, y que en esos dos temas “este presidente [Trump] ha cumplido”. El ImmigrationOS de Palantir, la plataforma de IA para identificar, rastrear y deportar migrantes, es la interfaz tecnológica de la Doctrina Monroe trumpista en su dimensión más cotidiana, represiva y violenta.

Lo que esto significa en términos sistémicos es de una coherencia perfectamente circular y perfectamente brutal: la misma empresa cuyo CEO escribe manifiestos sobre “culturas mediocres y regresivas” construye la infraestructura digital que deporta a los guatemaltecos que emigraron precisamente porque el modelo de acumulación que el CACIF impuso, con el respaldo histórico de Washington, no tenía lugar para ellos. Palantir no solo racionaliza la exclusión: la automatiza. Convierte la expulsión de la masa marginal y subalterna en un proceso de inteligencia artificial eficiente, escalable, y – desde la perspectiva del manifiesto – moralmente virtuoso.

Y Guatemala, que firmó (como Estado subalterno) el acuerdo de “reciprocidad” comercial con Washington, que opera como “tercer país seguro”, que garantiza el flujo irrestricto de datos hacia servidores estadounidenses, que renunció a gravar los servicios digitales de las plataformas tecnológicas norteamericanas: Guatemala es, en ese sistema, un engranaje funcional. Provee el territorio de donde provienen los “deportables” que ImmigrationOS rastrea. Provee los datos que alimentan los algoritmos de vigilancia. Provee la complicidad política que hace posible la deportación. Y a cambio recibe aranceles reducidos en maquila textil y la promesa implícita de no ser tratada como Colombia en enero de 2025.

La “República Tecnológica” de Karp no tiene lugar para la humanidad de los trabajadores guatemaltecos informales, ni para sus reclamos, ni para sus sindicatos, ni para su historia de resistencia. Los contempla, en el mejor de los casos, como problema de seguridad a gestionar algorítmicamente. En el peor, como las “culturas mediocres o regresivas” que el manifiesto condena sin nombrar. No es retórica: es política aplicada, con presupuesto, contratos, y plataformas de inteligencia artificial ya operativas.

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Implicaciones para el Sur Global: el caso de Guatemala

Las consecuencias para la población trabajadora – formal e informal – son concretas y se acumulan sobre todo lo que habíamos analizado previamente.

La primera consecuencia es la clausura del espacio de política económica autónoma. El acuerdo comercial con Trump ya no es un simple tratado de libre comercio, sino que es la formalización de la renuncia guatemalteca a instrumentos de política industrial que podrían, en teoría, usarse para generar empleo formal o capturar alguna fracción del valor tecnológico. La prohibición de impuestos a servicios digitales significa que Guatemala no puede gravar a las plataformas que desplazan trabajo local – el repartidor de Rappi que reemplazó al mensajero, el call center que migró a algoritmos de atención al cliente. La garantía de libre flujo de datos significa que los datos producidos por los guatemaltecos – sus búsquedas, sus transacciones y sus conversaciones – son materia prima que alimenta la IA de las empresas de la Pax Silica sin ningún tipo de compensación o captura de valor local.

La segunda consecuencia es la consolidación del modelo maquilador como horizonte máximo del desarrollo local. El único beneficio tangible para Guatemala del acuerdo comercial son los aranceles reducidos sobre textiles y “apparel” bajo DR-CAFTA. Esto fortalece el sector maquilador, que emplea trabajo formal pero bajo condiciones de precariedad relativa, con sindicatos sistemáticamente debilitados y salarios apenas por encima del mínimo, como el único vector de integración de Guatemala en las cadenas globales de valor. Pero es la integración más subordinada posible en la cual Guatemala provee cuerpos para coser ropa que otros diseñan, venden y marcan. El valor agregado en Guatemala es mínimo y el valor capturado en el Norte es máximo.

La tercera consecuencia, quizás la más devastadora a mediano plazo, es lo que podríamos llamar la trampa de la subalternidad tecnológica. Al comprometerse a no gravar servicios digitales, a garantizar flujo de datos y a bloquear infraestructura china, Guatemala aceptó las reglas del juego de la Pax Silica sin ser invitada a sus beneficios. No habrá inversión en semiconductores en Guatemala, no habrá transferencia de tecnología y no habrá construcción de capacidades en IA. Pero tampoco habrá posibilidad de construir alternativas, porque las alternativas que podrían venir de otros actores – China, principalmente, que como señala el análisis sobre la Pax Silica actuó tempranamente para financiar proyectos de infraestructura en el Sur Global – han sido declaradas fuera de los límites por Washington.

El trabajador informal guatemalteco que ya es, en términos reales, población excedente para el capital nacional, es doblemente excedente para el orden tecno-geopolítico global que la Pax Silica está construyendo: no tiene lugar en la cadena de valor del silicio, ni siquiera como mano de obra barata de ensamblaje, porque hasta eso requiere capacidades que Guatemala no tiene y que ningún acuerdo de los que está firmando le ayudará a construir.

Reflexiones finales

Cerremos ahora el círculo histórico que recorre todo este análisis con una reflexión final. Lo que Trump llama su “Corolario” no es una innovación sino una continuación. La Doctrina Monroe de 1823 proclamó el hemisferio como zona de exclusión de las potencias europeas. El Corolario Roosevelt de 1904 añadió el derecho de intervención unilateral estadounidense. La intervención de 1954 que derrocó a Árbenz fue la aplicación práctica de esa doctrina en Guatemala. Lo que el “Corolario Trump” añade en 2025 es la dimensión tecnológica: no solo el hemisferio está bajo hegemonía estadounidense en términos políticos y militares, sino que el orden tecno-económico del capitalismo post-humanista también se construye bajo ese paraguas. La Pax Silica es la Doctrina Monroe del siglo XXI del silicio.

Y para las masas trabajadoras y subalternas en Guatemala, que en 1944 tuvieron un brevísimo momento de apertura histórica antes de que el capital internacional lo clausurara, que vieron a sus dirigentes populares, sindicales e intelectuales desaparecer en los setentas y ochentas, que sobrevivieron la Doctrina Shock de los noventa, que hoy son población excedente en su propia economía y migrantes deportables en la economía del Norte – para ellas, la Pax Silica no es un nombre abstracto. Es la última capa de un orden global que lleva dos siglos perfeccionando los mecanismos para que ningún pacto social sea posible en este territorio, para que ninguna articulación contra-hegemónica pueda acceder a los recursos que necesita, y para que la pregunta sobre quién produce la riqueza y quién se la apropia permanezca, sin respuesta, en la oscuridad.

Fuente Blog RefundaciónYa

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