El recargue del viejo espíritu imperial: nuevas armas, estrategias y tecnologías. Parte I

marco

Marco Fonseca

La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de 2025 (ESN), articulada explícitamente bajo el principio de “America First”, no es un simple giro de política exterior ni un ajuste coyuntural al orden internacional. Se trata de una reformulación integral del proyecto imperial estadounidense, que rompe de manera consciente con la narrativa liberal-globalista de la posguerra fría y con la retórica del “orden basado en reglas”, al que el propio documento atribuye un fracaso histórico. Según la ESN, ese orden habría apostado “de manera equivocada y destructiva por el globalismo y el llamado libre comercio”, vaciando la base industrial y la clase media estadounidense.

Sin embargo, esta crítica al globalismo no implica una superación del capitalismo realmente existente, sino su rearticulación autoritaria y tecnológica. Lo que se abandona no es el proceso hegemónico, sino su forma liberal-consensual. La ESN anuncia el paso hacia un modelo abiertamente coercitivo, nacionalista, militarizado y tecnológicamente integrado, donde el Estado, el capital concentrado y el aparato securitario se fusionan en un nuevo bloque histórico. Estamos ante una transición que puede describirse, sin exageración, como el despliegue sistemático de un tecnofascismo de Estado y de un neoimperialismo post-liberal, con rasgos cada vez más explícitos.

I. De la hegemonía al mando: la transición al tecnofascismo

La ESN formaliza una ruptura con la hegemonía neoliberal entendida como dirección moral e intelectual (en sentido gramsciano) y la reemplaza por una lógica de mando, extorsión, imposición y disciplinamiento. El consentimiento deja de ser el principio organizador central del orden interno y externo.

Coerción tecnológica y autoritarismo

La estrategia coloca la supremacía tecnológica —inteligencia artificial, biotecnología, computación cuántica y control masivo de datos— en el centro mismo del poder nacional. No se trata de una apuesta por la innovación en abstracto, ni de un simple esfuerzo por mantener competitividad económica, sino de una redefinición profunda de la tecnología como infraestructura estratégica de dominación, inseparable del poder militar, del aparato de seguridad y de los mecanismos de control social.

Aquí resulta engañosa la idea, popularizada incluso por algunos divulgadores científicos como Michio Kaku, de que “todos” los países participan hoy en una carrera tecnológica abierta y simétrica. En realidad, no todos compiten en las mismas condiciones ni controlan los mismos nodos del sistema. Los desarrollos decisivos en computación cuántica, inteligencia artificial avanzada, biotecnología de frontera y sistemas de datos a escala planetaria están concentrados en un puñado de megaempresas transnacionales – Google, IBM, Microsoft, Amazon, Honeywell, Palantir, entre otras – que operan como verdaderos oligopolios tecnológicos globales.

Estos actores no son simples empresas privadas insertas en un mercado competitivo. Constituyen nodos centrales de una red transnacional altamente concentrada, caracterizada por dinámicas monopólicas, por barreras de entrada prácticamente infranqueables y por una integración cada vez más orgánica con los Estados, en particular con los aparatos militares y de inteligencia de las grandes potencias. La ralentización y los límites físicos de la Ley de Moore no han democratizado la innovación; por el contrario, han acelerado una transición hacia dominios como la computación cuántica que requieren volúmenes de capital, infraestructura, patentes y conocimiento inaccesibles para la mayoría de los países y pueblos. Es decir, no asistimos a una apertura del campo tecnológico, sino a su cerramiento estratégico.

Los campos asociados a esta transición, desde nuevos fertilizantes, fusión nuclear, farmacología avanzada, edición genética hasta los sistemas predictivos basados en IA, reproducen el mismo patrón: concentración extrema del conocimiento, privatización del saber y captura corporativa del futuro. En este sentido, la tecnología deja de ser un “bien público potencial” para convertirse en un recurso de poder estructural, distribuido de manera radicalmente desigual.

