Un discurso neocolonial para reescribir al nuevo imperialismo

Mario

Por Mario Rodríguez

El discurso de Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich 2026 se erige como uno de los pronunciamientos más explícitos del giro revisionista en la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos. Fue un reclamo explícito desde el poderío militar, pero también se puede interpretar como una muestra de su declive funcional, en un contexto de transición hegemónica global.

Para empezar, el secretario de Estado abandona el lenguaje liberal-institucionalista que dominó la posguerra fría, cuando Estados Unidos obtuvo todo el poder mundial, y recupera, con claridad, los postulados centrales del realismo clásico y el neorrealismo, dejando claro que la política internacional no se rige por valores, sino por el poder, la violencia organizada y los intereses estratégicos.

La relevancia de su intervención no reside en la originalidad de sus argumentos, sino en su cinismo. Rubio verbaliza lo que el realismo siempre sostuvo, la diplomacia no es altruismo, los Estados no tienen amigos permanentes, y el orden internacional es el resultado de relaciones asimétricas de poder. Al afirmar que Occidente no dominó el mundo por su superioridad moral o cultural, sino por su capacidad para ejercer la violencia organizada, Rubio se alinea directamente con el realismo clásico de Hans Morgenthau y E.H. Carr, para quienes el poder material y la coerción son la base del orden internacional.

Desde esta perspectiva, el liberalismo de la posguerra fría aparece como una anomalía discursiva. La ilusión de un mundo regido por normas, instituciones y valores universales ocultaba la continuidad del poder coercitivo occidental. Rubio no hace sino reconocer que la hegemonía liberal fue, en esencia, una hegemonía armada y disciplinaria, no puramente normativa. Sin decirlo, anunció que la democracia liberal fue un timo, su discurso representa una crítica al liberalismo institucionalista y con ello adopta una visión trágica del sistema internacional al confirmar que la historia y la geopolítica y la guerra no desaparecen con la diplomacia, más bien, es la violencia la que termina por resolver los problemas del poder.

Rubio definió la relación con China como una «guerra fría gestionada”. Su afirmación de que no dialogar con China sería un «fracaso geopolítico» revela una lógica de gestión del sistema multipolar emergente.

Su visión es que la rivalidad entre ambas potencias es producto de la estructura anárquica del sistema, no de ideologías o líderes concretos. En este marco, la cooperación no implica armonía, sino un equilibrio de poder que sigue siendo inestable porque los intereses entre ambos países así lo determinan. De sus palabras se deduce que cooperarán donde les convenga, pero entrarán en conflicto siempre que sus intereses deban prevalecer.

El objetivo no es la convergencia, sino la prevención del colapso sistémico. Añoran controlar el mundo unipolar de antes, pero están conscientes que viven en un período de transición multipolar, del cual aún esperan que colapse a su favor.  En clave realista, se trata de controlar la transición hegemónica evitando una guerra sistémica directa. Implícitamente, se reconoce que una confrontación de ese calibre podría generar un caos de consecuencias impredecibles. Por tanto, se busca evitar el choque frontal para poder prevalecer y golpear cuando sea oportuno y necesario, sin exponerse a una derrota o acelerar en su declive hegemónico.

Respecto a Rusia, Rubio critica la ilusión occidental de la posguerra fría, reproduciendo la tesis realista de que los Estados no abandonan su lógica de poder mediante la socialización normativa. Rusia no se transformó en un actor liberal porque nunca dejó de ser una potencia con aspiraciones imperiales, y Occidente subestimó esta continuidad histórica. En otras palabras, Occidente y principalmente Europa, nunca le dio el tiro de gracia a Rusia cuando este país estaba en crisis y colapso.

El aspecto más ideológico del discurso es la nostalgia por la era de expansión imperial occidental y la crítica a los levantamientos anticoloniales. Enfáticamente lamento el resultado de la Segunda Guerra Mundial. Según él, este marcó el fin de la era durante la cual «Occidente había estado expandiéndose».

Desde una óptica realista, esto expresa un revisionismo del orden internacional poscolonial. Rubio cuestiona implícitamente el principio de autodeterminación y las abstracciones del derecho internacional, alineándose con la visión de que ese derecho refleja las relaciones de poder y no las determina.

Rubio propone, así, una repolitización brutal del imperialismo, despojándolo del ropaje liberal-humanitario que caracterizó la hegemonía estadounidense de finales del siglo XX. Invita a Europa a recorrer nuevamente el camino de la expansión occidental, sugiriendo una alianza renovada para reconstruir un orden imperial. Sin embargo, esta propuesta es internamente contradictoria. La lógica imperial implica jerarquía, no asociación simétrica, y los ahora gobernantes de Estados Unidos reclaman el «America First», incompatible con un reparto equitativo de los beneficios. Les dijo en la cara que Europa sigue siendo un aliado subordinado cuya función es complementar la proyección del poder estadounidense, no compartirlo en pie de igualdad, pero los instó a participar, a “recorrer juntos” ese camino del neocolonialismo.

