El poder del anticomunismo
Publicado por @nsanzo
Un fantasma recorre la mente de Donald Trump: el fantasma del comunismo, “una amenaza moral para la libertad americana”, protagonista absoluto de sus discursos de la celebración de los 250 años de lo que en Estados Unidos se insiste en llamar América. “El Partido Comunista está compuesto por inmigrantes ilegales, criminales y todos aquellos que no quieren trabajar”, sentenció Trump en referencia al Partido Demócrata, especialmente a la tendencia socialdemócrata que esta semana ha obtenido varios éxitos electorales relevantes en primarias en las que han derrotado a miembros del establishment Demócrata. El 4 de julio de este año no ha sido exagerado únicamente por la conmemoración del cuarto de milenio desde la Declaración de Independencia de un grupo de hombres, en su mayor parte dueños de esclavos, que proclamaron que todos los hombres -blancos y con propiedades- eran iguales. El fin de semana ha puesto en escena toda la artillería nacionalista y mesiánica de Estados Unidos.
“Es imposible repasar los acontecimientos de la última década y concluir que no sea otra cosa que la providencia divina el hecho de que Donald J. Trump sea el presidente de los Estados Unidos en el año del 250 aniversario de América, el 4 de julio de 2026”, escribió ayer Stephen Miller, miembro del mismo Gobierno que acusa a Irán de tener “mentalidad teocrática”. “Como nos dice nuestra Declaración de Independencia, todos estamos hechos a imagen de un Dios todopoderoso. Y un comunista nunca diría eso”, había afirmado Trump en su segundo discurso del fin de semana, también centrado en la creación de un aterrador enemigo interno con el que justificar represión, endurecimiento de las leyes antiterroristas y deportaciones en una lucha imaginaria entre el bien, aparentemente encarnado en el cristianismo, y el mal, el comunismo, que Trump había calificado unos días antes como “una amenaza mortal para la Libertad Americana. Es la Mayor Amenaza para nuestro País, incluyendo la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial, Pearl Harbor o el 11-S”.
“Nuestros guerreros no lucharon contra el comunismo en campos de batalla por todo el mundo, solo para que esa amenaza levante su fea cabeza de nuevo aquí mismo en América. No vamos a permitir que ocurra. Nos gustaría detener una amenaza como esa de inmediato. Es como un cáncer. Tienes que extirparlo. Tienes que extirparlo rápido”, proclamó en su discurso del Día de la Independencia. Los guerreros estadounidenses lucharon en los campos de batalla por los gobiernos reaccionarios de Vietnam del Sur, la dictadura de la República de Corea, los muyahidines fanáticos religiosos en Afganistán, contra el Gobierno democrático de Lumumba, contra el movimiento que trataba de derribar el Gobierno racista del Apartheid sudafricano, contra el gobierno de la vía chilena al socialismo de Allende o con los escuadrones de la muerte en Centroamérica. Como hombre de los 80, Trump rescata el comunismo y la épica lucha de Estados Unidos contra él en cada ocasión en la que necesita crear un enemigo contra el que movilizar recursos y crear unas condiciones políticas en las que la población justifique la represión tanto a nivel interno como externo. Los países europeos tienen a Rusia, un enemigo ideal a la hora de justificar el rearme con la certeza prácticamente absoluta de que nunca van a ser atacados por Moscú, y Estados Unidos tiene al comunismo, una amenaza aún menos creíble, pero que sigue funcionando como elemento aglutinador y movilizador dentro de una ideología cada vez más reaccionaria que remite a las tendencias de la derecha Republicana que en tiempos de Reagan eran consideradas marginales.
