Cuatro razones para leer a Alain Badiou

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Por Arian Rodriguez Benítez

Alain Badiou (1937) es uno de los filósofos franceses más influyentes en la actualidad. Pocos, como él, reúnen en su haber el pensamiento enciclopédico de quien se sabe enterado e involucrado en las diversas dinámicas que configuran la humanidad. En especial, resulta relevante por el particular rescate que Quentin Meillassoux hace de su obra desde el realismo especulativo. A continuación, expongo algunos elementos clave sobre por qué leer a Badiou en el presente.

1. Matemática como ontología

La palabra ontología, prostituida por sus contemporáneos, exigía un rigor que la retornara a la dignidad metafísica que tuvo siglos atrás. Ello lo logra desde las matemáticas, otorgando una importancia capital al estudio del ente en cuanto tal, sin que pierda su asidero científico. No se trata, como Pitágoras, de que el mundo sea numérico, sino que la propia urdimbre del ente se configura lógico-matemáticamente, no desde el número, sino desde el conjunto.

El mundo se resiste al lenguaje. El giro lingüístico había convertido la filosofía en el juego agorático de inventar conceptos y reducir el pensamiento a un mero juego de lenguaje. Muy a pesar de tanta sapiencia, existe un mundo real más allá del lenguaje de Cassirer y del famélico ser de Heidegger. Solo la teoría de conjuntos permite pensar en una multiplicidad pura sin caer en la metafísica. El uno parmenídeo, ora Dios, ora Naturaleza, del cual todo emana como una cascada del saber, comienza a ser contrapuesto al oscuro vacío del conjunto nulo.

Si el conjunto de conjuntos es infinito, matemáticamente todos tienen algo en común: la posesión del vacío. Sea lo que sea, tanto los hongos de Michigan como los gillotinados del terror Jacobino, vistos como conjuntos, todos contienen en sí mismos un conjunto vacío, la nada. Incluso la nada se contiene también a sí misma. En la multiplicidad cósmica de cosas, el único ser constante es el vacío. De ahí que Badiou proponga una multiplicidad de entes reales contrastada por la vana insistencia filosófica en el ser representado por el vacío.

Por ello, una ontología matemática aporta una rigurosidad fundada en que la configuración de los conjuntos de cosas está dada por la propia lógica, por su axiomática interna, y no por un dictum subjetivo de la divinidad.

2. Lejos de descubrirse, la verdad es un proceso en construcción

Badiou hace un uso particular de la axiomática de conjuntos de Georg Cantor. Para un mejor entendimiento, Meillassoux brinda una explicación sintética del asunto. Pero en general, dado un conjunto infinito de cosas, las agrupaciones que se pueden hacer con dichos elementos generan elementos mayores, también infinitos, pero más infinitos que los iniciales. Para Cantor, contraintuitivamente, existen infinitos mayores que otros. Traducido a lo que acá atañe, significa que una ontología construida desde la axiomática de conjuntos tiene que ser necesariamente un pluralismo ontológico; existen múltiples entes; el “ente” tradicional es ese residuo vacío de contenido que se encuentra en todo conjunto: el conjunto nulo.

Pero cada realidad, cada configuración de mundo, obedece a su propia heurística; presenta reglas axiomáticas propias, dadas (he aquí el detalle) por sí mismas, por su propia estructura, y no por la decisión de un agente. La realidad, por tanto, no se descubre, sino que constituye un proceso que involucra al sujeto mismo.  Por esta razón, Badiou distingue en El ser y el acontecimiento entre «situación» y «acontecimiento».

Dado el múltiple óntico, la situación histórico-social configura un orden normal de cosas: el conjunto de conocimientos establecidos convertido en cotidianeidad. Esta «situación», por su propia estructura, contará los elementos que serán «presentados», pero «incluirá» también todas esas posibles agrupaciones de los elementos del conjunto, que remitirán a una realidad óntica más rica y compleja que aquella que la situación consideró cuando contó los elementos a incluir.

Ocurre un «acontecimiento» cuando se produce una ruptura no previsible en la situación actual. El azar se inserta en el mundo de las situaciones; emerge un acontecer óntico que remite a una realidad múltiple e infinita. El acontecimiento es una ruptura del statu quo con el potencial de reconfigurar para siempre los campos de sentido. Newton, Einstein y Robespierre son acontecimientos en la medida en que encarnan revoluciones radicales.

Pero un acontecimiento es fugaz. Para generar un cambio, necesita de sujetos que emergen como tales en la medida en que declaran su «fidelidad» al acontecimiento. Solo siendo un agente del cambio, del acontecimiento, es que se acontece como sujeto. Para Badiou, la subjetividad no es un derecho cartesiano, sino el sacerdocio del cultivo y la permanencia del cambio, la revolución y la diferencia.

Solo se alcanzará la verdad si existe entrega, si existe fidelidad al acontecimiento. La verdad inicia con el acontecimiento, pero es su cultivo, adhesión y permanencia en sus consecuencias lo que la construye. Lo contrario es la existencia a-subjetiva y automática dentro de la situación. Pensar con verdad es un privilegio construido desde el sacrificio.

3. Amar es también un acontecimiento

Más allá de ser una emoción privada, el amor también es un proceso de verdad. Como muchos otros, el amor verdadero comienza como un acontecimiento fugaz, imposible de deducir de situaciones previas: nada en la normalidad explica la emergencia del amor. No existe matemática, cálculo previo ni página de citas que pueda deducir el amor. El amor es un tajo radical a la normalidad, una chispa fugaz que exige la yesca de la constancia, la fidelidad al evento.

Con el brotar del amor, los universos ontológicos del «yo» y el «tú» exigen conjunción en un «nosotros». El «nosotros» es una operación combinatoria de conjuntos individuales. Pero el nuevo conjunto no borra los anteriores; al contrario, el ejercicio de fidelidad al acontecimiento implica la dificultad de esa conjunción dialéctica, imborrable, entre la independencia y la dependencia del «yo» y el «tú».

El amor inaugura el mundo del dos, construido en la diferencia y conjunción existencial de roles, más allá de las etiquetas mundanas que ciñen las diferencias entre dos que se aman. Porque el amor nunca elimina la diferencia, sino que invita a habitarla, a ser fiel a la dualidad que la conjunción amorosa implica.

El amor reconfigura la visión del mundo. Cuando la situación se modifica, entran en conjunción las esferas de dos mundos, dos intentos opuestos de subjetividad. Por ello, invitan a repensar los lugares comunes y brindan un prisma de representación original. Construido de manera colectiva, el amor es el ejercicio de fidelidad al evento más accesible a las personas comunes.

4. El sujeto no es un punto de partida, sino un ejercicio de fidelidad

El sujeto es aquel en la medida en que es fiel a un acontecimiento. El sujeto nunca está dado, sino que se cultiva; no funda, sino que es posibilidad de fundación. Así, la realidad está compuesta por sujetos aventajados, fieles al cambio revolucionario, y por el «animal humano», autómatas de supervivencia y goce.

No existe un sujeto universal abstracto, sino sujetos enfrascados en fidelidades particulares (artísticas, políticas, amorosas o científicas). En su ejercicio de verdad, el sujeto es libre, o al menos se somete a un determinismo más complejo que la situación. Logra su inmortalidad al participar en el acervo de revolucionarios universales, de agentes del cambio. Solo el cambio —la ruptura de normas y aconteceres— permite la permanencia en la memoria. En el ejercicio de la fidelidad, el ser humano abandona su barro mortal para unirse al culto del cambio y a la irrupción de la diferencia en el estado de cosas cotidiano.

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