¿Cómo vamos a salir de este laberinto universitario?
Fernando Cajas
Sí, el Estado guatemalteco se caracteriza formalmente por la división de poderes. Pero cuando esa división se convierte en un escudo que protege la captura descarada de la única universidad pública del país, entonces deja de ser un principio virtuoso para convertirse en una coartada que perpetúa la injusticia y el saqueo sistemático.
Invocar la “independencia” para justificar la inacción del Presidente de la República ante el despojo de la USAC es, en el mejor de los casos, una aplicación mecánica y descontextualizada del derecho; en el peor, una abdicación moral imperdonable ante el poder de facto que tiene secuestrada a la institución.
La USAC no es una institución privada cualquiera. Es patrimonio del pueblo guatemalteco, creada por la Revolución de 1944 precisamente para ser un contrapeso al poder oligárquico y un instrumento real de emancipación nacional. Cuando se captura una institución de esa magnitud mediante fraude, irregularidades graves y complicidad institucional, el Presidente de la República —como máxima autoridad del Ejecutivo y representante del interés público— no solo puede pronunciarse: tiene el deber ético, político y constitucional de defenderla. No se trata de intervenir en la elección del rector, sino de proteger la legalidad, la autonomía verdadera y el interés superior de la nación frente a un proceso viciado que la Corte de Constitucionalidad ha blindado de manera escandalosa.
Como insiste con urgencia Marielos Monzón en su columna del 23 de junio de 2026, la USAC importa, y no solo para las y los sancarlistas. Su rescate es vital para garantizar educación superior de calidad a miles de estudiantes, recuperar su aporte indiscutible a la solución de los problemas nacionales y frenar la cooptación de sus representantes en decenas de instancias de la administración pública. Lo que ocurre en la universidad no afecta únicamente a nuestra comunidad: impacta directamente el futuro del país entero dice Marielos tajantemente.
Monzón lo dice con claridad meridiana: el rescate de la USAC pasa, en primer lugar, por impedir que Walter Mazariegos ocupe la rectoría por otro período. Quedan apenas días decisivos para evitar que se concrete la reelección del usurpador. No es una cuestión interna ni menor; es una batalla por la educación pública, por la formación de pensamiento crítico y por la capacidad del país de romper ciclos de captura y atraso.
Los hechos son contundentes y no admiten neutralidad. La elección de Walter Mazariegos en 2022 y su intento de reelección en 2026 han estado marcados por fraudes reiterados: exclusión sistemática de electores opositores, uso de grupos de choque, modificaciones irregulares a la normativa interna, mantenimiento ilegal de integrantes afines en el Consejo Superior Universitario con cargos vencidos, persecución a estudiantes, docentes y trabajadores, y alianzas con estructuras del Ministerio Público para criminalizar la resistencia. La Contraloría General de Cuentas ha detectado irregularidades graves en contrataciones y manejo de fondos, negando el finiquito y presentando denuncias penales.
A pesar de suspensiones judiciales provisionales y victorias opositoras en facultades y colegios profesionales, la Corte de Constitucionalidad, por mayoría de tres contra dos, ha avalado estos procesos con resoluciones que muchos perciben como un blindaje vergonzoso. Decir que “el presidente no tiene ni debe intervenir” mientras se consolida el despojo es aceptar pasivamente que la división de poderes se transforme en división de impunidades.
El silencio de Bernardo Arévalo no es neutralidad republicana: es complicidad por omisión. ¿Acaso Arévalo ganó las elecciones para administrar con mayor elegancia el statu quo del Pacto de Corruptos?
Salir del laberinto universitario que vivimos requiere entender, con mayor profundidad y urgencia, el laberinto social en el que estamos atrapados. Aunque muchos sociólogos san carlistas han optado por el silencio, los académicos tenemos el deber de seguir analizando, entendiendo, leyendo, escribiendo y proponiendo alternativas concretas. No hay otra forma en la que podamos aportar a la nación.
La USAC importa porque es el espacio donde se forma la inteligencia crítica que Guatemala necesita desesperadamente. Defenderla no es solo un deber sancarlista: es un imperativo nacional urgente.
El rescate pasa, ante todo, por impedir que el usurpador consolide otro período. Queda muy poco tiempo. La historia nos juzgará por lo que hagamos —o dejemos de hacer— en estos días decisivos.
Hagámoslo, guatemaltecos. Hagámoslo ahora, porque si no es ahora, no será nunca.
