Una realidad que ama el ocultarse y que nos es ajena
Autor: Jairo Alarcón Rodas
El mundo es incomprensible… debemos tratar al mundo tal como es: un gran misterio.
Don Juan Matus
Inmersos en la realidad, los seres humanos se yerguen con el mecanismo sensitivo e intelecto que les posibilita conocer su medio, orientarse e interactuar en la realidad, desde su particular y limitada visión que le permiten a sus atributos físicos y su razonamiento.
A pesar de no poder captar todo lo que se encuentra en la realidad, lo que ven y escuchan, los olores que perciben, lo que su tacto y gusto detectan e identifican les es suficientes para establecer una relación con el medio en el que se desenvuelven, al cual enfrentaron, inicialmente, a través del ensayo y el error.
Físicamente imposibilitados de conocer muchas esferas de la realidad, los humanos pueden profundizar, sin embargo, en detalles de la naturaleza, de los confines del universo, del macro y microcosmos que con sus ojos no pueden ver, con sus oídos escuchar, con su nariz oler; impedidos de detectar aspectos del todo, con sus recursos sensoriales, acceden a ellos a través de otros medios.
El campo de acción de los ojos de las personas es limitado, sus oídos no registran frecuencias que otros animales sí lo hacen. El oído humano no percibe los sonidos por debajo de 20 Hz (infrasonidos) ni los que están por encima de 20.000 Hz (ultrasonidos), los perros, gatos y murciélagos, en cambio, captan ultrasonidos agudos que alcanzan hasta los 120 000 Hz o más para cazar y orientarse.
En fin, los seres vivos perciben una realidad acorde a su naturaleza física, lo que responde a sus necesidades. A pesar de ello, una especie particular, los seres humanos, tiene algo peculiar que suple sus flaquezas físicas y que es lo que los impulsa a buscar más allá de lo aparente, su inteligencia. A partir de su razonamiento, junto al asombro y a su inquietud de búsqueda, trascendieron a lugares e instancias que quizás jamás conocerían por medio de sus sentidos, al menos con los que poseen actualmente.
Conocer, para lograr objetivos prácticos, fue lo inicial, dentro del comportamiento de humano, durante su proceso evolutivo. Es decir, la racionalidad procedimental, la que para Max Horkeimer y los filósofos de la Escuela de Fráncfort se le denomina racionalidad instrumental, que se define como una forma de pensar que se concentra en buscar los mejores medios y métodos para lograr una meta u objetivo específico, midiendo todo según su eficiencia y utilidad, fue ese el motor que los impulsó, que implicó para ellos un accionar pragmático utilitario, al que no le interesó ir más allá de lo inmediato.
Pero, qué le hubiera deparado a la humanidad si sus acciones se limitaran a lo práctico, si las personas solo buscaran soluciones y requerimientos inmediatos, satisfacer necesidades personales del momento. De haber sido así, su desarrollo, el progreso de la especie hubiera sido más lento e incierto, los avances resultarían más limitados, ya que desconocería las leyes que regulan la realidad y, en consecuencia, tendría menos precisión y control sobre lo que hace y menos posibilidades de sobrevivir.
A pesar de que la utilidad fue la primer motivación para el conocimiento, pues estaba en juego la subsistencia de la especie, poco a poco, ciertas personas se distinguieron buscando respuestas más allá de lo aparente. Qué hay en los confines del firmamento, cuál es el origen de la realidad, qué somos, adónde vamos, los inquietó. De ahí que filósofos, hombres de ciencia y pensadores no se conformaron con lo práctico ni lo inmediato, buscaron en la profundidad de las cosas y del cosmos.
Anaxágoras, filosofo de la antigüedad, señalaba que la realidad está constituida por partículas materiales diminutas, infinitas y cualitativamente distintas que componen todas las cosas del universo, a las que denominó homeomerías. Partículas que son eternas. «Nada se crea ni se destruye» y la premisa de que «todo está en todo» fue la afirmación del pensador. Pensamiento que constituyó un intento por discernir lo que es la realidad, al margen de concepciones mágico-religiosas.
