De fenómenos, monstruos y anormales

JAIROaLARCO

Autor: Jairo Alarcón Rodas

Si no eres como los demás, eres anormal; si eres anormal, eres enfermo. Estas tres categorías —no ser como los demás, no ser normal y ser enfermo— son, de hecho, muy diferentes, pero se han reducido a lo mismo.

Michel Foucault

Un fenómeno es una manifestación que es objeto de percepción, es decir, lo que se nos da en la experiencia y conocemos a través de los sentidos. Sin embargo, a esa palabra se le ha dado también la connotación de aquello que es extraordinario, sorprendente, fuera de serie. El término fenómeno tiene su origen en la raíz griega φαινόμενον, phainómenon, que significa lo que parece o aparece, lo aparente, lo sensiblemente perceptible.

No obstante, algunos también utilizan ese concepto para designar aquello que es monstruoso, repelente o lo relacionado con lo anormal, lo grotesco, lo terrible, lo que ostenta características inusuales, lo extraño, lo que causa miedo y terror. En el siglo XIX, con las exposiciones de circos y rarezas (bicho raro, espectáculos), a las personas con condiciones físicas muy distintas a la media se les llamó comercialmente «fenómenos de feria», volviéndose un sinónimo popular de monstruosidad o desviación anatómica.

Pero también, hay fenómenos naturales, los que hacen referencia a eventos que ocurren en el globo terráqueo, sin la participación humana, como lo son las lluvias, los terremotos, los huracanes, los tornados, los tsunamis, las erupciones volcánicas, entre otros. Son manifestaciones propias de las condiciones de la tierra, afecta a la influencia que ejerce la luna y otros astros dentro del sistema solar y a las leyes que rigen el universo, pudiendo ser cotidianas o eventuales. 

De ahí que el término fenómeno, al ser personificado, a diferencia de los accidentes naturales, resulta ser una palabra polisémica y, en consecuencia, de lo que originalmente designa, es decir, lo que aparece y se muestra, lo que se exhibe, puede representar, también, lo que destaca dentro de los demás, connotación que adquiere particular sentido, dependiendo del contexto en donde se utilice y de la intención de quien la exprese, ya que puede hacerse positiva o negativamente.

De modo que fenómeno puede resultar una persona fuera de serie o un truculento personaje misterioso que aterroriza. Las imágenes que la vista recoge del escenario común, llamado realidad, resulta ser objeto de innumerables interpretaciones, acordes a la condición interpretativa, intención e interés del observador, ese es el riesgo que se corre de acogerse exclusivamente a los sentidos y a una interpretación superficial. En consecuencia, no es lo mismo decir lo que se ve que interpretar con mayor criterio lo que se mira.

Como resultado de ello, los así llamados anormales resultan ser fenómenos, tanto en su significado positivo como en el negativo. Un fenómeno puede ser una persona virtuosa, pero igualmente se le considera a un individuo mutilado y despreciado por la vida, constituyen extremos entre lo bueno y lo malo según el criterio subjetivo del espectador.

Aquellos que logran rebasar marcas establecidas en el deporte, los superdotados física e intelectualmente, los que destacan, son llamados también fenómenos. Igualmente lo son aquellos que azarosa pero explicablemente, la lotería de la vida los arrojó al mundo visiblemente diferentes, a pesar de ser esencialmente humanos.

Frecuentemente, lo extraño, lo inusual, es objeto de atención y de morbo, es lo que, para la industria de los espectáculos y el entretenimiento, representa una forma de obtener utilidades, de ganar dinero. De ahí que los abandonados, los marginados y olvidados de la sociedad encuentran una oportunidad a sus desdichas, al ser contratados como rarezas y ser exhibidos en un espectáculo de grotescos eventos.

Para Michel Foucault, existen tres figuras del anormal: el monstruo humano, el individuo a corregir, el onanista; siendo lo anormal lo que no corresponde a la norma general de una sociedad o bien, no es una condición biológica natural sino una construcción histórica y política para vigilar, corregir y normalizar a la sociedad, con el fin de clasificar y corregir a la población sin la necesidad de prohibir a todos aquellos que pongan en peligro al sistema, preservando el orden económico, las relaciones de producción y la estructura de dominación.

En el argot popular, lo anormal es todo aquello que se aparta de lo natural, lo común o lo habitual. Pero, según sea la forma en la que se desarrollan las sociedades, dado los cambios permanentes que sufre, lo que antes era considerado anormal, con el paso del tiempo y los nuevos criterios establecidos por la sociedad, ha pasado a ser algo normal.

