Crónicas del Mundial: Salvados por Mikel (otra vez)

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España-Bélgica: el fútbol como arte de sobrevivir sin convencer

Y qué creen. España se salvó. Nuevamente. Su salvador se llama Mikel Merino, el mismo que ya fue héroe en la Eurocopa 2024, el mismo que entró al final del encuentro contra Portugal y anotó el gol de la clasificación. Y ahora, contra Bélgica, repitió la dosis. Merino, el especialista en aparecer cuando el partido ya huele a alargue, volvió a hacer de las suyas: entró, vio el rebote, y empujó el balón al fondo de la red. España está entre los cuatro mejores del torneo, pero no por méritos propios. Por errores ajenos.

Bélgica, con un portero suplente de nombre impronunciable (Senne Lammens, que suena a marca de detergente), se encargó de regalar el partido. Courtois, el gigante que normalmente para todo, se lesionó. Y su sustituto, en un acto de generosidad que solo se ve en las obras de caridad, falló en controlar un disparo de Cubarsí que no iba a ninguna parte. El rebote, como un regalo de Navidad en julio, llegó a los pies de Merino. Y el resto es historia.

España no había gestionado un ataque con peligro hasta ese momento. Lamine Yamal, el niño prodigio que promete ser el nuevo Messi, fue contenido por una defensa belga que, aunque desordenada, al menos sabía dónde estaba la portería. Pero el fútbol, como la vida, es cuestión de aprovechar los errores. Y España, que no tuvo garra, ni profundidad, ni certeza, ni siquiera una idea clara de ataque, aprovechó el error del portero belga para meterse en semifinales. Eso, señores, es lo que se llama «victoria por inercia».


Courtois: el héroe caído, el portero que se fue con la música por dentro

Courtois se lesionó. Y con él, se fue la única esperanza de Bélgica de mantener el partido bajo control. El portero belga, que había sido el mejor del mundo en su posición, se retiró cojeando y su sustituto, un tal Lammens, demostró que hay una razón por la que los suplentes son suplentes. En el primer gol, no pudo controlar un disparo que un portero amateur habría atajado. En el segundo, repitió la dosis. Courtois, desde el banquillo, no podía creer lo que veía. Sus ojos decían: «¿Y por esto me lesioné?»

La lesión de Courtois fue el punto de inflexión. Antes de eso, España no había generado nada. Después, los belgas se desmoronaron como un castillo de naipes en un día de viento. Y España, sin saber cómo ni por qué, se encontró en semifinales. El fútbol, señores, es un deporte de errores. Y Bélgica cometió los más caros.


España sin garra, Bélgica sin orgullo

España no fue contundente. No mostró garra. No tuvo ese instinto asesino que caracteriza a los grandes equipos. Porque, seamos honestos, Bélgica es un equipo quebrado. Desde el primer partido, mostró desdén, desidia y egoísmo. Cada jugador va a lo suyo: De Bruyne mirando al cielo, Lukaku esperando centros que nunca llegan, y los defensas haciendo lo que pueden. Y a pesar de eso, España no fue superior.

El segundo tiempo fue una agonía. España gestionó la ventaja como quien administra un patrimonio que no sabe cómo gastar. Bélgica, con mayor fortaleza física, empujaba y parecía que podía empatar en cualquier momento. Pero el fútbol, como la política, es injusto. Y el que falla, paga. Bélgica falló dos veces. Y España, como un buen oportunista, cobró la factura.


El resto del Mundial: polémicas, despedidas y el poder de Trump

Mientras España celebraba su pase a semifinales, el resto del Mundial seguía su curso. Estados Unidos, ese equipo que llegó con la esperanza de hacer historia, se fue por la puerta de atrás. Trump, el presidente que llamó a Infantino para anular una tarjeta roja, no pudo hacer nada para evitar la eliminación. Balogun, el hombre de la polémica, fue un fantasma en el campo. Su presencia fue como la de un actor secundario en una película de bajo presupuesto: aparece, pero no aporta nada.

La UEFA, como siempre, se indignó. La FIFA, como siempre, hizo oídos sordos. Infantino, como siempre, demostró que su lealtad está donde está el poder. Y Donald Trump, como siempre, se atribuyó el mérito de la derrota.


