¿Demasiada gente o demasiada desigualdad? La respuesta desde Guatemala

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Omar Marroquín Pacheco
Durante décadas hemos escuchado la advertencia: los recursos son finitos y la
población mundial crece. De ahí surge una frase que se repite con fuerza: «en el
planeta sobran miles de millones de personas»
. Pero cuando miramos de cerca lo que
ocurre en Guatemala y Centroamérica, la historia cambia. El reto no es solo cuántos
somos, sino cómo compartimos, consumimos y cuidamos lo nuestro.

Presión real, causas distintas
Es cierto: la humanidad utiliza hoy el equivalente a 1,7 Tierras cada año —agotamos en
menos de nueve meses lo que la naturaleza regenera en doce—. La degradación de
suelos, la pérdida de bosques y el cambio climático afectan a todos, pero no de la
misma forma.

En Guatemala, la población ronda los 18 millones de habitantes, con una tasa de
crecimiento que ha disminuido, aunque sigue por encima del promedio mundial. La
presión sobre la tierra, el agua y los bosques es evidente: en tan solo unas décadas se
ha reducido drásticamente la cobertura boscosa, y la agricultura intensiva y la
expansión de la frontera agrícola son factores clave.

Sin embargo, aquí hay un dato fundamental: el guatemalteco promedio tiene una huella
ambiental muy inferior a la de quien vive en países desarrollados. El problema no viene
principalmente de la cantidad de personas, sino de patrones de producción que
favorecen actividades de alto impacto para la exportación, mientras muchas familias
apenas cubren sus necesidades básicas.

El 10 % más rico de la población mundial genera casi la mitad de las emisiones de
gases de efecto invernadero; en Guatemala, esa brecha también se hace sentir:
quienes tienen más recursos consumen y contaminan mucho más, mientras que las
comunidades rurales e indígenas, que viven más cerca de la naturaleza, son quienes
menos daño hacen y quienes más sufren sus consecuencias.

La trampa de culpar a la población
Decir que «sobran personas» suena como una explicación sencilla, pero es engañosa y
peligrosa. Históricamente, estos discursos no apuntan a quienes consumen más, sino a
quienes tienen menos voz: comunidades indígenas, familias campesinas, poblaciones
jóvenes. En nuestra región, donde la población es mayoritariamente joven y la
desigualdad es profunda, señalar a la cantidad como culpable desvía la atención de las
verdaderas causas.

Además, la tendencia ya está cambiando. La tasa de crecimiento poblacional en
Guatemala ha bajado de forma sostenida: pasó de más del 3 % anual en los años
setenta a cerca del 1,5 % en la actualidad. ¿La razón principal? Mayor acceso a
educación, especialmente de niñas y mujeres, y mejores condiciones de salud. Cuando
las personas tienen oportunidades, la reducción del crecimiento demográfico ocurre de
forma natural, voluntaria y digna.

El reto guatemalteco: cuidar y compartir mejor
No necesitamos «menos gente», sino modelos más justos y sostenibles. En nuestro
país, las soluciones pasan por decisiones concretas:

  • Proteger los bosques, las cuencas y los territorios indígenas —pueblos originarios han
    cuidado durante siglos los ecosistemas que hoy están amenazados—;
  • Fomentar una agricultura que alimente a la población local sin agotar la tierra, en
    lugar de priorizar solo cultivos de exportación;
  • Garantizar educación integral, salud y oportunidades para las mujeres y jóvenes, que
    son el motor del cambio;
  • Mejorar la distribución de la tierra y los recursos, para que el desarrollo no signifique
    destrucción.
    La experiencia de comunidades que gestionan sus propios bosques, que recuperan
    semillas nativas y que organizan mercados locales demuestra que vivir bien no
    requiere destruir. Al contrario: cuidar la naturaleza es la base de la permanencia.
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