El silencio que no debe imponerse
Conmoción nacional por el vil y cobarde asesinato contra Juan Francisco Solórzano Foppa
La muerte de Juan Francisco Solórzano Foppa no es solo un crimen. Es un mensaje. Fue asesinado a tiros el sábado por la mañana mientras jugaba fútbol en el Campo Marte, junto a otra persona que también perdió la vida en el ataque . Tenía 43 años y una trayectoria que lo había convertido en una de las voces más incómodas del país. Fue fiscal antipandillas, jefe de la SAT que cobró impuestos millonarios a empresas que llevaban años evadiendo, defensor del periodista José Rubén Zamora, vinculo las estructuras de narco partidos con el crimen organizado y las maras, fue un crítico implacable de la cooptación de la justicia que lo llevó a un enfrentamiento directo contra la ex fiscal Consuelo Porras. Días antes de morir, había denunciado una presunta incursión de mercenarios vinculados a la CIA con apoyo del Ejército en Huité, Zacapa.
El presidente Bernardo Arévalo condenó el hecho y ordenó a las instituciones del Ejecutivo colaborar para esclarecerlo. “Sus autores, materiales e intelectuales, deben pagar las consecuencias con todo el peso de la ley”, dijo . La Embajada de Estados Unidos exigió una investigación “completa y transparente” . Dos hermanos fueron capturados como presuntos responsables materiales. Hasta ahí, lo que el Estado ha dicho y hecho. Pero es claro que hubo seguimiento, sabían perfectamente en donde se encontraba, que jugaba al fútbol los sábados, que eligieron el mejor lugar para atacarlo, a plena luz del día, en campos que se encuentra frente a un cuartel militar. Fue un operativo que involucra a sicarios profesionales que tenían ordenes precisas.
La condena no puede quedarse en el repudio. Guatemala lleva años normalizando una violencia que ya no distingue entre el sicario de barrio y el intelectual que incomoda. Cuando un hombre que dedicó su vida a señalar a los poderosos muere acribillado en una cancha de fútbol, el mensaje que se envía a la sociedad es claro, hablar tiene precio. Y ese mensaje no solo silencia a quien muere; silencia a quien observa, a quien duda, a quien preferiría no meterse.
La pregunta que no debe quedar sin respuesta es quién ordenó el crimen y por qué. No basta con capturar a los supuestos autores materiales. Si el país se acostumbra a que los casos se cierren con dos detenidos y un comunicado, habrá ganado la impunidad. Y con ella, el miedo. Y eso implica regresar a los tiempos de la guerra.
Foppa hablaba sin tapujos en un país donde eso es una anomalía peligrosa. El mejor homenaje no es solo recordarlo. Es exigir que su muerte se investigue hasta el final, y negarse a aceptar que el silencio sea el precio de la tranquilidad.
