Los futuros posibles del nuevo orden mundial
Mario Rodríguez
En menos de una semana, Beijing ha sido escenario de dos visitas de Estado que exponen las tensiones estructurales del sistema internacional. Primero llegó Donald Trump buscando reordenar los términos de su relación con China. Días después, Vladimir Putin aterrizó en la capital china en el marco del 25° aniversario del Tratado de Buena Vecindad, Amistad y Cooperación. Ambos mandatarios llegaron acompañados de una nutrida delegación entre ministros, secretarios de estado y empresarios.
El simbolismo de estas reuniones no puede leerse como rutina diplomática. Constituye la manifestación más concretar de una transición histórica. Un tránsito conflictivo hacia un mundo multipolar que deja al descubierto las profundas desavenencias existentes entre los tres países.
Estados Unidos no está dispuesto a renunciar a su posición hegemónica unipolar, y toda acción que emprende, sea negociación, presión, concesión o amenaza, tiene como objetivo subyacente debilitar a sus rivales antes que construir reglas comunes de convivencia. China y Rusia, por su parte, evitan una confrontación directa con Washington. Ambos países buscan lograr concesiones a través de la negociación.
Para Rusia la guerra con Ucrania es existencial; para China, Taiwán se convierte en una línea roja inviolable. Pero Estados Unidos utiliza estos conflictos como proxis para desgastar el poderío militar de ambos países, del mismo modo que Irán está funcionando como contención al expansionismo de Israel y de Estados Unidos en Oriente medio.
Estas reuniones de alto nivel revelan una discusión de fondo sobre la arquitectura del nuevo orden mundial. En ese debate está presente la amenaza de la violencia implícita de toda transición hegemónica. Los tres países quieren gestionar su espacio de poder, sin perder protagonismo.
Washington no puede soltar el timón
La política exterior estadounidense opera bajo una lógica que sus propios estrategas rara vez nombran con claridad, la preservación de la primacía. Desde el fin de la Guerra Fría, Estados Unidos construyó un orden internacional diseñado a su medida —instituciones financieras (FMI, Banco Mundial), alianzas militares (OTAN, AUKUS), redes tecnológicas y comerciales con el dólar en el centro. Abandonar ese edificio no es solo una decisión política; es una amenaza para las élites que se benefician de él.
Esta lógica explica en parte porque Trump negocia con China, pero no logra acuerdos estructurales con Rusia al buscar la paz en Ucrania. En ambos casos, obtiene de Putin concesiones menores mientras mantiene sanciones, y logra acuerdos, pequeños y centrado en los temas comerciales y agrícolas, sin desactivar el apoyo militar a Taiwán. Esto muestra que Estados Unidos avanza en la negociación hasta donde puede extraer ventaja, y retrocede o boicotea el proceso cuando el acuerdo implicaría ceder poder real.
La confrontación con China presenta otros matices. La venta de armas a Taiwán es la variable independiente que permite predecir el resto. Si Washington mantiene o amplía esas ventas, enviará una señal inequívoca de que el diálogo con Beijing es táctico, no estratégico. Si las congela, se abrirá una rendija para imaginar otro escenario. En ambos casos, la decisión sirve a los intereses de dominación estadounidense.
La alianza sino-rusa: fortaleza con fisuras
La visita de Putin a China fue presentada por el Kremlin como la consolidación de una asociación estratégica sin precedentes. Se firmarán cuarenta documentos de cooperación bilateral, una declaración conjunta sobre el mundo multipolar, acuerdos en energía nuclear, transporte, industria y educación. El canciller ruso Lavrov habló de relaciones que han alcanzado un «alto nivel sin precedentes».
Pero precisamente en vísperas de esta visita, el principal medio internacional ruso, RT, publicó un artículo de Alexei Martinov que rompió con la narrativa oficial de armonía. Su planteamiento revela que Moscú acepta la interdependencia estratégica con China, pero no está a gusto con la forma en que se concreta. Mientras que Beijing se comporta como si pudiera mantener una alianza gestionada en la que es el socio dominante, minimizando sus obligaciones.
La grieta es real. China ha integrado a Rusia en sus circuitos energéticos y logísticos, pero con cautela calculada. Moscú, en cambio, ha asumido una exposición mucho mayor dependiendo de China para sortear el bloqueo occidental, mientras que Beijing mantiene sus lazos con Europa y Estados Unidos en los sectores que le convienen. Esta asimetría tiene una consecuencia política enorme para ambos países. La alianza evoluciona buscando coincidir en puntos comunes, pero dejando abierta la posibilidad de llegar a compromisos separados con Estados Unidos.
La lógica de «divide y vencerás» ya ha dado frutos en beneficio de Washington, y se manifiesta con claridad en los BRICS y en el papel que la India desempeña en ese foro. La alianza chino-rusa no es un bloque monolítico, se concreta como una coalición de intereses parcialmente convergentes, sostenida por el miedo compartido a la hegemonía estadounidense, pero erosionada por las asimetrías de poder, las desconfianzas comerciales y las estrategias nacionales que no siempre apuntan en la misma dirección. El viaje de Trump a China se puede interpretar como un nuevo nivel de confusión para ambos líderes, a pesar que dicha reunión estaba ya planificada con anterioridad, coincide con una coyuntura compleja que exige encuentros y desencuentros a todo nivel.
