Artífices del cambio

JAIROaLARCO

Autor: Jairo Alarcón Rodas

La serpiente que no puede mudar su piel, muere. También las mentes a las que se les impide cambiar sus opiniones; dejan de serlo.

Friedrich Nietzsche

Toda lucha por un cambio requiere de esfuerzo, sacrificio y decisión, por lo que el acomodamiento, el estatismo, termina por ser uno de los males más perniciosos para la sociedad. De ahí que, llega el momento en que decidir unirse a la lucha por una causa justa, por la transformación, no es solo cuestión de conciencia sino de necesidad humana.

Así, los procesos sociales, los cambios que se dan dentro de las sociedades, regularmente se han logrado a través de hechos sangrientos, por medio de revoluciones que transforman los modelos económicos vigentes en nuevas estructuras productivas, fenómenos que también conllevan giros en la forma de pensar de los pueblos.

Consecuentemente, lo nuevo que emerge y lo viejo que se resiste a morir han tenido, en palabras de Karl Marx, a la violencia como partera de la historia. De tal suerte que, por ejemplo, las medidas persuasivas descritas por los filósofos socialistas utópicos franceses, de cara al emergente capitalismo, en el siglo XVIII, resultaron ser planteamientos irrealizables, dado el comportamiento humano de esa época, las circunstancias del momento y la visceral resistencia de los que se niegan a sacrificar sus privilegios en función del bienestar colectivo.

Cada modelo económico establece una determinada forma de pensar, la que es impulsada por los aparatos ideológicos, a través de los medios de difusión y los sistemas educativos correspondientes. En tal sentido, quien tiene el poder dentro de una sociedad determina las directrices que se deben seguir, las normas, las leyes y los valores que regirán dentro del Estado y la sociedad.

De ahí que, para Louis Althusser, las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cualquier época histórica. Y esas ideas que han imperado en cada momento histórico no permiten que fluyan otras diferentes, que cuestionen el modelo económico imperante, que pongan en peligro el sistema. Aquellos que se atreven a debatir lo establecido ponen en peligro su integridad y pagarán, incluso con su vida, tal afrenta.

Cabe mencionar que, en la época medieval, dentro del feudalismo, bajo el imperio y dominio ideológico de la iglesia católica, todo aquel que se revelara en contra de sus directrices era obligado a retractarse, era castigado, torturado, incluso condenado a morir quemado en la hoguera.

El riesgo para los que se revelaron en contra de los regímenes establecidos, en oposición al pensamiento hegemónico, y pretendieron un cambio, fue grande; a pesar de ello, hubo personas que se atrevieron a luchar en contra de los sistemas, siendo eso lo que contribuyó al surgimiento del feudalismos y posteriormente del capitalismo, fue eso lo que puso fin al hegemónico pensamiento medieval, en su momento, y con ello, al surgimiento del Renacimiento y, más tarde, al comienzo de las repúblicas liberales y al nacimiento del pensamiento capitalista.

Las contradicciones dialécticas no se detienen y del capitalismo imperante, surgirá un nuevo sistema económico, con diferente forma de pensar y valores dentro de las personas que lo conformarán, a pesar de la resistencia de los viejos esquemas económicos. El materialismo histórico plantea que, del capitalismo, quien lleva a cuestas a sus sepultureros, emergerá el socialismo como un modelo económico más justo y humano.

De modo que pensar diferente, máxime si con ello se convierte en amenaza y se pone en riesgo al vigente estado de cosas, es considerado un peligro que debe ser enfrentado y aniquilado de inmediato. De ahí, que todos los que se rebelan, los que cuestionan, se convierten en enemigos del sistema, a los que hay que neutralizar.

Siempre han existido personajes que, descontentos con el sistema, proceden a luchar para lograr el cambio; incluso critican al modelo imperante, sin necesariamente llevarlas a la práctica, no obstante, se convierten en una latente amenaza para el sistema, pues ello puede encender el descontento de más personas.

El esclavismo, por ejemplo, no hubiera sucumbido como sistema sin la participación efectiva de los que lo sufrieron en carne propia, es decir, de aquellos que materialmente padecieron las atrocidades de ese modo de producción. Es decir, por ejemplo, si Espartaco, en el año 73 y 71 a. N. E., no se hubiera revelado, si sus ideas, pensamientos y acciones hubiesen estado conformes con el sistema esclavista.

Empero, Espartaco sufrió como esclavo, al igual que otros, las crueldades del imperio Romano, no obstante, esclavos, en las mismas condiciones que él, nunca se revelaron, continuaron sumisos bajo el yugo imperial, sufriendo en silencio la condición a la que fueron sometidos por el régimen esclavista de esa época.

