La Censura en la televisión
El texto a continuación, pertenece a la conferencia titulada “Sobre la televisión”, que Pierre Bourdieu impartió el 18 de marzo de 1996 en el Collège de France (París) como parte de un ciclo de lecciones magistrales. Dicha conferencia fue posteriormente retransmitida por la cadena Paris Première en mayo de ese mismo año, y constituye el núcleo del libro homónimo publicado en 1996.
Me gustaría plantear, aquí, en la pequeña pantalla, una serie de preguntas acerca de la televisión. Un propósito algo paradójico, puesto que creo que, en general, no se puede decir gran cosa en ella, y menos aún sobre la propia televisión. Pero entonces, si es cierto que no se puede decir nada en la televisión, ¿no debería concluir, junto con buen número de intelectuales, de artistas, de escritores, y de los más destacados, que sería mejor abstenerse de utilizarla como medio de expresión?
Me parece que no se puede aceptar esta alternativa tajante, en términos de todo o nada. Creo que es importante hablar por televisión, pero en determinadas condiciones. Hoy, gracias al servicio audiovisual del Collège de France, me beneficio de unas condiciones que son absolutamente excepcionales: en primer lugar, mi tiempo no está limitado; en segundo lugar, el tema de mi disertación no me ha sido impuesto —lo he escogido libremente y todavía puedo cambiarlo—; en tercer lugar, no hay nadie, como en los programas normales y corrientes, para llamarme al orden, sea en nombre de la técnica, del «público, que no comprenderá lo que usted dice», de la moral, de las convenciones sociales, etcétera. Se trata de una situación absolutamente insólita puesto que, empleando un lenguaje pasado de moda, tengo un dominio de los medios de producción que no es habitual. Al insistir en que las condiciones que se me ofrecen son absolutamente excepcionales, ya digo algo acerca de las condiciones normales a las que hay que someterse cuando se habla por televisión.
Pero, me objetarán, ¿por qué, a pesar de los pesares, la gente hace todo lo posible por aparecer en la televisión en condiciones normales? Se trata de una cuestión muy importante que, sin embargo, la mayor parte de los investigadores, de los científicos, de los escritores, por no mencionar a los periodistas, que aceptan participar no se plantean. Me parece necesario interrogarse sobre esta falta de preocupación al respecto. Creo, en efecto, que, al aceptar participar sin preocuparse por saber si se podrá decir alguna cosa, se pone claramente de manifiesto que no se está ahí para decir algo, sino por razones completamente distintas, particularmente para dejarse ver y ser visto. «Ser», decía Berkeley, «es ser visto». Para algunos de nuestros filósofos (y de nuestros escritores), ser es ser visto en la televisión, es decir, en definitiva, ser visto por los periodistas, estar, como se suele decir, bien visto por los periodistas (lo que implica muchos compromisos y componendas). Bien es verdad que, al no contar con una obra que les permita estar continuamente en el candelero, no tienen más remedio que aparecer con la mayor frecuencia posible en la pequeña pantalla, y por lo tanto han de escribir a intervalos regulares, cuanto más cortos mejor, unas obras cuya función principal, como observaba Gilles Deleuze, consiste en asegurarles que serán invitados a salir por televisión. De este modo, la pantalla del televisor se ha convertido hoy en día en una especie de fuente para que se mire en ella Narciso, en un lugar de exhibición narcisista.
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Este preámbulo puede parecer algo extenso, pero me parece deseable que artistas, escritores y científicos se planteen explícitamente la cuestión —a ser posible de modo colectivo—, para que nadie se vea abocado a decidir en solitario si hay que aceptar las invitaciones para aparecer en televisión o no, si hay que aceptarlas planteando una serie de condiciones o no, etcétera. Desearía fervientemente (siempre se puede soñar) que se ocuparan de este problema, de modo colectivo, y que trataran de entablar negociaciones con los periodistas, especializados o no, con el objetivo de llegar a una especie de acuerdo. Ni que decir tiene que no se trata de condenar ni de combatir a los periodistas, los cuales a menudo también lo pasan bastante mal con las coerciones que se ven obligados a imponer. Se trata, por el contrario, de asociarlos a una reflexión orientada a la búsqueda de los medios para superar juntos las amenazas de instrumentalización.
