La ciencia económica que dejó de mirar a Guatemala
Por Luis Armando Ruiz Morales
Análisis sobre institucionalidad, democracia y pensamiento económico.
En Guatemala, donde el desempleo estructural constituye un rasgo persistente de la realidad económica y social —con niveles que, al considerar la informalidad laboral, diversos análisis sitúan entre el 30 % y el 40 %—, el Colegio de Ciencias Económicas parece haber relegado su función de análisis, crítica y generación de propuestas frente a los principales problemas nacionales. En lugar de contribuir al diagnóstico y a la formulación de alternativas para enfrentar las causas estructurales del desempleo y del limitado desarrollo económico guatemalteco, la institución proyecta la imagen de un ente predominantemente protocolario, cuya actuación estaría condicionada por intereses político-corporativos antes que por una agenda orientada al interés público y sus pueblos. En la práctica, sus esfuerzos parecen concentrarse en la organización de actividades dirigidas a un reducido círculo de profesionales, así como en sus procesos electorales internos[1] y en la representación gremial ante organismos del Estado, contando para ello con infraestructura, recursos propios y de financiamiento oscuro[2], mientras los problemas económicos de mayor trascendencia para el país permanecen al margen de su agenda institucional. Este vacío institucional se inscribe, además, en un panorama regional que agrava la urgencia del diagnóstico y la búsqueda de alternativas propias para el desarrollo económico, social y político.
América Latina se caracteriza por registrar algunos de los niveles más altos de actividad emprendedora temprana del mundo. En varios países de la región, como Ecuador y Chile, la proporción de adultos involucrados en la creación o gestión de nuevos negocios supera ampliamente la observada en economías de altos ingresos. No obstante, el elevado dinamismo emprendedor contrasta con una limitada consolidación empresarial, pues una proporción considerable de los nuevos emprendimientos no logra convertirse en empresas establecidas. Los informes del Global Entrepreneurship Monitor (GEM) atribuyen esta brecha de supervivencia, entre otros factores, a las limitaciones en el acceso al financiamiento, las debilidades del entorno institucional y la insuficiente incorporación de tecnologías e inteligencia artificial en numerosos emprendimientos. “La elevada mortalidad de los emprendimientos en América Latina responde principalmente a las restricciones estructurales derivadas de la concentración económica en los mercados financieros, tecnológicos, comerciales y de insumos. Dichas estructuras oligopólicas incrementan las barreras de entrada, elevan los costos de operación, restringen el acceso a recursos estratégicos y limitan la capacidad competitiva de las nuevas empresas, reduciendo significativamente sus probabilidades de supervivencia[3]”
Frente a ese escenario, mientras miles de jóvenes egresados enfrentan la frustración de no encontrar una plaza laboral o de verse obligados a aceptar ingresos de subsistencia, muchas facultades de Ciencias Económicas y Empresariales continúan enseñando modelos de pleno empleo que difícilmente explican —y mucho menos contribuyen a resolver— la realidad de un vendedor ambulante, de un profesional subempleado o la elevada mortalidad de los emprendimientos latinoamericanos durante sus primeros años de existencia. A ello se suma una creciente orientación hacia una capacitación procedimental estática, centrada en la reproducción de normas, procedimientos y requisitos administrativos cuyo propósito principal es el funcionamiento rutinario de las organizaciones. Este tipo de formación, eminentemente mecánica y transaccional, privilegia el aprendizaje del cómo ejecutar tareas repetitivas, pero deja de lado la comprensión del por qué ocurren los fenómenos económicos y del para qué deberían diseñarse estrategias de transformación productiva. Como consecuencia, se forman profesionales capaces de administrar procesos existentes, pero con escasas herramientas para cuestionarlos, innovarlos o responder a los desafíos estructurales del desarrollo nacional.
La distancia entre la enseñanza universitaria y la realidad económica deja de ser únicamente una limitación pedagógica para convertirse en un problema de responsabilidad ética, académica y social. El desempleo no constituye una simple variable estadística ni un indicador macroeconómico más. Es la manifestación concreta de una estructura productiva incapaz de generar suficientes oportunidades de trabajo digno, de una economía con limitadas capacidades para transformar conocimiento en valor agregado y de una disciplina que, en demasiadas ocasiones, ha preferido explicar modelos ideales antes que comprender las contradicciones de la economía realmente existente. Cuando las aulas dejan de dialogar con la realidad nacional, dejan también de cumplir una de sus funciones esenciales: contribuir a comprender y transformar la sociedad.
