La banalidad del mal y la responsabilidad en la maldad

JAIROaLARCO

Autor: Jairo Alarcón Rodas

Utilizo la emoción para la mayoría y reservo la razón para unos pocos.

Adolf Hitler

Criminales de guerra, como los miembros de la temible SS alemana, Schutztaffel o la Policía Secreta del Estado, La Gestapo, que fue la policía secreta oficial de la Alemania nazi, ambas al servicio de Adolf Hitler y del Partido Nacionalista Obrero Alemán, fueron juzgados por crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial, en el llamado holocausto nazi. Unos fueron condenados a muerte, otros a largos periodos de cárcel, hubo quienes evadieron la justicia, huyendo a Suramérica y algunos pocos se suicidaron. 

Al igual que los crímenes cometidos durante el Tercer Reich, otros países los cometieron en el pasado, y los siguen haciendo, en contra de poblaciones civiles e indefensas, lo que representa hechos deleznables que, curiosamente, han quedado en el olvido, han pasado inadvertidos a pesar de mostrar similar grado de maldad y de brutalidad que el empleado por el ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Y es comprensible, ya que la historia oficial, por lo general, la escriben los vencedores y al hacerlo omiten esa clase de hechos pues pondría entredicho su reputación ante el mundo.

Basta con revisar la historia y mostrar las barbaries cometidas por la Conquista española en América, lo ocurrido en el Congo, durante el reinado de Leopoldo II, El genocidio en Namibia por el colonialismo alemán, el genocidio en la India causado por el imperio británico, las masacres cometidas por el ejército japonés en China, los campos de concentración y, más recientemente, la intervenciones en Irak y Afganistán por tropas estadounidenses, el exterminio perpetrado en contra de la población indígena en Guatemala, sin olvidar los crímenes de lesa humanidad en Cisjordania y la franja de Gaza por parte de Israel, en los que la maldad ha estado presente.

Sin embargo, lo ocurrido en los campos de concentración de exterminio, como los de Auschwitz, Trebilinka, Sobibor, Belzec, entre otros, es un claro ejemplo de la maldad humana que ha dado lugar a múltiples reflexiones sobre el comportamiento de las personas en condiciones determinadas.

El pasado 25 de marzo de 2026, la Asamblea General de la ONU aprobó una resolución histórica (123 votos a favor, 3 en contra) calificando la trata transatlántica de esclavos y la esclavitud racializada como el “crimen de lesa humanidad más grave”. Argentina, Estados Unidos e Israel votaron en contra, mientras 52 naciones se abstuvieron. Todos los países que mantuvieron colonias en los demás continentes se abstuvieron de condenar tan execrables hechos históricos. La maldad humana ha estado presente a lo largo de la historia y continúa presente por acción y omisión.

Hannah Arendt, en su libro Eichmann en Jerusalén, muestra un tipo de maldad a la que denomina banalidad del mal, en el que básicamente señala que los criminales nazis, como Adolf Eichmann, fueron individuos comunes y corrientes, como cualquier persona del mundo, simplemente cometieron tal tipo de horrores porque estaban obedeciendo órdenes.  El mismo Eichmann, durante su juicio, estimaba que debería ser exculpado de sus crímenes porque, como militar, tenía que cumplir las órdenes del alto mando del ejército alemán.

Pero, ¿quién era Adolf Eichmann? Eichmann fue un criminal de guerra austroalemán y funcionario en el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial, formó parte de la Gestapo y director de departamentos responsables de deportaciones y de otros “asuntos judíos”. Como director, fue un personaje clave en la deportación de más de 1,5 millones de judíos de toda Europa a centros y campos de exterminio en la Polonia y en la Unión Soviética ocupadas. Fue un personaje comprometido plenamente con los ideales que defendía Adolf Hitler y el régimen nazi.

«Cada fibra de mi ser se resiste a creer que hicimos algo malo. Debo decirles honestamente, si hubiéramos matado a 10 millones 300 mil judíos, entonces estaría satisfecho y diría: ‘Muy bien, exterminamos a un enemigo’. Entonces hubiéramos cumplido con nuestra misión«, declaraba Eichmann. Establecer y diferenciar lo que es malo o bueno es ir más allá de una posición subjetiva, con la que frecuentemente se identifican las personas presas de criterios culturales, político-ideológicos y religiosos.

Para Eichmann, actuar bien consistía en eliminar a los más, que él y su fanatismo ideológico nazi consideraba ser los enemigos del pueblo alemán. Era tal su deformación como ser humano, que el aniquilamiento de otro ser humano, al cual no consideraba que lo fuera, no lo consideraba mal alguno. Por lo que, enviar al enemigo a los hornos de extinción no le representaba ningún cargo de conciencia ni remordimiento.  

Antes de ser ejecutado dijo: Me voy a la tumba con alegría, porque tener más de cinco millones de judíos en la conciencia me da una sensación de gran satisfacción. Para él, convencido que lo actuado por el partido nazi era lo correcto, cumplir las órdenes más repugnantes era un acto de lealtad a la patria, era hacer lo correcto.  