La opción de negarse lisa y llanamente a expresarse por medio de la televisión no me parece defendible. Pienso, incluso, que, en determinados casos, aparecer en ella puede constituir una especie de deber, a condición de que sea posible hacerlo en condiciones razonables. Y para orientar la toma de esta decisión hay que considerar la especificidad del instrumento televisual. La televisión es un instrumento que, teóricamente, ofrece la posibilidad de llegar a todo el mundo. Lo que plantea una serie de cuestiones previas: ¿Está lo que tengo que decir al alcance de todo el mundo? ¿Estoy dispuesto a hacer lo necesario para que mi discurso, por su forma, pueda ser escuchado por todo el mundo? ¿Merece ser escuchado por todo el mundo? Se puede ir incluso más lejos: ¿Debería ser escuchado por todo el mundo? Una de las misiones de los investigadores, y en particular de los científicos —y puede que sea especialmente acuciante en el campo de las ciencias sociales— es hacer llegar a todos los logros de la ciencia. Somos, como decía Husserl, «funcionarios de la humanidad», que cobran del Estado para descubrir cosas, sea acerca del mundo natural, sea acerca del mundo social, y forma parte, me parece, de nuestras obligaciones difundir los logros conseguidos. Siempre me he preocupado de pasar mis aceptaciones o mis negativas a participar en programas de televisión por el cedazo de estas interrogaciones previas. Y desearía que todos los que se encuentran en este caso se las plantearan o se sintieran más o menos obligados a planteárselas, porque los telespectadores, los críticos de televisión, se las plantean y las plantean a propósito de sus apariciones en la pequeña pantalla: ¿Tiene algo que decir? ¿Está en condiciones de decirlo? ¿Vale la pena decir aquí lo que está diciendo? En resumen: ¿Qué está haciendo aquí?
He afirmado al empezar que el acceso a la televisión tiene como contrapartida una formidable censura, una pérdida de autonomía que está ligada, entre otras cosas, a que el tema es impuesto, a que las condiciones de la comunicación son impuestas y, sobre todo, a que la limitación del tiempo impone al discurso tantas cortapisas que resulta poco probable que pueda decirse algo. Ahora se espera de mí que diga que esta censura, que se ejerce sobre los invitados, pero también sobre los periodistas que contribuyen a imponerla, es política. Es verdad que hay intervenciones políticas, y un control político (que se ejerce, en particular, mediante los nombramientos de los cargos dirigentes), pero también lo es que en una época como la actual, de gran precariedad en el empleo y con un ejército de reserva de aspirantes a ingresar en las profesiones relacionadas con la radio y la televisión, la propensión al conformismo político es mayor. La gente se deja llevar por una forma consciente o inconsciente de autocensura, sin que haga falta efectuar llamadas al orden.
He hecho hincapié en lo más visible. Quisiera ocuparme ahora de cosas que no lo son tanto exponiendo cómo la televisión puede, paradójicamente, ocultar mostrando. Lo hace cuando muestra algo distinto de lo que tendría que mostrar si hiciera lo que se supone que se ha de hacer, es decir, informar, y también cuando muestra lo que debe, pero de tal forma que hace que pase inadvertido o que parezca insignificante, o lo elabora de tal modo que toma un sentido que no corresponde en absoluto a la realidad.
Sobre este particular, pondré dos ejemplos tomados de las obras de Patrick Champagne. En La misère du monde, dedica un capítulo al tratamiento que dan los medios de comunicación a los fenómenos llamados de «extrarradio» y muestra de qué modo los periodistas, influidos tanto por las predisposiciones inherentes a su profesión, a su visión del mundo, a su formación y a sus aptitudes como por la lógica de su profesión, seleccionan dentro de esa realidad particular que constituye la vida de los barrios periféricos un aspecto absolutamente particular, en función de las categorías de percepción que les son propias. La metáfora a la que recurren los profesores con mayor frecuencia para explicar la noción de categoría, es decir, de estas estructuras invisibles que organizan lo percibido y determinan lo que se ve y lo que no se ve, es la de los lentes. Las categorías son fruto de nuestra educación, de la historia, etcétera. Los periodistas tienen unos «lentes» particulares mediante los cuales ven unas cosas, y no otras, y ven de una forma determinada lo que ven. Llevan a cabo una selección y luego elaboran lo que han seleccionado.
