La maldición de ser “mijo o mija”
Por Kajkoj Máximo Ba Tiul
En los territorios donde compartimos espacios e historia con no indígenas, crecimos bajo el concepto del “mijo” o de la “mija”, que estuvo unido al concepto “de la indita o del indito”, “la maría y el josé” y muchos más, como parte de las formas de cómo los no indígenas, (no cualquier no indígena), construyó relaciones de poder hacia y sobre nosotros, sobre todo con indígenas de clase alta.
El no indígena (ladino/mestizo), con poder político y económico, porque el Otro, es decir el no indígena pobre, solo reproduce lo que los de dinero producen o crean para mantener relaciones desiguales, con los Otros y que fortalezcan la pobreza, desnutrición y otros problemas que sufren la mayor parte de nuestras comunidades.
De ahí la idea “soy pobre pero no indio”, que ha sido una constante en la relación “indio-ladino” durante muchos años. Digo así, porque lo “maya” pasó desapercibido durante muchos años, y muchas veces sustentados por las conclusiones arqueológicas y etnológicas de los siglos XIX y XX que “negaron lo maya”, presentando el “colapso maya” como una suerte de “desaparición o fatalismo”. Con esta justificación muchos no mayas manifiestan que, quienes se autoidentifican como “mayas”, no lo son y que “los mayas puros” ya no están y que quienes ahora dicen ser “mayas”, son indios, indígenas, naturales. Incluso entre muchos mayas también se reproduce esto: cuando se habla de ancestralidad o de revitalizar cualquier elemento de la identidad y manifiestan que eso se quedó “allá atrás y hace muchos años” y entonces es cuando lo maya se vuelve símbolo, folclor, etc.
Con esto se impuso lo indio, lo natural, lo indígena y fortaleció lo “mijo” o la “mija”. “Mija o mijo vení para acá”. “Mijo o mija, entra y barré un poco mi casa”, decía la madrina de bautizo a sus ahijados, que regularmente era una señora ladina de esas que hay en los pueblos, de rosario y de té y altruista dirá el cura o la monja, porque “les llevan chorizos, panes, queso, como pago por indulgencia”. Muchas veces era la mujer del alcalde, la del finquero, la del maestro de la única escuela, el párroco, la monja. Por eso, no estamos hablando de cualquier ladino o ladina, sino de los que tienen plata, los que en semana santa se tapan la cabeza con un velo negro negra para cargar la imagen de la Dolorosa, como parte de la penitencia que le impone la iglesia o quienes se ponen el tacuche, para carga la imagen de Jesús Nazareno en las procesiones.
Mientras el mijo o la mija, tendrá que llevar los huevos de la única gallina ponedora que tiene en casa para que desayune el padrino o la madrina o, si no lleva nada, tendrá que hacer el aseo de la casa, bajo la mirada controladora de la madrina para que no se pierda nada. Nuestros papás nos dirán, “¡si ves un centavo tirado en el suelo o en algún lugar no lo agarres, porque a veces lo dejan allí, para tomarte el pelo”. Si los encontrás en las calles, y le decís “¡adiós madrina!!” y te haces a un lado. “Adiós, señor alcalde” y te sales del camino. “Adiós señora o señor” y sales del camino. Agachas la cabeza y sigues caminando, porque si no lo haces así, sos insolente o salvaje.
Y así, poco a poco nos prepararon para aceptar el modelo colonial. Se volvió costumbre, aceptar que nosotros somos los “mijos o mijas” y ellos “los patrones”, donde la rebeldía no cabe. Se impone el modelo colonial de Estado, que implica aceptar el modelo económico y político. Nosotros somos la escalera por donde pasaran para llegar al poder, un sistema económico y político que nos convierte en siervos, mozos, colonos y súbditos.
Ahora los mijos y mijas se han convertido en “indios permitidos”, en académicos cool que cuestionan el racismo, la discriminación, el patriarcado, por ejemplo, pero sin cuestionar el sistema. Políticos ambiciosos que igual buscan su beneficio personal. Se nos acostumbró a tratar de “mija” y de “mijo” al menor, al que no tiene poder, al que depende de nosotros. Convertidos también en funcionarios folclóricos, que se olvidan rápidamente del campo y que un día tuvieron los pies descalzos, viajando en aviones de lujo a occidente y en carros cuatro por cuatro a su casa y durmiendo en hoteles de cinco estrellas. Se les olvidó comer tz’uuj, xikinkej, xep, rab’ kinaq, ik.