Pero cómo concibió tal planteamiento sobre la realidad ese filósofo, si sus ojos no pudieron experimentar lo afirmado. La deducción, a partir de una detenida observación y reflexión sobre los objetos de la realidad, fue lo que lo llevó a tal propuesta especulativa sobre el cosmos. De igual forma, los filósofos Leucipo y Demócrito propusieron que el átomo es el principio que sustenta la realidad, ya que todo el universo está constituido por átomos y vacío, expresaron.
Para ellos, los átomos constituían partículas materiales diminutas, invisibles, eternas e indivisibles que forman toda la materia, que se conjunta por medio de una fuerza llamada connubio. Mucho tiempo después, los científicos mostraron que lo que era indivisible tenía partes y esas partes estaban conformadas a su vez de familias de partículas subatómicas. Es el caso de los protones que están constituidos por familias de quarks y los electrones, por familias de leptones.
Lo curioso y extraordinario de tal concepción es que Leucipo y Demócrito, además de los filósofos de la antigüedad, nunca tuvieron una experiencia empírica sobre las ideas que sustentaron sobre la realidad y, en el caso de los filósofos citados, tales partículas, que sustentó en su momento su teoría atómica, la desarrollaron gracias a sus alcances reflexivos, racionales, en donde la imaginación, la especulación y la intuición estuvieron presentes.
A pesar de ser concepciones sobre la realidad de naturaleza especulativa racional, la teoría atomista de Leucipo y Demócrito sirvió para que la ciencia, a través de John Dalton, entre los años1803 y 1808, creara la primera teoría atómica moderna, la que fue retomada y complementada más tarde por Ernest Rutherford, lo que abrió el campo de la ciencia de partículas en la era actual.
La realidad es dinámica, todo está en movimiento, hasta en el objeto más insignificante hay un flujo de partículas. En tal sentido, ¿qué sucedería si el ojo humano pudiera ver tal actividad? Estará la mente humana preparada para dar cuenta de esos cambios. Es más, si pudiera percibir el eterno movimiento que hay en la realidad, qué le sucedería a su entendimiento.
Las respuestas a tales interrogantes son, en primera instancia: no, los sentidos humanos no están hechos para captar tales sucesos que suceden en la realidad y, por aparte, si se percibiera todo lo que hay en la realidad, la mente humana colapsaría de inmediato por una sobrecarga de datos imposible de procesar, es por lo que el cerebro filtra y selecciona la información recibida por los sentidos.
Los humanos únicamente pueden detectar el espectro visible, una porción de la radiación electromagnética con longitudes de onda que van aproximadamente de 380 a 750 nanómetros (nm). Este rango se ubica entre la luz ultravioleta y la luz infrarroja, y es interpretado por nuestros ojos y cerebro como los colores del arcoíris. Ampliar el rango de visión de los seres humanos sería un impacto superior al que su intelecto puede soportar y decodificar, por lo que la hipotética acrecentación de su conciencia resulta ser la hipotética solución para lograrlo.
Y es que el ojo humano no puede ver ondas más cortas, como los rayos ultravioleta, rayos X o rayos gamma ni ondas más largas como el infrarrojo o las microondas, ya que los fotorreceptores no reaccionan a ellas. Es decir, los seres humanos solo pueden ver una fracción minúscula —aproximadamente el 0,00035%— de la realidad física que los rodea, el resto les es ajeno. Sin embargo, eso que no pueden ver, lo que escapa a la luz visible de su percepción, está presente, pero los dejaría ciegos si pudieran verlo, ya que sus ojos no están preparados para eso.
Afortunadamente, el ojo humano solo puede ver cierto espectro de luz, es decir, lo que le permite visualizar directamente algunos aspectos de la realidad, que se convierten para ellos en familiares, los que les satisfacen y le posibilitan actuar, interactuar y desarrollarse dentro de su medio.