La computación cuántica, en particular, introduce un quiebre cualitativo. Su capacidad teórica para descifrar cualquier sistema de encriptación digital no solo redefine el equilibrio militar entre potencias, sino que prepara el terreno para un salto histórico en la vigilancia y el control de poblaciones, no únicamente en contextos de guerra abierta, sino – y esto es crucial – en tiempos y espacios formalmente pacíficos. La frontera entre seguridad externa y control interno se disuelve. No es casual que los servicios de inteligencia de las grandes potencias sigan estos desarrollos con obsesión estratégica: lo que está en juego no es solo la defensa, sino la administración total de la vida social.

En este contexto, la tecnología pierde cualquier pretensión de neutralidad. Ya no funciona principalmente como medio para aumentar la productividad o mejorar el bienestar, sino como instrumento directo de coerción, integrado al aparato militar, a los sistemas de vigilancia masiva y a los dispositivos de gestión algorítmica de la sociedad. El sector tecnológico es redefinido explícitamente como un activo estratégico del Estado, mientras que el Estado asume el papel de garante político, jurídico y militar de la expansión global de estas corporaciones.

Esta fusión entre capital tecnológico concentrado y poder estatal no representa una anomalía, sino la forma contemporánea de una hegemonía en crisis, que ya no puede sostenerse mediante el consenso, la promesa de progreso compartido o la legitimidad democrática. En su lugar, emerge un régimen de autoritarismo tecnológicamente mediado, donde el control se ejerce menos por la represión visible que por la administración predictiva, la vigilancia permanente y la anticipación algorítmica del comportamiento social. Es aquí donde la coerción tecnológica se convierte en el pilar material del tecnofascismo del siglo XXI.

Este acoplamiento entre tecnología, poder estatal y nacionalismo produce una forma específica de autoritarismo contemporáneo: un régimen que no necesita suspender formalmente la democracia para vaciarla de contenido, sino que la reprograma desde dentro, sustituyendo derechos por seguridad, deliberación por eficiencia, y pluralismo por obediencia algorítmica. No se trata de un retorno al fascismo clásico ni de un nuevo “tecnofeudalismo”, sino de su actualización tecnológica, acorde con una sociedad de rendimiento, control y exposición permanente.

Neoimperialismo económico: la Pax Americana con giro MAGA

Lejos de anunciar el fin de la primacía estadounidense, la ESN busca reconfigurarla. La llamada Pax Americana no desaparece; se transforma en una hegemonía más ruda, menos multilateral y más abiertamente mercantilista: una Pax Americana with a MAGA twist. El objetivo declarado es mantener “al capitalismo estadounidense en el asiento del conductor global”, incluso si ello requiere aranceles históricos, coerción económica directa, sanciones masivas o intervención militar.

Este giro no rompe con el capitalismo global, sino con su gestión liberal. El imperio ya no se presenta como garante del orden mundial, sino como su dueño armado, dispuesto a romper reglas cuando estas ya no sirven a su acumulación.

Promoción explícita del autoritarismo y el neofascismo

La ESN abandona cualquier ambigüedad respecto a la promoción democrática. En su lugar, legitima alianzas con regímenes autoritarios, líderes iliberales y fuerzas de extrema derecha, siempre que se alineen con los intereses estratégicos estadounidenses. El criterio ya no es la democracia, sino la lealtad ideológica, económica y geopolítica.

II. Dimensión doméstica: restauración, exclusión y biopolítica

El giro imperial externo se sostiene sobre una reconfiguración autoritaria interna. La seguridad nacional se expande hacia la esfera cultural, social y corporal, produciendo una política de restauración profundamente excluyente.

Restauración cultural y supremacía blanca

La ESN habla de “revigorización espiritual y cultural” de Estados Unidos, un lenguaje que encubre un proyecto de restauración reaccionaria. La erradicación de políticas de diversidad, equidad e inclusión (DEI), el ataque frontal a la llamada “ideología woke” y a la “ideología de género”, y la exaltación de la familia tradicional, del fundamentalismo religioso y de las glorias pasadas, configuran un imaginario nacional homogéneo, blanco, patriarcal, dogmático y disciplinado. En el imperio trumpista los ricos pueden comprar ruta expresa para la residencia y la salvación.

No se trata solo de cultura, sino de hegemonía moral: una ofensiva para redefinir qué vidas merecen reconocimiento, protección y cuáles pueden ser descartadas.

