Temerosos a los dioses, pero con deseos e inquietudes humanas

JAIROaLARCO

Autor. Jairo Alarcón Rodas

No podemos esperar que la paz venga de los políticos y los gobiernos. Tampoco puede venir de las religiones, a pesar de que hablen de ello.

Jiddu Krishnamurti

La trascendencia a una vida después de la vida ha sido un deseo permanente en una gran mayoría de los seres humanos lo que, unido a la mitologización y el teocentrismo inculcado dentro de las sociedades como resultado, en un principio, del incipiente desarrollo cognitivo, ha propiciado la creencia en deidades, seres trascendentes, entes protectores que permiten, según tales creencias, la permanencia, el bienestar de las personas y de los pueblos.

Lo que se originó, en un principio, para dar respuesta a los enigmas, inquietudes y temores humanos, posteriormente sirvió como instrumento de dominación de poderes establecidos. Método de alienación que persiste actualmente, que ha superado el paso de los siglos, que hasta la fecha ha servido para que las élites permanezcan en el poder.

Así, la idea de un dios en las religiones abrahámicas, por ejemplo, que se caracterizan por premiar el buen comportamiento y castigar todo aquello que rompa con el orden establecido por el creador, ha sido el marco que aparentemente ha regulado la conducta de muchas sociedades y culturas en el mundo, pero no solo eso, sobre todo ha sido frecuentemente utilizada como una poderosa herramienta de control político y social y, como lo señalara Karl Marx, se ha constituido en el opio de los pueblos.

Por qué, en pleno siglo veintiuno, entes metafísicos, deidades personificadas, etéreas, prevalecen sobre lo tangible, lo demostrable, lo verificable empíricamente. Las creencias religiosas han servido de consuelo a los misterios, temores que inquietan a la humanidad, aspectos como el miedo, la incertidumbre, la esperanza, la muerte. De ahí que, para muchas personas, Dios sea una fuerza que brinda consuelo, sentido a la existencia y una brújula moral para la vida diaria.

No obstante, en el escenario mundial, en la práctica, la espiritualidad que conllevan tales creencias, resulta ser, para muchos, débiles conceptos, falsos valores morales, hipócritas valores morales. Una cosa es decirse creyente en un Dios, que prescribe justicia y bondad y, otra, actuar de conformidad con dichos preceptos.

Así, conteniendo, las tres grandes religiones monoteístas, dentro de sus textos sagrados, una serie de reglas morales tendentes al buen comportamiento, al respeto al prójimo, a la virtud, en la práctica, el comportamiento de sus feligreses ha demostrado todo lo contrario. Se ha asesinado en nombre de Dios, se miente, la avaricia y los excesos han sido parte del modus operandi de muchos individuos que afirman ser creyentes, temerosos de Dios y seguidores de su palabra.

No, la moral no necesariamente tiene raíces religiosas, no las debería tener, ya que es en la recta razón en donde se tendría que buscar y encontrar las respuestas para el buen obrar de las personas en sociedad,  siendo que el amor, el respeto, la fraternidad y la solidaridad, para con el prójimo, tiene raíces empíricas, susceptibles de ser comprendidas, aceptadas y ejercidas a través de la razón, en el ejercicio accional de todo individuo en sociedad.

Por lo que la liberación de los seres humanos de cualquier tipo de dogmas que limitan su potencialidad racional, únicamente será posible en aquellas personas que comprendan que el recorrido por la vida es un continuo aprendizaje y que este se logra a partir de una mente abierta, crítica y reflexiva, sin ningún sesgo que entorpezca el avance del pensamiento.  

Así, políticos expresan públicamente ser temerosos de Dios, pero al mismo tiempo engañan, se aprovechan de la necesidad e ignorancia del pueblo para lograr puestos de poder, saben que las creencias religiosas les pueden servir como instrumento de alienación y dominación para lograr sus objetivos.