El principio de selección consiste en la búsqueda de lo sensacional, de lo espectacular. La televisión incita a la dramatización, en un doble sentido: escenifica, en imágenes, un acontecimiento y exagera su importancia, su gravedad, así como su carácter dramático, trágico. En el caso de los barrios periféricos, lo que interesará serán los tumultos. Y tumultos ya son palabras mayores… (Se lleva a cabo la misma labor con las palabras. Con palabras corrientes, no se «deja pasmado» al burgués ni al pueblo. Hacen falta palabras extraordinarias. De hecho, paradójicamente, el mundo de la imagen está dominado por las palabras. La foto no es nada sin el pie, sin la leyenda que dice lo que hay que leer —legendum—, es decir, a menudo, meras leyendas, que hacen ver lo que sea. Dar nombre, como es bien sabido, significa hacer ver, significa crear, significa alumbrar. Y las palabras pueden causar estragos; por ejemplo, islam, islámico, islamista: ¿El chador es islámico o islamista? ¿Y si se tratara, sencillamente, de un pañuelo, sin más? A veces me entran ganas de corregir cada palabra que dicen los presentadores, porque hablan a menudo a la ligera, sin tener la más mínima idea de la complejidad y la gravedad de lo que dicen ni de la responsabilidad en que incurren ante miles de telespectadores al utilizar determinadas palabras sin comprenderlas y sin darse cuenta de que no las comprenden. Porque esas palabras hacen cosas, crean fantasmagorías, temores, fobias o, sencillamente, representaciones equivocadas). Los periodistas, a grandes rasgos, se interesan por lo excepcional, por lo que es excepcional para ellos. Lo que puede ser banal para otros puede ser extraordinario para ellos, y al revés. Se interesan por lo extraordinario, por lo que se sale de lo común, por lo que no ocurre a diario: los periódicos tienen que ofrecer cada día cosas que se salen de la rutina habitual, lo que no resulta fácil… Y ello motiva el lugar que otorgan a lo extraordinario cotidiano, es decir, previsto por las expectativas cotidianas: incendios, inundaciones, asesinatos, sucesos varios. Pero lo extraordinario es también, y sobre todo, lo que no es cotidiano en relación con los demás periódicos. Lo que es diferente de lo cotidiano y lo que se diferencia de lo que los otros periódicos dicen de lo cotidiano o de lo que dicen habitualmente. Se trata de una coerción terrible: la que impone la búsqueda de la primicia informativa, de la exclusiva. Para ser el primero en ver algo, y en mostrarlo, se está dispuesto a lo que sea, por así decirlo, y como todo el mundo se copia mutuamente para adelantarse a los demás, para mostrar algo antes que los demás, o para mostrarlo de un modo distinto que los demás, todo el mundo acaba haciendo lo mismo, y la búsqueda de la exclusividad, que, en otros campos, produce originalidad y singularidad, desemboca en este en la uniformización y la banalización.
Esta búsqueda interesada, encarnizada, de lo extraordinario puede tener, en la misma medida que las consignas directamente políticas o las autocensuras inspiradas por el temor a la exclusión, efectos políticos. Al disponer de esa fuerza excepcional que es la imagen televisada, los periodistas pueden producir unos efectos que no tienen parangón. La visión cotidiana de un barrio periférico, en su lóbrega monotonía, no le dice nada a nadie, no interesa a nadie, y a los periodistas menos que a nadie. Pero en el caso de que les interesara lo que sucede realmente en los barrios periféricos, en el supuesto de que lo quisieran mostrar de verdad, les resultaría extremadamente difícil. Nada hay más arduo que reflejar la banalidad de la realidad. Flaubert solía decir: «Hay que describir bien lo mediocre». Ese es el problema con el que topan los sociólogos: hacer extraordinario lo cotidiano, evocarlo de forma que la gente vea hasta qué punto se sale de lo corriente.
