La financiación de la economía como mecanismo desesperado del capitalismo en su etapa degenerativa

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Andrés Piqueras, profesor senior de la Universidad Jaume I

El desplazamiento financiero implica una especie de trasmutación de los medios de acumulación de capital, por la que el proceso de valorización mediante la producción de valores de cambio y la consiguiente reproducción ampliada del capital (D-M-D’), es subordinada a la vía monetaria de realización de la ganancia (D-D’), desatando el movimiento más irreal de la acumulación capitalista, el espejismo de que el dinero “produce” dinero por sí mismo, sin la mediación del trabajo.

Esta será no sólo una forma de “huir” de las luchas del Trabajo y de buscar mantener la ilusión de la acumulación cuando cede la masa de ganancia, sino que, al extenderse e intensificarse esa dinámica, se erige también en una forma de biopoder capaz de regular el conjunto de la vida social.

Los mercados financieros fordistas facilitaban la actividad del intercambio final, es decir la realización del mecanismo de acumulación capitalista sin interferir demasiado ni en la fase inicial de financiación (que dependía en gran medida de la Banca), ni en las decisiones sobre producción ni en la esfera de la distribución funcional de la renta. Lo cual era posible porque la actividad productiva era financiada por el sector crediticio-bancario, porque la producción material era el motor de la acumulación a través sobre todo de la explotación del trabajo asalariado y porque la definición y recomposición de las políticas económicas se realizaba de manera bastante autónoma, en el espacio estatal.

La pérdida de importancia de estos tres factores fue liberando a los mercados financieros de su subalternidad en el proceso de acumulación fordista-tylorista. Así, la reducción de la autonomía nacional-estatal y de las políticas de regulación del sistema de cambios y la desmaterialización de la moneda (desvinculación de la moneda respecto de cualquier tipo de mercancía), así como su definitivo desenganche del oro, proporcionaron las condiciones objetivas de arranque del proceso de “financiarización de la economía”, que fue ayudado por otros factores, como la crisis económico-política del modelo de desarrollo fordista-keynesiano y el consiguiente derrumbe del sistema de Bretton-Woods, seguido del giro monetarista (para influir en el coste y la disponibilidad del dinero en la economía) de la principal economía del planeta.

También terminaron de coadyuvar al proceso la informatización de los intercambios bursátiles (que permitió multiplicar las transacciones en tiempo real), los fondos de pensiones y la aparición de los productos derivados (que no tienen valor en sí, sino un “valor” convenido a través de expectativas de futuro de otros productos financieros preexistentes). Se liquidaba de ese modo el monopolio crediticio de la Banca.

Paulatinamente, por añadidura, cada vez más Estados, como los de la UE, dejaban de financiarse a través de sus Bancos Centrales, para hacerlo en mayor proporción mediante los mercados financieros, desviando así la especulación habida sobre las monedas hacia las deudas públicas. Es el principio del “Estado deudor” [La creación de los Bancos Centrales estuvo presidida por el interés de enfrentar las crisis financieras y de impagos, tanto de la Banca privada como del Estado. 

El Estado garantizaba la capitalización del Banco Central, el cual, en contrapartida, hacía las veces de prestamista de última instancia tanto del propio Estado como de los Bancos privados. Eso se rompió en la creación de la UE, pues en adelante el Banco Central Europeo no iba a prestar a los Estados, sino a los Bancos privados, a un interés muy bajo, que es multiplicado en ocasiones hasta por 12 veces cuando esos Bancos después prestan a los Estados. Éstos además tienen que sacar títulos de deuda a la Bolsa, para financiarse, exponiéndose a los mercados financieros como un agente particular más].

La biopolítica destructora de sociedad del capitalismo ficticio se pone a toda marcha

Si el capital a interés se hace crecientemente ficticio (especulativo parasitario), quiere decir que el Estado queda más y más en manos de la versión más antisocial del capital, en cuanto que sus dinámicas no requieren para retroalimentarse de ninguna concesión redistributiva a la fuerza de trabajo, de ninguna regulación mínimamente participada por las ciudadanías, ni vagamente democrática.