Frontera, ante-bellum y espíritu de conquista

La declaración de que “la era de la migración masiva ha terminado” y la caracterización de la migración como “invasión” habilitan una militarización abierta de la frontera, incluyendo el uso de fuerza letal. Esta narrativa reactiva el imaginario de la Conquista del Oeste, como lo ilustra la imagen de John Gast “American Progress” que encabeza este blog, donde la violencia se naturaliza como mecanismo fundacional del orden.

La destrucción progresiva de las leyes de derechos civiles e inmigración heredadas del periodo de LBJ no es un accidente, sino una ruptura consciente con el pacto de incorporación multicultural y diversa del siglo XX.

Biopolítica, necropolítica y persecución

Desde el desmantelamiento de programas de salud hasta las redadas masivas, la cacería de migrantes y el ataque a la disidencia desde el activismo palestino hasta la crítica interna, el Estado – no la Constitución ni la democracia liberal misma – redefine quién merece libertad, quién puede ser expuesto al abandono y quién debe ser silenciado. La conspiración se convierte en política pública; la excepción, en norma.

Capital concentrado y nueva Edad Dorada

Los recortes fiscales, la desregulación y la alianza estrecha entre Estado y grandes corporaciones, especialmente tecnológicas, no configuran un tecnofeudalismo, sino una rehegemonización tecnofascista. Las relaciones de propiedad, producción, poder y placer permanecen intactas, pero se reorganizan bajo un esquema de dependencia tecnológica extrema. No hay ruptura estructural: hay renormalización autoritaria del capitalismo.

Time escogió a la tecno-oligarquía de la IA como “Persona del Año” 2025.

III. Europa: de aliado a cliente ideológico

La ESN redefine la relación transatlántica en términos de subordinación. Europa deja de ser socia estratégica para convertirse en cliente disciplinado.

La exigencia de elevar el gasto militar al 5% del PIB es una forma de coerción económica directa. Pero más profundo aún es el intento de imponer una “identidad occidental” homogénea, alineada con el nacionalismo trumpista, promoviendo abiertamente a partidos de extrema derecha.

El abandono de Ucrania, la hostilidad hacia la Unión Europea y la búsqueda de entendimientos con líderes autoritarios configuran una ruptura histórica con la OTAN liberal y un realineamiento ideológico peligroso.

IV. China y Asia: la guerra por el futuro

En la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, Asia es definida explícitamente como el teatro central del conflicto histórico del siglo XXI. No se trata simplemente de una disputa regional ni de una competencia comercial, sino de una confrontación estructural por la dirección futura del capitalismo global. La ESN reconoce, de manera tardía pero explícita, el fracaso de una de las premisas fundamentales del orden neoliberal: la creencia de que la integración de China al comercio mundial y a las instituciones del capitalismo global conduciría, de manera casi automática, a su liberalización política y a su subordinación estratégica.

Lo que ocurrió fue exactamente lo contrario. La incorporación de China al proyecto de la globalización no la debilitó, sino que la potenció, permitiéndole combinar apertura selectiva, planificación estatal, control político y aprendizaje tecnológico acelerado. En pocas décadas, China pasó de ser una economía periférica y mayoritariamente rural a convertirse en una potencia industrial, comercial y financiera de escala mundial, capaz de disputar liderazgo a Estados Unidos y a las principales economías occidentales.

Este ascenso no fue espontáneo ni puramente mercantil. Se basó en una estrategia de desarrollo dirigida por el Estado, que utilizó el acceso a mercados globales, la transferencia tecnológica, la acumulación de reservas y la formación masiva de capital humano como palancas para construir capacidades propias. Mientras Occidente externalizaba producción y desindustrializaba su base manufacturera, China consolidaba cadenas de valor completas, desde la extracción de insumos hasta la producción de bienes de alta complejidad.

Competencia tecnológica y desplazamiento del eje de poder

Hoy, China no compite únicamente en sectores de bajo costo o manufactura básica. Se ha posicionado de manera decisiva en áreas de alta tecnología que definen el futuro económico y militar del planeta: inteligencia artificial, computación cuántica y de alto rendimiento, telecomunicaciones (5G y 6G), robótica avanzada, vehículos eléctricos, baterías de nueva generación, energías renovables, biotecnología y tecnologías militares de doble uso.

