Trabajadores ¿o colaboradores? del mundo: ¡uníos!
Marcelo Colussi
En 1848, como frase final del Manifiesto Comunista, dos jóvenes intelectuales alemanes decían: “Trabajadores del mundo: ¡uníos!” El llamado, vehementemente impetuoso, buscaba la organización de toda aquella persona que trabaje –es decir: que por medio de su esfuerzo, modifique el entorno natural en función de un proyecto humano– para, en una acción revolucionaria, cambiar el opresor sistema capitalista marchando al socialismo, puerta de entrada a una futura sociedad sin clases sociales: el comunismo.
Uno de esos jóvenes decimonónicos, devenido un agudo pensador crítico que revolucionaría la historia, hoy supuestamente “pasado de moda” y superado por “la realidad”, un tal Carlos Marx, en 1875, en su libro “Crítica del Programa de Gotha”, decía: “Como el trabajo es la fuente de toda riqueza, nadie en la sociedad puede adquirir riqueza que no sea producto del trabajo. Si, por tanto, no trabajó él mismo [el capitalista, sea empresario industrial, terrateniente o banquero], es que vive del trabajo ajeno y adquiere también su cultura a costa del trabajo de otros”.
En otros términos: la única manera de producir riqueza es trabajando (el obrero industrial, el ama de casa, el campesino, el artesano, el empleado de servicios, el intelectual, el artista, hasta podría decirse que también la trabajadora sexual). Quienes trabajan, no importando el producto final de sus acciones, ¡son trabajadores! Eso no se discute. Sucede que últimamente, con el triunfo del capital sobre la clase trabajadora a partir de las políticas neoliberales, se trata de maniatarnos diciéndonos “colaboradores”. Pero… quien trabaja para otro no colabora: ¡le ayuda (muy a su pesar) a amasar su fortuna!, que es otra cosa.
Sin dudas, como clase trabajadora, deberíamos unirnos todas y todos quienes trabajamos –en otros términos: quienes somos explotados– para combatir contra ese capital que nos sojuzga. Pero quienes detentan el poder nos toman la delantera, y en vez de unirnos, consiguen separarnos, mantenernos adormecidos, embobados con infinitos espejos de colores (ahí está el fútbol, por ejemplo), o reprimiéndonos sangrientamente cuando la protesta se eleva de tono. Azuzar nacionalismos ¿no es también una “elegante” manera de desunirnos?
A principios del siglo XIX en Inglaterra, cuando cursaba la Revolución Industrial y el grado de explotación de la clase obrera era infame, surgen y se afianzan los primeros sindicatos (trade unions), luego expandidos a toda Europa y al mundo, los cuales, con encarnizadas luchas, con mucha sangre y sacrificio, van logrando conquistas que hoy son patrimonio del avance civilizatorio mundial: jornadas laborales de ocho horas diarias, salario mínimo, vacaciones pagas, cajas jubilatorias, seguros de salud, seguros por maternidad, regímenes de pensiones, seguros de desempleo, derecho de huelga.
Hacia las últimas décadas del pasado siglo esos derechos podían ser tomados como puntos de no-retorno en el avance humano, tanto como cualquiera de los inventos logrados: la rueda, la agricultura, las telecomunicaciones o la fisión nuclear. Derechos conquistados, supuestamente inamovibles…, pero las cosas cambiaron drásticamente. Hoy, con la puesta en marcha de un nuevo Plan Cóndor, ahora a nivel global, las cosas se empeoran más aún para la gran masa trabajadora. Cualquier expresión de protesta puede pasar a ser “inminente peligro comunista-terrorista”, que deberá ser silenciada de inmediata.
Con la caída del bloque soviético hacia los 90 y la retirada –temporal– de los principios socialistas en las luchas sociales, el gran capital se sintió triunfador. En realidad, no terminaron ni la historia ni las ideologías, como grandilocuentemente se pretendió afirmar: pero sí ganaron las fuerzas del capital sobre las de los trabajadores, lo cual no es lo mismo. Ganaron, y a partir de ese triunfo, comenzaron a establecerse las nuevas reglas de juego. Los derechos adquiridos comenzaron a ser desmantelados, apareciendo nuevas reglas que significan un enorme retroceso en avances sociales. Los ganadores del histórico y estructural conflicto –las luchas de clases no han desaparecido, aunque no esté “de moda” hablar de ellas– imponen hoy las condiciones, las cuales se establecen en términos de mayor explotación, así de simple (y de injusto). La manifestación más evidente de ello es la precariedad laboral que vivimos, queriendo hacernos pasar por “colaboradores”. A tal punto ese retroceso, que se pudo hablar de tecnofeudalismo.
