Karl Marx, la trágica existencia de un ser extraordinario.

JAIROaLARCO

Autor: Jairo Alarcón Rodas

Si amas sin despertar amor, esto es, si tu amor, en cuanto amor, no produce amor recíproco, si mediante una exteriorización vital como hombre amante no te conviertes en hombre amado, tu amor es impotente, una desgracia.

Karl Marx

En el día de su cumpleaños, sus ideas siguen presente.

Escribir sobre el legado de Karl Marx ha sido tema de interés para muchos historiadores, he ahí la importancia que el filósofo de Tréveris ha causado en muchas personas en el mundo, en movimientos políticos y económicos. No obstante, su trascendental legado, su trágica existencia, su vida personal, el amor a sus seres más cercanos, es tema que merece igual atención.

Referirse a la figura de Marx, con su extraordinaria sabiduría y cerebral agudez mental, su humanismo, es confiar aún en el destino de la especie humana. Humanidad que, a lo largo de la historia, ha estado sumida bajo el yugo de los sectores dominantes, en lo que el ilustre filosofo denominó lucha de clases. Y así, naciones poderosas han conquistado, explotado, colonizado a los más débiles, exterminando, incluso, a sus pobladores, usurpando territorios y riqueza.

En medio de tanta crueldad, sangre, muerte y miseria, la humanidad ha avanzado. Existe una gran diferencia entre homo erectus y el homo sapiens, entre el hombre de las cavernas y el ser humano actual. Todo ha sido el resultado de los cambios cualitativos y cuantitativos que ha sufrido el homo sapiens hasta lograr su consolidación, mediante la selección natural y el desarrollo de su potencial intelectivo, que Charles Darwin denominó la evolución de las especies.

Y así, desde el descubrimiento del fuego, de la rueda, con la invención de la escritura, la construcción de herramientas, la utilización de la electricidad, el descubrimiento de los secretos de la fisión y fusión de los átomos, el descubrimiento del ADN y el genoma humano hasta el desarrollo de la inteligencia artificial es prueba palpable del desarrollo humano, al menos en cuanto a la tecnología.

La ciencia y la tecnología avanzan, pero las actitudes humanas sufren un desarrollo mucho más lento y es que no es lo mismo formular, descubrir, entender cómo son las cosas, los mecanismos, los procesos, las herramientas, que simplemente hacer uso de ellas, en ambos casos conlleva una responsabilidad que se debe asumir, pero que pocos lo hacen, algunos por intereses personales, otros por ignorancia.

La ciencia y la filosofía les han otorgado a los seres humanos el conocimiento para comprender la realidad, no obstante, el accionar de muchas personas continúa siendo torpe, erróneo, peligroso. Prueba de ello lo constituyen las guerras, la manipulación de conciencias, “la explotación del hombre por el hombre”, la ignorancia, la maldad, que refleja el estado actual del mundo y los temores que representa el irracional caos en el que el planeta se encuentra.

Surge la necesidad de preguntar por qué si los avances de la ciencia y tecnología son claros, el comportamiento no ha sido así. La respuesta se encuentra en los sistemas a los que se ve sometida gran parte de la humanidad que no les permite avanzar.

En medio de tanta perversidad y podredumbre humana, personajes de la altura de Marx seguirán existiendo para alumbrar el camino e indicar que no todo está perdido. Ni sus más obcecados detractores pueden negar la gran influencia que sus ideas representaron para el mundo, su notable inteligencia.

Sin embargo, muchos de los imprescindibles, de los que hablaba Bertolt Brecht, han pasado inadvertidos, ausentes para la historia, otros, desprestigiados por mal intencionados historiadores. Y así, como efecto de sus inclinaciones ideológicas, esos individuos desacreditan la personalidad, las obras, el legado de aquellos que no responden a sus intereses ni al de sus financistas. Pese a ello, son las obras, de personajes como Karl Marx, las que dan razón y crédito a lo que fueron, a pesar de que muchos estos quedaran en el olvido.

Personajes invisibles, sin nombre para la Historia, como lo fueron los descubridores del fuego, de la rueda, de las palabras y los símbolos, de aquellos de los que solo se tiene conocimiento que hicieron uso de tan trascendentales hallazgos, en zonas remotas del planeta, en culturas como lo fue Mesopotamia, Egipto, la India, en China. ¿Quiénes fueron esas mujeres y hombres? ¿Por qué no los registró la Historia?

Pero, como dijo Eduardo Galeano, a veces parece que la memoria muere, pero ella es un río que corre sobre la tierra y también por debajo, y revive cuando la ayudamos a abrirse paso, y entonces regresa a regarnos el suelo. Los testimonios de los vivos son los que hacen revivir recuerdos de los muertos y, en este caso, su legado.

