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“La Universidad de San Carlos como está ahorita más parece un presidio que un centro educativo”: Rodolfo Chang

Fernando Cajas

Como dice la canción del cantautor venezolano Alí Primera, del Grupo Guaraguao: “Que vivan los estudiantes, jardín de nuestra alegría, son aves que no se asustan de animal ni policía… Me gustan los estudiantes porque levantan el pecho cuando le dicen harina sabiéndose que es afrecho…”.

Porque refleja la naturaleza combativa de los estudiantes en general y de los sancarlistas en particular.

Guatemala no se puede explicar sin entender la resistencia universitaria contra las dictaduras del siglo XX. Luchas que se caracterizaron por la organización cívica, la sátira política y la movilización popular: la creación de la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU), la Huelga de Dolores, la caída de los regímenes de Manuel Estrada Cabrera y Jorge Ubico. El nacimiento de la Revolución de octubre de 1944 y la fundación de la nueva Universidad de San Carlos, nacional y autónoma, es en esencia un resultado de la actividad estudiantil que fue capaz de construir un enorme movimiento social desde inicios hasta mediados del siglo XX.

Luego vino la guerra civil. Fueron los estudiantes sancarlistas —entre muchos estudiantes, docentes, investigadores, campesinos, obreros y profesionales— quienes lideraron los movimientos de recuperación de la democracia luego del tremendo golpe que le diera la CIA a Guatemala al derrocar al gobierno democrático de Jacobo Árbenz. En otro artículo aquí en Público comenté el enorme precio que tuvo que pagar la USAC por recuperar la democracia guatemalteca de 1954 a 1990. Fueron años recios, como dijo Vargas Llosa.

Hoy esa misma universidad vive una forma distinta, más cínica, de autoritarismo. Ya no viene solo de afuera: se ejerce desde adentro. Como lo ha expresado con claridad Rodolfo Chang Shum —exdecano de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia y candidato a rector de la planilla Dignidad y Rescate (USAC-DIRE)— en la entrevista publicada el 3 de agosto de 2026 por el periódico La Hora, lo que ocurre en la San Carlos tiene rasgos de dictadura interna.

Chang recuerda el fraude electoral del 8 de abril de 2026. Antes de las exclusiones y anulaciones, la planilla de Dignidad y Rescate contaba con el respaldo de 21 cuerpos electorales, equivalentes a 105 electores. Mazariegos únicamente reunía siete cuerpos, es decir, 35 votantes, algunos ganados ilegalmente. A pesar de ello, se proclamó rector. Chang insiste en que continúan las acciones legales para que la justicia revierta la elección irregular y confía en que se corrijan las anomalías, aunque reconoce la falta de certeza jurídica en el país.

Las acciones de la administración de Walter Mazariegos —dice Chang— son propias de una dictadura: persecución a la comunidad universitaria, borrado de información académica de al menos 40 estudiantes, criminalización de quienes se manifestaron contra el fraude del 8 de abril y contra la toma de posesión del 1 de julio. “La Universidad de San Carlos como está ahorita más parece un presidio que un centro educativo”, afirma. El cierre del Campus Central y las clases virtuales impiden la formación humanista y práctica. Carreras como medicina, odontología, agronomía, ingeniería, medicina veterinaria, zootecnia y acuicultura están perdiendo lo esencial. El daño, advierte, no será solo inmediato: se proyectará por años en la calidad de los profesionales que el país necesita.

“La Universidad de San Carlos como está ahorita más parece un presidio que un centro educativo”.

La autonomía universitaria, insiste Chang, no significa extraterritorialidad ni libertinaje. Existe para garantizar la formación y la educación, y debe coexistir con el respeto a las leyes nacionales. El Consejo Superior Universitario, lejos de corregir las irregularidades, ha permitido lo que él califica de “barbarie”.

El caso de Camilo García ilustra con crudeza esta criminalización. Estudiante de Química, excelente alumno y activista, representante estudiantil legalmente electo ante el Consejo Superior Universitario, fue expulsado simplemente por decir la verdad: que Walter Mazariegos era y es un usurpador y que su mandato al frente del CSU era ilegal. Desde 2022 recibió notificaciones judiciales que ordenaban su reinstalación; el CSU de forma ilegal nunca las obedeció. Nunca. El 28 de julio de 2026, por mayoría, la Corte de Constitucionalidad denegó los amparos promovidos por Camilo García y dejó firme su expulsión de la Universidad. Así se cerró, tres años y medio después, el proceso contra un representante estudiantil legalmente electo. ¡Qué denigrante!

Esta criminalización no se detiene en un solo caso como lo describe Chang en la entrevista supradicha. La pregunta que nos debemos hacer si algún día saldremos de esta barbarie. 

Chang propone, si algún día la justicia revierte el fraude, tres acciones prioritarias: restablecer la institucionalidad con nuevas elecciones en el CSU y juntas directivas; promover la desjudicialización y la descriminalización de quienes fueron perseguidos por opinar; y reabrir el campus retirando los controles de acceso que convierten a la universidad en un recinto carcelario.

La San Carlos no puede seguir siendo un laboratorio de impunidad y silenciamiento. Los estudiantes honestos que hoy enfrentan expulsiones, borrado de expedientes y criminalización son los herederos directos de aquellos que en el Siglo XX levantaron el pecho sabiendo que les decían “harina” cuando era “afrecho”. La pregunta que queda es si la sociedad guatemalteca —y las instituciones que aún conservan algo de dignidad y principalmente los docentes de la San Carlos van a permitir que esa tradición de resistencia sea aplastada desde adentro.

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