Cuál es el método para comprender la realidad

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Autor: Jairo Alarcón Rodas

Es universalmente admitido que hay una gran uniformidad en las acciones de los hombres de todas las naciones y edades, y que la naturaleza humana permanece la misma en lo que respecta a sus principios y operaciones.

David Hume

La realidad es el escenario en donde se manifiestan y accionan los seres humanos y del que también forman parte, es todo lo que existe y es susceptible de ser conocido. De ahí que se hable de materia y conciencia para diferenciar a la naturaleza cognoscible y al sujeto que la conoce. Sujeto que se distingue como materia altamente organizada, capaz de poseer conciencia.

Los primates bípedos que, tras un largo proceso evolutivo, se consolidaron como la singular criatura denominada Homo Sapiens, con cualidades singulares y la posibilidad de comprender las cosas, de racionalizar el todo, entenderlo, transformarlo y hablar sobre las grandezas del universo, constituye, sin arrogancia y con humildad, la conciencia del universo.

De modo que el desarrollo del intelecto humano, su destreza, lo condujo sustancialmente, determinó que se constituyera en el ser de innumerables potencialidades, capaz de transformar la naturaleza y de transformarse a sí mismo a través de su raciocinio, la interacción con lo otro, a través de su accionar. Sin olvidar que los humanos son también seres sociales, que poseen emociones y voluntad.

No obstante, muchas personas no reparan en ese detalle, simplemente dejan fluir su existencia, situándose en el mundo a partir de impulsos caracterológicos, razonamientos rudimentarios, básicos, de medios y fines que dan por resultado torpes y erráticos accionares. Otros, en cambio, tienen la inquietud de comprender las cosas, de ver más allá de lo aparente e intentar y lograr resolver los enigmas que se les presentan.

De ahí que la diferencia entre un ser consolidado y los no consolidados lo determina el hecho de comprender las cosas, de reflexionar a partir del uso de la razón y buscar una explicación a lo visto y lo acontecido en la realidad. No obstante, el reto primario para los seres humanos, al igual que para los seres consolidados, fue y continúa siendo, como todo ser viviente, el poder subsistir dentro de un medio que se les presenta con retos, agreste y muchas veces hostil, subsistir primero y, después, reflexionar sobre el mundo.

Aprender formas de subsistencia, suplir con su inteligencia lo que la naturaleza no le otorgó en su configuración corpórea, ya que su estructura biológica, su constitución física, no posee la fortaleza de un tigre ni la velocidad de un Guepardo, fue lo que lo impulsó y motivó a desarrollar su intelecto y su pensamiento, a crear soluciones a través de ideas, producto de su ingenio, su imaginación y creatividad, para su pervivencia en el planeta. Siendo por ello que se constituyó en el hacedor de cultura.

En condiciones de riesgo, los demás seres vivos se ven en el dilema de adaptarse y sobreponerse biológica e instintivamente a las adversidades y a las vicisitudes de su circunstancia o sucumbir en el acto. De ello dependió continuar existiendo y permanecer en el planeta. En cambio, los seres humano buscaron respuestas ingeniosas a tales retos. Pensar cómo cambiar su situación, eludir las dificultades, resolver problemas,  ya que estaba en juego su permanencia como especie.

El conocimiento práctico, procedimental,  guio en un primer momento su camino, dándole paso, posteriormente, a la técnica, fruto de la experiencia, del ensayo y el error. Pero esa curiosa especie no se conformó con solo eso, buscó respuestas más allá de lo inmediato, trascendió y, a partir de ello, surgió la ciencia y la filosofía. De hecho, el pensamiento humano pudo divagar en otros planos del entendimiento, adentrándose en temas como la astronomía, la medicina, la matemática y la ontología, el conocimiento, la lógica, la ética y, desde luego, reflexionar sobre sí mismo.

Por qué el humano busca comprender la realidad, descubrir los secretos de la naturaleza, develarlos. Es importante señalar que mientras más y mejor se conozca el medio, la circunstancia, los hechos, en donde se sitúan y desenvuelven las personas, mejor será su accionar, mayores posibilidades habrá de dar pasos más seguros y certeros.

Aciertos que, en su momento, fueron posibles gracias a una mente libre de prejuicios y de presiones existenciales, de ahí que el ocio sea el origen de la ciencia y la filosofía, como lo señalara Aristóteles. Por lo tanto, a mayor comprensión del medio, pasos más seguros y certeros se podrán dar y por el contrario mientras menos se conozca la realidad, .