A pesar de los peligros, de los riesgos, Espartaco ideó y organizó una rebelión a fin de escaparse, junto a doscientos compañeros, del dominio romano, ya que su pensamiento y convicción valoró más la posibilidad de libertad que continuar esclavizado, bajo las condiciones indignas en la que se encontraba.

No sin razón, por todo lo que representó la rebelión en contra del Imperio romano y Espartaco como su artífice, Karl Marx se refirió a él como «el hombre más espléndido de toda la historia antigua. Gran general, de carácter noble, verdadero representante del proletariado antiguo”. ¿Qué se requiere entonces para liderear el cambio en una sociedad? ¿Cuáles deberían ser las fortalezas que deberán poseer los artífices de la historia?

Qué sería hoy en día de la humanidad si no hubieran existido hombres y mujeres que se atrevieran a enfrentarse al férreo dominio de la Iglesia católica, en la Edad Media, si no hubieran reflexionado sobre el yugo religioso y cuestionado los dogmas impuestos desde los monasterios clericales; qué hubiera ocurrido si el humanismo no cuestionara las verdades reveladas, impuestas con sangre desde los púlpitos de esos templos.

Si el Renacimiento no hubiera surgido, el mundo hubiese sido condenado a muchos siglos de atraso por parte de siniestros personajes del periodo al que hoy se le conoce como la época de las tinieblas. Fue así como en todo proceso de cambio, la transición fue violenta y, como lo señaló Antonio Gramcci: La crisis consiste precisamente en que lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no acaba de nacer; en este intervalo aparecen los monstruos. En este caso, “la Santa Inquisición” que condenó a la hoguera a ilustres personajes como Giordano Bruno, Manuel Servet, entre otros.

Todo cambio requiere de opositores al sistema y durante la Revolución francesa cabe mencionar a Maximilien Robespierre, Georges Danton y La Fayette, los que, con su lema de libertad, igualdad y fraternidad, iniciaron la revuelta que dio origen al sistema republicano moderno.

Por aparte, los principales baluartes de la revolución bolchevique, Vladímir Lenin, León Trotsky,  Yósif Stalin, personajes que no le tuvieron miedo al sistema establecido ni a sus crueles operarios, arriesgaron sus vidas para promover el cambio en sus respectivos países, que también lo fue para la historia de la humanidad. Aunque el mismo Lennin lo dijera, habrá momentos en que se dará un paso adelante, dos pasos atrás.

La integridad, el valor, la dignidad, son atributos que tienen aquellos que sueñan con un mundo diferente y luchan tenazmente por conseguirlo. Pero, en ese transitar de la historia, muchos sucumbieron, convirtiéndose en mártires, ejemplos a imitar, pero también sus muertes constituyen inhibidores de acciones subversoras, para aquellos que ven el riesgo y los peligros que revelarse en contra del sistema les puede ocasionar.

El miedo, el terror, es el disuasivo utilizado, preferentemente, por gobiernos y regímenes represivos, para regular toda acción humana, su conducta. Y, en el caso de los de los sistemas políticos-económicos que no quieren morir, que desean continuar vigentes, lo hacen a partir de implementar medidas represivas para salvaguardar sus intereses. El miedo no sólo está en el origen de la política, sino que es su origen, en el sentido literal de que no habría política sin miedo, decía Roberto Espósito. Desde luego que el filósofo italiano se refiere al poder sobre el que somete al otro.

Luchar en contra del miedo, prepararse a los ataques de un sistema que se resiste a morir, se hace cada vez más difícil en un ambiente en el que el individualismo, el egoísmo y la indiferencia son parte de los valores que se han establecido en la sociedad. No obstante, siempre hay personas que, corriendo toda clase de riesgos, reflexionan críticamente sobre la condición en la que viven para convertirse en artífices del cambio.

Un ejemplo claro de la necesidad de cambio que nos atañe a los guatemaltecos, lo constituye la problemática que padece actualmente la universidad de San Carlos de Guatemala. Por lo que aceptar pasivamente el fraude perpetrado por Walter Mazariegos representa una actitud indigna por parte de todos aquellos que, de una u otra forma, estamos relacionados, que amamos a la máxima casa de estudios del país.

La universidad de San Carlos vive una de sus peores crisis y requiere de la participación de todos los que formamos parte de ella, de los que fuimos formados en sus aulas, de los que trabajamos en ella, de los que están estudiando en sus recintos, para su rescate. Y así como en un país, la soberanía es del pueblo, de igual forma son los estudiantes, los docentes y los trabajadores de la Tricentenaria los que a fin de cuentas son los responsables del rumbo de la única universidad pública del país.

Convertirse en artífices de su rescate, a partir de la lucha inclaudicable, en contra de sus detractores, significará no solo estar en contra de la corrupción que ellos representan, sino del lado de la justicia y la dignidad.

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