El mijo y la mija de hoy, es quien se olvida que hay que transformar y refundar. Es quien agacha la cabeza ante los políticos y gobiernos que se bajan el pantalón ante el imperialismo yanqui. Como los que fueron a negociar la venta de armas o firmaron el acuerdo “Escudo de las Américas”, que es la versión ampliada y actualizada del Plan Colombia, el Plan Puebla Panamá, el Plan para la Prosperidad, el Plan Mesoamérica, Corredor Biológico Mesoamericano, que han sido un fracaso, porque solo ha servido para que el “canche mandón”, militarice y controle nuestros territorios, llenando de canches medios como la DEA, el Comando Sur, embajadores, encargados de negocio, en nuestros territorios y que nunca han acabado con el narcotráfico, porque ellos lo han tolerado y hasta a veces se aprovechan de este comercio ilícito, siendo parte del entramado criminal.
Es aquí donde se entiende la “política de reconocimiento”, que se impone sobre las luchas de liberación y rebeldía de los pueblos. “Los mijos y las mijas” no impulsan luchas reales, solo narrativas, discursos blandos y vacíos, que no pretenden cambiar el sistema. No pretenden impulsar “cambios revolucionarios”, porque eso compromete. No hablan de revolución, sino de integración, apertura de espacios, reconocimiento, pero sin respeto. A los mijos y mijas de la colonia no les importó que la madrina, el cura, el político, el alcalde, el alguacil desconfiara de ellos, lo importante es que haya sido su madrina o padrino, su benefactor, o lo haya llevado a la escuela o a la normal, como pasa hoy con funcionarias y funcionarios mayas que se les dice que son incapaces cuando ya los utilizaron para darle credibilidad al sistema.
A los mijos y las mijas de hoy no les importa que los crean incapaces, o que no pueden hacer nada, lo importante es que sirvan para “obstaculizar el proceso de liberación de sus comunidades”. El buen vivir que hablan, está vacío, porque no tiene sentido contrahegemónico. Sus pantomimas de ceremonias en las calles, parques, hoteles, son reproducciones de los rituales y oraciones cristianos, solo que en idiomas mayas.
No hay que hablar de clases sociales, dicen los mijos, y no se dan cuenta que sus madrinas y padrinos en cualquier institución, se imponen con su clase. No se rebajan. Claro, van a la fiesta de cumpleaños del mijo y de la mija, pero sin dejar su clase. Pensar desde las clases sociales es revolución, es atentar contra el statu quo, pero el mijo y la mija tienen miedo. Y entonces el discurso sobre el racismo y la discriminación sin la relación de clase es igual de vacío.
Cuando los mijos y las mijas se rebelan, dejan de ir a misa, dejan de persignarse, dejan de ver a la iglesia, dejan de ver al político corrupto, dejan de comer McDonald’s y Pollo Campero, no le besan el anillo al cura o al obispo. Se vuelven irreverentes. Dejan de ver al extranjero, al académico, al universitario, al maestro, como el más inteligente y él mismo no se ve con poder, sino como parte de un proceso comunitario. El mijo rebelde es antirracista, anticolonial y se encamina a superar lo indio, lo indígena y defiende y vive su ser maya. Y entonces no pide al Estado, sino se encamina a construirse sin este Estado colonial, racista, expoliador, explotador, mentiroso.
Volver a comer hierbitas, machucar el lodo, cambiar de categorías mentales, es el camino para nuestras comunidades. Volver a la comunidad, al komun, es la ruta. No son los discursos y las narrativas flojas y vacías. Cuando recuperemos nuestra dignidad, nos rebelemos y dejemos de pedir limosnas al Estado colonial, que es igual que pedirlo a la clase alta del país, entonces dejaremos de ser “mijas o mijas”, “indios o indias permitidas” y volveremos a ser mayas.
Fuente Prensa Comunitaria