En este nuevo aniversario, resulta inevitable preguntarse cuál ha sido el papel del Colegio de Ciencias Económicas frente a los desafíos más relevantes del país. La institución parece distanciarse cada vez más de los problemas nacionales, del deterioro de la institucionalidad pública y de las tensiones que rodean los procesos democráticos, incluyendo los universitarios[4]. Ante cuestionamientos relacionados con prácticas de corrupción o con el debilitamiento de los espacios de deliberación, el silencio institucional termina convirtiéndose en una forma de consentimiento pasivo. La ausencia de una identidad gremial comprometida con la transformación social refleja una organización más preocupada por preservar sus equilibrios internos que por ejercer un liderazgo intelectual en beneficio de la sociedad guatemalteca.
Esa lógica de conservación del poder difícilmente genera innovación, pensamiento crítico o propuestas de cambio. Por el contrario, contribuye a perpetuar inercias institucionales que acompañan el estancamiento económico y social del país[5].
Un colegio profesional debería ser un espacio de reflexión, debate y construcción de alternativas; cuando renuncia a esa misión, corre el riesgo de convertirse únicamente en un administrador de sus propios intereses corporativos.
El pastel que se sirve en este aniversario no simboliza una celebración, sino una metáfora. Es un pastel de cartón: vistoso en apariencia, pero incapaz de alimentar las expectativas de una profesión llamada a contribuir al desarrollo nacional. Las velas, deformadas por el exceso de ceremonias repetidas, apenas producen una luz tenue que no alcanza a iluminar el camino hacia la renovación institucional. Y el turrón, teñido de un inconfundible color anaranjado, ya no evoca el sabor de la celebración, sino el de las oportunidades desaprovechadas. Año tras año se acumulan los aniversarios, mientras el indicador que parece crecer con mayor consistencia no es el aporte del Colegio a la solución de los problemas nacionales, sino el tiempo transcurrido sin asumir plenamente la responsabilidad histórica que le corresponde.
Esta reflexión no desconoce que, dentro del Colegio de Ciencias Económicas, existen profesionales cuya trayectoria ha estado marcada por la defensa de la democracia, la institucionalidad y el desarrollo nacional. Gracias a su integridad y compromiso, han demostrado que el ejercicio de las ciencias económicas y otras profesiones puede trascender los intereses corporativos y convertirse en un instrumento para fortalecer el Estado de derecho, promover la transparencia y contribuir a la construcción de una sociedad más próspera y equitativa. Ejemplos de ello se encuentran en colegas y amigos que, por defender principios democráticos y el Estado de derecho, han enfrentado procesos que diversos sectores consideran carentes de legitimidad. Estas circunstancias evidencian que, en determinados contextos, el compromiso con la institucionalidad y el pensamiento crítico puede conllevar costos personales, incertidumbre y presión sobre quienes sostienen tales convicciones.
[1] Electoreros.
[2] Para ejemplo, el proceso electoral de la Universidad Autónoma y Publica, en este momento el proceso para elecciones vinculadas a la Contraloría General de Cuentas.
[3] Aporte del autor para el análisis y construcción de hipótesis. Si bien el presente artículo plantea que la concentración económica en mercados financieros, tecnológicos, comerciales y de insumos constituye un factor estructural determinante para explicar la limitada supervivencia de los emprendimientos: lo que genera dependencia económica y política, esto no implica desconocer la incidencia de otras variables ampliamente documentadas en la literatura especializada. Entre ellas destacan la baja productividad, la elevada informalidad, la debilidad institucional, la corrupción, la inseguridad jurídica, la complejidad de los sistemas tributarios, las limitaciones en la formación empresarial, las deficiencias de infraestructura y el reducido tamaño de determinados mercados. Estos factores interactúan entre sí y pueden potenciar o atenuar los efectos de la concentración económica
[4] Como lo realiza y profundiza el nefasto, autócrata e ilegitimo rector de nuestra querida universidad de San Carlos, Walter Mazariegos y adláteres.
[5] Fácilmente comprobable.