El VAR, la tecnología y el fin del fútbol como lo conocíamos

El VAR sigue siendo el centro de todas las polémicas. Irán fue robado, Senegal también, y ahora Bélgica puede sumarse a la lista. La tecnología, que debería ser una herramienta para hacer el fútbol más justo, se ha convertido en un arma de decisión arbitraria. ¿Fuera de juego? Depende de quién lo mire. ¿Penalti? Depende de quién lo pite. ¿Tarjeta roja? Depende de quién llame por teléfono.

La FIFA, en su infinita sabiduría, sigue creyendo que la tecnología es la solución. Pero la tecnología no es más que una excusa para justificar las decisiones que ya están tomadas. El fútbol, como la política, es un juego de poder. Y el poder, como el VAR, siempre encuentra la manera de imponerse.


Cristiano: el último baile que no fue

CR7 se despidió del Mundial. No hubo estadio de pie, ni ovación cerrada, ni lágrimas de compañeros. Solo el silencio de quien sabe que el tiempo, ese árbitro implacable, también cobra sus facturas. Cristiano se fue como llegó: con la frente en alto, pero esta vez sin el gol que lo hubiera hecho inmortal. El fútbol, como la vida, es cruel con los que se aferran al pasado. Y Cristiano llevaba años jugando contra el cronómetro. Al final, el cronómetro siempre gana.


España en semifinales: ¿merecido o no?

España está en semifinales. Pero, ¿merece estar ahí? La respuesta es no. No ha mostrado un fútbol brillante, no ha tenido la garra de otros equipos, no ha generado juego de calidad. Pero el fútbol, como la vida, no es cuestión de merecimientos. Es cuestión de estar en el lugar adecuado en el momento adecuado. Y España, gracias a Merino, ha estado en el momento adecuado dos veces.

El próximo rival será Francia, que llega con la delantera más temible del torneo. Mbappé, Dembélé, el ataque que da miedo. España tendrá que mejorar si quiere tener opciones. Pero, siendo honestos, si Merino sigue saliendo desde el banquillo, quizás no sea necesario mejorar demasiado.


Cierre: el fútbol como espejo de la hipocresía

España avanza sin convencer. Bélgica se va con la sensación de que pudo haber sido más. Estados Unidos se fue por la puerta de atrás. Trump sigue creyendo que el fútbol se juega por teléfono. Y el VAR sigue siendo el centro de todas las polémicas.

El fútbol, como la vida, no es justo. Pero, a veces, la injusticia se disfraza de regla. Y otras veces, la regla se rompe con una llamada telefónica. Así es el mundo. Así es el fútbol. Así es todo.


Una explicación convincente, tomado de ElNecio @ElNecio_Cuba

¿Por qué Latinoamérica rechaza a Argentina a pesar de ser el único país que queda de esta región en el Mundial?

Fácil: es un equipo que no defiende a Latinoamérica, no respalda a nuestros pueblos segregados, no vive nuestras heridas, no siente ese deber que está por encima de patear la pelota…

En cambio, se sacan fotos con fascistas, hacen campañas con compañías de Israel, tienen un enorme respaldo de las élites globales (trumpistas y sionistas), son del Sur pero se creen del Norte, algunos de sus hinchas sacan banderas de Israel en los estadios y tienen un «líder» que es el mejor en la cancha –sin dudas– pero que se olvidó de la gente de su país, de los jubilados reprimidos y de los hambrientos, al posar detrás de Trump como una marioneta política.

Esta ya no es la Argentina de Kempes y la de Maradona, que sí fueron equipos del continente y ganaban con el respaldo y la alegría de los latinos. Esta es una Argentina que ha manchado la pelota. Y por eso es que nos traicionan: porque de Argentina no podemos esperar otra cosa que no sea compromiso con el hincha pobre de esta tierra. Entiendo el orgullo y la celebración de los argentinos, pero las cosas son así: ¿de qué vale ganar si más nadie siente orgullo de ti?

Para matizar, Francia está liderada por un antirracista que se ha posicionado contra la derecha y España por un chico antisionista que ha ondeado la bandera de Palestina. Es un mínimo de conciencia social. Argentina tiene una deuda y no es con el fútbol, es con América Latina y el Sur Global.

Nota final: Esta crónica es una mirada irónica al Mundial, sus contradicciones y sus miserias. Si el fútbol es el espejo de la sociedad, este Mundial refleja un mundo donde el dinero, el poder y la hipocresía deciden el juego. Y los sueños, como los balones, a veces entran, a veces no. Pero siempre hay alguien dispuesto a cobrar por el espectáculo. Y, en este caso, un Mikel Merino dispuesto a salvar a su equipo.

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