El psicótico inverso, miedo, traición y desencanto
Fernando Cajas
La actitud de Bernardo Arévalo es realmente la de un líder débil o “cero”, influido por rasgos de personalidad evitativa, miedo al conflicto, posible narcisismo vulnerable o incluso una psicopatización insidiosa por el poder, a juzgar por los trabajos del psiquiatra español Iñaki Piñuel en su libro Mi jefe es un psicópata. Por eso, el análisis más revelador de la captura de la USAC trasciende el ámbito jurídico y entra de lleno en el terreno psicológico y psiquiátrico. Ojala que algún colega de la lastimada Escuela de Psicología de la USAC corrobore o refute esta tesis.
Como si no fuera suficiente haber caído en las garras de dictadores militares asesinos —que no solo se enriquecieron durante el conflicto armado, sino que además asesinaron a cientos de miles de guatemaltecos—, ahora debemos lidiar con miedosos, timoratos e inútiles. Hablo del presidente, su vicepresidenta y la mayoría de los ministros, si no todos. Da vergüenza ajena saber que la ejecución presupuestaria del Ministerio de Comunicaciones a julio de 2026 no llega ni al 20 %, mientras la infraestructura sigue abandonada. Las carreteras principales son un desastre; no digamos las secundarias, como la ruta Tito Zarco de Quetzaltenango a Retalhuleu o la vital conexión de Ciudad de Guatemala hacia Tecún Umán, al punto de que la iniciativa privada tuvo que construir su propia vía. ¿No será esa la verdadera agenda de este presidente inútil: privatizar por omisión?
Nada de eso fuimos capaces de ver cuando elegimos a Bernardo Arévalo y a su “niña exploradora” Karin Herrera. El presidente no solo ha mostrado ser un timorato, sino que al final ha resultado un traidor en el sentido más vulgar posible. Negoció la Universidad de San Carlos de Guatemala con el descaro de quien navega bajo “bandera de baboso”, como decimos en Guatemala. Lo demostró una y otra vez con todos sus colaboradores y las personas que lo defendieron y fueron falsamente criminalizadas. La lista es larga, pero a ninguno defendió aduciendo independencia de poderes. ¡Vaya cobardía!
Eso sí, pudo enviar a su “Palomo” como diplomático a la sede de Roma. A él sí lo defendió, mientras quienes realmente lo respaldaron están en el exilio o presos, como el triste caso de los hermanos de los 48 Cantones o los estudiantes que defendieron la autonomía que Arévalo entregó con facilidad.
Ahora resulta que Walter Mazariegos no solo es inamovible, sino que el sistema de justicia lo protege contra cualquier acusación: robo, fraude, estafa, todo. Como he escrito ya tantas veces, Bernardo Arévalo no solo fue incapaz de defender legalmente a sus colaboradores y defensores, sino que ha mostrado que realmente no le interesa el país ni la historia de su padre. El mismísimo Walter Mazariegos tuvo el descaro de fundar su propia universidad y ponerle el nombre del padre de Bernardo Arévalo: Juan José Arévalo.
Esta captura no es solo un hecho jurídico aberrante. Como señalé en “La captura de la USAC: Entre lo jurídico y lo psicótico”, Mazariegos encarna el perfil del psicópata organizacional de “guante blanco” descrito por Piñuel: depredador que transforma la institución en un feudo personal, donde la lealtad ciega sustituye a la excelencia académica, generando miedo, división y “ausencia de pensamiento crítico”. Arévalo, en cambio, representa el psicótico inverso: el líder que, por miedo al conflicto y debilidad de carácter, habilita y legitima esa captura mediante la inacción, el silencio cómplice y el uso de la Policía Nacional Civil contra los estudiantes.
Este fenómeno guarda paralelismos inquietantes con el análisis de Anne Applebaum en El ocaso de la democracia (Twilight of Democracy). Applebaum describe cómo intelectuales y elites —los “clercs” que deberían defender la verdad— terminan traicionando los principios democráticos por oportunismo, resentimiento o la seducción del autoritarismo. En Guatemala, Arévalo y su círculo no solo fallan en defender la autonomía universitaria (pilar histórico de la resistencia democrática), sino que entregan la USAC al “Pacto de Corruptos”, repitiendo patrones de captura institucional que erosionan la democracia desde dentro. La traición no es solo política; es moral e intelectual.
En mi columna anterior “Sombras de una traición: primeros elementos de una novela política”, ya advertía, a través de la figura del párroco, cómo Arévalo firmaba con mano temblorosa la entrega de la universidad al mismo pacto que devora presupuestos y destruye esperanza. La ficción se ha vuelto cruda realidad: el hijo del intelectual traiciona el legado de su padre y la esperanza de una generación que vio en Semilla un cambio, pero que Semilla no respetó.
El desencanto es profundo. Guatemala, que tanto anhelaba un gobierno diferente tras décadas de autoritarismo y corrupción, tras dos presidentes marionetas del Pacto de Corruptos como fueron Giammattei y Morales, se encuentra con un presidente que prefiere la estabilidad cobarde antes que el conflicto necesario por la legalidad y la autonomía. La USAC, símbolo de resistencia histórica, se convierte en botín mientras las carreteras se derrumban, mientras el presupuesto se estanca y mientras las comunidades rurales siguen abandonadas. Y no solo eso, mientras los basureros aumentan, mientras los estudiantes no aprenden matemática, mientras la educación técnica sigue abandonada, mientras la desnutrición destruye nuestro futuro…
Guatemala merece más que timoratos y traidores. La verdadera defensa de la democracia pasa por confrontar a estos “psicóticos inversos” que, por miedo o cálculo, entregan las instituciones al autoritarismo solapado. El ocaso no es inevitable si el pueblo y los intelectuales honestos reaccionan con praxis transformadora. Reaccionemos guatemaltecos, hagámoslo, pero hagámoslo ahora, por que, si no es ahora, no será nunca.