El mensaje religioso, la evangelización, ha resultado ser una poderosa herramienta dentro de la fe cristiana para engañar, inculcar miedo y adormecer conciencias, ha servido como instrumento de dominación de los pueblos. Paul Lafargue decía, la burguesía utiliza y fomenta la creencia en Dios para mantener el orden social. La religión sirve para legitimar la propiedad privada, justificar la desigualdad económica como un designio divino y promover la resignación entre las clases trabajadoras.

De ahí que, en apariencia, una población acrítica, que requiere de antropomorfismos para aceptar y seguir tales creencias, deposita la confianza en entes celestiales, admisibles únicamente por medio de la fe, es decir, a través de la confianza o creencia absoluta en algo,sin admitir ningúncuestionamiento para su aceptación.

Y así, dado que la fe es la respuesta humana a la verdad revelada, que no admite cuestionamiento alguno, se constituye en guía para el comportamiento humano, señalando lo que se debe y no debe hacer y, dentro de la fe cristina, determinando lo bueno y lo malo del actuar de las personas.

Pero, ¿será que no es posible que, por medio de su intelecto, los seres humanos puedan decidir cuál es la acción más idónea para guiar sus vidas? Para un sujeto crítico que ha cultivado su intelecto, que por medio de su razón comprende la responsabilidad que conlleva el vivir en sociedad, el respeto a los demás, la solidaridad, la justicia y la equidad, no requiere de deidades ni de seres trascendentes que les indiquen cómo deberá ser su comportamiento. Ni mucho menos de premios y castigos para ordenar y hacer efectivas sus acciones.

Sin embargo, hasta la fecha, se continúa recurriendo a entes sobrenaturales para orientar el accionar de las personas, para establecer lo que es malo y bueno, lo correcto y lo equivocado. Como consecuencia, más allá de lo que establece el derecho positivo de los Estados, las religiones y creencia en dioses influyen en el accionar y comportamiento de las personas, al menos, en limitar lo que respecta a buscar por uno mismo las respuestas racionales a lo que constituye vivir en sociedad, a la búsqueda del bienestar y el desarrollo integral de las personas.

Sumidos dentro de una moral autoritaria que, cabe señalar, limita el poder de decisión de todo individuo y, con ello, el ejercicio de su intelecto, las creencias en dioses, la religiosidad se impone alejando a las personas de la resolución de los problemas terrenales y sumirlos en esperanzas celestiales.

De allí que el propio arzobispo sudafricano, Desmond Tutu, expresara: Cuando los misioneros llegaron a África, ellos tenían la Biblia y nosotros la tierra. Dijeron: «Oremos». Cerramos los ojos. Cuando los abrimos, teníamos la Biblia y ellos la tierra. Frase que popularizara Eduardo Galeano para reafirmar el poder de dominación de las religiones y lo peligrosas que resultan para los pueblos.

Al reflexionar sobre la idea del Dios judeocristiano, existe similitud con el Ser de Parménides. Un ente metafísico que no es admisible por la experiencia, es decir, mediante los sentidos, sino exclusivamente a través del intelecto. Al igual que el ser parmenídeo, Yahvé es un ser supremo, inmutable, eterno y fuente de toda verdad, del que no se podría hablar.

Pero, ¿por qué no es posible hablar de él? No es posible pues, al hacerlo, se le estaría limitando y, por consiguiente, se haría referencia a otra cosa. Cualquier intento de nombrarlo o describirlo implica darle atributos y límites. Recordemos que las palabras limitan la realidad y aquello que es imposible de ser nombrado queda fuera de nuestra comprensión, como lo señalara Ludwig Wittgenstein.

Whatapp

Y cómo obedecer algo que no se comprende guiados simplemente por la fe y por mandatos descritos por hombres, que se dicen apóstoles, que recurren a antropomorfismos y a las palabras para referirse a su Dios. Por lo que intentar definir la unidad absoluta de Dios conduciría a la contradicción de nombrar la nada.

Y, ya que, siendo esencialmente racionales los seres humanos, dado que la razón es la que los diferencia del resto de seres vivos, su no ejercicio plantea un problema serio de la condición esencial humana. De ahí que, tales entidades metafísicas resultan, como lo indicara Rudolf Carnap, pseudoconceptos carentes de sentido cognitivo mas no emocional.