El discurso de Rubio marca un punto de inflexión, el paso del liberalismo hegemónico al realismo hegemónico explícito. Si el orden de la posguerra fría se legitimaba con discursos de democracia y derechos humanos, el nuevo orden propuesto se legitima con la seguridad, el poder y la estabilidad, haciendo hincapié en un poder militar demoledor, como lo expresara el propio presidente Trump.

Para el Sur Global, esto implica la confirmación de una realidad histórica, el orden liberal nunca fue universalista, sino imperial, el mundo basado en reglas, siempre significó las reglas que ellos imponen, pero cuando el mundo dejo de acatar esas normas, Estados Unidos, como potencia hegemónica debe intervenir con todo su poder de coerción para regresar a imponer orden. Rubio no propone un nuevo imperialismo, sino la sinceridad del viejo. Propone regresar al viejo orden imperial que Estados Unidos construyó a su semejanza, basado en el poder, la guerra y el sometimiento.

Desde el realismo de las relaciones internacionales, el discurso de Rubio no es radical, sino coherente con la lógica estructural del sistema. Lo radical es su franqueza. Al abandonar la retórica liberal, expone la arquitectura de poder que siempre ha sostenido el orden occidental. Sin embargo, su nostalgia imperial trata de ignorar que el sistema internacional actual es multipolar, con actores no occidentales capaces de resistir y redefinir el orden. Quizás sea un atisbo de su radicalismo mesiánico, el querer reclamar un sitio que ya no le corresponde. El retorno a un imperialismo explícito podría acelerar los conflictos sistémicos, precisamente lo que Rubio dice querer evitar.

En última instancia, su discurso es menos una estrategia infalible que un síntoma, pues al leer su discurso, se puede deducir que existe un reconocimiento implícito de que la hegemonía occidental ya no puede sostenerse únicamente mediante el poderío económico y militar convencional. Quizás, en el imaginario de Rubio, solo le queda el poder atómico como garante último de dicha hegemonía y por ello se niega a renovar o discutir el nuevo tratado de armamento nuclear con Rusia. Por eso apela a mantener el orden jerárquico a través de la coerción y la amenaza.

Esta visión es coherente con la nueva estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos, que busca expandir y dominar tecnologías críticas como la inteligencia artificial, los semiconductores y el espacio, basándose en una expansión militar sin límites para controlar todo el espectro global. Esto implica subdividir el mundo en zonas de influencia: la OTAN en Europa, alianzas en el Indo-Pacífico, Israel en Oriente próximo y otros países proxis, como Ucrania para obtener un control total del espectro, dando por descontado el control reforzado que ya ejerce sobre el continente americano. En el centro de esta estrategia se sitúa el control financiero para sostener el dólar como moneda de reserva mundial, mediante la supervisión de los procesos productivos ligados al petróleo y el gas. Rubio no habla de colonias territoriales clásicas; habla del imperio multidimensional del siglo XXI.

Esta lógica explica su nuevo enfoque hacia la guerra. En Venezuela, buscó cortar la competencia geopolítica de China y Rusia por el petróleo, sin necesidad de cambiar el régimen, o más bien tolerando y alentando la revolución bolivariana. Con Irán sucede lo mismo. Amenaza con la guerra de destrucción, sin llegar a concretar un ataque, forzando concesiones. El objetivo es que las empresas estadounidenses puedan controlar parte del petróleo iraní y sus rutas comerciales, lo que, de paso, afectaría la expansión de la Iniciativa de la Franja y la Ruta de la Seda de China y limitaría su alianza con Rusia. Así evita la guerra, pero logra sus objetivos, dado que en una confrontación se podría salir lastimado incluso ganándola, y se mantiene a salvo a Israel.

Volver a expandirse no implica, por tanto, un retorno al colonialismo territorial clásico, sino la profundización de un imperio multidimensional basado en el control de infraestructuras estratégicas, cadenas globales de valor, finanzas, tecnologías críticas y dispositivos de seguridad. En la práctica, significa asegurar la supremacía estadounidense en sectores clave y reforzar la arquitectura militar global mediante alianzas subordinadas, bases, guerras proxy y sanciones extraterritoriales. Esta expansión se presenta como una reconfiguración jerárquica del sistema internacional, donde la soberanía de los Estados periféricos queda condicionada por dependencias tecnológicas, financieras y de seguridad.

Para América Latina, este proyecto implica una recolonización funcional en clave del siglo XXI. La región sería consolidada como reserva estratégica de recursos críticos (litio, biodiversidad, agua, alimentos), espacio para la reconfiguración de cadenas productivas (nearshoring), frontera de seguridad contra la migración y el crimen organizado, y teatro de disputa geopolítica con China. La expansión imperial se traduciría en una mayor militarización, subordinación económica, extractivismo intensificado y pérdida de autonomía política, todo ello bajo el discurso de la seguridad y la estabilidad. En este sentido, el llamado de Rubio a «expandirse de nuevo» no es una metáfora histórica, sino la formulación explícita de una estrategia de dominación posliberal, en la que el Sur Global vuelve a ser concebido como territorio de proyección de poder y no como sujeto soberano del orden internacional.

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