Los juicios que realizan las personas para establecer lo que es normal o lo anormal, lo monstruoso de lo que no lo es, dependerá del grado de valores humanos que posean y el interés que persigan. No obstante, en muchas partes del mundo, se sigue con el criterio de clasificar, determinar, establecer quiénes son más y quiénes menos, dentro de la sociedad, en función de la forma y del tener sobre el ser, como práctica de poder.

De ahí que, para los conquistadores, no solo existía un prejuicio sobre los aspectos y rasgos culturales de los pueblos conquistados sino, también, desprecio por los rasgos físicos de estos. Ejemplo de ello es la desvalorización de la piel oscura por parte de las personas de piel clara, como resultado de procesos históricos de dominación global, que dio lugar a la clasificación en razas a finales del siglo XVII y comienzo del siglo XVIII, que fue una construcción social e histórica ideada para justificar las jerarquías y relaciones de poder, criterio que se mantiene en algunos círculos como parte del mecanismo de discriminación y dominación.  

Las personas a las que veían diferentes, que tenían costumbres distintas, eran considerados extraños, raros y objeto de burla, tachados de inferiores. En el caso de los conquistadores y colonizadores europeos, veían a los habitantes de África, de Asia, de Oceanía y de América desde una posición etnocéntrica, muchos nativos de esos continentes fueron enjaulados y exhibidos en circos, arenas y zoológicos para el deleite de la alta sociedad europea.

Registros históricos muestran que existieron, hasta 1958, zoológicos en los que se exhibían a seres humanos para el morbo y disfrute de los espectadores. Según cronistas españoles como Antonio Solís y Rivadeneyra (1610-1686), además de aves, fieras y animales ponzoñosos, tenía «un cuarto en donde habitaban los bufones, y otras sabandijas de palacio que servían al entretenimiento del rey: en cuyo número se contaban los monstruos, los enanos, los corcovados, y otros errores de la naturaleza».

Prácticas, como el caso del Kongorama, que fue un «zoológico humano» montado en la Exposición Universal de Bruselas de 1958. En ese pabellón, Bélgica expuso a más de 180 personas congoleñas detrás de cercas de bambú para mostrar de forma racista la vida colonial, el que es considerado el último caso registrado de este tipo de exhibiciones en el mundo.

Los distractores o la distracción son concomitantes a la naturaleza social de los seres humanos, Platón ya hacía referencia a la necesidad de distracción para los seres humanos en el origen de la Sociedad-Estado, en el libro VII de la República, por lo que ya en 3.000 a C., en China, Mongolia y la India se encuentran indicios de lo que más tarde se le denominaría el circo. El mural descubierto en una tumba de Beni Hassan, en el Egipto Medio, datada en el año 2040 a.C., en el que aparecen representados unos acróbatas,denota la presencia depersonajes destinados a la diversión, no obstante, la historia del circo moderno tiene su inicio en 1768, año en que Philip Astley fundó el Astley Riding House en Londres.

Así ha ocurrido desde hace mucho tiempo en el mundo, de tal manera que la desgracia de unos constituye el regocijo y disfrute de otros. La finalidad de los circos, aunque es distraer, se caracterizan también por mostrar todo aquello que es inusual, que causa asombro, pues la finalidad es entretener, distraer.

De ahí que, de la diversión y las sonrisas, en ese relajante mundo del espectáculo, se pasa al subyugante y delirante estupor de lo grotesco, pues el fin es captar la atención y el interés de la clientela, mantenerla entretenida. El circo hacer reír con los payasos, causa admiración con los equilibristas y acróbatas, pero también, busca despertar el morbo, el miedo y burla con aquellos seres desahuciados de la tierra, que físicamente tienen algo diferente. El escritor francés Víctor Hugo describe a cabalidad tales miserias humanas en la frase que dice: “Con el infierno de los pobres está hecho el paraíso de los ricos”.

Los olvidados, los despreciados, los que se sienten fortalecidos estando juntos, logran su cometido en el circo. Siameses, personajes con enfermedades congénitas, con gigantismo, enanismo, enfermos de hipertricosis, padeciendo microcefalia, entre otros, son acogidos, formando una familia. Es comprensible que, al sentirse diferentes, las personas que formaban parte de ese espectáculo no tuvieron más solución para sus vidas que vivir en comunidad, unidos en sus desgracias, en un ambiente en el que la apariencia física desaparece, ya no se resalta entre ellos, para mostrar la esencialidad humana, con sus virtudes y vilezas.

Fenómenos que, en medio de sus tristezas y desgracias, reafirman su condición humana, en ese oscilar entre la bondad y la maldad, la humildad y la arrogancia, la solidaridad y el individualismo, entre el altruismo y el egoísmo, en el que puede manifestarse el accionar de las personas. De unas, las que han comprendido su papel en la sociedad y otras, que mezquinamente crean caos con sus acciones para su beneficio personal.