Al endeudarse cada vez más a través de deuda contraída directamente con los mercados financieros, el “Estado-deudor” responderá primero ante éstos que ante sus ciudadanos (por eso se le ha llamado también Estado “post-soberano”). Las calificaciones de riesgo, los porcentajes de interés, los acreedores, el servicio de la deuda y, en conjunto la institucionalidad de la dimensión económico-política global no sujeta a elección, pesarán más en sus decisiones que los votantes, la ciudadanía o la “opinión pública”. 

En adelante, la principal misión de este Estado deudor, “enajenado” de la sociedad o privatizado por la clase capitalista es abrir como espacios de valorización del capital lo que antes eran bienes públicos sustraídos al mercado, así como los campos de cooperación, ayuda mutua y mantenimiento de la vida que quedaban fuera del mismo (este es el fundamento de la “economía colaborativa”, “solidaria”, “social”, etc.  También reduce substancialmente su contribución a esos bienes públicos con vistas a poder contar con alguna liquidez para monetizar el capital ficticio superacumulado y, en conjunto, las deudas del capital.

Esta es una de las poderosas razones de que en la actualidad el Estado se encargue de llevar a cabo una drástica reducción del salario social (pensiones, compensación por desempleo, seguros de incapacidad, subsidios a la educación, salud pública…) y de garantizar la brutalización de las relaciones laborales, con un ataque frontal a la negociación colectiva. También propicia que la financiación de los degradados servicios públicos recaiga sobre todo en la fuerza de trabajo, con una política fiscal crecientemente regresiva.

A ello hay que añadir que cada vez más parte de los servicios públicos es transferida a empresas privadas operando bajo cobertura contractual estatal: transporte, programas de bienestar público, educación y formación laboral, aprovisionamiento alimentario en las entidades públicas y en los centros públicos de enseñanza, labores de vigilancia y seguridad incluso en la rama militar… (muchas de esas ramas habían sido nacionalizadas precisamente por su escasa rentabilidad privada, dado que eran muy intensivas en capital y por tanto con una gran tendencia a la caída de la tasa de ganancia. 

El que se devuelvan hoy al capital privado no sería entendible si no es porque se hace con sustanciosos subsidios públicos). Igualmente, los recursos estratégicos, naturales y sociales básicos del Estado keynesiano, “soberano”, son transferidos a grandes compañías privadas casi siempre transnacionales (de ahí lo de “Estado post-soberano” del presente). La privatización es también una drástica manera (a menudo en modo “shock”) de hacer que parte del capital ficticio retorne a su forma real [es decir, se compra la riqueza real con capital ficticio].

La propia destrucción de activos de los pequeños y medianos inversores y los “rescates” a los grandes, significan una pérdida de riqueza social y un enorme trasvase de ésta al gran capital privado. Recordemos también, en este sentido, que un buen número de pequeñas empresas, las que más empleo generan, han quebrado por los retrasos en el pago de sus suministros a las Administraciones. Una razón más que hace del Estado-privado un promotor del desempleo. Y en el fondo, un destructor de la ciudadanía.

Es merced a todo ello, en cambio, que el Estado-privado puede permitirse dar a la automatización vías de escape frente a la disminución de la plusvalía, a través de exacciones fiscales e inyecciones de dinero público y dinero fiat o capital ficticio, contribuyendo, así, al crecimiento también ficticio (o dopado) del capitalismo degenerativo actual.

De esta forma, se evidencia que el escaso crecimiento que aún se da en las economías centrales del Sistema se debe principalmente al proceso de autofagocitación o colonización interna que emprende el capitalismo. Esto es, a su apropiación de la riqueza social que hasta ese momento se había generado como consecuencia del antagonismo histórico Capital/Trabajo, y que había forjado la evolución de los Comunes como conjunto de recursos, relaciones, bienes y servicios a disposición del conjunto de la sociedad (bienes públicos materiales e inmateriales). 

Por eso a esta dinámica se la ha llamado también de desposesión de las sociedades, que entre otros elementos incluye la privatización de la riqueza social y cultural acumulada a través de generaciones, la privatización del patrimonio natural y los recursos energéticos, la apropiación de propiedades comunales o colectivas, la empresarización y privatización de instituciones públicas (como las Universidades e incluso la Administración), así como la expropiación o sustracción del conocimiento y la información colectivos a partir de todo un complejo sistema de patentes y “copyrights” y registros de excelencia. Todo ello cobra cuerpo disciplinario a través de Tratados de Libre Comercio de todo tipo, la formación del Estado-región como la UE, y organizaciones supraestatales de gobierno ajenas a la democracia.