Trump marcó la pauta con su discurso y quienes más empeño han puesto en conseguir acercarse a él han recogido el guante. Entre ellos han destacado líderes como Milei, pero también Mark Rutte, cuya desesperación por convencer al líder de la Casa Blanca de las bondades de la OTAN es flagrante. El secretario general de la OTAN calificó de inspiración a la nación estadounidense, a la que se refirió como “lo que uno de vuestros grandes líderes, el presidente Ronald Reagan, denominó «la ciudad resplandeciente sobre la colina»”. “América es una idea hecha realidad”, insiste el texto de Rutte, que se empeña en usurpar el nombre del continente para referirse a Estados Unidos, una de las bases sobre las que Washington ha construido siempre esa teoría del patio trasero, el América -entera- para los americanos -los estadounidenses- y ha justificado su participación en el sometimiento de los Estados y pueblos que no le rendían pleitesía. La idea que hace realidad Estados Unidos es, para Rutte, “que la libertad importa. Que vale la pena luchar por la libertad. Es una idea —y un ideal— que inspira esperanza. Una idea —y un ideal— que constituye el fundamento de la Alianza de la OTAN, a la que tengo el honor de apoyar como secretario general. Ese ideal es la base sobre la que se asienta nuestro vínculo transatlántico. Y esas raíces son profundas”.
Según esta versión, que considera libertad los bombardeos de Belgrado, la destrucción de Libia o la ocupación de Afganistán para sustituir al talibán por el talibán, la OTAN es Estados Unidos y Estados Unidos es la OTAN, una unión forjada “a lo largo de las oscuras décadas de la Guerra Fría”. “Nos unimos en la OTAN en torno a ese ideal en 1949, cuando el mundo se estaba recuperando de una lucha fundamental contra el fascismo. Y cuando se avecinaba otra lucha fundamental contra el comunismo”. Como Ucrania hiciera en 2015 con la legislación que teóricamente prohibía símbolos comunistas y nazis -aunque en la práctica solo se ha utilizado para criminalizar el uso de la Bandera de la Victoria o la simbología soviética-, Rutte equipara fascismo y comunismo, una tendencia en alza en Europa y que está presente en el poder político y el militar. “Somos conscientes de lo que la Alemania nazi hizo aquí en Lituania”, afirma un coronel alemán en un artículo publicado por The Economist sobre la expansión de la presencia militar alemana. “Somos conscientes de lo que la ocupación soviética hizo a Lituania”, continúa equiparando nazismo y comunismo en lo que se conoce como la teoría del doble genocidio, una forma de relativizar, entre otras cosas, el Holocausto.
Pese a lo problemático de esta tendencia, que busca demonizar a uno de los integrantes esenciales de la alianza antifascista que la OTAN quiere limitar a Estados Unidos y los países de Europa occidental, la tendencia es políticamente útil a la hora de consolidar la unión atlantista y, sobre todo, la brecha continental de aislamiento de Rusia que se pretende imponer con la paz armada que debe llegar tras un futuro alto el fuego en Ucrania. Poco queda de la Unión Soviética en la Rusia moderna, pero el enemigo está en el mismo lugar, el Kremlin, y los argumentos siguen siendo similares, especialmente en el caso de Estados Unidos, donde cualquier cosa es susceptible de ser acusada de comunismo. Estados Unidos no luchó contra el comunismo en campos de batalla por todo el mundo para renunciar a la etiqueta como argumento represivo, siempre en nombre de la libertad y como líderes del mundo libre, otro concepto de la Guerra Fría al que el mundo atlantista se aferra actualmente en su justificación de la política contra Rusia.