Los peligros políticos inherentes a la utilización cotidiana de la televisión resultan de que la imagen posee la particularidad de producir lo que los críticos literarios llaman el efecto de realidad, puede mostrar y hacer creer en lo que muestra. Este poder de evocación es capaz de provocar fenómenos de movilización social. Puede dar vida a ideas o representaciones, así como a grupos. Los sucesos, los incidentes o los accidentes cotidianos pueden estar preñados de implicaciones políticas, éticas, etcétera, susceptibles de despertar sentimientos intensos, a menudo negativos, como el racismo, la xenofobia, el temor-odio al extranjero, y la simple información, el hecho de informar, to record, de manera periodística, implica siempre una elaboración social de la realidad capaz de provocar la movilización (o la desmovilización) social.
Otro ejemplo tomado de Patrick Champagne: el de la huelga de estudiantes de enseñanza media de 1986, en el que se ve hasta qué punto los periodistas pueden, de buena fe, ingenuamente, dejándose llevar por sus intereses —lo que les interesa—, por sus prejuicios, por sus categorías de percepción y de valoración, por sus expectativas inconscientes, producir efectos de realidad y efectos en la realidad, unos efectos no deseados por nadie que, en algunos casos, pueden resultar catastróficos. Los periodistas tenían en mente mayo de 1968 y temían «un nuevo 68». En este caso se las tenían que ver con unos adolescentes, no demasiado politizados, que no sabían muy bien qué decir, así que buscaron portavoces (sin duda los hallaban entre los más politizados), los tomaron en serio, y ellos se tomaron en serio a sí mismos. De este modo, la televisión, que pretende ser un instrumento que refleja la realidad, acaba convirtiéndose en instrumento que crea una realidad. Vamos cada vez más hacia universos en que el mundo social está descrito-prescrito por la televisión. La televisión se convierte en el árbitro del acceso a la existencia social y política. Supongamos que trato de conseguir el derecho de jubilación a los cincuenta años para el personal docente. Hace unos años, habría convocado una manifestación, y los reunidos habríamos llevado pancartas, habríamos desfilado, habríamos ido al Ministerio de Educación; hoy en día, hay que contratar —apenas exagero— a un buen asesor de comunicación. Se preparan, de cara a los medios de comunicación, algunos trucos que resulten sorprendentes: disfraces, máscaras, y se consigue así, gracias a la televisión, un efecto que no debe de andar muy lejos del que se obtendría con una manifestación de cincuenta mil personas.
Uno de los factores fundamentales de las luchas políticas, tanto a escala de los intercambios cotidianos como a escala global, consiste en la capacidad de imponer unos principios de visión del mundo, de hacer llevar unos lentes que hagan que la gente vea el mundo según unas divisiones determinadas (los jóvenes y los viejos, los extranjeros y los franceses). Al imponer estas divisiones, se crean grupos, los cuales se movilizan y, al hacerlo, pueden conseguir convencer de su existencia, presionar y obtener ventajas. En estas luchas, hoy en día, la televisión tiene un papel determinante. Quienes todavía creen que basta con manifestarse, sin ocuparse de la televisión, corren el serio peligro de errar el tiro: hay que producir, cada vez más, manifestaciones para la televisión, es decir, manifestaciones que por su naturaleza despierten el interés de la gente de la televisión, haciendo hincapié en sus categorías de percepción, y que, retransmitidas y amplificadas por esa gente, alcancen su plena eficacia.
fuente https://bloghemia.com/
Pierre Bourdieu (1930–2002) fue un sociólogo, filósofo y antropólogo francés, considerado una de las figuras más influyentes de las ciencias sociales contemporáneas. Su obra analizó las relaciones entre poder, cultura, educación y clases sociales, desarrollando conceptos fundamentales como habitus, campo y capital cultural. Entre sus libros más destacados se encuentran La distinción y Los herederos.