La búsqueda del conocimiento más puro se manifestó de forma más clara en los orígenes de la filosofía, con la búsqueda de una sustentación para la realidad. Fue así como Tales de Mileto encontró en el agua el Hypokeimenon,  lo que subyace en todo, lo que más tarde se convirtió en el arjé, principio fundamental u origen del todo, propuesto por Anaximandro. La idea era encontrar lo que es la realidad.

Fue así como Aristóteles planteara que la filosofía es el conocimiento de las causas fundamentales de las cosas. Es claro que el conocimiento de las causas primeras y últimas del todo no tiene un fin práctico inmediato que le pueda servir a los seres humanos para resolver un problema particular y emergente, pero sí permite comprender la serie de fenómenos particulares que acaecen en este.

No obstante, siglos más tarde, Jürgen Habermas desarrolló la idea de que no existe un conocimiento puro, ya que todo saber nace impulsado por un interés fundamental o antropológico. Es decir, siempre predomina una inquietud que sirve de estímulo para emprender el ejercicio cognitivo, es decir, un porqué.

Empero, trascender de lo aparente a lo esencial, de lo sensible a lo comprensible requiere del ejercicio racional. La mente humana tiene la cualidad de que, al trabajar con conceptos abstractos, puede liberarse de los sólidos que representan los hechos atómicos, la realidad concreta, referentes experienciales que se le presentan en la cotidianidad de lo sensible, prueba de ello es la lógica y la matemática. Pero no solo eso le puede interesar, también puede buscar la sustancialidad de las cosas, lo que estas son, no única y simplemente para qué le sirven o cómo usarlas, sino para comprenderlas más allá de su finalidad práctica.

El contacto con la realidad, para muchos, representa tan solo un medio práctico e inmediato para obtener un objetivo particular, otros, en cambio, pretenden lograr su concreción que, en palabras de Karel Kosik, significa un todo estructurado en sus relaciones internas, en el cual puede ser entendido racionalmente cualquier hecho, clases de hechos o conjunto de hechos. Lo cual no es dado para todos, más bien no le interesa a la gran mayoría sino solo aquellos que tienen interés y utilizan el método adecuado para comprender la realidad y los fenómenos que en ella se suscitan.

El conocimiento lleva implícito el criterio de verdad, el cual conlleva la objetividad en la comprensión de la realidad, reflejada en la conciencia del sujeto. Realismo y racionalidad se complementan para develar y mostrar los secretos que, para los seres humanos, guarda el cosmos. Como consecuencia, un sujeto interesado pasa de la ignorancia al saber a través del conocimiento y de allí a la sabiduría.

Sin embargo, el problema al que se enfrenta todo aquel que desee discernir lo que es la realidad es si la verdad es posible alcanzarla o todo consiste en una convención intersubjetiva con fines prácticos. Para Richard Rorty, la mente humana no es un espejo de la naturaleza cuya función es reflejar lo que la realidad es. Para él, el conocimiento es una herramienta contingente que se construye a través del lenguaje, por lo que no pretende ni aspira a una verdad absoluta y objetiva. Sin embargo ¿cómo es que la ciencia ha avanzado en el esclarecimiento de la realidad si no es por medio de criterios y verdades objetivas?

En su texto Verdad y método, Hans Georg Gadamer dice, la verdad exige la existencia de algo y de alguien que lo diga, que ese algo sea escuchado por alguien. Ya no interesa aquello que “hay”, como el “ser” griego, sino aquello que se desoculta en un lenguaje en el que interviene algo más que la “cosa”. Todo desvelamiento requiere de alguien que proceda a ejecutar tal acción, es decir, un sujeto que la desvele.

Pero ¿qué es lo que se desoculta e interviene más allá de la cosa? Lo que interviene más allá de la «cosa» es el sentido compartido, la historia (tradición) y la comprensión que median entre los sujetos, haciendo que el lenguaje sea el verdadero medio donde acontece la verdad. De modo que desocultar presupone un existente real, ya que no se puede hacer visible algo que no es y, en este caso, precisa de la intervención humana, quien ejecuta la acción de desvelamiento.

Acceder a la realidad, según ese planteamiento, ya no es buscar la correspondencia entre el objeto y el intelecto del sujeto, es su comprensión, entendiéndose ésta como articular (un sentido, una cosa, un acontecimiento) en palabras, palabras que siempre son mías, pero al mismo tiempo las de lo que me esfuerzo por comprender. De ahí que, siguiendo tal criterio, no interesa conocer lo que son las cosas en sí, sino lo que son para mí, desde su naturaleza real.