Lo mismo ocurre con los sonidos, ya que, si los humanos pudieran oír todos los que hay en el universo, toda onda mecánica que se propaga a través de un medio elástico y provoca vibraciones en el oído humano, si eso fuera posible, las personas se volverían locas. La cantidad abrumadora de sonidos que hay no lo soportarían, es por lo que el silencio también es parte esencial del bienestar humano. En fin, si las personas pudieran escuchar todos los sonidos del universo, perderían la razón, es más, no lo soportarían.
De igual forma, el ser humano no percibe los olores de gases totalmente inodoros como el monóxido de carbono, el oxígeno, el nitrógeno o el dióxido de carbono. Tampoco detecta moléculas sin la volatilidad o concentración química suficiente para activar los receptores de la nariz, es ajeno a muchos olores que hay en el mundo.
Se debe tomar en cuenta que la naturaleza humana está hecha, ha evolucionado, para ver, oír, oler, degustar y tocar, lo que les es necesario para orientarse en el mundo, para subsistir en él y apreciar todo aquello que no los afecta directamente, los humanos perciben una pequeña parte de la realidad a través de los cinco sentidos. Ven luz visible, oyen sonidos limitados, sienten texturas y temperatura, y saborean y huelen sustancias químicas. El universo real es mucho más grande de lo que nuestros cuerpos pueden captar. Por lo que no puede detectar la luz invisible, los sonidos extremos, campos físicos entre otros aspectos de la realidad.
Aun así, a partir del desarrollo de su inteligencia, de su imaginación y de su creatividad, los humanos han podido inventar objetos, mecanismos que le permiten profundizar en los aspectos de la naturaleza que, con sus atributos físicos, les sería imposible detectar y observar.
El humano es ajeno al eterno movimiento de la realidad, al flujo interior de los cuerpos que los altera continuamente, al movimiento de átomos y de moléculas de las que están constituidas todas las cosas, dentro de un espacio dimensional. Aspectos que sus ojos humanos no pueden ver pero que, a pesar de ello, existen, se transforman, están en un eterno cambio. Karl Popper señalaba: El mundo no está formado por cosas, sino por procesos, nada es estático. La realidad se transforma de un segundo a otro y por eso no existen esencias inamovibles.
La realidad es un flujo constante, por lo que la inquietud de Bertrand Russell cuando dijo, ¿cómo es en sí la realidad?, cobra vigencia y relevancia. La realidad en sí, no se sabe cómo es, lo real para los humanos está dado a partir de lo manifiesto de las cosas, allende a la conciencia y que, por medio de los sentidos, nutre su intelecto para ser interpretado humanamente por las personas de forma objetiva.
Dado que la realidad material no se puede experimentar de forma directa, ya que solamente sus efectos sobre los sentidos humanos son posibles, es decir, lo que estos pueden dar cuenta a la conciencia, la realidad en sí, como lo señalara Immanuel Kant, no se puede conocer, pero su posibilidad inquieta a aquellos seres humanos que buscan trascender el umbral de lo aparente, a todos los que tienen sed en saber e indagan sobre los aspectos de la realidad que les son ocultos.
Es por lo que el filósofo, Jenófane de Colofón decía: Ciertamente los dioses no revelaron todas las cosas desde el principio a los hombres, sino que, mediante la investigación, llegan éstos con el tiempo a descubrir mejores. El adentrarse más allá de lo aparente, el penetrar en los secretos de la realidad, esa que no le es permisible a los seres humanos por sus sentidos, obliga a estos a recurrir a métodos ingeniosos para su descubrimiento.
Se debe tener presente que, el cerebro no capta el mundo exterior de forma directa como una cámara, sino que recibe señales eléctricas aisladas a través de los sentidos y debe adivinar, calcular y deducir qué está pasando afuera para armar una imagen coherente. Por ello, si el razonamiento no se realiza en función de principios lógicos, por lo general se incurre en errores, en desaciertos.
