En el día de los muertos, pensar en los vivos

JAIROaLARCO

Autor: Jairo Alarcón Rodas

Conviene vivir pensando que se ha de morir; la muerte siempre es buena; parece mala a veces porque es malo a veces el que muere.

Francisco de Quevedo

Aquellos, para los que la muerte es el fin de la vida y, por consiguiente, no existe la esperanza de un reencuentro con los seres queridos, los ya fallecidos; para los que con la muerte biológica se apaga la existencia y se regresa a la nada, solo queda la nostalgia, el dolor y las alegrías que, en los recuerdos, les han dejado sus muertos. Es más, mientras vivan, un vacío existencial permanecerá en ellos, una herida tenaz que cesará únicamente con el fin de sus vidas.

Recuerdo la carta que escribió la esposa del astrónomo Carl Sagan, Ann Druyan, tras su muerte, en la que en unos de sus párrafos dice: Nunca he esperado reunirme con Carl. Pero lo más grandioso, es que mientras estuvimos juntos, por casi 20 años, vivimos con una apreciación vívida de lo breve que es la vida y lo preciosa que es. Nunca trivializamos el significado de la muerte fingiendo que era algo más que una separación definitiva. Cada momento que estuvimos vivos fue milagroso, pero no en el sentido de inexplicable o sobrenatural. Sabíamos que habíamos sido beneficiados por el azar.

No creo que vuelva a ver a Carl nunca más. Pero lo vi. Nos vimos el uno al otro. Nos encontramos el uno al otro en el cosmos, y eso fue maravilloso. Y así como ellos, muchos tuvimos la dicha de compartir la existencia con los seres que amamos, con nuestra madre, nuestro padre, con nuestros hijos, hermanos, con la mujer o el hombre que amamos, con los amigos, viviendo con ellos momentos maravillosos que ingenuamente quisimos extender eternamente, pero los fatales ciclos vitales de la existencia nos lo impiden, no lo permiten.

Dentro de tantos intentos fallidos, la vida persiste y, al igual que los esposo Sagan, los que nacimos y estamos aún vivos fuimos beneficiados con gozar las vicisitudes que eso implica, con infortunios quizás, pero también con alegrías. Vivir constituye un reto en el que aquellos que logran nacer se enfrentarán, cotidianamente, a las contingencias que el existir representa y, al ser conscientes de ello, sin duda, se acentuarán aún más las tristezas, las angustias, pero indudablemente también, las alegrías y los triunfos, lo emocionante que es vivir.

No llora el vivo por los muertos, sino gime, al darse cuenta de que se queda, al saber que enfrentará solo la nostalgia de la ausencia total y para siempre de los seres que ha amado y que se han marchado. Los que se han ido ya no sienten, ese es el pago de su definitiva partida y como lo expresó el filósofo Epicuro, cuando la muerte está presente, nosotros ya no somos, lo que para los muertos sería que, con el fin de sus vidas, los fallecidos ya no son, ya no sufren ni se entristecen ni lloran ni ríen ni nada…

Qué se es antes de nacer sino es que nada y qué se vuelve a ser después de la muerte sino nada. El periodo previo al nacimiento no tiene ni experiencias ni vivencias ni recuerdos. Y para aquellos que no tienen la dicha de haber nacido, que no lo han logrado aún, qué decir, sino nada. Por lo que el antes y el después no es parte del recorrido existencial de los seres humanos, de su data de vida, de su ciclo de vida, sí lo es durante el tiempo que se viva.

La vida requiere hacerse presente ante la nada y prevalece a veces en circunstancias adversas, es un empeño terco de la naturaleza y de la conciencia por florecer, incluso cuando el entorno parece hostil o desprovisto de sentido. Sin embargo, algunos actos de vida resultan ser fallidos, explicaciones abundan dentro del azaroso, complejo escenario biológico de la naturaleza humana, que da lugar a un evento fortuito de la lotería genética.

Por qué algunos seres humanos nacen con enfermedades genéticas, con problemas de salud y su existencia está destinada a toda una serie de aflicciones, sufrimientos y tristezas y, consecuentemente, a una temporalidad muy limitada en su existencia. La vida no se rige por un determinismo creacionista, más bien por azarosas combinaciones moleculares, por contingencias fisicoquímicas.

