Crónicas del Mundial United 2026: jornada dramática
El drama se hizo presente junto con la polémica (como si fueran pareja de baile)
El partido de Inglaterra contra Congo tuvo todo menos fútbol. El de Bélgica y Senegal se selló con polémica. ¿Fue o no fue penalti? La respuesta, como siempre, depende de a quién le preguntes. Si le preguntas al árbitro hondureño, quizás no era penalti. Pero si le preguntas al VAR, también. Y ahora, cualquier ser humano con dos ojos y un mínimo de criterio, probablemente te dirá que no. Y menos en el tiempo de juego, en los complementos y a punto de dejar afuera a un equipo del mundial, por una decisión dudosa. Porqué a Vinicius le anularon un gol, por las mismas circunstancias, pero aplicando otros criterios. En fin. La FIFA y su presidente genera la misma polémica.
A pesar de eso, ambos partidos fueron entretenidos. Ahí por donde se vea, existe morbo cuando ves a un equipo grande (europeo) fracasar reiteradamente para empatar y ganar. Eso existió en los dos primeros partidos de la jornada. Al final ambos terminaron ganando, pero les costó mucho. Como a un estudiante que aprueba raspando después de haber copiado todo el semestre, frente al mejor estudiante del curso, pero que ese día llego con mala suerte y suspendió.
Inglaterra: el rey Kane y el portero de nombre impronunciable
Comencemos reseñando el Inglaterra-Congo. Seguro que la Reina —o lo que quede de ella— le nombra caballero de la corte a Kane. Este tipo se fabricó el gol del triunfo. Quizás sea lo único positivo de su actuación en todo el partido, pero vale la pena disfrutar su contundencia. Porque cuando Inglaterra no sabe qué hacer, siempre está Harry Kane para recordarnos que el fútbol, al final, es un deporte de delanteros.
Cipenga hizo soñar al Congo y, de paso, generó pesadillas a la defensa inglesa, que era incapaz de frenarlo. El gol fue tempranero, pero Congo no se refugió atrás; más bien le apostó al contragolpe. Pero su cerrojo no fue suficiente. Quizás le faltó la maña italiana, o la valentía de Cabo Verde. O quizás solo le faltó un poco más de suerte, porque la suerte, como el VAR, también es selectiva. (ya se, antes dijimos que en el fútbol, la suerte no existe)
Y entonces se vino el vendaval inglés. Pero ahí estaba el portero Lionel M’Pasi N’Zau, que solo él sabrá cómo se pronuncia. Lo cierto es que atajó casi todo lo que llegó a su arco. Bellingham lo intentó en cuatro ocasiones y la intervención del arquero, además de ser milagrosas, fueron excepcionales. El portero del Congo se convirtió en una pared, pero hasta las paredes se caen cuando las golpean demasiado. Si no, que pregunte en Venezuela.
Y fue Harry Kane, el enviado del Rey, quien anotó, primero el empate y luego el gol de la victoria. Kane, como siempre, apareció cuando más se le necesitaba. El resto del equipo, como siempre, desapareció.
Bélgica: jugando peor, pero ganando (y con la FIFA de su lado)
El equipo belga no da una, y cada partido que disputa en esta copa juega peor. Pero ahora la suerte —esa que dicen que no existe en el fútbol— le acompañó. El árbitro hondureño se inventó una pena máxima. Primero dejó seguir la jugada y el jugador belga hizo estrellar el balón en el travesaño. Luego recurrió al VAR y, al parecer, vieron una falta. Y nada, el gol que selló el triunfo llegó en el segundo tiempo complementario, cuando ya no existen otros recursos que llorar.
El árbitro hondureño, como todo buen árbitro, decidió que el espectáculo merecía un final feliz para los europeos. La FIFA, como siempre, no comentó. Pero seguro que ya están preparando una medalla para él. Esta critica no la hacemos porque sea hondureño. Más bien, por ser paisano centroamericano, debemos ser mejores y que no nos tilden de mediocres. Pero al margen de esa decisión, el árbitro estuvo acertado en todo. Los malos son los del VAR, que siempre juegan en el BAR.
Y fue Tielemans, quien antes tuvo una bronca tremenda con su compañero que por poco se van a las manos, el que convirtió el desastre en una victoria. Tielemans, el mismo que casi se pelea con su compañero, se convirtió en el héroe. El fútbol, señores, es así: hoy te peleas con tu compañero y mañana eres el salvador de la patria.