En muchos de estos campos, China no solo ha alcanzado a las potencias occidentales, sino que las ha superado en escala, velocidad de despliegue o integración industrial. El liderazgo chino en vehículos eléctricos, energías solares y eólicas, redes de infraestructura digital y aplicaciones de IA a gran escala demuestra que el monopolio tecnológico occidental ya no es sostenible. Esta capacidad de articular investigación, producción y aplicación masiva constituye una ventaja estructural frente a economías más fragmentadas y financiarizadas.

Es precisamente este desplazamiento del eje tecnológico lo que convierte a China en un enemigo sistémico, no por su modelo político en abstracto, sino porque pone en cuestión la centralidad histórica de Estados Unidos en la definición de estándares, cadenas de valor y normas del capitalismo global.

La Iniciativa de la Franja y la Ruta: globalización con características chinas

El lanzamiento en 2013 de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Cinturón y Ruta) por Xi Jinping marcó un punto de inflexión. Más que un megaproyecto de infraestructura, se trata de una estrategia geoeconómica integral que ha permitido a China profundizar su inserción en el Sur Global, desde África hasta Asia Central, Medio Oriente y América Latina.

Mediante inversiones en puertos, ferrocarriles, energía, telecomunicaciones y logística, China ha ofrecido a muchos países alternativas concretas frente a las recetas de ajuste, condicionalidad política y dependencia financiera impuestas históricamente por Occidente. Este proceso ha demostrado, en la práctica, que China ha sido uno de los principales ganadores del proyecto de la globalización, aunque bajo reglas distintas a las del neoliberalismo norteamericano o europeo.

Es precisamente este éxito lo que convierte a China en un blanco prioritario del neoimperialismo trumpista. La ofensiva contra la Franja y la Ruta, el intento de bloquear la presencia china en infraestructura estratégica y la presión sobre países del Sur Global para que “elijan bando” forman parte de una estrategia de contención desesperada, no de liderazgo renovado. En América Latina, esta lógica se despliega directamente bajo una restaurada Doctrina Monroe y su “Corolario Trump”, que busca expulsar a China, y también a la Unión Europea, del hemisferio occidental por medios coercitivos si ello es necesario.

Tierras raras, semiconductores y el cuello de botella tecnológico

Un elemento central y frecuentemente subestimado de esta confrontación es el control de los materiales críticos, en particular las tierras raras. China domina una parte sustancial de la extracción, refinamiento y procesamiento de estos minerales esenciales para la producción de semiconductores, baterías, armamento avanzado, energías renovables y tecnologías digitales y cuánticas.

Este control otorga a China una palanca estratégica de primer orden en la guerra tecnológica global. Las restricciones chinas a la exportación de ciertos materiales han demostrado la vulnerabilidad de las cadenas de suministro occidentales, incluso de gigantes tecnológicos como NVIDIA, cuya carrera por mantener liderazgo en chips avanzados y sistemas de IA depende de insumos y procesos globalmente interconectados.

La competencia por los semiconductores, lejos de ser un asunto técnico, se ha convertido en el núcleo material de la lucha por la hegemonía global. Estados Unidos intenta responder mediante subsidios masivos, reindustrialización forzada y restricciones a la exportación, pero enfrenta un dilema estructural: no puede desacoplarse completamente de China sin encarecer, ralentizar y desestabilizar su propio aparato tecnológico y un mercado interno que se ha vuelto adicto a los productos chinos.

Más allá de la geopolítica: quién define el futuro

Así, el conflicto entre Estados Unidos y China no puede reducirse a una rivalidad entre potencias. Es una disputa por quién define los estándares tecnológicos, las reglas de la globalización, los circuitos de acumulación y las formas de vida del siglo XXI. La guerra tecnológica, el control de cadenas de suministro y el desacople estratégico expresan el intento estadounidense de frenar un desplazamiento histórico que ya está en curso y al que responde, precisamente, el proyecto trumpista.

En este sentido, la “guerra por el futuro” que describe la ESN no es una guerra preventiva contra una amenaza externa, sino una reacción defensiva y belicosa de una hegemonía en declive, que recurre cada vez más a la coerción económica, tecnológica y militar para compensar la pérdida de liderazgo estructural y moral.

fuente: Blog Refundación

telegram
Facebook comentarios