Esto se complementa con la desposesión no sólo histórica sino actual de la riqueza social y natural de terceros países a través del mecanismo de la deuda (los Programas de Ajuste Estructural) y de la colonización financiera (compras, anexiones y quiebras de empresas de todo tipo), cuando no mediante la implantación militar directa. 

A partir de entonces, en general, la acumulación capitalista va a depender cada vez más de los mercados financieros y menos de las políticas públicas estatales y la gestión de la deuda pública. De hecho, la relación entre mercados financieros y política monetaria se ha invertido en este periodo. 

Lo que en el keynesianismo era controlado, las finanzas (como mera asignación del ahorro, subalterna al mercado crediticio), se ha convertido en el controlador, ya que las plusvalías financieras son ahora la base de la asignación y suministro de las inversiones. La lógica financiera global ha presentado hasta la crisis de 2007-2008 una fuerte simbiosis con las nuevas tecnologías inmateriales, logísticas, de dirección y comunicación.

Entonces, una vez conseguida la dependencia de los principales agentes económicos (Estados, Banca, empresas) frente a los mercados financieros, se trataba de alzar formidablemente las tasas de interés real (esto es, muy por encima de la inflación), manteniéndolas lo más elevadas posible en el tiempo. Se generaban de esta forma endeudamientos acumulativos de los Estados (deuda pública) o países (deuda externa) a partir de acumulación de deudas preexistentes (origen de la “crisis de la deuda” de las formaciones periféricas de los años 80). 

El capital transnacional construía así un dispositivo de polarización extrema entre deudores y acreedores, que iba acompañado de la imposición de nuevos criterios de gestión, con la liberación de enormes flujos de dividendos, mientras que se abrían nuevos canales de remuneración de las oligarquías a cargo de la gestión del nuevo modelo de crecimiento (con cada vez más difuminadas fronteras entre gestión y propiedad, entre ingreso, retribución, beneficio o plusvalía; todo lo cual abría además el camino a unas y otras formas de institucionalizar la corrupción). Para guarecer esas enormes ganancias se creaban por doquier “paraísos fiscales”, al tiempo que la fiscalidad sobre los ingresos más altos era sustancialmente reducida.

Pero dado que con los intentos de solución de los problemas en el ámbito de la valorización, se agravaban en cambio los mismos en la esfera de la realización (por depresión de la demanda paralela a la creciente desigualdad social y la concentración de la riqueza), con el proceso de financiarización de la economía se buscaba una salida diferente: que las dinámicas de valorización y realización del capital tendieran a converger, dándose el empotramiento de los tres principales momentos del proceso económico capitalista: financiación – producción –  realización. Se perseguía en adelante la resolución de los tres a la vez y con la mayor inmediatez posible.

Sin embargo, todo este entramado, además de estar sustentado en una gran bola de capital ficticio, se halla más y más distanciado de la “riqueza real” contabilizada en los propios términos capitalistas, y depende ante todo de convenciones. Éstas no son sino mecanismos de generación de expectativas tendentes a homologar comportamientos basados en la racionalidad mimética, dependiente a su vez de la propaganda, del lenguaje público-institucional y la consiguiente “industria de la creación de pensamiento y opinión” que le es aneja, entre otros factores análogos. 

Las convenciones, sin embargo, paradójicamente, no pueden escapar de la variabilidad y ciertas dosis de imprevisibilidad de los comportamientos sociales (la emergencia e incertidumbre de la teoría de la complejidad se hacen en el capitalismo financiarizado más evidentes). 

Las convenciones en el terreno financiero están basadas, a su vez, en la fe ciega en que en un futuro se generará suficiente valor y plusvalor como para revitalizar la ganancia, saldar las monstruosas deudas del presente y al menos mantener la rentabilidad de los actuales activos.

Sueños. Puros sueños de un modo de producción más y más ficticio, irreal (y mortífero)

[Es por eso que según la financiarización va agotando sus posibilidades de tirar adelante ficticiamente del capitalismo, el recuros a la GUERRA se hace más necesario, más perentorio para la clase capitalista hegemónica global. Es por eso que estamos inmersos en una GUERRA SISTÉMICA PERMANENTE o GUERRA TOTAL DE LARGO PLAZO in crescendo]

Fuente Observatorio de la crisis

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