El caso de Karl Marx, quien sacrificó su propia vida y la de sus seres más cercanos en beneficio de la humanidad es digno de resaltar. Abnegación, sacrifico, sensibilidad humana, e intelecto, fue lo que les dio luz a las ideas emancipadoras para la clase obrera, para millones de campesinos, de trabajadores que han sido explotados, martirizados y siguen siéndolo, a lo largo de la historia, de países, sociedades y culturas.

Qué hubiera pasado si el hijo mayor de Heinrich Marx hubiera continuado con la tradición familiar, quizás un abogado de clase media y con seguridad hubiera pasado inadvertida su existencia para la Historia. Y es que por ser un personaje de clase media acomodada y culta de origen judío, de formación protestante, hubiera continuado con tal tradición cultural y forma de vida que presagiaba su extracción de clase, sus raíces culturales.

Dado que el ser humano es el resultado de lo que se le enseña y aprende a ser, lo que se denomina endoculturación o asimilación, su condición de clase determina, hasta cierto punto, su forma de pensar. No obstante, y a pesar de ello, puede rebelarse a tal adiestramiento a través de someter a juicio propio, por medio del conocimiento crítico y su poder de decisión, lo que se le enseña, en lo que se le instruye y está obligado a aprender, acción que le da la posibilidad de alcanzar la verdad liberadora, siendo ese el motivo que condujo a Karl Marx al lugar que, hasta hoy, lo sitúa la Historia.

Sin embargo, su trágica existencia no puede pasar inadvertida, de ahí que se indique que, de sus 7 hijos, Jenny Caroline, Jenny Laura, Edgar, Henry Edward, Jenny Eveline Frances, Jenny Julia Eleonora y un niño que murió al nacer, solo tres sobrevivieron, llegaron a la edad adulta, aunque Jenny Caroline, la hija mayor del filósofo, falleció de cáncer a los 38 años, Jenny Laura se suicidó junto a su esposo Paul Lafargue, al igual que su hija menor, Jenny Julia Eleonora, lo hizo a los 43 años.

Nota aparte merece su esposa, Johanna Bertha Julie von Westphalen, la aristócrata que renunció a su riqueza por casarse con Karl Marx e impulsó sus ideales revolucionarios. De origen noble, proveniente de una opulenta familia de la aristocracia prusiana, Jenny fue un ser esencial en la vida del padre del comunismo, juntos compartieron 38 fascinantes y trágicos años de sus vidas.

Fue su traductora y correctora, era la primera en leer todos sus artículos y tenía la crucial tarea de transcribirlos y enviarlos a las editoriales. La esposa de Karl Marx, fue ante todo, una mujer con un firme compromiso con el socialismo revolucionario. No era una simple imagen de las ideas de su esposo; creía sinceramente en la lucha por la emancipación de la clase trabajadora del capital.

Y es que ella pudo haber tenido una vida de lujo y riqueza y, en vez de ello, se dedicó a luchar por las clases obreras, acompañar en todo a su esposo. Siendo su sacrificio más grande, la pérdida de cuatro de sus sietes hijos, que fallecieron en su infancia como consecuencia indirecta de la pobreza que padeció la familia Marx, por seguir sus ideales políticos.

El amor de Karl Marx a su esposa Jenny era singular y profundo, Erich Fromm, en su obra Marx y su concepto del hombre, describe que durante la última enfermedad de su mujer no podía dedicarse a su trabajo científico habitual y la única manera en que podía sacudir la depresión producida por los sufrimientos de ella era sumergirse en las matemáticas.

En varias ocasiones tuvieron que separarse y solo las cartas llenaban el vacío que ocasionaba la distancia,  de ahí que Marx, el 21 de junio de 1856, le escribiera a Jenny. Querida mía: Así es mi amor. Al punto que nos separa el espacio, me convenzo de que el tiempo le sirve a mi amor tan solo para lo que el sol y la lluvia le sirven a la planta: para que crezca. Mi amor por ti, cuando te encuentras lejos de mí, se presenta tal y como es en realidad: como un gigante; en él se concentra toda mi energía espiritual y todo el vigor de mis sentimientosAdiós, querida mía, te mando a ti y a nuestras hijas miles y miles de besos. Tu Karl.

Y así, en la serie de versos que Marx le dedicó a su amada esposa, se lee: Amor es Jenny, Jenny es el nombre del amor. La trágica historia de la familia Marx solo demuestra que hacer las cosas bien para la humanidad, luchar por un mundo mejor, no tiene ninguna recompensa, no tiene premio alguno, el premio será la victoria de la clase trabajadora, su emancipación, la existencia de un mundo mejor, más humano, como la anhelaba Karl, Jenny y su extraordinaria familia.

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