Sin embargo, qué tanto exculpa a una persona que ha cometido crímenes atroces, decir que simplemente estaba cumpliendo órdenes. ¿Exculpa tal obediencia de cualquier tipo de acción nociva que se cometa? Dentro de la jerarquía militar, un subordinado no discute una orden superior, pues de hacerlo, incurriría en la insubordinación, acto que es castigado. Pero, si es así, en qué condición queda una persona que simplemente ejecuta órdenes, sin reparar en lo que se le está pidiendo hacer, sin duda, se convierte en un instrumento, sin voluntad alguna.

A pesar de ello, la obediencia no puede ser ciega y, dentro del deber ser, dentro de los preceptos éticos que deben normar a toda acción y convivencia humana en sociedad, un soldado puede y debe cuestionar o negarse a cumplir una orden superior si esta es manifiestamente ilegal, viola la Constitución, los derechos humanos o el Derecho Internacional Humanitario. No obstante, en la práctica, la historia ha mostrado que no es así y los excesos han sido parte del cumplimiento de ´rodenes abyectas. Prueba de ello han sido los hechos perpetrados por el ejército estadounidense en Irak y Afganistán y más recientemente las crueldades cometidas por el ejército israelí en contra del pueblo palestino.

Por lo regular, cualquier persona que reciba una orden puede incurrir en conductas perniciosas cuando carece de criterio y no establece de forma racional, por sí mismo, cuándo una orden es justa o injusta, cuando omite el impacto que esa acción pueda causar a los demás, cuando una acción se ejecuta sin reflexionar y no se esclarezca si lo que se le está pidiendo es genuino.

Pero, ¿por qué se obedece? Se estima que la obediencia es la subordinación de la voluntad propia a una autoridad, norma o valor, y se obedece principalmente para garantizar la convivencia social, obtener seguridad y evitar el caos. Se obedece también, por el reconocimiento de una autoridad legítima, el temor a consecuencias negativas (castigos) o la búsqueda de recompensas. Criterios que se ajustan a una actitud y conducta que Friedrich Nietzsche consideraba una moral de rebaño, en la que se pierde la voluntad propia y la individualidad de decidir.

Desde luego que se debe obedecer una norma que socialmente ha sido aceptada y que sirva para lograr una mejor convivencia y cohesión social. Pero, qué ocurre cuando una norma o ley no corresponde ni consolida los ideales de una sociedad justa y ecuánime, ¿se tendría que obedecer de igual forma?

Ante ese dilema, existe la insubordinación a la ley, la resistencia. De ahí que, si las normas y leyes no corresponden al establecimiento de un orden justo y no propician una convivencia digna en sociedad, si quebrantan principios universales que propicien el bienestar y preservación de la especie, deberían ser sustituidas por otras que si lo hagan. Nadie está obligado a cumplir mandatos perversos, viles, crueles, acciones que transgredan principios éticos y de lesa humanidad.

Stanley Milgram, en su famoso experimento sobre la obediencia y la autoridad, mostró de lo que son capaces de hacer ciertas personas al seguir una orden sin reflexionar, en cumplir una instrucción a ciegas, al no tener el criterio de decidir si lo que se les ordena merece ser cumplido, dada la magnitud de lo que se les pide.

El experimento consistía en que cierto número de voluntarios («maestros») debían aplicar descargas eléctricas falsas y crecientes (hasta 450V) a un «aprendiz» (actor) cada vez que fallaba en una tarea, demostrando una alta obediencia ante la presión, la última descarga, incluso podía causar la muerte. En el caso de su experimento, fueron el 65 por ciento de los participantes los que obedecieron hasta el final, llegando al máximo nivel, mostrando una alta tasa de obediencia a la autoridad.

El sentimiento de pertenencia es otro factor que incide en la decisión de cumplir una orden, en el que, nuevamente, no se contempla los alcances ni el daño que pueda causarse a los demás. Pertenecer a un grupo, sentirse identificado con sus ideales y principios, determinan, en algunos, seguir las reglas establecidas.

Pero, por qué se actúa de esa forma, ¿es ese el comportamiento que regularmente describe a los seres humanos bajo tales condiciones? A pesar de que el experimento de Milgram demostró que un alto porcentaje, no todas las personas, reaccionan así. La falta de criterio, la ignorancia, incluso la maldad, pueden ser factores que conduzcan a un individuo a hacerle daño a otro. El recibir una orden, si esta no es legítima, no debería ser objeto de cumplimiento por parte de una persona racional y ética.

Sin embargo, hay personas a las que se les convierte, literalmente, en instrumentos para matar y torturar y muchos gozan con ello.  De modo que la responsabilidad de los nazis, en torturar, matar e incinerar a miles de judíos, comunistas, gitanos y homosexuales, no tendría que ser visto bajo la lente exclusiva del cumplimiento de una orden, lo que según Arendt  constituye la banalidad del mal, que para ella constituyen las acciones terribles, que cometen personas “normales”, sin sentir odio ni malicia sobre aquellos que sufren vejámenes, crueldad, martirio, sino simplemente, están cumpliendo órdenes de una instancia superior.