Todos los trabajadores del mundo, desde una obrera de maquila latinoamericana o un jornalero africano hasta un consultor de Naciones Unidas, un ingeniero de una multinacional, su portero o su gerente, graduados universitarios con maestrías y doctorados o personal doméstico semi analfabeto, todos y todas atravesamos hoy el calvario de la precariedad laboral. Todas y todos quienes viven de un sueldo, son trabajadores asalariados. Eso borra el mito aquel de “clase media”; eso es solo una mentirosa construcción aspiracional: o dueño de los medios de producción, o esclavitud asalariada. Esa es la realidad. El gerente (capataz o como se le llame) es un empleado a sueldo, preparado para no sentirse trabajador. Así como sucede con un profesional liberal. Pero si no se trabaja y percibe ingreso por un par de meses, va a la indigencia, como cualquier trabajador.
Hoy días ya son cosas comunes, normalizadas, el aumento imparable de contratos-basura (contrataciones por períodos limitados, sin beneficios sociales ni amparos legales, arbitrariedad sin límites de parte de las patronales), el incremento de empresas de trabajo temporal, el abaratamiento del despido, el crecimiento de la siniestralidad laboral (en el 2020, según la Organización Internacional del Trabajo –OIT–, hubo más muertos por esa causa que por el coronavirus), la sobreexplotación de la mano de obra, la reducción real de la inversión en fuerza de trabajo. Todo eso constituye algunas de las consecuencias más visibles de la derrota sufrida en el campo popular. El fantasma de la desocupación campea continuamente; la consigna de hoy, distinto a las luchas obreras y campesinas de décadas pasadas, es «conservar el puesto de trabajo». A tal grado de retroceso hemos llegado que tener un trabajo, aunque sea en estas infames condiciones precarias, es vivido ya como ganancia. Y por supuesto, ante la precariedad, hay interminables filas de desocupados a la espera de la migaja que sea, dispuestos a aceptar lo que sea, en las condiciones más desventajosas.
Acertadamente lo plantea Henrique Canary: “La clase trabajadora «clásica» (fabril) se descompone, se desestructura, se vuelca en las apps, las bicicletas Glovo y los coches Uber. La economía –y con ella la clase trabajadora– se plataformiza. El movimiento sindical está en crisis y tiene enormes dificultades para organizar a la gente. Las desafiliaciones son masivas. Los sindicatos se vuelven ajenos a la clase trabajadora y a su vida cotidiana. Pocos responden a sus convocatorias. La propaganda neoliberal enfrenta a unos trabajadores con otros. Los huelguistas son «vagos», sobre todo los empleados públicos, que son «privilegiados» y «no quieren trabajar»”.
Definitivamente, en estos momentos de la lucha, la clase dominante tiene la delantera. Lo cual no significa que la historia esté terminada.
Según datos de esa oficina de Naciones Unidas citada, la OIT, por cierto nada sospechosa de comunista, alrededor de un cuarto de la población planetaria vive con menos de un dólar diario, y un tercio de ella sobrevive bajo el umbral de la pobreza. Hay cerca de 200 millones de desempleados, jóvenes fundamentalmente –5% de la población económicamente activa (PEA) mundial– y ocho de cada diez trabajadores no gozan de protección adecuada y suficiente. Lacras como la esclavitud (¡esclavitud!, en pleno siglo XXI: 50 millones de personas esclavizadas, según datos oficiales) o la explotación infantil continúan siendo algo frecuente. El derecho sindical ha pasado a ser rémora del pasado. La situación de las mujeres trabajadoras es peor aún: además de todas las explotaciones mencionadas sufren más por su condición de género, siempre expuestas al acoso sexual, con más carga laboral (jornadas fuera y dentro de sus casas), eternamente desvalorizadas.
¿Qué hacer ante todo esto? Resignarnos, callarnos la boca y conservar mansamente el puesto de trabajo que tenemos, o pensar que la lucha por la justicia es infinita, y es un imperativo ético no bajar los brazos. Si optamos por lo segundo, ¡hagámoslo!
Si es cierto –siguiendo el análisis hegeliano y marxista– que «el trabajo es la esencia probatoria del ser humano«, hoy, dadas las actuales condiciones en que vivimos, ello no parece muy convincente. De nosotros, de nuestra lucha y nuestro compromiso depende hacer realidad la consigna que «el trabajo hace libre«. aunque las condiciones sean adversas, no hay otra forma de conseguir cambios que no sea luchando. “¿Que si hay lucha de clases?”, le preguntaron al magnate de Wall Street Warren Buffet: “¡Por supuesto que la hay! Yo, por suerte, pertenezco a la clase que va ganando esa guerra”. Es hora de cambiar esa historia, ¿no?
