“La Inteligencia Artificial necesita ser desarmada”.  Papa León XIV.

Inteligencia-artificial

Por Ivonne Serrano

El Santo Padre León XIV, en la carta Encíclica Magnifica Humanitas, menciona que la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial aborda los principios de la Doctrina Social de la Iglesia que incluyen al Ser Humano como la imagen de Dios y que la Inteligencia Artificial debe ser solamente una ayuda valiosa enfocada al bienestar de la humanidad la que debe ser utilizada con responsabilidad, transparencia y gobernanza sin perder las narrativas de fondo: transhumanismo, como el movimiento intelectual y cultural que promueve el uso de la tecnología y la ciencia únicamente para mejorar las capacidades físicas y cognitivas del ser humano.  

El Santo Padre, agrega que el uso de la IA nunca es un hecho puramente técnico: cuando entra en procesos que inciden en la vida de las personas, afecta sus derechos, oportunidades, reputación y libertad. Las decisiones delicadas que repercuten en el trabajo, el acceso a créditos y a otros servicios, y la reputación de las personas, corren el riesgo de ser confiadas completamente a sistemas automatizados que no conocen «la compasión, la misericordia, el perdón y, sobre todo, la apertura a la esperanza de cambio en el individuo», pudiendo así producir nuevas formas de descarte.

Agrega que actualmente la IA puede tener usos antihumanos, como la manipulación de la información o la violación de la privacidad, pero puede haber también un engaño menos evidente, cuando los sistemas de IA, presentándose como neutrales y objetivos, reflejan y refuerzan estereotipos o posiciones ideológicas de quienes los han diseñado y programado. Confiar, en la práctica, a un algoritmo el poder de seleccionar quién es digno y quién no, sin que nadie asuma el peso de la decisión, significa encomendarle la tarea de redefinir los límites de las posibilidades humanas.

Pero reafirma que lo que disminuye, en procesos que utilizan la IA, no es sólo la empatía hacia el excluido, que puede ser imitada artificialmente, sino la responsabilidad política, porque el descarte de los débiles queda revestido de una neutralidad y una objetividad ante las cuales es imposible protestar. Y, de ese modo, la injusticia se realiza silenciosamente y la compasión, la misericordia y el perdón, no como simple apariencia, sino como gestos políticos, desaparecen del horizonte. En realidad, todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica personas y situaciones.

También, en el mensaje del Santo Padre Francisco al Presidente de Francia en febrero del 2025, se señaló que en las próximas cumbres se deben señalar los efectos sociales de la inteligencia artificial en las relaciones humanas, en la información y en la educación. La cuestión fundamental sigue y seguirá siendo antropológica, es decir:« si el hombre, como hombre», en el contexto del progreso tecnológico, se volverá «de veras mejor, es decir, más maduro espiritualmente, más consciente de la dignidad de su humanidad, más responsable, más abierto a los demás, particularmente a los más necesitados y a los más débiles» (Carta encíclica Redemptor hominis, n. 15). “Nuestro mayor desafío es y será siempre el ser humano; no lo olvidemos nunca”, señaló.

Para la Iglesia Católica la Inteligencia Artificial debe respetar la dignidad humana y servir realmente al bien común, es esencial que las responsabilidades estén claras en todas las etapas: desde quienes diseñan y programan los sistemas hasta quienes los utilizan y quienes resuelven confiarles las decisiones concretas. Pedir prudencia, controles rigurosos y, en ocasiones, también una ralentización en la adopción de la IA no significa estar en contra del progreso, sino ejercitar un cuidado responsable hacia la familia humana. Esta exigencia es aún más urgente porque existe a menudo un desequilibrio entre la velocidad del desarrollo tecnológico y el ritmo al que maduran la conciencia, las normas, los controles y las instituciones capaces de gobernar sus efectos.

Además, señala que la propiedad de los datos no puede confiarse sólo al sector privado, sino que debe reglamentarse. Estos son fruto del aporte de muchos y no pueden ser vendidos o confiados a unos pocos. Hace falta una creatividad capaz de gestionarlos como uno de los bienes comunes o colectivos, en la lógica del compartir, como ya sugería Juan Pablo II a propósito de los bienes colectivos. Los principios de la Doctrina social nos ayudan a leer esta nueva realidad. En un mundo donde pocos sujetos concentran datos, capital informático y capacidad normativa, hablar de bien común significa desenmascarar esta nueva asimetría epistémica, económica y política, nombrando los nuevos monopolios de la IA.

 Desarmar la IA para el Santo Padre, significa sustraerla de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva.  Desarmar quiere decir romper la equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida.  No basta regularla; es necesario desarmarla.

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