La película de 1932, Freaks, del director Tod Browning, “Los monstruos” o “Fenómenos”, detalla a cabalidad las dos caras de la misma moneda que constituyen los seres humanos, mostrando la vida íntima, la dignidad y la solidaridad de un grupo de artistas circenses con discapacidades físicas reales, contrastando su humanidad y lealtad con la crueldad y avaricia de los personajes «normales» y hermosos.

¡No soy un elefante! ¡No soy un animal! ¡Soy un ser humano! ¡Yo soy un hombre!, gritaba Joseph Carey Merrick, en medio del estupor y el miedo que propiciaba su grotesca figura en la gente, la que en su mayoría solo veía en él la imagen de un ser deformado por el infortunio azaroso de la vida; imágenes que se detallan en el filme de David Lynch, El Hombre Elefante. Y es que, por lo general, se desprecia, se le tiene miedo y repulsión a lo desconocido, a lo diferente, a lo que no se comprende. Hecho que es aprovechado, utilizado y fomentado por aquellos que se ven beneficiados con tal criterio, por un sistema que prioriza las formas y el oropel.

Joseph Carey Merrick (1862-1890), conocido mundialmente como el «Hombre Elefante», fue un ciudadano inglés del siglo XIX. Se hizo famoso en la época victoriana por sufrir severas y extrañas malformaciones físicas en su cuerpo, y su historia se convirtió en un símbolo de la dignidad humana ante el rechazo social, quien, a pesar de su condición, supo mantener su esencialidad humana, como lo han logrado otras personas que la sociedad los ha etiquetado como los olvidados.

De ahí que, dentro de las protuberancias de su cruel enfermedad, residía en el hombre elefante un ser maravilloso, afable, culto. En este caso, el “fenómeno” que, juzgado únicamente a través de la vista, ocultaba la grandeza de un espíritu superior, lo que solo era posible alcanzar al trascender lo aparente, que conlleva un esfuerzo intelectivo en donde la otredad y la alteridad tienen que estar presentes.

La otredad y la alteridad son conceptos filosóficos y sociales muy cercanos que se refieren al reconocimiento de otra persona como un ser diferente, autónomo e independiente del «yo». De modo que se reconoce al otro, a pesar de ser diferente, esencialmente humano, pero cómo se puede lograr un acercamiento, una apertura, si no es a través de tener la capacidad de ponerse en el lugar del otro, comprender su perspectiva y aceptar sus diferencias. Lo que implica una actitud de respeto y diálogo hacia esa persona distinta.

Pasar de lo fenoménico a lo esencial quizás representa una tarea difícil, una ardua tarea, tal vez imposible para los seres humanos que, cegados por su mismidad y egoísmo, se ven imposibilitados de ver al otro. ¿Será que, como lo afirmara Emanuel Kant, las personas solo pueden dar cuenta de las formas, de lo que se muestra, del fenómeno? Pero como lo señala Karel Kosik, la manifestación de la esencia es la actividad del fenómeno. De ahí que, perderse en un mundo sensible de verdad y engaño, en donde lo esencial resulta ser algo inalcanzable, representa para aquellos que aman el conocimiento, un angustiante pesar.

No obstante, lo fenoménico solo es la puerta de entrada a lo esencial, refiere Kosik, ambos, esencia y fenómeno, no pueden estar separados, ya que juntos constituyen lo que son las cosas, es decir, la realidad. De ahí que no basta con el encuentro sensible, con lo manifiesto, es necesario trascender a su interior, a lo esencial que, para Kant, es inalcanzable, pero para otros pensadores es posible.

Lo mismo ocurre con todo aquello que a primera vista se le esquiva, se detesta, de conformidad con los estereotipos y prejuicios establecidos por la sociedad o por las limitaciones cognitivas que se padecen. Y como dice el Joker: El problema no es el mundo. El problema es cómo lo miras. Y dado que regularmente lo que no se entiende es rechazado, la ignorancia puede constituir el principio de todo mal.

Trascender de lo aparente a lo esencial es sin duda la misión de todo aquel que quiera conocer la realidad y busque comprender, de la misma forma, la naturaleza humana, para comportarse realmente como humanos, libres de prejuicios y de conflictos. Ya que la naturaleza social de los seres humanos exige la apertura al otro y su respeto.

No se trata de crear discordia entre las personas que necesariamente conviven en un mismo territorio, en un mismo planeta, sino de lograr acuerdos para el bienestar de todos, para su desarrollo, para la permanencia misma de la especie humana y que mejor qué reconociendo lo humano en todas las personas y que ello no nos sea ajeno.

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