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Ahora bien, ¿qué presupone tal aseveración, si cada ser humano posee distintos grados de entendimiento, diferentes herramientas e interés en la comprensión de las cosas? No ocasionaría acaso, tal postura, un caos de entendimiento intersubjetivo, a no ser que surjan criterios objetivos que correspondan a la realidad. Pues, de no ser así, ¿se podrían lograr consensos? En un mundo donde reina la opinión, los acuerdos resultan casi imposibles.

No obstante, de ser así, cómo es que ha avanzado la ciencia, cómo es que, a través de esta, conociendo los aspectos que rigen la naturaleza empírica, los humanos se han convertido en artífices de tantos descubrimientos que le han servido a la técnica para crear innumerables edificaciones, objetos e instrumentos para su comodidad y bienestar, que los adentra en el macrocosmos, en el universo de partículas, incluso a predecir en cierta forma, con propiedad, el futuro.

El conocimiento no puede ser arbitrario, debe ser objetivo, sistemático, comprobable, falible, revisable. Y aunque Paul Feyerabend haya señalado que no debe existir un método científico único, universal e infalible, pues a su criterio los grandes descubrimientos ocurrieron violando cualquier regla metodológica establecida. La ciencia requiere de rigor y objetividad, por lo que su famosa frase todo vale, abre la puerta a lo no científico y, como lo dijera Mario Bunge, representa una postura irracional y peligrosa para el avance del conocimiento.

Así, los avances en el conocimiento de la realidad requieren de una buena dosis de asombro e imaginación, lo que no equivale a caer en subjetivismos arbitrarios que dan origen a un caos epistemológico, pues con ello se pierden los criterios universales, lo que conduce a la incertidumbre.

Qué pasaría si la ley de gravitación promulgada por Isaac Newton no fuera universal, si para algunos la fuerza con que se atraen dos objetos es proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que los separa, no lo fuera. Si se diera ese caso, el universo tal como lo conocemos se desmoronaría. Y así como esa ley, producto del conocimiento y la experimentación humana, otras extraen de la realidad criterios para hacer más comprensibles los hechos que acaecen en esta, con la objetividad que les permite a los seres humanos actuar con propiedad en el cosmos.

Hablar con propiedad sobre las cosas presupone contar con argumentos sólidos que puedan ser verificados, que se distinguen de la mera opinión. Por lo que todos aquellos aspectos que escapan a una posible verificación empírica quedan en el plano de la especulación metafísica, las cuales pueda que tenga coherencia lógica,  más ello no necesariamente trasciende en el plano ontológico. La validez lógica no garantiza la verdad ontológica. No porque algunos pasajes de la Biblia tengan coherencia lógica, ello determine que lo que ahí se dice sea real.

Se dice que la metafísica no ofrece certezas materiales sino marcos de sentido para entender lo que la ciencia aún no puede explicar. No obstante, continúa siendo las pruebas científicas las que determinan el avance y logros de la humanidad. De allí que la metafísica opera más en el terreno de la posibilidad racional que en el de la certeza fáctica, por lo que no es objeto del riguroso método científico ni de lo que implica una verdad objetiva.

En consecuencia, para todos aquellos que confían en la ciencia como el mecanismo de comprensión humana sobre la realidad, el conocimiento no podría ser subjetivo. De serlo, la capacidad cognitiva de los seres humanos se desperdiciaría en meras opiniones inciertas, en sortilegios fantasmagóricos e ideologías que, en vez de permitir avanzar en la comprensión de las cosas, sumergiría en un abismo de ignorancia. Es por lo que existe un principio de demarcación de la ciencia, encargado de definir los límites que separan el conocimiento científico válido de las pseudociencias.

En consecuencia, desocultar los secretos de la realidad, preguntarle directamente a la naturaleza lo que es, presupone no solo la existencia del objeto, allende de la conciencia, sino, también, el contraste objetivo entre el objeto de conocimiento y los contenidos de conciencia en el sujeto, a partir del conocimiento y, desde luego, del criterio de verdad.

El conocimiento es un proceso dialéctico, como lo afirmara Karl Marx, que se aleja del estatismo y criterios pétreos, por ende, amerita de revisiones constantes y objetivas en las que la verdad, no siendo subjetiva, evoluciona a partir de las mediciones más precisas, de la profundidad que se obtenga sobre los hechos, de las conjeturas y refutaciones que de ella puedan hacerse, no desestimando el poder de la imaginación y del asombro.

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