El sacrificio, ofrenda de redención cristiana, antropomórfica
Autor: Jairo Alarcón Rodas
Dimos formas reales a un fantasma, de la mente ridícula invención, y hecho el ídolo ya, sacrificamos en su altar nuestro amor.
Gustavo Adolfo Bécquer
Por lo general, las religiones consideran que sus dioses tienen las mismas carencias, sentimientos y apetencias humanas, lo que resulta ser un tipo de antropomorfismo, en este caso, emocional o psicológico, que corresponde a un criterio poco racional, propio de los alcances del incipiente pensamiento de los primeros habitantes de la tierra, de las culturas primitivas. No obstante, tal criterio ha prevalecido hasta el presente, dada la imposibilidad de representar a un ser divino de otra forma y la necesidad de plantear una moral autoritaria de premios y castigos.
Luego, si se considera que Dios es un ser supremo, omnipotente, omnipresente y omnisciente; creador, juez, protector y, en algunas religiones, providente y salvador del universo y de la humanidad, es decir, un ser perfecto, no tendría que ostentar apetencias y limitaciones humanas.
En los albores de la humanidad, con las primeras inquietudes del homo sapiens, con su incipiente raciocinio, no se podía esperar otra forma de interpretar los fenómenos que sucedían ante sus ojos, los sucesos, accidentes, su origen y consecuencia, más que a partir de mitos y religión, ya que recién comenzaba a despertarse las inquietudes intelectivas, el pensamiento reflexivo, propio de la especie.
Los mitos y la religión fueron las primeras formas de dar una explicación a lo que sucedía y ante el asombro de los acontecimientos y el impacto que causaba en las personas, los dioses surgieron como respuesta a las interrogantes. Tenía que ser una fuerza más poderosa que los seres humanos la que rigiera en el mundo, la que estableciera las leyes de la naturaleza y gobernara el comportamiento de todo ser viviente. Rigió, durante ese tiempo, una visión teocéntrica, en donde el culto, la adoración a lo que se consideraba divino, fue parte esencial de ese ritual.
Era comprensible que, ante un cataclismo, una erupción volcánica, un terremoto, una sequía o escasez de alimentos, incluso una guerra, dentro de un esquema interpretativo apegado a las cosmogonías, lo suscitado fuera el resultado del malestar de los dioses, por lo que, para poner fin a tales desastres y contingencias, había que agradarlos, disipar su furia y qué mejor forma de hacerlo sino a través de un regalo, de una ofrenda, de un sacrificio. Y así, a interpretaciones poco racionales, le correspondieron soluciones del mismo orden.
Ofrendar, y dentro de estas dádivas, el sacrificio fue, desde la antigüedad, el proceder preferente de los que ostentaban el poder, al interior de las comunidades, siendo la máxima expresión de sumisión, el sacrificio humano. El objetivo del sacrificio, como el de la oración, es satisfacer y acercarse más a los dioses. No es de extrañar que, en diversos grupos étnicos, en diversas culturas de los continentes de este planeta, se hiciera patente tal forma de apaciguar y agradar a los dioses.
Así, las distintas culturas de la antigüedad no escapan a tal visión y fue notoria la práctica de los sacrificios humanos como ofrendas a entidades que consideraban superiores. En Mesopotamia, en Egipto, China, así como entre los vikingos, los celtas, los sacrificios humanos fueron parte de sus rituales religiosos.
En América prehispánica, también sucedió lo mismo y con los aztecas, los mayas, los incas, entre otros, los sacrificios humanos estuvieron presentes. Fueron ritos propios de las religiones y creencias practicadas en esas culturas, en donde lo racional cedió su lugar a lo emotivo. Los mexicas, por ejemplo, fueron por mucho, la cultura que más practicó los sacrificios humanos, estimándose que pudieron inmolar hasta 250 mil personas por año.
Sacrificar animales, ofrendarlos como prueba de sumisión constituyó la forma de mantener armonía con los dioses, el equilibrio en el universo, el sacrificio humano resultó ser una prueba mayor de abnegación y, dentro de estos, el de mujeres vírgenes y de niños como algo aún superior.
A todo eso, la religión judeo cristiana no fue la excepción y continuó con la idea del sacrificio como una forma de agradar y reconciliarse con Dios, emulando los ritos paganos de la época. Y así, en el Antiguo Testamento, en Levítico 4: 4 se lee: Y llevará el becerro a la puerta del tabernáculo de reunión delante de Yahveh, y pondrá su mano sobre la cabeza del becerro, y lo degollará delante de Yahveh. Práctica que quedó en desuso con el Nuevo Testamento. Los primeros cristianos consideraban que la muerte de Jesucristo en la cruz era el sacrificio final y perfecto, remplazando así los ritos de sangre.