Qué determinó, por otra parte, que unas personas nacieran esclavas y otras, amos, unos crecieran en la opulencia y otros en la miseria. Qué les ocurrió a aquellos que adquirieron enfermedades, que padecieron males inexplicables, durante su accidentado recorrido por la vida. ¿Podrá la ciencia brindar una respuesta convincente? Las condiciones materiales prevalecen sobre el escenario en donde la vida humana se hace presente y puede que ahí esté, en parte, la respuesta a tal interrogante.

Una de las características de todo ser vivo es reproducirse, así es como la vida mantiene su permanencia. No obstante, las personas muchas veces no son conscientes de lo que significa fecundar, traer a un nuevo ser a la vida, darle existencia a un ser humano, simplemente se reproducen activando su sexualidad, atendiendo a su naturaleza reptiliana, en donde afloran los instintos humanos más primitivos y automáticos, que los que pudieran ser. En tal caso, no hay reflexión de lo importante y maravilloso que es dar vida y la responsabilidad que eso conlleva.

El reloj de la existencia, describe el ritmo personal y único con el que cada ser humano vive, madura y alcanza hitos en su vida, es el tiempo en el que permanece vivo, que comienza con su nacimiento y finaliza con su muerte. Es tan breve la vida que rápidamente pasa, por lo que el ahora debería ser lo importante. El carpe diem: Aprovecha el día, confiando lo menos posible en el mañana. Pero se vive cada vez menos en el presente a causa de los fantasmas del pasado y los retos del futuro.

A pesar de que vivir es inquietante, se vive más pensando en el pasado, con los temores y angustias de un futuro, el que, aunque todavía no es, está presente con incertidumbres, temores y ansiedades, que hasta tal punto desesperan, ya que, como lo expreso Kierkegaard, la angustia surge en el preciso instante en que el hombre comprende que es el único arquitecto de su destino.

Por lo que pensar en el mañana, edificar lo que será, le resulta más doloroso que las derrotas del presente. Lo que no le deja espacio para vivir plenamente en el hoy, para gozar con lo que la vida y el estar vivo le puede dar.

Por qué olvidarse de los vivos, de la vida, de vivir, si la muerte no ha llegado. Y como dice el poema de Marguerite Yourcenar: Aquellos que nos esperaban, se cansaron de esperar, /Murieron sin saber que estábamos llegando,/ Han cerrado sus brazos que ya no pueden abrir, /Legándonos un remordimiento en vez de un recuerdo. Son los vivos los que sienten, los muertos, tristemente, ya no son, se han ido, no escuchan los lamentos, las palabras de amor, ya no se dan cuenta de lo que sienten los vivos.

Vivir plenamente con los vivos, disfrutar cada momento, cada espacio, mientras existan, reconciliarse, pedir perdón, disfrutar de sonrisas, de alegrías y lágrimas, pues un día se irán para siempre, dejando, en los que se quedan, el remordimiento de no haberlo intentado, de no haber disfrutado, junto con ellos, las maravillas de la vida.

La vida es breve y se es consciente de ello cuando avanza el tiempo, cuando la vitalidad está a punto de desaparecer, cuando las fuerzas ya no dan, cuando la muerte se acerca, vivir plenamente resulta imprescindible. Por ello, en el día de los muertos, es pertinente pensar en los vivos y en lo que se ha dejado pendiente con ellos.

Martin Heidegger señala que, al aceptar la muerte, los seres humanos se liberarán de la angustia de lo que eso representa y, a partir de ahí, comenzarán a vivir su propia vida. Si tomo la muerte en mi vida, la reconozco y la afronto directamente, me liberaré de la ansiedad de la muerte y de la mezquindad de la vida, y solo entonces seré libre para convertirme en mí mismo. Por lo que, ser conscientes de la finitud humana y, además, que no habrá otra vida, aquilatará la que se está viviendo.

Pero, por qué el aceptar la muerte conduce a la libertad de elegir, vivir la propia vida, simplemente porque rompe la ilusión de un tiempo infinito y destruye la necesidad de complacer las expectativas de los demás, lo que conduce a ser uno mismo y a negarse a aparentar lo que no se es.

Y qué pasa cuando no se acepta la muerte del otro, se niega a admitir su ausencia. En ese caso, se evade la realidad, se pierde el sentido a la vida, se paraliza la propia existencia, se vive un duelo eterno que no deja vivir la propia vida y se desperdicia cada día.

Por eso, en el día de los muertos, qué mejor homenaje a sus recuerdos, a lo que fueron y representaron en nuestras vidas, que disfrutar con los vivos, plenamente, mientras estén vivos.

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