Lukaku fue otro que le cambió el juego a Bélgica. Recibió distancia, permitió la llegada franca por las puntas de los laterales y luchó en cada pelota al centro hasta que logró anidar el gol que recortó distancia e inició la remontada histórica.
Dos goles del centrocampista —uno de ellos de penalti en la última jugada de la prórroga— y otro de Lukaku sirvieron a Bélgica para remontar ante Senegal. Como dijo algún sabio: «El fútbol es un deporte de errores. El que comete menos, gana.» Pero en este caso, el que cometió más errores, pero tuvo al árbitro de su lado, también ganó.
Estados Unidos: con 10 hombres y con la guerra en el cielo
Previo al partido, cinco cazas de guerra surcaron los cielos del estadio en San Francisco —por culpa de la FIFA, se nos olvidó el nuevo nombre del estadio—. Preludio de lo que vendría en el terreno de juego. Y Estados Unidos, sin ser tan contundente como lo fue con Paraguay, ganó, jugando con diez hombres y haciendo posible su pase a la siguiente ronda.
Los estadounidenses sobrevivieron con jugador menos por expulsión. Fue una costosa tarjeta roja ae Balogun, que previamente le habían anulado un gol por fuera de fuego.
Estados Unidos, al igual que Canadá y México se clasificó para la siguiente ronda. Hubiera sido feo que uno de los anfritriones se quedará fuera de los mejores 16 equipos del mundial. Y con esto no queremos decir que le regalaron la clasificación. Al contrario, el equipo sin jugar bien, gano. Y eso le basta a Pochetino. Hay que recordar que jugaron en el corazón de Silicon Valley. No era bonito, pero era monumental.
El fútbol estadounidense no es cuestión de estilo, sino de resultados. Y Pochettino, el argentino que admira a Milei y es acérrimo seguidor de Trump, sabe que en Estados Unidos lo que importa es ganar. Aunque haya que sobrevolar el estadio con cazas de guerra para recordarle al mundo quién manda.
LA FIFA acapara boletos (y los precios se disparan)
La dinámica de los precios dinámicos —valga la redundancia— hace que sea imposible comprar un boleto para partidos de la ronda de octavos de final. Lo cierto es que la FIFA está forrándose de dinero. Pues son ellos, quizás peque de inoportuno, pero los que han generado esto, siendo otro actor más dentro de esa dinámica.
Nuestro enviado especial, reportero de PúblicoGT en México y Estados Unidos, porque para Canadá no tiene visa, ha estado buscando boletos para las rondas finales y los precios son exorbitantes. Ni el medio, ni él, los puede costear. Pero el asunto no es ese, es que tampoco hay disponibles. En compras de última hora, es donde salen precios de otros mundos.
Los boletos en la reventa para el partido México-Inglaterra en el Azteca se dispararon a un costo de hasta 2.3 millones de pesos. Al cambio, vienen siendo 130 mil dólares. Ni que fuera el partido de los Knicks. La plataforma StubHub ofrece boletos lejos del campo por 90 mil pesos en una de las zonas altas de la cabecera norte.
La FIFA, como siempre, se lava las manos. Infantino, como siempre, viaja en avión privado. Y los aficionados, como siempre, pagan el precio del espectáculo. Bueno, los verdaderos aficionados lo ven por la tele, siempre y cuando tengan el abono con el monopolio que lo transmite.
El fútbol moderno, señores, es un negocio. Y los negocios, como el fútbol, no entienden de sentimientos. Ni de bolsillos. Solo de ganancias.
Cierre: el fútbol como espejo de la hipocresía
Inglaterra gana con un gol de Kane. Bélgica gana con un penal inventado. Estados Unidos gana con diez hombres. Y la FIFA gana con los precios dinámicos.
El fútbol, como siempre, sigue su curso. Pero mientras Infantino viaje en avión privado, los árbitros se inventen penales y los aficionados paguen 130 mil dólares por una entrada, el fútbol dejará de ser el deporte de los pobres. Será el deporte de los ricos. Y nosotros, como siempre, mirando desde la tribuna. O desde el bar. O desde la pantalla, cuando se pueda.
Pero siempre mirando.
Nota final: Esta crónica es una mirada irónica al Mundial, sus contradicciones y sus miserias. Si el fútbol es el espejo de la sociedad, este Mundial refleja un mundo donde el dinero, el poder y la hipocresía deciden el juego. Y los sueños, como los balones, a veces entran, a veces no. Pero siempre hay alguien dispuesto a cobrar por el espectáculo.