Pese a ello, la religiosidad prevalece desde tiempos antiguos, pero qué tanto ha permeado en la conciencia de los individuos, en su accionar, tales creencias. En el antiguo Egipto, los faraones tenían una estrecha fascinación por sus dioses y un inquietante deseo por ser inmortales. Era común que cuando fallecían, su cuerpo fuera embalsamado, momificado, sus órganos eran colocados en vasijas y sus riquezas sepultadas con ellos, pues querían seguir gozando de su fortuna en el más allá.

No obstante, sus enterradores tenían que buscar la forma de ocultar el lugar en donde sería su eterna morada, pues constantemente eran saqueadas por profanadores de tumbas. Lo curioso de eso era que, por lo regular, los principales ladrones de tesoros faraónicos fueran sus propios funcionarios de gobierno.

Al igual que en el pasado, en la actualidad, la derecha conservadora, por lo regular, defiende las creencias religiosas, no obstante, dentro de su principios promueven todo aquello que va en contra de la propia doctrina religiosa de la que dicen ser fervientes seguidores.

No es de extrañar, por lo tanto, que defiendan la segmentación social, la explotación del hombre por el hombre, el egoísmo, al igual que los políticos y gobernantes, los que defienden un discurso políticamente correcto, en un mundo en el que mencionar a dios resulta ser lo conveniente para la lograr la aceptación popular.

Basta recordar que, en la historia política reciente de la humanidad, Adolfo Hitler presumía ser un devoto cristiano, al igual que Francisco Franco y Benito Mussulini a pesar de las muertes que cargaron sobre sus hombros. En América Latina, Augusto Pinochet, Jorge Rafael Videla, Roberto D’Aubuisson, Efraín Rios Montt afirmaban ser fervientes creyentes de Dios. Y qué decir de los presidentes de Estados Unidos, todos creyentes en la fe cristiana, que no tuvieron empacho alguno en matar, masacrar, mentir y pisotear la dignidad de los pueblos.

Para los ávidos de poder, así como para los que anteponen sus intereses económicos sobre los humanos, en sí, para los capitalistas, Dios no les representa temor ni referente moral alguno, simplemente es un instrumento de alienación que les permite continuar con sus privilegios a expensas del engaño y la explotación de los demás. Es por lo que se construyen dioses a su medida, que correspondan a sus intereses.  

Dentro de la fe religiosa, constantemente reina la hipocresía y así, por ejemplo, más de 2 mil años de cristianismo han servido muy poco para mejorar el comportamiento de la humanidad. Y es que no se trata de seguir un guion preestablecido para actuar correctamente, máxime si prevalece la hipocresía, se trata de abrir los ojos, haciendo uso de la razón, comprender y aceptar lo que eso significa para el bien personal y el de los demás.

Acertadamente Karl Marx señalara: El cristianismo imparte a los hombres una doble vida y ofrece los goces imaginarios del cielo como un solaz para las miserias reales de esta vida. Si se tuvo el privilegio de existir, resulta irracional sacrificar la vida en la Tierra confiando en la incierta trascendencia a un paraíso, producto del engaño y la fantasía.

Consecuentemente, la liberación, por parte de los seres humanos, de cualquier tipo de dogmas y de pensamientos ilusos, únicamente será posible en aquellas personas que comprendan que el amor, el respeto, la solidaridad y fraternidad al prójimo tienen raíces empíricas, susceptibles de ser comprendidas, aceptadas, mejoradas y acatadas por la razón y los buenos sentimientos.

Fortalecer la confianza en el poder de la humanidad, basado en el conocimiento, en su poder creativo, en la fraternidad, la solidaridad y el amor, deberá ser el objetivo que dará una oportunidad de vida, de cara a la extinción. Por lo que se trata de transformar a cada persona a través de la razón y el ejercicio de la voluntad para el bien común, pues, como dijo Richard Dawkins: Podemos ser buenas personas independientemente de si creemos en un ser superior o no. La verdadera moralidad surge de la empatía y la compasión humana.

telegram
Facebook comentarios