El futuro está en África
Gabriel «Rulock» Pineda / Página12
Fútbol, técnica y colonialismo
Hace más de cincuenta años, Carlos Salvador Bilardo aseguró que el futuro del fútbol estaba en África. De Senegal a Marruecos, el tiempo parece haberle dado la razón. Sin embargo, el crecimiento del continente continúa enfrentando desigualdades estructurales, prejuicios raciales y la permanente disputa por su propio talento.
En 1975, mucho antes de que el mundo comenzara a mirar con otros ojos al fútbol africano, Carlos Salvador Bilardo llegó a Marruecos con Estudiantes de La Plata para disputar la Copa Mohamed V. Lo que vio allí lo marcaría para siempre. Años después, el entrenador argentino resumiría aquella experiencia en una frase que hoy suena profética: “El futuro del fútbol está en África”. No hablaba de una promesa lejana ni de una intuición romántica. Bilardo observó algo concreto: en África se jugaba al fútbol en todas partes y se jugaba bien. “Juegan en todos lados”, repetía El Doctor, destacando además un aspecto que rara vez aparece en las narrativas occidentales sobre el continente: la técnica.
El detalle es importante porque, durante décadas, gran parte de los medios deportivos construyó una imagen del futbolista africano asentada sobre viejos estereotipos racistas. Cuando un jugador del continente se destaca, el elogio casi siempre se detiene en su fuerza, su velocidad o su potencia física. Pocas veces se habla de inteligencia táctica, creatividad o capacidad técnica. Esta mirada hunde sus raíces en el pensamiento esclavista y colonial, que redujo a las personas negras a su dimensión corporal y las representó como seres naturalmente aptos para el esfuerzo físico, pero supuestamente menos dotados para las tareas intelectuales. La idea de que el deportista negro “nace” fuerte, rápido o potente también opera como una forma de despojo simbólico: convierte el rendimiento en un atributo biológico y quita valor a las horas de entrenamiento, la disciplina, el estudio y el trabajo necesarios para alcanzar la excelencia. No se trata, entonces, de una simple descripción deportiva. Es un prejuicio racista adaptado al fútbol: una mirada que celebra el cuerpo negro mientras desconfía de su capacidad para pensar el juego, conducir un equipo o ser reconocido por su inteligencia y creatividad.
La mirada de Bilardo, en cambio, iba en otra dirección. El entrenador veía en el fútbol africano un fenómeno social y cultural, una práctica masiva que producía talento de manera constante. Veía, en definitiva, una escuela futbolística. La historia terminó dándole la razón.
En 2002, Senegal debutó en una Copa del Mundo y derrotó en el partido inaugural a Francia, vigente campeona del mundo y de Europa. Aquella victoria fue leída por muchos como una sorpresa exótica. En realidad, era una advertencia. Veinte años más tarde, Marruecos llegó aún más lejos. En Qatar 2022 se convirtió en la primera selección africana en alcanzar las semifinales de un Mundial. Eliminó a España y Portugal, seleccionados con figuras de renombre mundial, y se instaló entre los cuatro mejores equipos del planeta.
La pregunta entonces ya no era si África podía competir. La pregunta era por qué seguía siendo subestimada. Porque las desigualdades que enfrenta el fútbol africano no son deportivas. Son estructurales.
Europa, de hecho, se ha beneficiado históricamente del talento africano y de la diáspora. Basta observar las grandes selecciones del continente para encontrar futbolistas nacidos en África o hijos de migrantes africanos que terminaron representando a las antiguas potencias coloniales. Francia es el caso más evidente, aunque no el único. Bélgica, Países Bajos, Portugal, Alemania o Inglaterra también se han fortalecido gracias al aporte de las diásporas africanas.
La paradoja es evidente: mientras el continente produce una enorme cantidad de talento, buena parte de ese talento termina engrosando las filas de otras selecciones nacionales. Por eso, algunos países africanos comenzaron a disputar ese proceso.
Senegal se convirtió en uno de los ejemplos más interesantes. Bajo la conducción de Aliou Cissé, ex capitán de la generación de 2002 y luego entrenador campeón de la Copa Africana de Naciones, en 2015 la Federación Senegalesa de Fútbol emprendió un trabajo de captación de jugadores nacidos y formados en Europa para que representaran al país de sus familias. La construcción de un proyecto deportivo también fue una construcción identitaria. Cissé utilizó el éxito de la selección, la clasificación regular a la Copa del Mundo y la obtención de la Copa Africana de Naciones como argumentos principales para seducir a figuras que también eran elegibles por países europeos. Esta política permitió captar a estrellas fundamentales de la columna vertebral del equipo, incluyendo a Édouard Mendy, Kalidou Koulibaly, Abdou Diallo y Boulaye Dia.
La iniciativa reveló otra desigualdad del fútbol global: mientras las potencias europeas reciben naturalmente el talento de origen africano, las selecciones del continente deben desplegar esfuerzos políticos, afectivos y simbólicos para recuperar a futbolistas que, muchas veces, crecieron lejos de África. Y las barreras no terminan allí. El caso del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan es una muestra reciente y contundente. Considerado uno de los mejores jueces del continente y designado para trabajar en el Mundial de 2026, fue deportado de Estados Unidos pese a tener toda su documentación en regla. El episodio excede una cuestión administrativa. Es también una metáfora de la posición desigual que ocupa África en el sistema futbolístico global. Porque incluso cuando el continente produce futbolistas, entrenadores, dirigentes o árbitros de excelencia, sus representantes continúan enfrentando obstáculos que las grandes potencias rara vez padecen. Sin embargo, pese a todas esas desigualdades, el fútbol africano sigue creciendo.
Crece en sus ligas, en sus selecciones, en la formación de entrenadores, en la consolidación de proyectos nacionales y en la recuperación de sus diásporas. Crece, incluso, mientras otros continúan explicando sus éxitos únicamente a partir de la fuerza física. Tal vez por eso la frase de Bilardo conserva toda su vigencia.
Hace más de cincuenta años, el entrenador argentino vio en los barrios y en las calles de Marruecos algo que muchos todavía se niegan a aceptar: que el fútbol africano es una fuente inagotable de creatividad, técnica y conocimiento. El futuro estaba en África. La diferencia es que, medio siglo después, el futuro llegó hace rato.
*Artista y activista antirracista afroargentino de DIAFAR.
Fuente Página12