Ucrania no ha sido un elemento central de la celebración del 4 de julio, ya que Donald Trump no ha podido jactarse de haber logrado ni la paz ni la victoria. Sin embargo, cada uno utilizando sus argumentos, tanto Volodymyr Zelensky como Vladimir Putin le recordaron lo que esperan de él en la guerra rusoucraniana. “Estamos agradecidos a los Estados Unidos por toda la asistencia que hemos recibido —desde Javelins y Patriots hasta el apoyo político— y valoramos profundamente que América esté a nuestro lado en la defensa de nuestra independencia. Estoy agradecido a cada corazón estadounidense que se preocupa por el futuro de Ucrania, Europa y todos en el mundo para quienes la libertad importa”, escribió Zelensky sobre el país que este año ha secuestrado a un jefe de Estado e iniciado una guerra de agresión sin que mediara la más mínima provocación previa. “Por supuesto, el presidente Trump y yo discutimos la situación actual en el frente, así como nuestros esfuerzos diplomáticos. Existe una perspectiva real para poner fin a esta guerra y la determinación de América es decisiva. Hemos acordado continuar estas discusiones durante la Cumbre de la OTAN en Ankara”, añadió Zelensky, que ha dejado claro a lo largo de los últimos meses que esa oportunidad real de conseguir el final de la guerra es una forma de exigir más armas para atacar con más potencia y asiduidad la Federación Rusa, sus refinerías, su industria y tres puntos geográficos centrales: Moscú, San Petersburgo y Crimea. El ritual de autohumillación que implica suplicar a Trump se tradujo en este caso en la imagen de la estatua de la Madre Patria de Kiev -un monumento soviético descomunizado– cubierta con luces con la imagen de la bandera de Estados Unidos. Nada habla mejor de libertad e independencia como colocar una bandera extranjera en tu monumento nacional.
La guerra de Irán ha supuesto un importante beneficio para Ucrania, que gracias a su incondicional apoyo a la guerra de agresión estadounidense se ha ganado a una parte del mundo MAGA. Fanáticas con influencia en Donald Trump como Laura Loomer -que esta semana ha calificado el masivo funeral de Ali Jameneí como “un entorno rico en objetivos”- se declaran ahora proucranianas, señalando el apoyo ruso a Irán. Sin embargo, eso no ha conseguido de momento que Donald Trump reniegue de sus aspiraciones de conseguir la paz para centrarse en la victoria. Así lo demuestra la capacidad de Vladimir Putin de acceder al presidente de Estados Unidos en momentos clave. Frente a lo que parece una conversación breve entre Trump y Zelensky, el presidente ruso mantuvo un diálogo de 85 minutos con su homólogo estadounidense, al que le recordó el papel de Rusia en la Guerra de la Independencia de Estados Unidos, el ejemplo histórica y coyunturalmente más adecuado para insistir en la necesidad de cooperación entre las dos principales potencias nucleares a nivel mundial.
“Como es natural”, afirma el Kremlin, “abordaron la situación en Ucrania, incluso a la luz de la próxima participación de Donald Trump en la cumbre de la OTAN en Turquía del 7 al 8 de julio”. Las intenciones rusas están claras: colocar su mensaje antes de esa cumbre, en la que la cuestión ucraniana va a ser un elemento central. “La parte rusa enfatizó una vez más su preferencia por una solución política y diplomática del conflicto, siempre que se tengan debidamente en cuenta los conocidos enfoques principales de Rusia”, insiste Rusia en su información sobre la conversación, en la que el presidente ruso añadió que “Kiev y sus interlocutores europeos apuestan por prolongar e incluso intensificar el conflicto, así como por el terrorismo contra civiles. Mientras tanto, el partido de la guerra europeo procede de una percepción falsa de la situación general y del estado de las cosas en la línea de contacto”.
Instalados cada uno en su narrativa, Ucrania exige armas; Rusia desea diálogo, pero desde los postulados de Anchorage, no desde el lenguaje del ultimátum de los países europeos; la OTAN rinde pleitesía a Trump recordándole la importancia de la OTAN, la alianza de la Guerra Fría, esa a cuya lógica ideológica se aferra para imponer su visión de cómo ha de ser Estados Unidos. Y mientras la esperanza ucraniana y atlantista es que aflore el hombre de los años 80 que siempre ha sido Trump y ese odio anticomunista se transforme en enfrentamiento con Rusia como ha ocurrido en Europa y en Ucrania, la rusa es que Trump entienda que Moscú no es un rival, sino un socio potencial en sectores que siempre han sido de interés para el líder estadounidense.
fuente https://slavyangrad.es/2026/07/06/34879/#more-34879