Pero, qué fue lo que determinó o provocó el malestar en el creador, dentro de esa religión, para que se recurriera al sacrificio. Según la Biblia, se debió a la desobediencia por parte de los primeros seres humanos de la creación, Adán y Eva. Todo estaba bien dentro del Paraíso, hasta que fueron tentados por la serpiente y desobedecieran las disposiciones del creador, Yahveh, el que existe por sí mismo.
Puedes comer del fruto de todos los árboles del jardín, menos del árbol del bien y del mal. Sin embargo, Adán y Eva comieron del fruto, desobedecieron, lo que determinó una serie de castigos como su expulsión del Edén y, de poseer vida eterna, convertirlos en mortales, pero no solo eso, también el castigo se extendió hasta su descendencia. Por consiguiente, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.
Dios sabe muy bien que cuando ustedes coman del fruto de ese árbol podrán saber lo que es bueno y lo que es malo, y que entonces serán como Dios. Saber lo que es bueno y malo. Pero ¿que encierra esta prohibición? No encierra otra cosa que tal conocimiento únicamente es potestad del creador. Y al ser de esa forma, en qué plano quedan los seres humanos ya sin la voluntad de decisión y de criterio.
Por ello, acertadamente, el teólogo alemán Karl Ludwig Schmidt realizó una crítica al versículo bíblico del Génesis, el que se refiere a la condición humana, el que dice: Así que Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza, al señalar que Dios creó al hombre como una sombra y sólo como un oscuro esquema de sí mismo. Siendo así, no sería simplemente una sombra, sino un ser sin conciencia, sin la posibilidad de decidir por sí mismo, condicionado, bajo la amenaza y prescripción, a ser castigado por su desobediencia.
Extendiéndose el pecado a todos los seres humanos, en la religión judeocristiana, todo ser humano carga sobre sus hombros esa culpa, incluso antes de nacer es un pecador. En respuesta a eso, para su redención, Dios tiene la solución a partir de la inmolación de Jesucristo, lo que dio origen a las religiones cristianas.
Cómo remediar esa afrenta si no es con un sacrificio y qué mejor forma de hacerlo que a través del sacrificio del hijo unigénito de Dios, el que nació por partenogénesis, libre de todo pecado, consecuentemente sin mácula alguna. Empero, volver a formas primitivas de agradar resulta ser una actitud cuestionable y chocante para un ser en el que las carencias no son posibles. Sin embargo, ese es el sustento de una de las religiones más extendidas del mundo.
Agradar a alguien, buscar la reconciliación, no debería establecerse por medio de dádiva alguna, a partir de la compra de la voluntad, más bien tendría que ser a través de un cambio de actitud, de un comportamiento idóneo, máxime como medio de compensación para el creador, como solución a la desobediencia original.
Pero, en el mito cristiano, que desde su origen adolece de contradicciones y sentido poco racional, la indocilidad de Adán y Eva ante una disposición que les impedía ser lo que son, es decir seres humanos con inquietudes y curiosidades, fue el comienzo de su martirio, de su estigmatización y la de su condición de pecadores mortales.
Así, el sentimiento de culpa se extiende en aquellos que nada tienen que ver con lo ocurrido en el Edén y el pecado los persigue, por lo que se hace necesario que el mismo Dios revirtiera la afrenta causada, que recae incomprensiblemente en la descendencia de Adán y Eva, en la especie humana.
Y así, de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. El hijo unigénito se tuvo que sacrificar para limpiar el pecado original y devolver la esperanza de vida eterna a todos aquellos que la habían perdido, pero únicamente, si creen en él como su Salvador.
Construir toda una religión bajo tales antecedentes y criterios no parece ser una forma convincente para ganar adeptos, bueno, si prevaleciera el pensamiento crítico, sin embargo, ante la a criticidad del común de las personas, las emociones y el miedo se impone a partir del disfraz de la fe, autodenominándose miles de millones de cristianos.
Se aprecia, por tanto, que, a pesar de ello, el comportamiento humano poco ha evolucionado, muestra de eso son las guerras, los crímenes, los asesinatos y la pobreza en el mundo. Por aparte, se continúa con los ritos en los que las ofrendas están presentes y, dentro de estas, el sacrificio como una forma de conciliarse con las deidades, ya sea simbólica o efectivamente.
La pregunta que persiste es, siendo los seres humanos esencialmente racionales, por qué insisten en dar una respuesta irracional a las interrogantes sobre su existencia, sobre la presencia de las cosas, de la realidad o, a las preguntas que Kant planteó como parte de las inquietudes humanas, es decir, ¿qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer?, ¿qué puedo esperar? y ¿qué es el hombre? Todas estas interrogantes merecen un esfuerzo racional y crítico que dé lugar a un comportamiento idóneo para bien de la humanidad.
