La ausencia de educación técnica, una y otra vez, es nuestro problema esencial, parte 2

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Fernando Cajas

Esta semana dije que el último lugar en PISA no se explica desde la cabeza. Se explica desde un aula que memoriza partes y no toca el mundo, y desde una educación técnica abandonada. Prometí escribir sobre el papel concreto de la educación técnica. Hoy ese papel: cómo el taller enseña, o dejaría de no enseñar, la matemática, la ciencia y la lectura que el Nivel 2 pide y que el país no alcanza.

La foto hay que tenerla a la vista, porque si no el taller se vuelve nostalgia. Solo el 8 por ciento de los jóvenes de 15 años llega al umbral básico en matemática, el 17 por ciento en lectura y el 21 por ciento en ciencias. El Nivel 2 no es cálculo diferencial. Es un texto moderado, un número en un problema real, un gráfico sencillo. Ni eso. Las pruebas nacionales ya lo mostraban. PISA no inventó el fracaso, más bien lo volvió comparable.

La matemática. Ese 8 por ciento no fracasa porque le falte el nombre de la fracción. Fracasa porque el número no tuvo material, aprendieron fracciones sin un contexto real. Medir un pedazo de cuero, la longitud de un eje obliga a elegir unidad, a repetir la medida, a aceptar el error y a comparar. De ahí sale la proporción: si este largo pide esta cantidad, el doble pide el doble, salvo cuando el material no obedece, y ahí empieza el pensamiento de verdad. El gráfico de PISA es esa tabla después de haberla llenado con la mano. Sin la mano, el eje es un dibujo. El dibujo viajó sin el fenómeno. No es que el joven sea tonto. Es que nadie lo puso a medir.

Hay quien ya mide y la escuela no lo ve. La artesana calcula para que el tejido quede simétrico. El albañil nivela un muro. Eso es pensamiento matemático, muchas veces en personas a las que la escuela declararía no alfabetizadas. Negarlo es dogma. Usarlo de disculpa también. Un muro bien nivelado no sustituye a un país donde el 92 por ciento no alcanza el umbral. El taller es la institución que reconoce el oficio y lo lleva al número escrito, a la proporción, al gráfico que un ciudadano lee en un contrato o en un presupuesto. Sin esa institución, el saber del oficio se queda en la feria escolar y el ítem sigue siendo un acertijo.

La ciencia. El 21 por ciento memorizó partes. La célula, los planetas, las leyes de Mendel, las fases del agua. Esta semana lo dije y hoy lo cierro. PISA, incluso en lo simple, pide otra cosa: explicar un fenómeno, decir qué pasaría si cambia una condición, usar una evidencia. Eso no sale del pizarrón. Sale de tocar. El agua no pasa a vapor, esto es, cambia de estado líquido a gaseoso simplemente porque el libro lo diga. Pasa cuando cambian el calor y la presión, y el alumno lo vio, lo midió y se equivocó. La herencia no es un cuadro. Es parecido y diferencia en lo que se cría, se siembra o se enferma. La energía no es una definición: es lo que calienta, lo que mueve, lo que no es lo mismo que la temperatura. El fenómeno tocado se vuelve evidencia cuando el grupo discute qué midió, qué no midió y qué no puede afirmar. Sin esa discusión seguimos en la ciencia de mentira, aun en el mejor de los casos de PISA. China y Singapur salieron bien en la ciencia escolar. Aún no sabemos cómo les iría en una ciencia más real. En Guatemala ni siquiera llegamos a la escolar.

La lectura. El 17 por ciento que entiende un texto moderado no se arregla con más párrafos del cuadernillo ni con libros más gruesos. El oficio obliga a leer otra cosa: un plano, una norma, una etiqueta, una instrucción de armado, la hoja de un material. Ahí no vale adivinar. Si se lee mal la cota, la pieza no entra. Si se lee mal la proporción de una mezcla, el trabajo se pierde. Esa lectura tiene consecuencia material, y por eso se aprende. Conecta fuentes, que es lo que la prueba llama evaluar información: el plano con la pieza, la norma con lo que salió, lo que dijo el maestro con lo que midió el grupo. En Guatemala ni siquiera llegamos a entender el párrafo. No llegaremos mientras la única lectura sea la del texto que no obliga a nada.

Las tres salen de la misma primera capa, la que el cuadernillo supone y no construye. En un proyecto técnico de verdad el alumno identifica un problema, propone soluciones, escoge materiales, los manipula, mide, corta y hace. Ahí está el número. Ahí está la evidencia. Ahí está la instrucción que hay que leer para no echar a perder el trabajo. How People Learn llama a eso conocimiento usable, no lista. Roth lo llamaría actividad: quien piensa, lo que se piensa y la herramienta van juntos. Yo lo llamo taller. Los tres decimos lo mismo.

Esto no es para que todos sean obreros ni para que todos sean empleados. No es vía de segunda para quien «no da» para lo académico. Esa visión rebaja la educación técnica y reproduce la desigualdad. Tampoco es el INTECAP, que entrena la mano que el empresario ya contrató. Es la educación técnica que toda persona debería tener antes de los 15 años, la edad que PISA fotografía, iluminada por la ciencia, la matemática, la tecnología y la ingeniería, como pedía el Proyecto 2061 y como PISA enuncia sin cumplir.

Nada de esto sustituye la proteína de los mil días ni detiene al que humilla en el recreo. El que no entiende un párrafo y no suma fracciones es, con alta probabilidad, el que llega con miedo, el que falta, el que se esconde. Sin seguridad y sin alimento, el taller repara poco. Ese será el tema de mi próxima entrada.

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