Pero ¿se puede cometer ese tipo de acciones sin ostentar algún grado de maldad y de perversidad? ¿Puede realmente una persona normal cometer ese tipo de crueldades? Una persona sana no podría realizar tales hechos, el problema resulta en tratar de definir a una persona sana y de identificarla en un mundo insano. Salud mental es un estado de bienestar emocional, psicológico y social que le permite a una persona gestionar el estrés diario, trabajar productivamente, mantener relaciones satisfactorias y desarrollar su potencial. En fin, es poseer equilibrio en su vida.

Qué es lo que mueve a una persona a reaccionar con maldad, con sadismo y crueldad, la psicopatología del mal estudia los trastornos mentales asociados a las conductas dañinas, a menudo vinculadas a la personalidad psicopática o antisocial. De modo que se puede nacer con tendencias al mal o deformar la personalidad y convertirse, a través de una circunstancia adversa, de valores adquiridos, de la cultura, en un individuo perverso, cruel, sanguinario, convertirse en una máquina de destrucción o, sencillamente, indolente a las injusticias y al mal.

Nada de lo humano me es ajeno decía Publio Terencio, de modo que todo acto que realice un individuo debería de contemplar al otro, el impacto que le pueda ocasionar a los demás, dicho de otra forma, ser empáticos en sociedad. Sin embargo, la conducta de las personas cada vez es más indiferente a la presencia de los otros, por lo que, si no es para obtener un provecho de estas, las demás personas no importan. El capitalismo ha convertido a las personas en depredadoras de su misma especie, cosificándolas, poniéndoles un precio, convirtiéndolas en mercancías, que se compran y se venden dentro del mercado de transacciones.

En tal sentido, las condiciones materiales de vida condicionan no solo la forma de pensar de las personas sino, también, su forma de actuar. Algunos, actuando maledicentemente, se sienten como el pez en el agua, por lo que solo esperan el momento y la forma de mostrar su maldad sobre los demás, una oportunidad para hacerlo. Desde luego que esas personas no son normales, son individuos que han sido deformados por la sociedad o han nacido con inclinaciones al mal, en donde el egoísmo está presente.

Según Erich Fromm, una persona mala posee una personalidad improductiva que se caracteriza por una incapacidad para amar, destructividad, narcisismo maligno y una orientación centrada en el «tener» en lugar del «ser. Casi todas características que se fortalecen dentro del capitalismo salvaje, de la modernidad líquida.

Sin duda que la banalidad del mal está presente en el mundo y es quizás la más peligrosa, comparada con el mal radical que, para la filósofa alemana, es la intención de los regímenes totalitarios de deshumanizar a las personas, convirtiéndolas en seres «superfluos» al eliminar su capacidad de acción, pensamiento y espontaneidad. No obstante, las personas que se manifiestan dentro de la banalidad del mal no están exentas del mal, entendido como una deformación de la personalidad, por lo que no son personas normales, comunes y corrientes, como lo señalara Arendt, son personas que han nacido con predisposición al mal o se han convertido en malos, patentizando con hechos su maldad.

Lo valioso de la banalidad del mal es que Hanah Arendt visibilizó a un tipo de personas que ejecutan órdenes sin pensar ni reflexionar críticamente sobre lo que se les pide y eso sumado a aquellas que se mantienen al margen de las injusticias, de los crímenes que se cometen, las convierte en cómplices del mal, más bien, hechores pasivos del mal.

Con relación a ese tipo de actitud perniciosa, que es indiferente a los hechos punibles, Hegel decía, recluirnos en el egoísmo, que permanece en la playa tranquila, y contemplar seguros el lejano espectáculo de las confusas ruinas. No obstante, la seguridad y la comodidad que esas personas consideran tener, al mantenerse al margen de los conflictos, se ve afectada por la crisis que trae consigo la impunidad y la injusticia que genera problemas generalizados dentro de la sociedad.

La apreciación de la filósofa sobre el comportamiento de Eichmann, durante su juicio, en el que solo vio a un burócrata alemán, común y corriente, al que no consideró un monstruo sádico sino un funcionario burocrático mediocre, superficial y «normal» que cometió crímenes atroces por obediencia ciega y falta de pensamiento crítico,  que afirmaba solo cumplir órdenes, resulta ser una apreciación apresurada.

Y es que, lo que mostró Eichmann durante su juicio, no se puede comparar con la actitud que asumió al enviar a miles y miles de personas a las cámaras de tortura y de exterminio. Un individuo normal, que no es malo en sí, no se comporta de esa manera. Y hay una razón de eso, pues una persona no se muestra ante los demás de igual forma en el momento que ejerce el poder que cuando ya no lo tiene y enfrenta a la justicia por los hechos que ha cometido.

Es malo hacer el mal, pero dentro de una sociedad, es aún peor, permitirlo, no hacer nada para que tales acciones se cometan, quedarse indiferentes ante las injusticias y crueldades que se practican en el mundo, ser cómplices de tales hechos.

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