La realidad que conocen los seres humanos, por lo tanto, es el resultado de la inferencia, por lo que es la física y la lógica las que ayudan a construir un modelo ordenado de la realidad, superando las limitaciones engañosas de la simple percepción humana. De ahí que la realidad que se conoce es una realidad deducida y construida por el cerebro humano, es una realidad humanizada.
Para qué sirve penetrar en campos que los sentidos humanos no pueden acceder, la ciencia lo hace, pues conociéndolos, la interpretación de los fenómenos cotidianos se hace más precisa. Por aparte, la inquietudes de ciertas mujeres y hombres los hace buscar esa realidad aparte, que estando ahí, requiere de un gran esfuerzo intelectivo para develar sus secretos.
La inquietud por acrecentar la conciencia humana, que les permita trascender a la realidad que les es ajena, ha estado presente desde hace mucho tiempo en algunas personas.
Y así, chamanes, científicos, filósofos, han vertido su punto de vista sobre esa posibilidad, muchas veces con audacia, misticismo e ingenio. El filósofo Edmund Husserl, por ejemplo, señala que se puede llegar a «las cosas mismas» a través de la suspensión del juicio (epojé) y la reducción fenomenológica. Para él, no debemos aceptar el mundo tal como lo vemos de forma automática. Hay que limpiar nuestra mirada de prejuicios y teorías para ver cómo se nos aparecen las cosas en la conciencia. Pero, cómo aparecen las cosas en la conciencia humana, cómo superar las limitantes de su percepción.
¿Cómo lograrlo?, ¿será que es posible? Quizás, aumentando la capacidad de la conciencia, acrecentándola, como le indicó el Chaman Juan Matus a Carlos Castaneda. Idea que se repite en el ensayo de Aldous Huxley, Las puertas de la percepción, en la que, a partir del consumo de mescalina, alcaloide psicoactivo extraído del peyote, sirve como una llave para abrir los filtros de la conciencia y experimentar la realidad de forma directa e infinita, es decir, se logra con ello ampliar la percepción y la conciencia de las personas. Es un viaje a otras dimensiones de la realidad, aquellas que para el común de la personas les son ajenas.
Huxley decía: Si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo aparecería ante el hombre tal y como es: infinito, pero cómo depurarlas, cómo acrecentar la capacidad humana para hacerlo, la ciencia respondería, es la matemática el lenguaje que permite comprender el universo.
Los seres humanos ven la realidad a partir de 3 dimensiones físicas, Alto, ancho y profundidad, pero la física actual habla de 11 dimensiones, 9 espaciales 1 temporal y la Teoría M, que abarca y sostiene a todas las demás mediante membranas gigantescas donde nuestro universo podría flotar. Dimensiones matemáticas que le permiten a los físicos comprender los secretos del cosmos.
Qué pasaría si los seres humanos pudieran percibir otras dimensiones de la realidad, si su espectro visual se ampliara. Si eso sucediera, la mente se saturaría de información constante. Esto causaría un estrés crónico y confusión severa, obligándonos a usar filtros artificiales o medicación para bloquear la abrumadora sobrecarga de datos del entorno. Por lo que los sentidos e intelecto que posee filtran la información proveniente de su exterior, a manera de que les permia actuar en el mundo, sin que ello los aturda y afecte negativamente.
A pesar de ello, la inquietud de los seres humanos por descubrir lo que les es oculto de la realidad está presente, al menos en algunos de ellos, sin embargo, la esencia propia del ser, que prioriza la inteligencia sobre los instintos y la intuición, quizás sea lo que le niega el acceso a trascender esa “puerta” de sucesos insospechados, de extraordinarios matices e interrogantes.
Aun así, filósofos, científicos, místicos y visionarios persisten en encontrar la forma para lograrlo.
