¿Dejarían gobernar a Roberto Sánchez en Perú?
Marco Fonseca
Si Roberto Sánchez termina siendo confirmado como presidente del Perú, la pregunta no es solamente si la derecha aceptará la derrota electoral. La pregunta más profunda es si el sistema político peruano permitirá gobernar a quien resulte electo o si volverá a activarse aquello que podríamos llamar, siguiendo experiencias recientes, la “vía peruana” (ver marcofonseca.substack.c… y epinvestiga.com/opinion…).
La vía peruana no consiste necesariamente en un golpe militar clásico. Es una forma contemporánea de destitución en forma “democrática”. Conserva las apariencias institucionales mientras vacía de contenido la soberanía popular. Opera mediante la alianza de poderes fácticos (Congreso, tribunales, fiscalías, grandes medios de comunicación y élites económicas) para neutralizar, bloquear o remover a gobiernos que amenazan intereses establecidos sin necesidad de suspender formalmente el orden constitucional.
Perú ofrece un laboratorio privilegiado de esta dinámica. Pedro Castillo ganó las elecciones de 2021 y enfrentó desde el primer día una estrategia permanente de deslegitimación, obstrucción y amenaza de vacancia. La crisis culminó con su destitución y encarcelamiento, en un proceso que para amplios sectores populares constituyó un quiebre del mandato democrático. Desde entonces, el país ha vivido bajo una profunda fractura, una crisis de hegemonía, entre las élites limeñas y las regiones rurales, andinas y amazónicas.
Precisamente son esos territorios los que ahora parecen haber inclinado la balanza a favor de Roberto Sánchez (ver diario-red.com/articulo…). Con más del 95% de los votos contabilizados, el candidato de Juntos por el Perú mantiene una ventaja estrecha, sostenida principalmente por el llamado “Perú profundo”.
Sin embargo, una eventual victoria no equivale automáticamente a capacidad de gobierno. El nuevo Congreso bicameral emerge altamente fragmentado y conserva importantes fuerzas conservadoras y fujimoristas con capacidad de veto. El riesgo, por tanto, no es solamente el desconocimiento del resultado electoral, sino la reedición del ciclo de desgaste permanente por medio de la judicialización de la política, campañas mediáticas de miedo, bloqueos legislativos y utilización expansiva de mecanismos constitucionales para impedir cualquier transformación sustantiva.
La experiencia peruana demuestra que las elecciones, por sí solas, no garantizan democracia y que democracia, hoy día, tiene poco que ver con elecciones. Sin articulaciones democráticas sostenidas desde abajo, capaces de defender activamente la voluntad popular y expandir la autonomía ciudadana, incluso las victorias electorales más legítimas pueden convertirse en gobiernos sitiados, cooptados o corruptos.
Por eso, si Sánchez resulta confirmado como ganador, la pregunta decisiva será si el Perú, sobre todo los grupos subalternos y movimientos sociales, ha aprendido algo de los últimos años o si volverá a recorrer el mismo camino de aceptar el voto para luego neutralizarlo o negarlo. Esa es, precisamente, la lógica de la vía peruana, es decir, no impedir que el pueblo elija, sino impedir que gobierne quien el pueblo eligió.
Fuente Refundación Ya