Los futuros posibles: posibles escenarios para la próxima década
Escenario 1: La Gran Negociación Fallida
En este escenario, las tres potencias continúan dialogando sin llegar a acuerdos estructurales. Estados Unidos mantiene su hegemonía militar y financiera mientras cede terreno económico de forma gradual y contrada. China consolida su esfera de influencia en Asia y África, pero sin desafiar abiertamente el orden occidental en el sur del continente americano. Rusia permanece en una zona gris, ni integrada ni derrotada, pero bajo amenaza constante.
Es el escenario más probable en el corto plazo. También es el más peligroso, tomando en cuenta que la acumulación de tensiones no resueltas, la proliferación de conflictos periféricos (Taiwán, golfo Pérsico, Ucrania, Irán, Venezuela y ahora Cuba) hace que la guerra por el momento no se extienda, pero tampoco permite construir una paz estructurada. Es un mundo de cumbres permanentes que no producen las arquitecturas vitales para estabilizar las relaciones internacionales.
Escenario 2: El Duopolio Tácito
En este escenario, Estados Unidos y China llegan a un acuerdo implícito de esferas de influencia. Beijing ayuda a consolidar la primacía financiera del dólar, renuncia explícitamente a una alianza militar formal con Rusia y abre su mercado de tierras raras, además de apoyar la reestructuración de la deuda de Estados Unidos. Por su parte, Washington reconoce la hegemonía china en el Indo-Pacífico y reduce su presencia militar, congelando el conflicto de Taiwán, pero sin reconocer de facto una sola China. Rusia queda marginada de este nuevo acuerdo, forzada a negociar la Paz en Ucrania en condiciones desfavorables.
Este escenario es el que más teme Moscú y el que más seduce a ciertos sectores de la élite estadounidense que prefieren concentrar esfuerzos en contener a China antes que gestionar múltiples frentes. Requeriría, sin embargo, que Washington aceptara ceder poder real en Asia, algo que sus clases dirigentes no han demostrado voluntad de hacer.
Escenario 3: La Fragmentación Sistémica
En este escenario, el sistema internacional se fractura en bloques regionalmente definidos con escasa interoperabilidad entre ellos. Un bloque liderado por Estados Unidos con Europa, Japón, Corea y Australia; un bloque sino-ruso con Asia Central y partes de África; un Sur Global heterogéneo e inestable que negocia con todos, pero no se compromete con nadie.
Este es el escenario que las declaraciones de Xi y Putin sobre el «mundo multipolar» pretenden institucionalizar, aunque en la práctica el bloque sino-ruso no tiene suficiente cohesión interna para funcionar como polo autónomo. La fragmentación sistémica produce ineficiencias económicas masivas, ralentiza la respuesta a crisis globales y aumenta el riesgo de guerras regionales que se internacionalizan.
Escenario 4: La Transición Hegemónica Negociada
El escenario menos probable pero más deseable es que las tres potencias aceptan formalizar reglas comunes para la transición hacia un orden multipolar. Esto implicaría que Estados Unidos ceda instituciones, respete la Carta de Naciones Unidas y se lleve a cabo una reforma del Consejo de Seguridad. También acepta una nueva arquitectura financiera, y que los países económicamente fuertes, como China, asumas compromisos vinculantes, mientras Rusia se reintegra a las estructuras de seguridad europeas bajo condiciones negociadas.
Las condiciones para este escenario no existen hoy. Requeriría liderazgos dispuestos a sacrificar ventajas de corto plazo por estabilidad de largo plazo, y élites nacionales que acepten redistribuir poder hacia adentro y hacia afuera. Nada en el comportamiento actual de las tres potencias sugiere que esto sea inminente. Pero tampoco imposible. Las crisis sistémicas tienen la capacidad de producir rupturas que la política ordinaria no puede generar.
Conclusión: el mundo que no está para sobresaltos
La premisa hegemónica estadounidense es el factor de bloqueo central. Mientras Washington no conciba su interés nacional en términos compatibles con un orden verdaderamente multipolar, es decir, mientras siga confundiendo liderazgo con dominio, todas las cumbres del mundo producirán declaraciones, pero no cambios sustanciales en arquitectura mundial de poder. China y Rusia, por su parte, tampoco están exentas de responsabilidad, su alianza es más retórica que estructural, su propuesta de mundo multipolar carece de instituciones propias, y sus intereses nacionales colisionan con frecuencia.
Las cumbres continuarán. Los comunicados se acumularán. Y el mundo seguirá siendo rehén de potencias que, paradójicamente, no logran ni ponerse de acuerdo ni separarse del todo. Esa es, quizás, la definición más precisa del momento histórico que atravesamos, un interregno en el que el viejo orden no termina de morir y el nuevo no termina de nacer.
